Capítulo 1 — Las catacumbas de San Pablo
La Valeta despertaba bajo el calor del verano.
En las calles, los habitantes comenzaban su rutina mientras los turistas caminaban sin prisa entre edificios de piedra amarillenta y antiguas murallas que habían sido testigos de siglos de historia.
Balcones de madera pintada se asomaban sobre las calles estrechas, contrastando con el creciente bullicio de la ciudad.
Ese día, sin embargo, nada indicaba que una simple excursión a las Catacumbas de San Pablo daría comienzo a uno de los casos más intrigantes jamás registrados en el país.
A orillas del mar, en uno de los sectores costeros más hermosos de la ciudad, se alzaba el Hotel Mediterranean Palace. La fachada histórica se integraba con el paisaje costero; en cambio, el interior revelaba que el lugar había sido restaurado recientemente.
Algunas ventanas de vidrio estaban empañadas por la brisa marina, que también corroía los metales. La amplia entrada conducía a una elegante recepción, donde el personal bilingüe recibía a huéspedes de diversas partes del mundo con eficiencia y cordialidad.
El reloj-termómetro de la recepción marcaba las 08:00 y 28 °C.
En la entrada del hotel, varias parejas esperaban el inicio de una excursión a las famosas Catacumbas, ubicadas en la histórica ciudad de Rabat.
La recepción del hotel ya estaba bastante concurrida a esa hora.
Cerca de las ventanas, con vistas al Mediterráneo, una joven pareja brasileña, Marcelo y Fernanda, ocupaba uno de los sofás de cuero de la zona de espera.
Hablaban en voz baja, observando a los demás huéspedes que entraban y salían.
Fernanda tenía un mapa turístico sobre el regazo, mientras que Marcelo alternaba su atención entre un folleto sobre las catacumbas y su reloj de pulsera.
De vez en cuando, intercambiaban algún gesto de cariño discreto.
Aunque las demás personas estaban acostumbradas a ver escenas como aquella, la intimidad de la pareja no pasaba desapercibida.
Afuera del hotel, una camioneta blanca, con un letrero que decía «Malta Turismo», intentaba estacionarse. El agente de tránsito le gritó desde lejos:
—Joseph, siempre tú. Los demás se estacionan en lugares permitidos, pero tú siempre insistes en parar en esta esquina. Ya sabes que no puedes.
Joseph, un hombre de estatura mediana, cabello canoso, lentes oscuros y una gorra en la mano, amigo de la infancia del agente de tránsito, le gritó:
—Cinco minutos, y ya nos vamos. Aprovecha para ver este cielo azul intenso, sin una sola nube, y sentir esta brisa de nuestro Mediterráneo. Siente este aire del mar mezclado con el aroma del café recién hecho.
—No cambias nunca, siempre con lo mismo. Cinco minutos, o te pongo una multa.
Joseph bajó de la camioneta y vio a una pareja de ancianos que terminaba de fumar en la acera, frente a la entrada principal del hotel. Por las instrucciones que había recibido de la empresa, no tuvo dudas de que formaban parte del grupo.
Eran los alemanes Hans y Greta, quienes, después de tirar las colillas a la basura, comenzaron a ponerse protector solar el uno al otro. Joseph se acercó, se presentó y saludó a la pareja, acompañándola hasta la camioneta.
Al pasar por la puerta giratoria, Joseph identificó, junto al mostrador de recepción, a otros dos posibles miembros del grupo.
Eran los italianos Luca y Francesca. Luca le hacía algunas preguntas al recepcionista sobre restaurantes típicos de La Valeta mientras le ajustaba el sombrero a su esposa.
Francesca escuchaba y examinaba las postales expuestas junto al mostrador, eligiendo cuáles se llevaría como recuerdo del viaje.
Joseph echó un vistazo al vestíbulo e identificó a otra posible pareja. Su experiencia con turistas rara vez le fallaba a la hora de identificar quiénes se unirían a él en un recorrido.
No muy lejos de allí, los franceses Pierre y Sophie permanecían de pie frente a la puerta del elevador, obstaculizando el paso de quienes salían o querían entrar.
Ambos conversaban tranquilamente, observando el ajetreo del vestíbulo e intercambiando comentarios sobre el nuevo tatuaje que Pierre se acababa de hacer.
Fue entonces cuando Joseph se detuvo en el centro de la recepción y levantó una pequeña bandera azul sujeta a un palo, lo que permitió a los turistas localizarlo fácilmente entre la multitud.
Con su mirada experta, logró distinguir a tres parejas que se unirían a los alemanes. Faltaba una última pareja.
En ese momento, se abrieron las puertas del elevador y aparecieron los canadienses David y Emily.
Caminaron hasta el punto de encuentro del grupo, uno al lado del otro y tomados de la mano, cargando pequeñas mochilas.
Aunque seguían con las manos entrelazadas, evitaban mirarse.
Solo intercambiaban frases cortas en un tono contenido, como quienes intentan poner fin a una discusión sin llamar la atención.
—Otra vez tarde —refunfuñó David, abanicándose con un pequeño abanico de papel.
Emily puso los ojos en blanco, sin responder.
Joseph pensó: ya llegó la última pareja. Los alemanes ya estaban en la camioneta y, ahora, las cinco parejas de la excursión estaban reunidas. Todo estaba en orden.
Todas las parejas vieron la pequeña bandera azul que se agitaba y se acercaron a Joseph, formando el grupo de la excursión.
—¡Buenos días! Me llamo Joseph Camilleri. Hoy viajaremos cientos y cientos de años hacia el pasado y conoceremos las Catacumbas de San Pablo, en Rabat.
Algunos llevaban botellas de agua; otros, pequeñas sombrillas. Todos, sin embargo, compartían la expectativa de conocer uno de los sitios arqueológicos más importantes de Malta.
Joseph sudaba. Aunque había nacido en Malta y estaba acostumbrado al calor de la ciudad, sentía los efectos de la alta temperatura de aquella mañana.
Vio que la pareja de brasileños era joven, mientras que las parejas italiana, francesa y canadiense tenían edades similares, alrededor de los cuarenta años.
Solo los alemanes requerirían cierto cuidado debido a su avanzada edad, y supo que el ritmo del recorrido lo marcaría esa pareja.
—Chicos, no se olviden de llevar agua, ponerse protector solar y, lo más importante: llevar su cámara o su celular. Si traen comida, no se olviden de ofrecerme un poco.
Las parejas respondieron con saludos y miradas animadas, se rieron e hicieron algunas bromas con Joseph. Se había roto la frialdad del primer contacto. Sin perder tiempo, se dirigieron hacia la camioneta.
El maltés era guía turístico desde hacía más de veinte años y conocía cada piedra histórica de la región.
Su experiencia profesional le permitía identificar a su grupo de excursión desde lejos; bastaba con observar el comportamiento de las personas, exactamente como había sucedido en la recepción del hotel.
Las bromas que contaba eran siempre las mismas.
La broma sobre la comida era una vieja conocida de los empleados que trabajaban en ese hotel y que siempre escuchaban aquella misma frase: «Si traen comida, no se olviden de ofrecerme un poco».
Los turistas subieron a la camioneta.
El vehículo era moderno y estaba bien mantenido. Pintado de blanco, contaba con aire acondicionado, indispensable para soportar el calor del verano. El interior era espacioso, con capacidad para hasta catorce personas.
Dentro de la camioneta, al principio hubo una discusión entre los brasileños y los italianos sobre quién se sentaría adelante. El guía, acostumbrado a ese tipo de situaciones, avisó de inmediato:
—En el frente, solo el guía. Ahí es donde está el micrófono.
Los brasileños ocuparon los asientos del centro de la camioneta, y los italianos se sentaron en la fila siguiente. Los alemanes ya ocupaban la parte de atrás, donde estaban las salidas del aire acondicionado. Los franceses se sentaron justo detrás de Joseph.
Con el vehículo ya saliendo de La Valeta y recorriendo las carreteras del interior de la isla, Joseph comenzó su presentación.
—Malta cuenta con una de las historias más fascinantes del Mediterráneo.
Fenicios, cartagineses, romanos, árabes, normandos y caballeros pasaron por aquí.
Y cada uno de estos pueblos dejó su huella.
Durante el dominio romano, la isla se conocía como Melite.
Según la tradición cristiana, fue aquí donde San Pablo naufragó en el año 60 d. C.
Las parejas escuchaban con atención y sin interrumpir.
El grupo seguía rumbo a Rabat, dejando atrás los edificios históricos.
Las murallas de piedra surgían entre las curvas, revelando antiguas fortalezas e iglesias que dominaban el horizonte.
En algunos puntos, aún se podían vislumbrar los tonos verdosos del Mediterráneo bajo el sol de la mañana.
El polvo que levantaban las llantas tapaba la vista desde la ventana trasera, lo que molestaba a los alemanes, que no podían ver lo que dejaban atrás.
A medida que se alejaban de la zona urbana, el tráfico disminuía. Los edificios históricos daban paso a barrios residenciales de casas de piedra caliza clara, muchas de ellas con pequeños balcones llenos de flores. Las familias comenzaban el día y los comerciantes abrían sus tiendas.
Pronto, el paisaje se transformó. Los campos abiertos pasaron a dominar la vista, delimitados por muros de piedra, olivos, higueras y áreas cultivadas, en contraste con el terreno reseco por el verano.
A mitad del recorrido, Joseph llamó la atención de los brasileños.
—Los brasileños tienen fama de ser muy apasionados, pero dejemos los besitos para después del paseo. ¿Son recién casados?
Fernanda volvió la cabeza hacia la ventana, tratando de ocultar su incomodidad. Marcelo sonrió y asintió discretamente con la cabeza.
—¡Lo sabía! —exclamó Joseph, provocando algunas risas entre los demás pasajeros.