Las Trece Mortajas
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Prólogo
Malta guardaba sus secretos desde hacía siglos.
Bajo las iglesias, las fortalezas y las ciudades erigidas en piedra, existía otro mundo, subterráneo y silencioso, donde pasadizos excavados en la roca conducían hasta los muertos y conservaban historias que el tiempo no había logrado borrar.
En las catacumbas de San Pablo, en Rabat, el pasado permanecía enterrado.
Hasta aquel día.
Doce mortajas surgirían sobre antiguos nichos, y en cada uno de ellos habría una cruz y el nombre de uno de los apóstoles de Cristo: Pedro, Andrés, Juan, Santiago el Mayor, Mateo, Tomás, Felipe, Bartolomé, Santiago el Menor, Judas Tadeo, Simón, Judas Iscariote.
Doce hombres unidos por la fe, uno de ellos marcado por la traición y, tras ella, por el arrepentimiento.
Bajo las telas, unas urnas de madera guardarían tierras traídas de lugares lejanos, vinculadas a la historia de los apóstoles. Guardarían palabras. Pero había algo que no pertenecía a los Doce: una decimotercera mortaja, sin nombre, que solo llevaba el dibujo de una corona femenina.
Lo que parecía una profanación ocultaba un enigma.
Alguien se había dedicado a preparar cada detalle: las mortajas, las urnas, las tierras, los nombres, las palabras.
Nada allí estaba por casualidad; cada elemento formaba parte de algo más grande, como las piezas de un rompecabezas que solo revelarían la imagen completa cuando encajara la última pieza.
Pero, mucho antes de que cualquier palabra revelara su significado, sería la humanidad de los involucrados la que estaría en juego: la fe, la lealtad y aquello que cada uno de ellos ocultaba bajo su propia máscara.
El secreto, sin embargo, no podía permanecer enterrado.
Tenía que ser revelado y debía serlo antes de que alguien descubriera más de lo que debía.
Porque, mientras la policía de Malta investigaba lo que parecía ser solo una intrusión en las catacumbas, se desarrollaba en silencio una carrera contra el tiempo.
La primera señal surgiría durante una simple excursión a las Catacumbas de San Pablo.