Las tejedoras del mar Capítulo 66 #2
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Capítulo 66 #2

—¿Alguna vez lo fue, Einés? —le reprochó él—. ¿Qué puede haber de divertido en una guerra?

—Ya se lo he explicado en más de una ocasión. Sabe a lo que me refiero.

Lo sabía, y no quiso ahondar en ello. Einés le había hablado de esa sensación de vértigo, del hormigueo que la recorría cada vez que tenía que enfrentarse a una de aquellas situaciones que bordeaban —y a veces traspasaban— los límites de la legalidad y la moralidad.

Pero aquella emoción que desprendían sus ojos al principio, su determinación, parecía que se fuese apagando a medida que se alargaba la contienda, y notaba que a veces libraba una difícil batalla en su interior.

—Deseo que esto se acabe de una vez —añadió Einés.

Su implicación en el conflicto había empezado a lastrar el entusiasmo y la alegría de su juventud.

—Todos lo deseamos —repuso Harland.

Sin embargo, temía que, si eso pasaba, aquella relación peculiar pero fascina nte que mantenían desapareciera.

De esas circunstancias tan dramáticas, solo la salvaba a ella: la dulzura que escondía su carácter impulsivo, su hermosura, su capacidad de sacarle de quicio y hacerle reír en una fracción de segundo, su dialéctica inteligente, su rebeldía…

Casi un año atrás habían llegado tácitamente a aquel acuerdo de aparentar ser una pareja de novios más de las muchas mixtas de la ciudad.

Nada extraño, teniendo en cuenta que la mayoría de los trabajadores del Cable que recalaban en la ciudad, tanto ingleses como alemanes, eran jóvenes solteros.

Pero, más allá de aquel trato, había surgido algo que no se atrevían a nombrar porque así estaban bien: lo que era un lazo era, a la vez, un escudo para mantener la independencia de cada uno.

Se habían refugiado en ese pacto del que ninguno quería salir, aunque podían rescindirlo en cualquier instante y sin explicaciones.

Aquel temor de Harland se materializó antes de lo esperado, y por razones muy diferentes a lo que él había imaginado.

Poco después del trastorno por el anuncio de la declaración de guerra de Alemania a Portugal, y del revuelo que se armó con la ya prevista llegada de alemanes a la ciudad, Einés le comunicó que la habían avisado de la oficina de Correos y Telégrafos de que, por fin, se habían convocado las oposiciones que estaba esperando.

En la Gaceta de Madrid se abría una convocatoria de oposición para cubrir cincuenta plazas para personal auxiliar de Contabilidad y Cuerpo de Telégrafos.

Opositaría a auxiliar de segunda y, después, por méritos y antigüedad, podría llegar a auxiliar de primera o mayor.

Desgraciadamente, a puestos de oficiales solo podían optar los hombres, aunque ella se sentía más que preparada para competir con ellos.

Lo había demostrado en los exámenes oficiales de certificación en los que había superado en nota a la mayoría sus compañeros.

—Serán a mediados de mayo en la Escuela de Telegrafía, en Madrid.

Es una ciudad preciosa, ¿verdad? Estuve allí cuando fuimos a examinarnos al acabar la instrucción —comentó Einés—.

A partir de este momento debo aprovechar el tiempo que me queda para repasar.

Qué pena tener que prescindir de estos deliciosos paseos que dan cobertura a nuestro acuerdo, ahora que comienza la primavera y apetece más que nunca…

—Sé lo importante que es para usted superar esas pruebas —respondió él con un mohín de disgusto. Detestaba que se refiriese a su relación como un acuerdo, un pacto, un arreglo… A veces sus mensajes le confundían—. Comprendo que necesite dedicarle todo el tiempo posible en esta recta final.

Harland percibió un poso de reproche muy sutil, como solo ella sabía hacerlo cuando jugaba a aquel juego que se le daba tan bien.

Tenía la capacidad de alterar su equilibrio con una facilidad irritante.

Con ella, mantener el control era un esfuerzo permanente.

Elegía las palabras, las miradas; encendía la cerilla en el lugar y el momento oportunos, y él caía en su telaraña como un insecto despistado.

En ocasiones, tiraba del hilo hasta desdibujar peligrosamente toda distancia entre ellos, y otras le recordaba que su relación formaba parte de un acuerdo.

Eso lo descolocaba porque hacía tiempo que sus ratos de ocio, sus encuentros, su complicidad…

habían dejado de ser parte del trato. Para ella también, lo notaba.

Por eso sospechaba que aquel comentario envuelto en un sarcasmo velado lo estaba incitando a reaccionar, a dar un paso al frente y aclarar de una vez por todas aquella ambigüedad.

Y lo iba a dar, pero no llegó a tiempo. Einés ya no le dio opción.

Quizá esa vez no estaba jugando, quizá aquellas palabras suyas no eran más que el prólogo de lo que vendría a continuación.

—Entonces, ahora que hemos establecido una forma de contacto segura y ya no vamos a vernos, comprenderá que debamos poner fin a esta farsa que no conduce a ninguna parte.

—¿Es una farsa? —Harland sintió como un golpe en el pecho.

—¿Y qué si no lo fuese? Mejor pensar que lo es —sentenció Einés—.

No sé cuándo acabará esto, pero cuando la guerra llegue a su fin, los que estaban seguirán aquí, los que han llegado volverán a sus países y a nosotros solo nos quedará nuestro trabajo, ganarnos el pan lo que nos reste de vida.

Mi tío ya me lo advirtió cuando me metí en esto. Debo pensar en mi futuro.

—¿Y qué ve en su futuro, Einés? ¿A quién ve?

—En mi cabeza me veo sola o con un oficial que me permita acompañarle en su destino de segunda. Yo quiero ser telegrafista. No me presento a esta oposición con la expectativa de elegir entre eso y formar una familia algún día. ¿Entiende lo que le quiero decir?

Harland recordó la norma que Einés le había comentado: aun con la oposición aprobada y una plaza en propiedad, si un día contraía matrimonio, se vería obligada a pasar del servicio activo a supernumeraria.

Solo si se casase con un oficial del Cuerpo de Telégrafos tendría derecho a no perder esa condición si era destinada con su marido a un puesto que no fuese ni permanente ni limitado, es decir, si no fuese un servicio continuo con personal fijo o funciones muy específicas; como ella decía, estaciones de segunda.

Paseaban por la alameda bajo la cúpula de aquel paraguas negro que tantas veces les había servido de refugio y les había brindado un pequeño reducto de intimidad en medio de una ciudad que seguía avanzando indiferente a sus inquietudes.

—Y su corazón, ¿qué le dice? —Harland se detuvo y se volvió hacia ella.

Sus ojos se habían oscurecido un poco más y su pulso latía con un ritmo extraño.

—Mi corazón lo quiere todo. —Einés esbozó una sonrisa amarga y echó a andar.

Mayo llegó como una exhalación. Filú consiguió que su padre accediera a que acompañase a Einés a Madrid para los exámenes.

Estarían allí unos días, hasta que el tribunal expusiese en el tablón una lista con las calificaciones.

El entusiasmo de una era directamente proporcional al nerviosismo de la otra, pero Einés sabía que se sentiría más segura y reconfortada en compañía de Filú.

El lunes, 15 de mayo, partirían en tren hacia la capital.

Podían cogerlo también al día siguiente, pero su abuela, Leonor, se había opuesto, por aquello de que «ni en trece ni en martes, no te cases ni te embarques».

Todo estaba listo ya esa tarde de domingo.

La maleta encima de la cama, la ropa que iba a ponerse en la silla, los apuntes, los amuletos…

Einés comprobaba que no faltase nada cuando oyó golpes en la puerta.

Nadie llamaba así en O Berbés porque siempre estaba abierta, hasta Filú lo había aprendido enseguida.

Solo ella y su abuela estaban en casa en ese momento, y se miraron sorprendidas.

Einés se acercó a la escalera y vio una silueta recortada contra el sol de la tarde.