Las tejedoras del mar Capítulo 66 #3
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Capítulo 66 #3

—¡Edward! —exclamó ante la inesperada visita—. Deme un minuto. Enseguida bajo.

Nunca antes Harland se había acercado a su casa. La acompañaba hasta la fonte da Ribeira, al término de la rúa Real, pero ni una sola vez se había adentrado en el barrio. Las manos le temblaban un poco mientras se colocaba el sombrero.

—¿Quién es, niña? —le preguntó Leonor siguiéndola a su habitación.

—Es Edward, abuela, el inglés, ya sabes —contestó con una risilla nerviosa—. Voy a salir un momento.

La esperaba arrimado a la pared, al lado de la entrada, con las manos en los bolsillos y una sonrisa contenida.

—Quería desearle suerte —dijo mientras echaban a andar hacia el muelle.

Se la había deseado el día anterior, pero Einés se lo agradeció.

Ya no había paseos por los jardines ni cafés, ni teatro, pero él seguía acompañándola hasta la entrada de O Berbés cada día.

Se rio cuando ella le dijo que le espantaría a los oficiales y que no podía permitírselo.

No se lo decía del todo en broma, los dos lo sabían, pero romper aquel vínculo era más difícil de lo que creían, sobre todo porque no deseaban hacerlo.

Por eso, el que se hubiese acercado hasta allí era para ella como una declaración de intenciones, lo sentía.

—Bueno, confío en mis posibilidades, pero a ver qué pasa —comentó Einés, restándole importancia a aquella prueba.

Por momentos le daba miedo superarla. Se daba cuenta de que no estaba preparada para alejarse de su familia, de O Berbés…, ni de él.

—Se merece aprobar, aunque solo sea por satisfacción personal. Sé cuánto lo desea. De todas formas, tengo una propuesta para usted.

—¿Una propuesta? —Einés se sintió abrumada—. Miedo me dan sus propuestas.

—Sentémonos —sugirió él.

A Einés la recorrió un escalofrío. Aquella palabra a medio camino entre el mandato y el ruego le recordó a cuando le pidió lo mismo y del mismo modo para revelarle la identidad de su abuelo.

Se le puso un nudo en la garganta. Toda cara tenía su reverso, pero siguió a Harland hasta uno de los escalones de granito que descendían hacia la ría.

—Sabe que valoramos mucho su colaboración desde el hotel y a través de su tío, y si esta situación se alarga, como parece, su ayuda resultaría muy valiosa.

La oferta consiste en que, en caso de aprobar, pidiese una excedencia voluntaria para seguir colaborando con nosotros.

Se lo compensarían con un puesto de oficial telegrafista en el Cable al acabar la guerra, eso sí, con las mismas funciones y el mismo salario que el resto de los oficiales.

Einés ahogó la sorpresa llevándose las manos a la boca, y sus pupilas se dilataron hasta lo imposible. El corazón se le había acelerado mientras su cabeza trataba de asimilar lo que suponía aquello.

—¿De verdad se puede hacer eso? ¿Un puesto de oficial aquí, en el Cable?

—De verdad. La empresa se rige por sus propias normas, y no hay nada que lo impida, más allá de su decisión. ¿Acepta?

—¡Oh, Dios! ¡Sí! Acepto, claro que acepto. ¡Es perfecto! ¿Me lo garantiza?

—Plenamente, se lo prometo.

Einés se levantó y dio saltitos sobre sí misma.

—Ya no recordaba haberme sentido tan feliz —dijo sin poder ocultar su alegría, y volvió a sentarse al lado de Harland.

—¿Quiere que le garantice algo más para su corazón, que lo quiere todo?

—¿Qué más puede ser? —Einés lo miró sin comprender todavía y esperó.

—Que podrá dedicarse a lo que quiera, cuando quiera y hasta cuando quiera, sin el permiso de nadie.

—¿Es un trato? —preguntó entornando los ojos con aquella mirada pícara que podía hacerle confundir el sentido de sus palabras.

Él sonrió y apoyó las manos en el borde del escalón, muy cerca de las suyas pero sin tocarla, dejando apenas un espacio mínimo cargado de una tensión sugerente, densa pero frágil todavía, como si cualquier movimiento pudiera romper algo que aún no se había dicho pero que existía desde hacía tiempo.

O Berbés parecía inclinarse hacia el mar. Las casas porticadas, a la espalda, quedaban fuera de la vista, y frente a ellos, a solo unos pasos, la trama oscura de las redes dibujaba una geometría irregular de nudos y mallas.

—A veces —comentó Einés con los ojos perdidos en aquella especie de encajes tendidos al sol—, siento que nuestra vida es la red que tejimos, que cada nudo es alguien que vamos conociendo en el camino, alguien que se queda prendido a nosotros por azar o por necesidad.

Algunas cuerdas se tensan hasta doler, otras se aflojan con el tiempo y acaban por soltarse.

Hay redes que sostienen y redes que ahogan, y casi nunca sabemos en cuál estamos.

También hay roturas —añadió—, huecos que nadie repara por donde a veces se escapa lo que más importa.

Aun así, seguimos tejiendo, como si la vida no fuera más que aprender a anudar sin saber quién llegará a ella…

o a quién perderemos en la siguiente marea.

Harland observó el trazo armonioso y familiar de su perfil contra la luz. El sol empezaba a declinar, la piedra conservaba aún el calor apagado del día, pero las manos de Einés estaban frías.