Capítulo 66
A veces la verdad duele como una puñalada, pero, aun sabiéndola, somos capaces de apretarnos co ntra su filo hasta la tragedia.
«No es la seducción de lo desconocido ni una curiosidad enfermiza —pensaba Einés—; es una fuerza interior más fuerte que la razón que impide valorar las consecuencias y sopesar los daños colaterales».
Con sus heridas todavía lacerantes, se preguntaba si a ella le había valido la pena.
Sentía la ignorancia como una gran pared que permite vivir de espaldas a lo que hay al otro lado, por aquello, quizá, de que «ojos que no ven, corazón que no siente», pero una sola brecha, un agujero mínimo para la sospecha de que había algo más allá del muro, no la dejaría vivir sin intentar descubrir eso que llamaban «la verdad».
La respuesta era difícil, y le generaba una angustia permanente.
Cuando Harland le dijo que había dudado si contarle lo de su abuelo inglés, ella le respondió que no le hubiese perdonado el no haberlo hecho.
Aunque le doliese, tenía derecho a saberlo.
Aquello le permitió desterrar definitivamente al siniestro personaje que permanecía agazapado en las sombras de su historia.
Pero lo de Franz estaba en otro plano. Aquel secreto era un arma aterradora, y era ella la que la empuñaba.
Además, ¿lo comprendería, sería capaz de entender —o de perdonar— el silencio de tantos años, de tanta gente?
Aquella verdad le pesaba como una losa, pero tendría que aprender a vivir con aquel peso, repartirlo entre los días para que no la aplastara de golpe.
A veces pensaba que el silencio también era una forma de lealtad.
Otras, en cambio, le parecía una cobardía bien vestida, una falsa tregua con el pasado.
Pero siempre llegaba a la misma conclusión: contárselo no repararía nada; sería como girar la hoja de un cuchillo dentro de la herida.
En Navidades, con Franz en casa, le costó disimular la pena ante su felicidad y la de Filú.
Además, su hermano estaba en plena preparación del examen final de licenciatura; después de la prueba pondrían, por fin, fecha para la boda.
Todo ello le daba razones para aplacar su conciencia y convencerla de que callar no era mentir —aunque a veces dudaba de si no sería traicionar— y de que, en esa ocasión, la verdad no valdría la pena.
No aportaría más que un sufrimiento inútil para todos, al menos en ese momento.
Tampoco lo protegería de nada. De eso ya se había encargado su madre al amenazar a Casilda con contarlo todo —aunque ya sabía que todo, en realidad, era nada— si a Franz le pasaba algo.
«Hasta un simple catarro», le dijo para que comprendiese la magnitud de aquella advertencia.
Hasta entonces, Einés había creído que siempre se tiene elección, pero ¿se tenía o eran las circunstancias, la necesidad, la urgencia…
, los que decidían, los que inclinaban la balanza?
¿La habían tenido sus padres? ¿La tenía ella?
¿Cómo se puede elegir con una navaja en la garganta?
En cualquier caso, estaba convencida de que cualquier elección fluctuaba entre el amor —a sí mismo o a los demás— y el odio; todo en el más amplio sentido.
Pensaba en ello cuando el señor Antúnez se acercó al mostrador antes del desayuno y le sonrió.
Sus estancias en el hotel volvían a ser frecuentes, aunque más cortas, a veces de una sola noche.
—Buenos días. Necesito un reservado para las doce y media, solo para el aperitivo.
—Muy bien señor. ¿Cuántos serán, para disponerlo todo? —preguntó Einés, devolviéndole la sonrisa.
—Solo dos —respondió el huésped con cordialidad.
Einés consultó el libro de reservas. A cualquier otro cliente le hubiese preguntado si tenía alguna preferencia: una sala tranquila, con vistas, cerca del restaurante…
Pero, conociendo lo que se ocultaba detrás de la identidad del señor Antúnez, todo era susceptible de sospecha, así que le ofreció el lugar más conveniente para sus intenciones.
—¿Le parece la sala cuatro? —le preguntó sin dejar de sonreír—. Es un espacio acogedor, alejado del ruido del restaurante y de las escaleras.
—¡Oh! Sí, será perfecta, gracias.
Einés dio aviso para que la sala estuviese preparada para las doce y media.
La había elegido con cuidado. Desde que se había adentrado en aquel mundo de intrigas y clandestinidad, su mente funcionaba de otra manera: hacía conexiones y barajaba posibilidades con rapidez.
Lo vio claro. Si tenía alguna oportunidad de obtener información del encuentro del señor Antúnez, solo podía ser desde la sala cuatro.
Era una estancia pequeña, discreta pero decorada con gusto, que se comunicaba con una sala principal más amplia a través de unas puertas correderas con paneles de cristal translúcido.
Sabía que le costaría mucho abandonar su puesto de trabajo durante el tiempo necesario para enterarse de algo, así que llamó a Filú.
Solo le dijo lo de siempre: «Nos vemos hoy».
Filú llamaría después al Cable Inglés para avisarles de que Einés había dejado una nota.
Compartir con ella el secreto de aquella actividad las había unido todavía más, y se había convertido en una fuente de conversación inagotable.
Diez minutos antes de la hora, Einés se acercó al reservado.
Todo estaba ya dispuesto. En una mesa ligeramente ovalada, cubierta con un mantel de lino blanco bien almidonado, había copas de cristal fino, unas botellas de jerez, vermut rojo y brandy, una jarra con agua y platitos con aceitunas y canapés.
Alrededor, cuatro sillas de respaldo alto tapizadas en cuero.
La ventana daba al exterior, pero los visillos proporcionaban un ambiente discreto.
Einés abrió las puertas correderas y pasó a la sala contigua, corrió los cortinones hasta dejarla en penumbra y se aseguró de que la puerta que daba al pasillo no chirriara lo más mínimo.
Después depositó el trocito de corcho que llevaba en el bolsillo en el carril inferior de las puertas correderas, comprobó que al cerrarlas quedase una apertura de apenas unos milímetros y se fue dejándolas un tanto abiertas.
Lo normal sería que el señor Antúnez se acercase a cerrarlas y, al tiempo, comprobase que la sala principal estaba vacía.
Al menos, eso era lo que esperaba Einés.
A las doce y media en punto, el secretario de consulado alemán entró por la puerta del hotel. Ella lo reconoció al momento. Se acercó al mostrador y preguntó por el señor Antúnez.
—Ya le está esperando, señor, ahora mismo le acompañan. —A un gesto de Einés, un mozo se dispuso a guiar al visitante.
Ella aprovechó para correr hacia las escaleras que daban acceso al espacio que ocupaba en los bajos el club de los Exiles, donde se reunían los ingleses.
Allí la esperaba Harland, que ya había recogido y leído su nota con las instrucciones.
Desde que habían establecido aquella forma de contacto, era mucho más sencillo y menos arriesgado dar los avisos.
Como Einés había previsto, cuando Harland entró en la sala con un sigilo extremo, Antúnez, que había llegado un momento antes de la hora, cerró las puertas correderas y, probablemente, verificó que la sala contigua estaba vacía.
Unos instantes después de la llegada del secretario, al que apenas saludó, entró el camarero.
—¿Les sirvo ya el aperitivo, señores? —preguntó.
—Sí, gracias. —La voz de Antúnez llegaba clara desde el otro lado.
Tras el servicio, el camarero se retiró y Harland aguzó el oído.
—Lisboa ya no es segura —comenzó Antúnez sin preámbulos—. Berlín no lo ha anunciado aún, pero la decisión está tomada. La incautación de los barcos ha cruzado el límite.
En los últimos días del pasado febrero habían llegado noticias de que el 23 de ese mes Portugal había incautado treinta y seis buques alemanes refugiados en Lisboa a petición expresa de Gran Bretaña.
Se establecía que estos barcos se integraran en la flota aliada o quedasen bajo el control británico.
Los diarios auguraban que aquello supondría una provocación para Alemania y que la respuesta sería contundente.
—¿Cuándo? —preguntó el secretario en tono sorprendido.
—Días. Quizá horas. El agregado dice que hay que mover a los civiles.
Vigo es útil, pero solo como tránsito. Demasiados ojos.
El consulado tendrá que gestionar la llegada de los compatriotas, identificarlos y clasificarlos para ver quién debe moverse rápido, desaparecer o esperar.
También tendrá que ocuparse de la cobertura legal, expedir salvoconductos, certificar identidades, organizar las salidas…
—Antúnez expuso toda una retahíla de actuaciones que debía gestionar el consulado alemán ante la previsible llegada de los alemanes huidos de Portugal.
—Será difícil, tantos frentes en tan poco tiempo —se lamentó el otro.
—El agregado es consciente. Hagan lo que puedan y eviten los telegramas —aconsejó Antúnez—. Reuniones breves y discretas. Y diga a los suyos que se mantengan invisibles hasta que la guerra sea pública.
No necesitaba más. Harland se retiró con el mismo sigilo con el que había entrado.
El 9 de marzo Alemania declaraba la guerra a Portugal, que pasaba a integrarse formalmente en el bando aliado.
—¿Cree que también nosotros entraremos en guerra? —Einés miraba a Harland con preocupación.
Aquel descubrimiento la había dejado consternada, y su primer pensamiento fue para Franz. Después de tantos contratiempos, de tanta angustia, quizá no hubiera valido de nada tanto esfuerzo.
—No lo sé. España no cuenta con las alianzas y los intereses que tiene Portugal con Inglaterra, pero nadie se aventura a decir lo que puede pasar.
—Estoy cansada —comentó Einés, pesarosa—, esto ya no me aporta nada.
—¿Dinero? —En realidad, la respuesta de Harland no era una pregunta, era una afirmación que le escocía.
—Sí —admitió Einés—, pero ya no es divertido.