Capítulo 65 #3
»—¡Lo has envenenado! —exclamó Arthur , aturdido, dirigiéndose a Sagrario, incapaz de creer lo que estaba pasando, mientras a ella parecía que todo aquello le fuese ajeno—. ¡Hay que llevarlo al hospital! —gritó volviéndose hacia Evaristo.
»—Te juro que lo estoy intentando: le he vaciado el estómago y le he administrado carbón vegetal y clara de huevo.
También láudano para calmar su agitación.
Pero créeme que no se puede hacer más. La respiración es muy superficial, el pulso irregular y débil.
Si no consigo estabilizarlo, moverlo solo precipitaría el colapso.
»Arthur regresó al pie de la cama de su amigo.
»—Voy a buscar a otro médico —dijo.
»—Hazlo —contestó Evaristo mirándole a los ojos, mientras controlaba la frecuencia cardiaca y la respiración, y le aplicaba paños fríos que Casilda le tendía—. Si crees que puede hacer otra cosa; yo hago cuanto sé, cuanto puedo.
»Y Arthur le creyó, Cata, creyó que hizo lo posible por salvarlo.
Lo conocía, pasaban mucho tiempo juntos con sus proyectos, eso de la cerveza, ya sabes, y creía de verdad que era un hombre noble y un excelente médico.
Ni él ni yo pensamos que tuviese nada que ver.
Ni siquiera Casilda, que, por lo que contó Arthur, colaboraba con su hermano y parecía conmocionada.
—¿Y Sagrario? —la interrumpió Catalina, intrigada.
—Ya te digo, como si no fuese con ella. Se retiró y no volvió a entrar en la habitación hasta el final.
Arthur llegó a pensar que se fugaría para escapar de lo que se le venía encima, pero ya solo quería acompañar a su amigo en sus últimos momentos.
Pero ¿sabes eso que dicen de que antes de despedirte de este mundo tienes unos momentos de mejoría, como de lucidez?
Pues Harald entreabrió los ojos, llamó a Arthur y, con un hilo de voz que todos oyeron, le pidió que se hiciera cargo de Franz, que lo alejara de ella.
Se lo hizo prometer, Cata, delante de Casilda y Evaristo.
Después, pidió papel y pluma, y exigió que lo dejasen a solas con Arthur.
»Estuvieron solos unos minutos. Luego Arthur pidió lacre y el sello de Harald.
Y se lo dieron. Cuando abrió la puerta y entraron Casilda y Evaristo, Harald seguía con los ojos entreabiertos, con un brillo febril y las pupilas contraídas.
El delirio lo arrebataba, pero tenía breves, repentinos y frágiles momentos de discernimiento durante los cuales pedía insistentemente que nosotros cuidásemos de Franz.
Luego Evaristo le volvió a administrar láudano para aliviar su sufrimiento y ya solo quedó esperar.
»Arthur tuvo mucha sangre fría, Cata, y pensó sobre todo en lo que sería mejor para el niño.
Con el cuerpo de su padre aún caliente, antes de salir de allí, negoció con ellos.
Hizo llamar a Sagrario. Tenía un papel firmado por Harald, solo la firma.
Allí puso una serie de condiciones: lo del reparto de bienes, lo de la tutela y algo muy importante: que Sagrario se fuera de la ciudad.
Los cuatro pusieron su rúbrica como testigos bajo la amenaza de destaparlo todo antes de l entierro de Harald si no firmaban.
Arthur aseguró que a simple vista habría muchas evidencias: las uñas y los labios morados, la piel amarilla y acartonada, y otras cosas de las que ya no me acuerdo.
—Pues yo no le noté nada —repuso Catalina.
—¡Anda que no sabía de eso, la Sagrario!
Aceites, arcillas, polvos de arroz… Y guantes, claro.
Bien tapadito, iba el pobre. En una caja que hay dentro de ese armario, junto a las carpetas de Arthur, encontrarás un sobre que solo tiene escrito el nombre de Harald y la fecha.
Es muy importante que lo guardes bien, Cata.
Arthur les advirtió que dentro había una declaración de Harald de su puño y letra, firmada por él, donde acusaba a Sagrario de haberlo envenenado y con qué.
Les dio su palabra de que jamás lo abriría ni le hablaría a Franz de él, pero, si alguna vez le hacían daño, lo difundiría.
Para ellos sería un escándalo. Imagínate, después de que su primer marido muriese también de ese modo, de un día para otro.
Solo habría que hacer correr el rumor y…
Cógelo, Cata. Cógelo y guárdalo —le pidió Delaira señalando el armario.
—No voy a coger nada, Delai, ¿me oyes? Ya lo tienes tú guardado y cuando te pongas bien…
—¡Cata! —la interrumpió Delaira—. Ya hemos hablado de eso. Por favor…
—Está bien, pero te lo devolveré en cuanto te recuperes. —Catalina se levantó y alcanzó la caja que su amiga le indicaba de un estante del armario.
—Solo una cosa más —señaló Delaira— : en el sobre no hay nada, solo una hoja en blanco.
—¿Cómo que no hay nada? ¿Qué quieres decir? —preguntó Catalina boquiabierta.
—Nada de nada, Cata. El pobre de Harald solo fue capaz de poner su nombre y la fecha en el sobre, y rubricar un papel en blanco.
Pero eso solamente lo sabíamos mi difunto Arthur y yo.
Y ahora serás tú la que cargue con este secreto nuestro y lo utilices como y cuando te dicte el corazón. Confío en ti.