Capítulo 65 #2
Einés obedeció sin rechistar. El rostro de Catalina reflejaba un cansancio que iba más allá de lo físico, como si llevase sobre los hombros un peso que empezaba a doblegarla, y Einés sintió que quizá había llegado el momento de que compartiese con ella esa carga, fuera lo que fuese.
Catalina calentó la achicoria, se sirvió una taza y la sujetó con las dos manos para desentumecer los dedos helados tras varias horas atando las redes. Después se sentó en el banco, detrás de la mesa, al lado de su madre.
—Bueno, algún día tenía que ser. Y a ti te tocará decidir qué hacer, como antes decidimos nosotros.
Los secretos pesan, mucho, y hay alg unos de los que no puedes desprenderte nunca.
—Einés sintió que las palabras de su madre anticipaban algo oscuro y doloroso, como si la estuviesen preparando para enfrentarse a un golpe devastador—.
Siéntate —le indicó dando unas palmadas en la mesa.
Einés se sentó. Parecía que el relato de Catalina iba a ser largo.
Una sensación de inquietud y miedo se apoderó de ella, similar a la que solo unos días antes había sentido cuando vio aquel remolino de gente frente a su casa y se temió lo peor.
«Aunque es algo del pasado que mi madre y mi abuela —y quizá también mi padre— sepultaron hace mucho tiempo con la intención, seguramente, de no desenterrarlo jamás», se dijo.
Pero ella, guiada por los extraños comportamientos de Catalina con aquel bolso —como un perro que huele los restos de un animal enterrado—, había ido a escarbar, sin sospechar siquiera qué iba a encontrarse.
—El día que murió Harald, tu padre, Arth ur —empezó Catalina—, desde la ventana de su piso vio movimientos raros en casa de los Künne.
Ya casi era medianoche, y habían llegado don Evaristo y su mujer.
Él se quedó, y ella se llevó a Franz y al pequeño Alfonso, que aún era un bebé.
Arthur decidió bajar a ver qué pasaba, por si podía ayudar.
Catalina se pasó las manos por la cara, cerró los ojos y se masajeó las sienes, como si le costase traer al presente aquellos recuerdos desde un lugar oscuro y lejano.
Cuando volvió a abrirlos, tenía la mirada fija en algún punto del pasado, en el que fuera el día más triste de su vida, cuando su amiga del alma se despidió de ella anticipadamente para siempre y, de alguna manera, le dejó un legado que ella rubricó con una promesa, un dolor punzante en el pecho y muchas, muchas lágrimas que se le enquistaron dentro sin poder salir.
—No fue una muerte natural, Cata. —Delaira la miraba desde la cama—. Lo envenenaron.
—¿Cómo que lo envenenaron? ¿Quién lo envenenó?
El primer pensamiento de Catalina fue para algún enemigo en lo personal o en lo laboral. Harald venía de fuera, apenas se había asentado en la ciudad, y a saber qué pasado cargaba a sus espaldas y qué deudas o afrentas había dejado atrás.
—Fue Sagrario. Y sus hermanos, Casilda y el médico, la encubrieron. Y, de alguna manera, también Arthur. Y yo.
—No puede ser. —La sorpresa y el horror se reflejaban en los ojos de Catalina—. No me puedo creer que Arthur callase algo así. Ni tú. Pero ¿a ti quién te ha dicho eso? ¿De dónde has sacado semejante cosa?
—Arthur me lo contó, Cata, como un secreto que llevarnos a la tumba por el bien de Franz. Y ahora yo te lo cuento a ti porque tendrás que ocuparte de él, de ellos, de mis hijos.
—No vuelvas a repetir eso, Delai, por Dios te lo pido. Te curarás, ya lo verás. Nos ocuparemos juntas de los niños y los veremos crecer. Ten fe, ten un poco de fe.
Ningún momento de su vida había sido tan duro, ninguno. Las palabras salían de su boca como cuchillas que le desgarraban la garganta porque su propia fe se tambaleaba, pero tenía que decirlas así se desangrara por dentro para que Delaira se aferrase siquiera a un hilo de esperanza.
—Escúchame, Cata. Cuando Arthur se acercó aquel día a su casa, como ya te dije, le abrió Matilde, pero enseguida apareció Casilda, que estaba allí, y le dijo que Harald no se encontraba bien, que ya había llegado su hermano, que no se preocupase.
Trató de despach arlo cuanto antes, pero Arthur, ya sabes cómo era, entró sin contemplaciones y pidió hablar c on Evaristo. Insistió y no les quedó más remedio.
»Lo encontró desencajado, nervioso. Le dijo que era una gastroenteritis, nada por lo que alarmarse, pero Arthur notó algo extraño.
Si no era nada preocupante, como aseguraba Evaristo, no entendía por qué se habían llevad o a los niños en mitad de la noche y por qué estaba allí Casilda.
Además, en el recibidor, adonde había bajado Evaristo, olía a láudano; tan poca cosa no sería, entonces.
Pero no solo a láudano; de la cocina llegaba un rastro agrio entre vegetal y terroso.
Él sabía mucho de esas cosas y desconfió enseguida.
Dijo que fue como un mal presentimiento.
»—Pero ¿qué le habéis dado? —les preguntó intentando reconocer el aroma—. ¿A qué huele?
»—Unas tisanas de manzanilla y jengibre —respondió Casilda al instante—, para asentar el estómago.
»Y ese fue su error, Cata, el no saber a quién se lo estaba diciendo, porque Arthur se dio cuenta enseguida de que le estaban mintiendo y exigió verlo.
Le dijeron que se encontraba descansando, pero no se dio por vencido, y los amenazó con acusarlos de dejados si le pasaba algo por no llevarlo al hospital.
»Ellas quizá no intuían el peligro, pero Evaristo era muy consciente de lo que suponía aquella amenaza.
Estaban ante alguien que conocía muy bien el terreno y que podría hacerlo saltar todo por los aires.
Que lo acusaran de negligente le preocupaba poco, no era fácil de demostrar .
Pero si se extendía la sospecha, cualquier médico, cualquier boticario, y desde luego el propio Arthur, podrían buscar y encontrar evidencias de un envenenamiento.
»Arthur iba a entrar en aquella habitación por las buenas, él solo, o por las malas, acompañado quizá por otro médico o incluso por la Guardia Civil. Así que, al final, Evaristo cedió.
»La imagen era aterradora. Arthur lo había visto esa misma mañana, y el deterioro de Harald en aquellas horas había sido brutal.
Le costaba reconocerlo. Su piel estaba amarilla y acartonada, los labios agrietados por la sequedad, las puntas de los dedos amoratadas, las mejillas hundidas, los párpados pesados, como si cada intento de enfocar la vista fuese doloroso.
En el borde del colchón había restos de vómito, y el olor de la habitación era nauseabundo, sin duda fruto de los vómitos y la diarrea intensa…
En la mesilla, al lado de la cama, una taza todavía mediada de lo que parecía una tisana.
La olió: aquel aroma vegetal extraño, penetrante… De repente, lo vio claro como el agua.
»Salió del cuarto y bajó las escaleras a zancadas hacia la cocina, dejando a las hermana s desconcertadas y a Evaristo con el susto dibujado en la cara.
»Matilde ya lo había recogido todo y dormitaba sobre la mesa. No se había acostado, esperaba por si los señores necesitaban algo. Al ver a Arthur, se espabiló enseguida.
»—¿Cómo se encuentra el señor? —preguntó sobresaltada.
»—No muy bien, Matilde, no muy bien. Dime, ¿qué han comido hoy?
»Matilde lo miró con extrañeza.
»—El señor, zorza con patata cocida; la señora y el niño, pescado. Al señor le gusta mucho la zorza, pero la señora no soporta el picante. Ya se lo dije a don Evaristo. Pero ya le digo yo que la zorza mal no estaba. No le caería bien al cuerpo.
»—¿Y las tisanas? ¿De qué eran las tisanas, Matilde?
»—Ay, eso ya no le puedo decir. Las preparó la señora, que conoce muchas hierbas sanadoras, pero se ve que no le aliviaron.
»—Déjame verlas —le pidió Arthur.
»—Aquí las gu arda, señor, pero no sé cuál de ellas cogió —indicó Matilde señalando una de las alacenas.
»—¿Y los posos? ¿Dónde están los posos? —preguntó Arthur desesperado, temiendo que los hubiera arrojado por el fregadero.
»—Afuera, en el caldero de los desperdicios. Yo los llevo para las gallinas.
»—Tráemelos, por favor —le pidió Arthur con una esperanza mínima de encontrar allí lo que buscaba.
»Los cuatro entraron casi al mismo tiempo en la cocina: Sagrario y su hermana seguidas de Evaristo por la puerta interior, y Matilde, con el cubo, por la que daba a la despensa y a la parte lateral de la casa.
Tan pronto lo vio, Arthur echó mano al cubo y lo fue vaciando con cuidado en el fregadero ante los ojos atónitos de los presentes.
Y allí estaban: restos de bulbos de Amaryllis belladonna , las azucenas de San Miguel que había en el jardín.
Pero no cualesquiera; eran restos de bulbos secos, cogidos quizá antes de que la planta floreciera, cuando eran más tóxicos.
Arthur miró directamente a Evaristo. Solo él podía tener aquellos conocimientos, pero el médico, intuyendo lo que estaba pasando por su mente, negó con la cabeza, alarmado.
»—Retírate, Matilde —le indicó Casilda.