Las tejedoras del mar Capítulo 65
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Capítulo 65

Einés volvía del trabajo aquel domingo a finales de noviembre cuando, al salir de la rúa Real, se encontró con un corrillo agolpado frente a su casa.

Reconoció de inmediato a la mayoría del vecindario: mujeres y hombres con las mangas remangadas, varios niños mirando con ojos muy abiertos.

Muchos sostenían calderos de zinc, algunos todavía chorreando agua.

El aire olía a humo espeso, a madera chamuscada y a esa mezcla acre que dejan las telas y el pelo quemados.

En la fachada blanca de su casa corrían unos surcos oscuros que nacían en la ventana y se perdían h acia el alero, como si la humareda hubiera intentado trepar por la pared buscando un último respiro.

Su corazón se encogió. Se abrió paso entre el gentío mientras una punzada de miedo le atravesaba el pecho.

Pero allí estaban todos: su abuela, con la angustia dibujada en la cara; su madre y otras mujeres bajando cestas de ropa y enseres; su padre apuntalando el piso con la ayuda de unos vecinos; sus tíos y algunos de los primos que vivían al lado…

—Pero ¿ qué pasó? —preguntó con cierto alivio al ver que no había que lamentar daños personales, aunque la angustia aún le oprimía el pecho.

El fuego había comenzado en la habitación de la abuela Leonor. Catalina había dejado allí el brasero para que, al volver de casa de Quique, su madre —que de un tiempo a esa parte decía que se le metía el frío en los huesos— encontrase e l cuarto bien caldeado.

Seg ún concluyeron todo s, lo más probable era que los gatos lo hubieran volcado o hubiesen arrastrado hasta él alguna prenda olvidada —un mandil, una chaqueta, quizá uno de los pañuelos que a veces quedaban colgados del respaldo de las sillas o encima de la cama— y que eso hubiera bastado para prender en el colchón de lana.

Por fortuna, el fuego solo afectó a aquella habitación, en especial al piso de madera en el que el colchón se fue consumiendo poco a poco, chamuscándose sin llamas, pero desprendiendo aquel humo pesado, casi aceitoso, y ese olor penetrante, insoportable, que se extendió por toda la casa, adhiriéndose a cada objeto como un barniz persistente.

—A lo que pudo haber sido… —comentó Catalina resignada pero agradecida por la agilidad y la colaboración de los vecinos—, no quedó más que en un susto.

Apenas se distinguía ya con la luz tenue de las farolas de gas de O Berbés, pero entre todas las vecinas pusieron la ropa a remojo, ventilaron y limpiaron cuanto fue posible aquel hollín que llegaba a todos los rincones.

Esa noche se acomodaron en la que todavía era la casa de la abuela Leonor mientras aquel aire irrespirable no se disipara.

Einés apenas durmió. El susto, la incomodidad de compartir cama con sus dos primas, el olor que llegaba hasta allí…

Pero sobre todo la inquietaba la imagen de Catalina sujetando bajo el brazo el bolso que había pertenecido a su amiga Delaira y que reavivó en ella la curiosidad que la había asaltado las veces que la vio salir con él de casa sin razón aparente: el día que fue a pedirle aquel informe médico a Evaristo Devesa o cuando se marchó llena de furia y vestida con ropa de diario a enfrentarse a su hermana Casilda por el asunto de Franz.

¿Por qué, de todas las cosas que se sacaron de la casa, se aferraba a aquel bolso?

Era algo que la intrigaba. Sabía que no guardaban allí los ahorros; esos estaban a buen recaudo en el bajo.

Por extraño que pareciera, cuando eligieron el lugar, pensaron en cómo protegerlos de un posible incendio.

Se le ocurrió que quizá guardaba allí algo de dinero para los gastos diarios, para no tener que ir cada vez al escondite.

Pero la idea no terminaba de convencerla.

La actitud de su madre, casi obsesiva, recordaba a la de un avaro que protege sus caudales, y eso no encajaba con su carácter.

Solo le quedaba pensar, como había sospechado otras veces, que la movía algo más profundo ligado a la memoria de su madre, Delaira; que conservaba aquel objeto como símbolo de un lazo que seguía vivo entre ellas, más allá de la muerte.

Apenas tardaron tres días en volver a la casa.

Las vigas de madera del piso estaban intactas, y solo hubo que cambiar las tablas donde el colchón se había consumido.

El olor, sin embargo, seguía allí. Se había incrustado en la madera, en la ropa de cama que no podría lavarse hasta que llegase el buen tiempo, en los objetos…

Hicieron vapores de eucalipto y quemaron laurel y romero para contrarrestarlo, y poco a poco volvieron a poner cada cosa en su lugar.

Fue entonces cuando lo encontró, sin haberlo buscado. No le gustaba hurgar en la intimidad ajena, pero la ocasión se presentó d e un modo tan súbito, tan inevitable, que casi parecía una trampa del destino.

En muy contadas ocasiones había visto aquel bolso en casa.

Sabía que era un recuerdo querido por Catalina y nunca había sentido curiosidad por saber dónde lo guardaba.

Las primeras veces que recordaba habérselo visto fue en circunstancias especiales —la boda d el tío Pedro, la romería del Carmen—, en que era apropiado; pero las últimas, ni su atuendo ni los lugares a los que iba justificaban llevar bolso, ni aquel ni ningún otro.

Las cestas con la ropa limpia y seca reposaban encima de las camas.

La abuela Leonor se había mudado al cuarto de Franz mientras acondicionaban el suyo, y Einés le trasladó allí sus pertenencias.

Iba a guardar una prenda en un arcón que provisionalmente estaba en el cuarto de sus padres hasta que recuperase su lugar habitual en el de su abuela y fue entonces cuando ocurrió.

Como la varilla de un zahorí que marca el punto exacto donde brotará el agua, un pálpito la incitó a deslizar la mano bajo una de las esquinas del arcón, un tanto abultada.

Sintió un escalofrío al tocarlo. Pasó los dedos por aquella piel suave y recorrió los bordes del cierre metálico con un cuidado casi sacramental.

Era como si estuviese profanando un espacio prohibido: aquel reducto que solo les pertenecía a ellas, a sus dos madres.

Iba a devolverlo a su lugar, pero no lo hizo, no pudo; algo mucho más poderoso la empujaba a abrirlo.

Y no era simple curiosidad —por intensa que fuera—, sino una fuerza ancestral que la llamaba desde dentro.

Lo abrió. Lo primero que vio fueron unas fotografías.

Allí estaba Franz de pequeño, con su carita seria y su mirada triste, de la mano de su madre, Delaira, depositando unas flores encima de un féretro —el de su padre, dedujo—.

En ot ras se veía a Casilda y a la que suponía la viuda junto con otra gente tras el ataúd.

Casi todas eran del entierro, aunque también había imágenes de la fachada de la que fue la casa del padre de Franz y del jardín, y una de un sobre en la que podía leerse «Harald Theodor Wilhelm Künne, 19 de septiembre de 1900».

—¡El mismo sobre! —exclamó sobrecogida reparando en el que acompañaba en el bolso a las fotografías.

Estaba sellado con lacre. Si alguien lo había abierto alguna vez, habría sido de forma muy cuidadosa para cerrarlo de nuevo. Dentro parecía haber algo muy ligero. «Tal vez una simple cuartilla, una carta para Franz», pensó. ¿Sabía su hermano de la existencia de aquel sobre y de las fotografías?

Lo guardó todo de nuevo y lo puso tal y como estaba en el fondo del arcón, pero sabía que su cabeza no pararía de darle vueltas hasta tener una explicación. Se conocía, y no estaba segura de superar la tentación de intentar descubrirlo por sí misma.

Cogió de nuevo el bolso y lo llevó a la cocina, donde su abuela se afanaba en coger el punto que se había soltado de una chaqueta.

Lo dejó encima de la mesa y esperó, pero Leonor no dijo nada.

Miró el bolso de la misma forma que observaría cualquier otro objeto: le echó un vistazo rápido y, sin el menor interés, volvió a su faena.

Einés la miró, confusa. ¿Acaso su abuela no sabía nada de aquello?

¿O sí lo sabía y no le daba ninguna importancia?

Ni una cosa ni otra entraban dentro de las posibilidades que barajaba.

—¿Sabe qué hay aquí, abuela? —le preguntó cogiendo el bolso y colocándolo frente a ella.

—Sé —contestó Leonor con total naturalidad, levantando la mirada.

—¿Y por qué están aquí estas fotos?

Guardaban muchas fotografías en casa, en álbumes y en una pequeña caja de latón de galletas inglesas.

Su padre, Arthur, tenía una Pocket Kodak, como la de Paul, y ambos eran muy aficionados a la fotografía.

De vez en cuando, las miraban con una pena antigua y mucha ternura, pero aquellas no las había visto nunca.

—¿Para qué vamos a hacer que Franz recuerde esos momentos tan dolorosos?

—Pero, abuela, ¿no cree que Franz ya es un hombre adulto, que no podemos ir apartándole todo aquello que pueda hacerle daño? —replicó Einés.

Sin embargo, ella también lo había hecho —la primera reacción siempre es evitar el sufrimiento de los que queremos—, pero al final le había revelado, poco después del compromiso, que fueron la madre de Filú y Crisanto Taboada los que habían maquinado para sacarlo de en medio y despejarle el camino a su hijo Alonso.

Pensó que, por encima del disgusto de saber que su futura suegra lo detestaba y que no había dudado en acabar incluso con su vida, tenía derecho a conocer la verdad para que lo tuviese en cuenta en el futuro.

—¿Y esto? ¿Qué es, abuela? ¿Tampoco sabe nada de este sobre? —preguntó de nuevo mostrándole el contenido del bolso—. ¿Lo dejó su padre para él?

—No, Einés, ese sobre no lo dejó para él. Lo dejó para protegerlo, para que tu padre y tu madre lo protegiesen, y después nosotros. —La voz de Catalina sonó a su espalda, y Einés se dio la vuelta, sobresaltada; no la había oído llegar—. Lleva eso a donde estaba, anda.