Capítulo 64 #2
Harland la miró y esbozó algo parecido a una sonrisa.
Ella también sonreía. Aquel gesto duro y distante de sus primeros encuentros se había ido diluyendo, y, aunque defender su criterio con vehemencia —eso a lo que ella se negaba a llamar «discutir»— seguía siendo un rasgo intrínseco a su carácter y una actividad casi cotidiana de la que, en cierto modo, también disfrutaban, de un tiempo a esa parte sonreía más.
No quería borrar de su cara esa expresión jovial y, sin embargo, sentía que debía decirle la verdad.
Nunca se le había dado bien manejar los afectos, y ponerse en el lugar del otro era algo que había practicado poco, pero con ella era diferente.
Lo había sido desde el día en que entró en el despacho de Rosse con aquella firmeza en la mirada y le dejó una impronta de la que ya no quiso deshacerse.
Ponerse en su lugar, eso era lo que debía hacer.
—El huésped que entró en el hotel justo al mismo tiempo que yo… ¿Lo recuerda? —dijo al fin.
—Sí, claro. ¿Por qué quiere saberlo?
—¿Y quién dijo ser? —La pregunta alertó a Einés.
Aquel baile de personajes que no eran quienes decían ser empezaba a resultar ya demasiado extenso.
—Mister Harris, Frederick Harris. ¿Otro infiltrado con identidad falsa? Dijo que solo se quedaría una noche.
La tarde era cálida. En los parterres de la alameda asomaban las primeras rosas.
Los plátanos de sombra y los tilos lucían sus hojas todavía jóvenes, y la brisa las agitaba en un susurro que invitaba al paseo.
Los senderos de tierra apisonada estaban flanqueados por bancos de hierro fundido y listones de madera pintados de verde oscuro orientados hacia la ría.
Se respiraba una calma luminosa y salina.
Harland negó con la cabeza y señaló uno de los bancos.
—Sentémonos, Einés.
Ella se puso tensa y parpadeó varias veces. Su cuerpo se anticipó para algo que adivinaba importante, y no precisamente agradable. Se dejó conducir.
—Su apellido es Caldwell. Thomas Arthur Caldwell.
Fui allí para advertirla en cuanto supe que había llegado en ese barco.
Me llamó la atención su apellido al examinar la lista de pasajeros.
Descubrí que era representante de la Burroughs Wellcome y até cabos.
Averigüé quién era, pero no llegué a tiempo.
A Einés se le detuvo el corazón. Sus pupilas, dilatadas por el asombro, se clavaron en las de Harland, y su mente volvió al mostrador del hotel, apenas unas horas antes.
Aquel hombre la había mirado de una forma extraña, y ella lo había notado, se había sentido incómoda en su presencia.
¡La había reconocido! Nunca la había visto, pero ella —se lo decían todos, y las fotografías lo corroboraban— era el vivo retrato de su madre.
Miss Dorothy le había comentado que su abuelo había enterrado a su padre desde el mismo momento en que se casó con su madre, y, por consiguiente, también a ella, incluso antes de nacer.
Solo habían hablado de ello una vez. Necesitaba saber, pero le había dolido tanto que tardó en ser capaz de sepultar aquel capítulo de su historia en el lugar más recóndito de su mente y su corazón.
Ni siquiera podía analizar sus emociones. Algo en su interior había explotado como un volcán, y sentía que sus venas se estaban llenando de una sustancia candente y pesada que amenazaba con ahogarla.
—Einés…
Harland la cogió de las manos al ver que se le nublaban los ojos, y ella se estremeció. Era la primera vez que tenían un gesto tan personal, y deseó que las circunstancias fuesen otras. Temía que solo le hubiese movido la compasión.
—Ese hombre no significa nada para mí, no es nadie en mi vida —dijo al fin, reponiéndose.
Harland le apretó las manos. Sabía que no era cierto. Vio que la confirmación de aquel rechazo había quebrado algo dentro de ella definitivamente, aunque, tal vez, solo así podría cerrar aquella herida.
Aquella noche fue para Einés como una extensión del golpe recibido.
Cada intento de cerrar los párpados la devolvía al hotel, al instante en que había sido descubierta y ocultada a la vez.
No era solo el engaño del nombre falso lo que le dolía, sino la desafección con que lo había hecho, la de quien está acostumbrado a borrar a los demás de su vida sin remordimientos.
La memoria se le llenó de rostros ausentes, y la mantuvo despierta, con el corazón acelerado y una presión constante en el pecho.
Sin embargo, por la mañana llegó al hotel con una serenidad extraña, con la sensación precisa de que algo había quedado sellado con el peso de lo irrevocable.
Aquel rencor silencioso que la carcomía desde niña ya tenía cuerpo, rostro.
Lo había tenido delante, era miserable y no se merecía su dolor ni un solo pensamiento, ni siquiera un segundo de su vida.
Pasaban un poco de las ocho de la mañana cuando lo vio salir.
Llegó al vestíbulo seguido del botones que portaba su bolsito de viaje y la llave de la habitación.
Dejaba patente que su intención era no volver a toparse con ella.
Apenas unos minutos antes había solicitado que le subiesen la cuenta —una noche sin desayuno—, y un mozo había bajado el dinero en efectivo para que ella anotase el pago en el libro de cuentas.
Tenía los ojos fijos en la puerta para no verla, negándola una vez más, pero, justo al pasar frente al mostrador, antes de que alcanzase la salida, Einés no pudo contenerse.
—¡Señor Caldwell! —lo interpeló en un tono lo bastante alto para que él la oyese con claridad, pero sin llamar la atención.
Su abuelo se detuvo en seco y se volvió hacia ella sorprendido, pero no se acercó.
Einés sostuvo su mirada gris y, más allá del asombro del momento, comprobó que toda su cara orquestaba una hostilidad contenida —los labios apretados, la mandíbula tensa, el ceño fruncido—.
Ni un poso de remordimiento, ni la más leve fisura en aquella frialdad antigua de sus ojos, como si en vez de verla a ella estuviese viendo a su madre y la culpara de su desgracia.
—El hijo no siempre continúa al padre, señor.
A veces, la bondad y el amor son una forma de rebeldía contra la intransigencia y el odio.
Mi padre era un hombre bueno, libre, y nos amaba a mi madre y a mí.
Y fue feliz, mucho. En cambio usted no es más que un vasallo, un esclavo de sus estúpidas normas y de su egoísmo.
Seguramente nunca ha tenido el amor de nadie ni lo tendrá, porque no se lo merece.
Es digno de lástima, aunque yo no se la tengo.