Capítulo 64
Harland llegó a la puerta del hotel al mismo tiempo que el cliente, pero le cedió el paso.
No hacerlo sería una descortesía. Era un caballero ya mayor, podía rondar los setenta años.
Sin duda, inglés también. Cualquiera podría llevar aquel mismo traje de lino oscuro y sobrio, la camisa clara, la corbata sencilla…
, pero solo los británicos parecían poseer aquella elegancia sofisticada.
El paso firme, los hombros un tanto hacia atrás, la cabeza alta, la manera casi ceremonial de ajustarse el sombrero y saludar con una ligera inclinación de cabeza ni indiferente ni demasiado afectada…
Einés sonrió con cordialidad, pero evitando una familiaridad innecesaria.
Por encima del caballero dirigió su mirada hacia Harland, que, todavía en la puerta y con el rostro contraído, encogió un poco los hombros, balanceó la cabeza en un gesto de negación, como de resignación, y volvió a salir.
Si pretendía enviarle algún tipo de mensaje, ella no lo entendió.
Todavía con la sonrisa en los labios, se volvió hacia el cliente para encontrarse con una mirada gris clavada en la suya.
El hombre entornó los ojos acentuando sus arrugas, ladeó un poco la cabeza y, en un instante, el rostro relajado con el que había entrado se volvió extrañamente tenso.
—Buenas tardes, señor. Bienvenido al Gran Hotel Moderno. ¿Estancia larga o breve?
—Breve. Solo esta noche.
—Está usted de paso. ¿De dónde viene?
—De Nueva York.
—Imagino que habrá sido fatigoso. ¿Viaja solo?
—Sí —respondió el cliente sin dejar de observarla fijamente con una mirada metódica, de explorador, que, junto con sus respuestas escuetas y secas, la estaban poniendo un poco nerviosa.
—Muy bien. ¿Podría darme su nombre para el registro, por favor?
—Frederick Harris —respondió sin titubear.
—Segunda planta, al fondo —le indicó Einés, entregándole la llave—. Espero que su estancia sea cómoda.
Era inglés, sí, pero no mostraba la caballerosidad que solía distinguirlos.
Ni un mal viaje ni un mal día hacía que perdiesen su galantería.
«Aunque al margen está Harland —pensó—, que no sé dónde situarlo.
¿A qué demonios ha venido hasta aquí para nada?
Seguro que se ha olvidado algo y se ha dado el paseo en balde».
En aquellos meses —finalizaba mayo— habían avanzado un poco en aquella extraña relación que mantenían. Más allá del vínculo comercial, se habían hecho confidencias, habían reído mucho, habían discutido más y, al menos ella, le había dedicado más pensamientos de los que desearía.
—¡Te has enamorado del inglés! —Filú miraba a su amiga agitada por la emoción y la complicidad.
—¡Que no, Filú! Pero ¿qué dices? Ya te expliqué de qué iba todo esto —replicaba ella ruborizada.
Einés había optado, finalmente, por contarle a Filú aquel embrollo en el que se había metido.
Por supuesto, omitió la implicación de buena parte de su familia; consideró que no tenía derecho a airear lo que concernía a otros, y le hizo prometer que no se lo contaría a Franz.
Se sintió mejor. Filú era su mejor amiga, su amiga del alma.
Necesitaba su apoyo, pero, sobre todo, compartir, aunque fuese de forma inconsciente, aquellas sensaciones nuevas que iban apareciendo en su vida.
—¿Recuerdas cuando me decías que ponía cara de boba cuando veía a Franz y yo te lo negaba? Pues es lo mismo. ¡Y me alegro tanto, querida Einés!
No, no se lo podía negar, no quería. Y necesitaba que Filú le dijese, le asegurase, que ella no le era indiferente a Harland, que no todo formaba parte de una alianza de conveniencia, circunstancial.
—Es una fachada, Filú, una especie de pacto, de tapadera, nada más.
—La excusa perfecta, eso es lo que es. ¿En serio crees que te haría esa proposición si no le importases de verdad? Ya te digo yo que no. ¿Por qué se iba a tomar tantas molestias?
Le reconfortaban las palabras de Filú. La ilusionaban, le hacían palpitar el corazón de la misma manera en que le dio un vuelco meses atrás, cuando Harland le hizo aquella propuesta que, por inesperada sobre todo, le pareció descabellada.
—Podríamos simular que iniciamos un noviazgo, sería todo mucho más fácil —le sugirió él en una de aquellas ocasiones en que de pronto se vieron bajo su paraguas.
—Pero ¿qué dice? ¿Está loco? —Einés abrió los ojos desmesuradamente.
Aquella sugerencia le pareció tan inaudita que no estaba segura de si era una broma o lo decía en serio.
—Piénselo. Es menos sospechoso que el que nos vean juntos sin ningún tipo de relación.
Einés iba a responder que eso era evitable, que no tenían por qué verse, pero se contuvo. Nada más lejos de sus deseos.
—¿No se da cuenta de que me espantaría los pretendientes?
Harland rio a carcajadas. A ella le gustaba su risa sonora, espontánea. Se le marcaban unos hoyuelos graciosos en las mejillas, le brillaban los ojos, sin rastro de la dureza que a veces le cruzaba la mirada solo un momento antes.
—No había pensado en ese detalle. Lo lamento —dijo sin dejar de reír.
—¿De qué se ríe? ¿Tan disparatado le parece lo que digo?
—Le aseguro que no —contestó recomponiendo el semblante—, y si me he atrevido a proponerle algo así es porque sé que no tiene ningún compromiso.
—Y con semejante desatino ni lo tendré, vamos —objetó Einés por salvaguardar su orgullo, porque en realidad deseaba aceptar aquella propuesta más que ninguna otra cosa—. Además, usted no se juega nada, tiene margen social para transgredir las normas.
—¿Qué normas? ¿A qué se refiere?
—Mi reputación es muy frágil, y no solo por ser mujer, sino que además trabajo de cara al público. El examen y la vigilancia son constantes: huéspedes, compañeros, dirección…
—¡Oh, vamos! ¿Por qué habría yo de dañar su reputación? —replicó Harland, aparentemente ofendido—. Le recuerdo que está metida de lleno en una situación más comprometida y más peliaguda que el hecho tan simple y natural de que un hombre la corteje. Y que ha llegado hasta aquí por voluntad propia.
—Y yo le recuerdo que su carácter es inestable. Nunca se sabe cuándo va a mostrar su lado irascible y lo que se puede esperar de él. —Einés blandía su índice frente a la cara de Harland, que había pasado de grave a sonriente otra vez.
—Y me lo dice usted, con el dedo en alto como un militar advirtiendo a un subordinado. ¿Ya estamos discutiendo otra vez?
—No es una discusión —aclaró Einés rebajando su tono—. Hablamos, sin más.
—Curiosa manera —observó él, arqueando las cejas.
Lo dejaron así. Él hizo oídos sordos a su negativa, o a su falta de una respuesta contundente e inequívoca, y ella se molestó lo justo para que no dejase de esperarla a la salida del trabajo y la acompañase hasta la porta da Ribeira de camino a casa, para que la invitase a pasear por la alameda, a un chocolate en alguno de los cafés del centro o al teatro Tamberlick, a veces acompañados por Filú.
Ya no eran necesarias las excusas. Ante los ojos de la gente, eran una pareja de jóvenes que iniciaba una relación, y, ante los suyos, preferían no poner nombre a lo que estaba ocurriendo ni preguntarse hasta dónde podían permitirse llegar.
Harland la aguardaba a la salida del hotel esa tarde y la miró con ojos escrutadores bajo el ala de su sombrero.
—¿Qué tal el día? —le preguntó—. Me he enterado de que ha hecho escala un buque de pasajeros. ¿Mucho movimiento en el hotel?
—No, no demasiado. Ya sabe, cuando la escala es tan corta, solo algunos de primera clase se hospedan en la ciudad, por cambiar de aires y hacer más llevadero el trayecto, supongo.
Unas semanas antes, exactamente el 7 de mayo, la noticia del hundimiento del buque de pasajeros británico Lusitania por parte de un submarino alemán conmocionó al mundo, incluso en aquella situación de guerra que cada vez tomaba un cariz más violento.
Las noticias de ataques de los temidos U-Boote alemanes a barcos aliados llegaban cada día, pero nunca hasta entonces en aquella contienda naval sin tregua la tragedia había alcanzado semejantes dimensiones: de las cerca de dos mil personas que iban a bordo, casi mil doscientas perecieron ahogadas frente a las costas de Irlanda.
Tras la masacre, los buques de pasajeros que hacían las rutas entre Estados Unidos e Inglaterra comenzaron a buscar otras más seguras para cruzar el Atlántico, y la costa de Galicia, menos transitada por submarinos alemanes que el Canal de la Mancha, permitía evitar aquellas zonas de mayor riesgo y controlar mejor la seguridad antes de seguir hacia Inglaterra.
Esa era la razón de que, a raíz de aquella tragedia, se intensificaran las escalas en el puerto de Vigo.
—¿Sin ningún particular, entonces? —Harland la miró mientras se lo preguntaba.
Observó su perfil delicado, su gesto relajado, y sintió una ternura infinita. Le hubiese gustado abrazarla, protegerla, evitarle un sufrimiento inútil.
—Nada destacable —afirmó Einés despreocupada—, y ninguna información que pueda ser de utilidad. Lo único que destacaría fue su extraña visita. ¿Me quiere explicar? —preguntó curiosa.
Harland vaciló. No era la situación que él había previsto, y no sabía qué responder.
Parecía claro que Einés no estaba al tanto de nada porque, de estarlo, tendría que haberle afectado, para bien o para mal.
Era pasional e impulsiva; sin embargo, no mostraba emoción alguna.
Dudó. Por lo que fue deduciendo a medida que se conocían, aquella parte de su vida estaba asumida y archivada.
¿Para qué, entonces, iba él a remover algo que siempre estuvo enterrado —o al menos dormido— y que seguramente le haría daño hurgar en ello?
—¿Qué? —insistió Einés—. ¿No sabe a qué fue?