Las tejedoras del mar Capítulo 63
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Capítulo 63

El año había comenzado con un sabor agridulce para Einés.

En Nochevieja no había podido cerrar la conversación con Harland, y le hubiera gustado hacerlo.

Entendía su preocupación y la necesidad que tenía de saber cómo había llegado aquella información hasta ella.

Había cometido otro error. Tendría que haber esperado a que él se sincerase con ella y, si no lo hacía, comprender que tenía sus motivos.

En aquellos entresijos de la guerra, ella era insignificante, una persona anónima cuyo papel era irrelevante, del todo prescindible. Él no. Él formaba parte de aquel entramado, y sus situaciones no eran similares.

Sentía que lo había estropeado todo. La velada había empezado tan bien…

Vio algo en su mirada, en la manera en que le habló, en cómo la cogió de la cintura…

Algo liviano y expectante. Parecía que mostraba un interés personal hacia ella: «Ser solo Einés y Edward», le había pedido.

Y ella había experimentado sensaciones desconocidas.

Por un momento, sintió que el mundo podía desvanecerse en torno a ellos, que la conversación podía fluir sin las máscaras impuestas por las circunstancias en que se habían conocido.

Se preguntaba si, de alguna manera, él había sentido lo mismo.

Y, de repente, lo que parecía una conexión genuina se torció, se rompió.

Algo pasó por su cabeza, como si le advirtiese que debía estar alerta.

Y le salió aquella palabra: «teniente». Aunque no era capaz de distinguir si lo hizo como defensa o como ataque.

Quería que supiese que no podría manipularla con lisonjas, si era eso lo que pretendía.

Su razón le decía que nada sincero podía salir de boca de alguien que escondía su verdadera identidad, aunque todo su cuerpo le pedía dejarse arrastrar por la sensación tan turbadora que le provocaba la idea de «ser solo Einés y Edward» .

Pero ¿podría haber algo en esas palabras que realmente se sostuviese más allá del momento?

A veces pensaba que no estaba hecha para lo que deseaba, que sus acciones no se correspondían con sus deseos.

Quería tener una excusa para volver a verle, pero su tío no le hacía llegar ninguna nota, y tampoco de los huéspedes que vigilaba pudo averiguar nada.

De hecho, el señor Martull había abandonado el hotel, y el señor Antúnez apenas lo pisaba esos días.

Ni un mensaje, cuando ella ya se había vuelto una experta en interceptar llamadas y abrir sobres sin que se notara.

Estaba cansada de mirar hacia fuera con la esperanza de verlo allí, tocando el ala de su sombrero a modo de saludo al otro lado de la calle, pero eso no sucedía, y una desazón extraña se apoderó de ella.

A veces sentía la necesidad de presentarse en las oficinas del Cable sin más, sin motivo, para salir de aquel estado de inquietud permanente.

Lo pensaba cada día al salir del trabajo, y lo hubiera hecho si él no hubiese aparecido.

La pilló desprevenida, mientras hacía unas anotaciones en el libro de llamadas, pocos minutos antes de terminar su jornada de trabajo.

—Quizá haya guardado aquí mi paraguas —dijo.

A Einés se le aceleró el corazón, y buscó en sus ojos alguna pista que le anticipara su sentir hacia ella, pero no logró leer nada en ellos. Su cara era totalmente neutra, como la de cualquier huésped apurado que pasase a preguntar si habían dejado algo para él o a recoger sus llaves.

—Sí, enseguida —respondió ella, y se dirigió al ropero a buscarlo.

Había pensado en llevárselo, pero, si él no había ido a recogerlo, le parecía una excusa tan burda que prefería presentarse en el Cable sin ninguna.

Tal vez, pensó por un instante, también él lo utilizase como pretexto para acercarse hasta allí.

Estaba lloviendo; desde luego, era más justificable.

Pero también había llovido en los días anteriores, y desde antes de la noche de Fin de Año ella tenía allí su paraguas.

Agradeció la distancia mínima entre el mostrador y el ropero para respirar hondo y decidirse a contarle aquello que él quería saber, pero, de nuevo, Harland se le adelantó.

—La espero a la salida —dijo, y se fue sin ni siquiera darle las gracias.

Einés se quedó contrariada, con una mezcla de desencanto y despecho. A veces también él podía ser insufriblemente exasperante. El encuentro no se preveía muy agradable.

—Dígame, ¿cuál es el precio? Es información, seguro que tiene un precio. Todo lo tiene, ¿no? —le soltó nada más verse a solo unos metros de la salida del hotel.

—Detrás de la información hay gente. Y no, no todo tiene un precio, al menos para mí —respondió Einés con un tono de amargura en la voz y mucha desilusión en la mirada.

—Lo siento, de veras que lo siento —se lamentó Harland—. No es mi intención ofenderla.

—Sí que lo es, claro que lo es. Usted pretende que todo el mundo baile al son de su orquesta. No le importa nadie, solo lo que puedan contarle.

—¿Y me lo dice usted, que parece que solo la mueve el dinero? —Harland, como ella, hablaba en voz muy baja, pero sonaba como si lo estuviera haciendo a gritos.

Einés se detuvo y lo miró desconcertada.

Era más que posible —incluso lógico— que esa fuera la impresión que daba.

Y resultaba terrible, despreciable. Pero ¿cómo explicarle que, para ella, el dinero no era más que una pieza del juego, que lo verdaderamente importante era aquella embriaguez de caminar sobre los márgenes?

Consideraría una frivolidad que lo que para él era algo así como una empresa patriótica, para ella no pasara de ser una especie de divertimento que, además, le reportaba beneficios considerables.

Siguieron caminando en un silencio que ninguno parecía capaz de romper. A Einés la habían herido sus palabras. Se equivocaba: ella no era así. Y él… «Quizá, tras ese caparazón duro y hermético, tampoco sea inmune a las mías», pensó. Al menos, por el momento, estaban en paz.

—Si tiene algo que decirme, hágalo. —Einés rompió aquella pausa con un tono seco—. No creo que estemos aquí para pasear.

Nada más decirlo, se arrepintió. No quería aquella confrontación, pero no podía evitarla. Harland también tenía el don de sacarla de quicio, aunque no podía negar que disfrutaba de aquellos rifirrafes. Eran otra pieza del juego. Pero ¿cómo iba a entenderlo él, si ni ella lo entendía?

—¿Le parece que nos demos una tregua, por favor? —pidió Harland con el cansancio de quien se da por vencido.

—Yo no estoy en guerra con usted —respondió Einés.

Harland sonrió. «Siempre tiene que decir la última palabra», pensó, pero dejó pasar el comentario. Sabía que cualquier réplica sería volver a empezar.

—Pues, partiendo de eso, dígame, si puede, si quiere: ¿cómo ha sabido quién soy?

—¿Lo sé? —Einés frunció el ceño, desconfiada—. ¿Es Edward Harland?

—Lo soy —afirmó él con paciencia, temiendo que volviesen a entrar otra vez en un bucle.

—Fue uno de los suyos que, según parece, coincidió con usted en Gibraltar.

—¿Uno de los míos? ¿Qué quiere decir?

—Pues un inglés, sin más. Aunque he de confesarle que no tenía la seguridad de que ese teniente Harland fuese usted. Pero su reacción no me dejó lugar a dudas.

—¿De verdad iba de farol? —A pesar de la trascendencia de la situación, Harland no pudo evitar reír.

A Einés le fascinaba aquella facilidad suya de pasar del enfado y la gravedad a la risa en una fracción de segundo.

—Mi confidente fuera del hotel, y no pienso decirle quién es —le advirtió—, se lo oyó mencionar a un marinero inglés en una taberna.

Solo comentó que había visto al teniente Harland.

Podía ser cualquiera de los muchos británicos que han llegado estos últimos meses a la ciudad, pero pensé que podría ser usted.

—Confidencia por confidencia —concedió Harland—: sé quién es su confidente.

—¿Hay algo que no sepa ya de mí?

—Seguro que muchas cosas —respondió él con aquel matiz que dejaba percibir una doble intención, como si quisiera decirle algo veladamente—. Y me encantaría conocerlas.

Einés se sonrojó. Menos mal que apenas quedaba luz para que él percibiera su rubor. De pronto, todo a su alrededor pareció quedar en suspenso. El mundo se había reducido a un espacio mínimo en el que dos personas se atraían y se repelían con igual fuerza bajo la bóveda de aquel paraguas negro.