Capítulo 62
No hubo fiesta de debutante con vestidos de delicadas sedas y finos encajes traídos de París, inspirados en los diseños de Doucet o de Paul Poiret, de esos que Casilda solía mirar en las revistas ilustradas de La moda elegante o Les modes .
Pero Filú lucía radiante con un vestido de muselina celeste, de líneas rectas y cintura alta, y el pelo recogido en un moño bajo adornado solo con una fina peineta.
Tampoco el suntuoso salón del Liceo fue el escenario elegido para la celebración. En su lugar, Alfredo Iglesias escogió —precisamente— el Gran Hotel Moderno, elegante y distinguido, apropiado para reuniones familiares formales y discretas.
Los invitados fueron seleccionados con cuidado y la lista fue reducida.
Por parte de la novia, los hermanos del padre con sus familias, Evaristo —como único familiar del lado de la madre— y un par de matrimonios allegados y queridos, como los Cerqueiro.
La lista del novio fue todavía más corta: sus padres, su abuela, su hermana, Paul Collins y su esposa, y el contable del Cable Alemán, Wilhelm Schmidt, con la suya y sus hijos.
—No es lo que soñaste, ¿verdad, Filú? —dijo Einés con cierta pena en cuanto se encontraron y se abrazaron.
—Yo solo sueño con poder ir mañana del brazo de tu hermano.
Filú estaba pletórica, aunque con los nervios a flor de piel.
—La verdad es que se te ve tan feliz… —observó Einés mirando a su amiga.
—Es que lo estoy. —Le brillaron los ojos de la emoción—. Ojalá puedas sentir pronto esto que yo siento, querida Einés, y que yo pueda ver también tu cara de felicidad.
El carácter franco y sencillo del anfitrión favoreció un ambiente ameno y distendido en el que los invitados se mezclaron y conversaron animadamente.
Sus palabras al anunciar la noticia sonaron emocionadas y llenas de afecto para Franz y su familia.
Y, tomando la mano de Filú, ensalzó la fortuna de emprender un camino con alguien a quien se ama y corresponde en igual medida.
Después de brindar por la felicidad de los novios y por el Año Nuevo, y mientras el resto de los invitados se retiraban, los jóvenes se dirigieron al salón principal.
Como cada 31 de diciembre, el hotel organizaba una velada para celebrar la Nochevieja a la que asistían no solo huéspedes, sino también personas acomodadas de la ciudad, residentes extranjeros, marineros de paso y, por supuesto, los comensales de las cenas privadas que despedían allí la última noche del año.
Einés conocía el salón, aunque no era un lugar que frecuentase.
Era amplio, de techos altos y molduras sencillas, con columnas de hierro recubiertas de madera y lámparas eléctricas de luz tenue y amarillenta, alternando con algunas lámparas de gas —que seguían usándose por prudencia— y velas que temblaban cada vez que alguien abría la puerta que daba a la escalera.
La velada de ese año no era ostentosa —el clima bélico en Europa lo desaconsejaba—, pero sí acogedora.
Habían colocado manteles claros encima de mesas auxiliares con dulces y bebidas, flores en jarrones modestos y un pequeño escenario donde un trío local de violín, piano y clarinete interpretaba piezas ligeras: valses, alguna habanera y fragmentos de zarzuelas muy conocidas.
Al entrar en el salón, poco antes de las doce campanadas, ya estaba muy concurrido.
En el aire flotaban el perfume de las señoras, el humo de habanos y cigarros rubios, y un murmullo más animado de lo habitual.
Los camareros sostenían bandejas con copas de oporto, coñac español, cava, ginebra con tónica y cerveza —las bebidas habituales entre los ingleses—, e incluso vino caliente especiado, una bebida festiva muy común entre los alemanes.
Sin embargo, aquel evento de confraternización entre las colonias inglesa y alemana —invitadas siempre por la dirección del Moderno como gesto de cortesía entre instituciones amigas— no llegó a celebrarse ese año, pese a que, en ocasiones anteriores, locales y extranjeros habían alzado sus copas al unísono al sonar las doce.
Los marineros alemanes retenidos engalanaron sus buques y aguardaron allí la llegada del nuevo año, mientras que los residentes lo festejaron de manera discreta en su casa o en la residencia de Pi y Margall.
La colonia inglesa, en cambio, se reunió en el Exiles Cable Club, donde acudieron oficiales y telegrafistas del Cable con sus familias, empresarios y algunos amigos de la ciudad que simpatizaban con su causa.
Allí brindaron en recuerdo de su patria ausente, agradeciendo la seguridad que encontraban en Vigo y deseando que el año entrante trajese salud y paz en un contexto europeo tan inquietante.
Mientras tanto, en el salón principal del Gran Hotel Moderno, menos cosmopolita que de costumbre, cuando faltaban unos minutos para las campanadas, la música se detuvo, las conversaciones se volvieron susurros y se abrieron las ventanas para que se escucharan con nitidez las campanas de la colegiata de Santa María, algo desincronizadas respecto a la hora del Cable.
Se empezó a servir el cava para el brindis.
Einés se sentía extraña al ver cómo aquellos camareros que tan bien conocía se detenían ante ella con las bandejas elevadas a la altura del hombro, impecables con sus chaquetillas blancas, para ofrecerle el espumoso que el hotel reservaba para la medianoche.
Servido en copas altas, ella tomó una con delicadeza después de quitarse los guantes, tal como había aprendido que debía hacerse tras observar a las damas que acudían a la cafetería o a los salones del hotel, que tan solo se los quitaban para comer, beber o sentarse.
Sin embargo, los guiños y las sonrisas cómplices de sus compañeros le recordaban que debía aprovechar aquel instante que, salvo de la mano de Filú y de su hermano, quizá no volvería a vivir.
Además, se sentía especialmente favorecida.
El esfuerzo de su madre para que no desentonaran en la cena de compromiso ante Casilda, unido a los ingresos imprevistos de las últimas semanas, le habían permitido añadir detalles y complementos a su vestido y su peinado que realzaban su belleza.
El sonido de las doce campanadas aún vibraba en los cristales y la magia de aquel brindis compartido aún flotaba en el ambiente cuando Einés volvió a ponerse los guantes.
Una habanera empezó a sonar, y Franz y Filú se unieron al baile en la pista improvisada.
Eran la viva imagen de la felicidad. Einés los miraba embelesada.
—¿Usted no baila? —Una voz a su espalda, que reconoció al instante, hizo que todo su cuerpo se estremeciera.
No se dio la vuelta, pero vio que una pequeña comitiva británica había subido al salón: casi todos trabajadores del Cable con sus familias.
Al fin y al cabo, la mayoría llevaban allí largos años, sus hijos eran vigueses, formaban parte de la comunidad, y aquella era ya una tradición que no deseaban romper.
O quizá necesitaban sentir que a aquel pequeño punto del mapa la amenaza de la guerra no podría llegar.
Se adentraron con su característica serenidad inglesa y su cortesía habitual saludando a los presentes.
Los músicos, como si fuese un guiño a su presencia, comenzaron a tocar un foxtrot, aquel baile de moda que habían traído de Londres y que marcaba una cadencia más moderna que los valses.
Las parejas se movían de manera menos rígida, con pasos laterales y pequeños deslizamientos que aún sorprendían a los locales más tradicionales.
—¿Entonces? —preguntó Edward Harland ya a su lado—. ¿Me concede esta pieza? Es solo un foxtrot —añadió inclinando la cabeza hacia ella, un gesto mínimo, impecablemente británico pero cargado de intención—. Nada demasiado comprometedor.
Einés, aun sin mirarlo, sabía que mantenía esa expresión entre burlona y arrogante que tanto la descolocaba.
Su cercanía la obligó, por fin, a darse la vuelta.
Él ya tenía la mano tendida y ella le ofreció la suya; hubiese sido un desaire no hacerlo.
Sintió el contacto de sus dedos y el calor de su mano, que traspasaba la fina tela del vestido, en su cintura y le sobrevino un temblor.
Se ruborizó al pensar que quizá él lo había notado.
—¿Se molestará si le digo que está usted preciosa esta noche? —le dijo Harland cerca de la oreja.
—¿Por qué habría de molestarme un halago? —Einés sonrió, turbada.
—No es un halago, es una observación —rebatió él mirándola a los ojos.
Los movimientos del foxtrot —aquellos que tanto había practicado con Filú en la cocina de su casa— requerían de un deslizamiento suave, un avance y un retroceso acompasado que los obligaba a mirarse de vez en cuando para no perder el compás.
Einés bajó la cabeza. En aquel terreno, sentía que se movía sobre arenas movedizas.
—Creo que no es muy sensato que nos vean juntos —musitó ella al detenerse la música, separándose apenas unos centímetros, con una cautela nacida más del vértigo que le provocaban sus sensaciones que del posible riesgo de que sus enredos clandestinos fuesen descubiertos.
Harland, lejos de apartarse, se inclinó un poco hacia ella, y sus palabras surgieron con la seguridad tranquila de quien siempre encuentra una excusa razonable.
—Lo sensato —dijo— es actuar siempre con la mayor naturalidad para no levantar sospechas. Y lo natural, en este momento, es que un empleado de la Eastern Telegraph, solo y soltero, converse o incluso procure cortejar a una muchacha tan… cautivadora.
—Tampoco es necesario que se esfuerce tanto —replicó Einés al instante, antes de que las palabras del inglés empezasen a girar vertiginosamente en su cabeza y la dejasen sin aliento.
En cuestiones de galantería, era inexperta; no contaba con herramientas para interpretar los matices.
Ignoraba cuánto había de chanza en aquella declaración y cuánto de intención velada.
Nunca había vivido el juego sutil del coqueteo, y mucho menos experimentado aquel hormigueo extraño, casi eléctrico, que algunos llamaban «enamoramiento» pero que ella aún no sabía identificar.
—¿No podríamos, aunque fuese por unos instantes, ser solo Einés y Edward, sin más, aprovechando que la ocasión se presta? —preguntó Harland con una expresión casi de ruego.
La orquesta retomó sus instrumentos y él extendió una mano, paciente, invitándola de nuevo al centro del salón.
—¿Podríamos, teniente?
Harland no esperó a que aceptase su ofrecimiento. La atrajo hacia él con suavidad pero con determinación, y la condujo hacia la pista mientras la interrogaba con la mirada antes de verbalizar su asombro.
—¿Cómo se ha enterado? —Sus ojos habían mudado hacia una frialdad que la hizo temblar.
—Lo siento —respondió ella—. Esa información no está en venta.
Él se detuvo un segundo. En su rostro había decepción y rabia.
—A veces es usted insufriblemente exasperante —murmuró mirándola de frente.
—No pierda el paso —le reconvino Einés—. Si no fuese porque todos nos mirarían, lo dejaría aquí plantado.
Einés notó que la presión de la mano de Harland sobre su cintura se hizo más firme.
—Ni lo intente —replicó él, forzando una sonrisa—. Va a tener que darme algún tipo de explicación.
—Se equivoca. Yo no tengo que darle nada. ¿Y cómo era eso de que podríamos arreglar lo de la confianza más adelante?
Harland se dio cuenta de que, si pretendía que Einés le revelara de dónde había obtenido aquel dato, un enfrentamiento era lo menos recomendable.
—Le pido disculpas por mi arrebato, pero tiene que entender que es muy importante para mí saber quién está al tanto de mi tapadera.
—Pierde usted los papeles con mucha facilidad. No creo que ese sea un atributo muy adecuado para un agente de la inteligencia británica —contestó ella bajando la voz hasta ser casi inaudible en las últimas palabras.
—Es mérito suyo —respondió Harland en tono irónico—, nadie más tiene la facultad de hacérmelos perder.
—¡Vaya! Hace solo un momento hablaba de una muchacha tan… ¿Cuál era la palabra? ¿«Cautivadora»?
—Esa era, sí. Y lo mantengo —aseguró, y parecía querer añadir algo más cuando la música se detuvo de nuevo y Franz y Filú se acercaron.
Einés hizo las presentaciones, aunque intuía que, a esas alturas, Edward Harland ya conocía perfectamente su árbol genealógico.