Capítulo 61
Revelado el juego y ya sin tapujos, establecieron un entramado familiar que recogía y distribuía todo aquello que consideraban relevante, y luego decidían a quién correspondía entregárselo.
La información que su tío aportaba —a pesar de que venía ya filtrada— era ingente, pero no toda de interés para los ingleses, ya que en ocasiones les llegaba por varias vías: movimientos y horarios de buques; tipo y pabellón —mercantes neutrales, de la Entente o buques de guerra—; carga y operaciones de avituallamiento; patrones de vigilancia y control; redes comerciales y personas que facilitaban apoyo o información; anomalí as y contrabando: embarques nocturnos, bultos sin documentación, movimientos sospechosos…
—Supongo —le comentaba Einés — que los ingleses también tendrán contactos con otros prácticos, y por ahí les llegarán los avisos. Sabrán todos lo mismo…
—No, todo no. Depende de dónde estés en cada momento. No ves lo mismo si estás en el muelle que en un determinado punto de vigilancia, si es de día o de noche…
—Ya, entiendo. Pero, dígame, padrino, ¿por qué no les facilita usted esa información? —le preguntaba Einés, extrañada de que no aprovechase al máximo su posición privilegiada.
—Porque ya sabes que la avaricia rompe el saco. A la menor sospecha, me quedo sin lo uno y sin lo otro; no sería el primero al que le pierde la ambición. Y aquí todos los ojos espían. Y ya arreglaré yo cuentas contigo —le dijo con un guiño.
Dos veces más antes de acabar el año tuvo que recurrir Einés a aquellos contactos improvisados antes de poder establecer un mecanismo de comunicación más disc reto y seguro con los ingleses.
La primera no le quedó más remedio que echar mano del teléfono y llamar a las oficinas del Cable.
Una nota llegó desde el puerto a través de un mensajero anunciando que arribaba un buque.
Eran muy habituales ese tipo de avisos porque algunos huéspedes esperaban envíos o correspondencia, o embarcaban hacia otros destinos.
Pero esa era especial: un punto en la esquina inferior derecha le indicaba que llegaba de parte de su tío; dos puntos, como en ese caso, que tenía un mensaje oculto escrito con tinta al limón.
Einés se había quedado fascinada cuando Quique le enseñó cómo funcionaba aquella forma de transmitir mensajes secretos.
«Mi contacto alemán me adiestró en algunos trucos», le explicó él, en tanto ella sentía una punzada de decepción porque los ingleses no la hubiesen puesto al tanto de ningún código secreto.
Claro que tampoco les había dado opción.
Les había dejado claro que haría las cosas a su manera, así que no podía quejarse.
Leyó la nota:
Gran Hotel Moderno – Recepción
Vigo, 18 de dic iembre de 1914
7.45 a. m.
Por indicación de la Estación del Puerto, se comunica que el correo transatlántico Infanta Isabel tiene prevista su entrada en la ría a las 15.30 h de esta misma tarde, procedente de Santa Cruz de Tenerife.
El práctico de guardia solicita que se informe oportunamente a pasajeros alojados en el establecimiento pendientes de su llegada.
O FICINA DEL M UELLE
No había previsto que aquella operación fuera a realizarse en el hotel.
Su tío le había advertido que la escritura se revelaría con calor seco, y lo habían probado con una vela, un cucharón calentado al fuego y la plancha de carbón, pero allí no tenía ninguna de esas cosas.
Se le ocurrió que podía bajar un momento a la sala de plancha diciendo que se había mojado un poco la sobrefalda, pero cabía la posibilidad de que no pudiese plancharla ella misma o que no tuviese ocasión de meter la nota bajo la tela.
Entonces se fijó en la estufa de hierro fundido, decorada con cerámica esmaltada, situada en un lateral del vestíbulo, y vio la opción más plausible.
Su sobrefalda, elegante y discreta, no tenía bolsillos, así que se puso el delantal —con un amplio bolsillo parche en el que metió la nota— y aprovechó que el local se había quedado vacío para acercarse a la estufa, algo que en aquella época hacía de vez en cuando para calentarse las manos, siempre frías.
A una distancia prudencial, aguantó hasta que sus mejillas se enrojecieron y la piel empezó a escocerle bajo las capas de ropa.
Al regresar al mostrador, metió la nota entre las páginas del libro de registro del correo. El calor había obrado la magia y, con discreción, pudo leer el mensaje:
10 NM 310° de las Cíes 18/12 02–03
RDV confirmado: Möwe con Alwina (NW)
Era un rendez-vous, un encuentro esa misma noche al noroeste de las Cíes entre un buque —por el nombre supuso que alemán— y otro de pabellón noruego, para un abastecimiento.
No sabía si podría esperar a salir del trabajo, quizá entonces fuese tarde para coordinar algún dispositivo.
Si su tío le había enviado la nota a pesar de saber que estaba trabajando, debía de ser urgente.
Tendrían que buscar otro símbolo para distinguir cuándo lo era y cuándo no.
En cuanto tuvo ocasión, se comunicó con las oficinas del Cable y pidió hablar con el director.
—¿Mister Rosse? Han dejado algo para usted —dijo con naturalidad—. Parece un libro, como de doscientas páginas, señor —añadió bajando un poco la voz.
—Gracias, Einés, enviaré a alguien a por él.
Edward Harland llegó unos minutos después, cuando ella ya había transcrito el aviso de la llegada del Infanta Isabel al cuaderno de notas y guardado el original en un sobre a la atención de mister Rosse.
Agradeció que no hubiese nadie en el vestíbulo en aquel momento. Sintió que se ruborizaba, pero se dijo que el ardor que sentía en las mejillas era todavía por el calor de la estufa, no por la visita del inglés. Él se apresuró hacia el mostrador aprovechando la ausencia de clientes y botones.
—Buenos días —saludó con cierta prisa.
—Tenga —le dijo Einés, entregándole el sobre rápidamente.
Él lo recogió y, con discreción, dejó el Noticiero de Vigo que llevaba doblado en la mano encima del mostrador.
—¡Doscientas páginas! Que disfrute de la lectura, señorita Caldwell. —Se despidió con una leve inclinación de cabeza, y Einés creyó ver una sutil sonrisa en su rostro.
Cogió el periódico y lo abrió tras el mostrador. ¡Doscientas pesetas! Por supuesto que las disfrutaría.
Poco más de una semana había pasado cuando volvieron a encontrarse.
Fue el día de Navidad. Le había tocado trabajar, y el sueño la vencía.
La noche anterior se había reunido parte de la familia de su madre y tuvieron ocasión de compartir algunas veladas confidencias.
Su tío Quique le comunicó que se estaba fraguando una huida.
Era inminente, pero todavía no había podido obtener todos los datos.
—¿Cómo una huida? —preguntó Einés, extrañada—. ¿De quién?
—De unos alemanes, pero aún no sé quiénes son.
—¿Cómo que alemanes? A Franz casi le obligan a ir, ¿y otros quieren huir? No entiendo nada —repuso Einés, indignada y confusa.
—Verás —le explicó su tío—, los británicos cerraron todas las rutas hacia el norte, y cualquier alemán que intente embarcar puede ser detenido. Si se quedan, estarán vigilados, si no los internan.
—Internarlos, ¿dónde? —preguntó Einés muy interesada.
—Bueno, no en una prisión, pero no pueden circular libremente. Los obligan a vivir en un sitio, a presentarse ante las autoridades cada cierto tiempo, no pueden viajar ni cambiar de domicilio sin permiso… Cosas así —le aclaró.
Habían trasnochado, y aunque ella se había retirado un poco antes que los demás, había peleado con el sueño y el cansancio todo el día. Solo deseaba llegar a casa y acostarse. Pero, a la salida, su padre la esperaba a unos metros del hotel.
—Que dice Quique que será hoy, a las once y media, en el Sierra Nevada, rumbo a Río de la Plata, haciendo escala en Lisboa y Las Palmas. ¡Ah!, y que serán un capitán y tres oficiales.
Algunos, le había explicado su tío, huían hacia América —era más seguro— y desde allí intentaban reorganizar el viaje hasta su país.
—Está bien. Yo me ocupo. —Einés suspiró resignada.
—Ten mucho cuidado, hija. Ya sabes, tú no te expongas —le aconsejó su padre.
—Ya, padre, no se preocupe.
Se quedó un momento allí, sin saber muy bien qué hacer.
No había nada abierto. Encima estaba lloviznando y no llevaba paraguas.
Aunque sabía que el Cable Inglés no cerraba nunca, pudiera ser que no encontrase a nadie a quien confiarle aquella información.
Esperaba no tener que ir al domicilio de mister Rosse o a la residencia alemana, donde, suponía, se alojaría Edward Harland, como todos los empleados solteros del Cable.
Que no sabía, tampoco, si estaba soltero…
Además, según su tío, él podría no ser un empleado.
Al llegar a la esquina de Velázquez Moreno, se detuvo.
Por suerte, siempre había chiquillos por la calle.
Por unas monedas, uno de ellos se acercó gustoso a las oficinas.
—Le dices al chico que está en la entrada que le diga al director que es importante y urgente. Y que son doscientas.
—¿Doscientas qué? —preguntó el niño.
—Da igual. Tú dile así. ¿Te acordarás?
El chico asintió. Entró y salió casi al instante.
Einés esperó. Pasaron unos minutos y empezó a impacientarse.
«Tal vez —pensó— están llamando a mister Rosse a su casa, o a Harland».
Si nadie salía, tendría que decidir qué hacer.
Pero, por fin, la puerta se abrió. Ella esperaba delante de uno de los escaparates iluminados, al otro lado de la calle, como si estuviese mirando los adornos navideños, y lo vio.
Era Harland. Él también reparó en ella enseguida y se acercó.
Se puso a su lado ocupando todo el escaparate con el paraguas.
—Caminemos, si le parece —le dijo echando a andar, abrigándola y ocultándola a la vez bajo el quitaguas.
—¿Cree que es prudente? —Einés dudó.
—Menos lo será quedarnos aquí —repuso él cogiéndola ligeramente del codo.
—Está bien. Solo quiero decirle que esta noche intentarán una huida. —Le explicó con todo detalle lo que le había dicho su padre—. Me acaba de llegar la información, al salir del hotel. No pude avisarles antes ni de otra manera.
—¿Al salir del hotel? ¿Ha ampliado sus fuentes? —preguntó Harland deteniéndose un momento y volviendo el rostro hacia ella—. Va usted muy deprisa.
Einés se dio cuenta de que había cometido un error. Difícilmente podía haber averiguado aquello a través del señor Martull o del señor Antúnez fuera del hotel.
—¿Nada que decir? —preguntó él de nuevo, arqueando las cejas.
—Todo lo que tenía que decirle ya se lo he dicho —respondió Einés haciendo un mohín.
Tenía la impresión de que Edward se burlaba de ella.
—¡Ah! He de advertirle que no pude traerle sus doscientas —le confesó.
—No importa. La próxima vez será el doble. Confío en mister Rosse.
—En mister Rosse —repitió él—, no en mí.
—¿Cree que deb ería? Apenas le conozco.
Estuvo a punto de añadir «teniente», pero se dio cuenta a tiempo de que sería otro error.
—Tiene razón: hay que ser cautelosos en los tiempos que corren. Tal vez más adelante podamos arreglar eso.
—¿El qué? —preguntó ella de forma automática.
—La confianza mutua —respondió Harland.
Einés iba replicar, pero se contuvo.
—Tal vez —se limitó a decir.
Ya habían recorrido un buen trecho cuando fue consciente de que iban en dirección contraria a su casa.
Aun así, se sentía extrañamente cómoda caminando a su lado.
Observó cómo sus pies avanzaban a la par, acompasados, y revivió la ternura que la había asaltado al ver a sus padres acurrucados bajo ese paraguas demasiado estrecho para los dos.
—Será mejor que demos la vuelta. Me estoy alejando de mi casa —comentó Einés por fin, aunque no le hubiese importado seguir deambulando sin rumbo ni prisa al lado de aquel inglés que podía mostrar un tono seco y formal o galante y amigable en la misma frase.
—¡Ah! Disculpe, no lo sabía. Volvamos entonces —se excusó él, girando sobre sus pasos.
—No mienta —lo interpeló Einés—. Claro que lo sabe. Y seguramente sabe algo más. ¿Es así como pretende ganarse mi confianza?
Harland no pudo evitar una risa espontánea.
—¿Nada que decir? —preguntó ella, devolviéndole sus palabras.
Disfrutaba de aquella especie de juego dialéctico, sobre todo cuando era ella la que ponía el punto final. Al menos, en esa ocasión tenía el as para matar el tres, como hubiese dicho su abuela. Él optó por callar mientras se aproximaban de nuevo a la Casa Bárcena.
—Le pediría que me permitiera acompañarla, pero, como sé que no sería apropiado y usted rehusaría, llévese al menos el paraguas —dijo levantándose las solapas de la gabardina y tendiéndoselo.
—No es necesario, gracias. Vivo cerca. Ya sabe…
—Por favor. No queremos que se resfríe —insistió Harland frente a ella, sosteniendo el paraguas entre ambos—. Además, así tendré un pretexto para pasar a verla. Por si tiene algo que contarme —matizó con una sonrisa.
Habría declinado la oferta, por supuesto, pero debía admitir que le hubiese gustado recorrer con él el camino hasta O Berbés, cobijados por aquella pequeña intimidad que les brindaba la tela oscura por la que resbalaba la lluvia.
Empezaba a sentir una fascinación inexplicable por aquel joven.
Algo en su personalidad —con la que a veces chocaba frontalmente— parecía, al mismo tiempo, atraerla sin remedio.
Era una sensación nueva, inédita para ella.
Un juego lleno de contradicciones que la seducía y la inquietaba en igual medida porque no conocía sus reglas.
En cualquier caso, resultaba perturbador, y no sabía cómo equilibrar la fascinación con la incertidumbre que le generaba.
En su interior, temía naufragar en aquella corriente impredecible que había comenzado a recorrerla cada vez que él estaba cerca.