Las tejedoras del mar Capítulo 60 #2
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Capítulo 60 #2

Quique sonrió con ternura. A veces ella lo llamaba «padrino», y aquello le removía algo por dentro.

Sentía debilidad por aquella niña, y no podía disimularlo.

Podría haber sido su padre. ¡Ojalá lo hubiera sido!

Tan enamorado como estuvo de Delaira cuando eran unos chiquillos…

Pero de lo que pudo ser solo le quedaban el afecto y aquella mirada, tan igual a la de ella, que lo observaba con escepticismo.

Cuando los niños perdieron a sus padres y Amaro y Catalina asumieron su crianza, a Einés la confundía que quienes hasta ese momento habían sido sus padrinos fuesen también sus padres; para evitar esa confusión, él se arrogó aquel papel que, por extensión, incluía también a Franz.

—¡Padrino! —lo apremió, intrigada.

—Haz lo que te dije —respondió él, sonriendo y confirmando su sospecha—.

Y, sobre todo, escucha esto, que es importante: bajo ningún concepto pongas en riesgo tu trabajo, por mucho que te ofrezcan.

Esto terminará tarde o temprano, ojalá pronto, y después nos quedará toda la vida para ganarnos el pan, aquí, otra vez.

A él lo habían tentado, le confesó. Los alemanes buscaban prácticos para introducir sus submarinos en los puertos y las rías gallegas, pero él rehusó.

Le había costado demasiado llegar a donde estaba como para arriesgar su puesto.

Sin embargo, no puso reparos en colaboraciones menos comprometidas que le reportasen beneficios rápidos y fáciles.

También Amaro, su padre —sí, su padre—, su tío Pedro y sus primos, que recorrían la costa de puerto en puerto y trataban con marineros y patrones, sacaban rédito de aquella guerra para paliar sus devastadores efectos.

Iba pensando en aquel consejo mientras caminaba con paso presuroso hacia la pastelería El Buen Gusto, en la rúa Elduayen.

—Una cajita de pastas de almendra y tres peladillas, por favor —pidió—. Y, si pudiera, una tarjeta y un lápiz…

Einés escribió una breve nota mientras la empleada envolvía la caja en papel blanco y la ataba con cordel de rafia.

Las peladillas, en un trocito de papel de seda.

Antes de salir, estampó sus iniciales en el envoltorio: «E.

C. R.». Luego se dirigi ó a las oficinas del Cable Inglés.

A pocos metros, abordó a un chiquillo que jugaba en la calle y le ofreció las peladillas a cambio de entrar en las oficinas, entregar la caja y anunciar que era importante y urgente.

Le hizo repetirlo varias veces antes de que echara a correr hacia la entrada de la Eastern Telegraph Company.

Después, ya más tranquila, se encaminó a la praza da Constitución.

Lo vio llegar enseguida, con gabardina caqui por debajo de las rodillas y sombrero calado bajo un paraguas negro de mango curvo.

Ella se resguardaba de la lluvia en los soportales, simulando recolocar una varilla de su quitaguas que había soltado adrede.

Él también la vio y, a una mirada suya, se detuvo a su lado.

—¿Me permite…? —dijo, cerrando su paraguas.

Sonó un chasquido metálico, y un pequeño charco se formó a sus pies sobre el adoquinado.

—Se lo agradezco —resp ondió ella, entregándole el quitaguas y la nota—.

Será esta noche, en Corcubión —le susurró—.

No pude avisar antes. Intentaré buscar una vía de comunicación más rápida y segura, quizá a través de las instalaciones del club.

Además —añadió—, no voy a comprar una caja de pastas cada vez.

—Las incluyó en su factura —recordó él, entre cómico y asombrado.

—Sí —repuso Einés con naturalidad—. En concepto de gastos. Pero se las van a comer ustedes.

—Tenga. —Harland le devolvió el paraguas y, entre los pliegues de la tela, ocultó un sobrecito gris.

—Gracias —respondió ella, guardándolo con cautela en la manga antes de despedirse con un leve movimiento de cabeza.

Harland permaneció bajo los soportales observando cómo se alejaba.

Sonrió al recordar la tarjeta que acompañaba a las pastas.

Las palabras del chiqui llo habían sido la primera alerta, y la tarjeta llevaba indudablemente su rúbrica: «Soportales praza da Constitución: ahora mismo.

Muy urgente. 200 pts. + 1,5 pts. de las pastas».

Contuvo la risa. Mister Rosse tenía razón: era fantástica. O eso parecía.

Einés se encontró con sus padres camino a casa.

Caminaban despacio, al unísono, como si cada paso estuviera pactado.

Iban cogidos del brazo, refugiados bajo un paraguas demasiado estrecho para los dos; las gotas resbalaban por sus hombros y les empapaban el borde de los abrigos.

Ella los contempló con ternura: formaban una de esas pequeñas alianz as silenciosas pero inquebrantables.

—¿De dónde vienen a estas horas? —preguntó, acercándose por detrás y sobresaltándolos.

—Del sastre, de hacer la última prueba del traje de tu padre. ¿Y tú? ¿Has estado con Filú? —preguntó Catalina.

—Sí —respondió, agradeciendo la excusa.

Ya después les contaría la verdad.

Unos minutos antes de cenar, Einés decidió que era el momento de poner las cartas boca arriba, casi literalmente, y dejó el dinero enci ma de la mesa.

—¡Setecientas pesetas! —anunció con una mezcla de orgullo y temor, pero sin un ápice de arrepentimiento.

Sus padres y su abuela se quedaron sin habla, mirando el dinero con estupor.

—¿De dónde lo has sacado, Einés? —preguntó su madre, con cientos de dudas en la voz.

—Lo he ganado. El padrino me dijo que lo pusiera sobre la mesa y que ustedes lo entenderían.

Los tres la miraron asombrados. Ninguno parecía capaz de articular palabra; el silencio se volvió denso e incómodo, y ella tampoco sabía romperlo.

—¡La madre que lo parió al Enrique! ¡Que no fue otra que yo! —exclamó al fin Leonor—. ¡Meterte a ti en estos enredos! Qué poco seso, Cristo bendito.

—Que no, abuela. Él no me metió en nada. Me metí yo sola porque quise. El padrino solo me abrió un poco los ojos, nada más.

Se enfadaron. La riñeron. ¡Cómo no! Y a su abuela no le faltó decir que era tozuda y temeraria como su madre. «¿Como cuál de ellas?», se preguntó Einés. Lejos de molestarse, sintió un orgullo cálido: aquel defecto —o virtud— bien podría definirlas a las dos. O a las tres.

Después, ya pasado el arrebat o, p udieron hablar con calma durante la cena y comentar los pormenores de aquellas pequeñas hazañas que les reportaban beneficios nada desdeñables.