Capítulo 60
Había pasado poco más de una semana desde que Einés acudiera al despacho de mister Rosse.
Desde entonces, no dejó de observar minuciosamente a aquellos dos huéspedes.
Incluso interceptó una llamada del señor Martull, pero no averiguó nada, salvo que le agradaba el vino de Oporto, pues encargó una caja al bodeguero Antonio Bandeira.
Aun así, apuntó todos los detalles de aquella conversación que parecía trivial.
La euforia que había sentido días atrás se iba desinflando poco a poco, y parecía que fuese a desaparecer cuando llegó un telegrama para el señor Antúnez.
Los dedos le temblaban mientras firmaba el recibo.
Lo anotó en el libro de registro del correo.
Tenía la certeza de que allí había algo importante.
No era la típica papeleta doblada: llegaba en un sobre sellado, con la franja azul de la oficina de Telégrafos y un sello en tinta violeta.
No llevaba remite. Sabía que era una práctica común —no en vano tenía la certificación de telegrafista—, en especial cuando se trataba de mensajes confidenciales o lo solicitaba el remitente.
El cliente no estaba y, siguiendo el protocolo, lo guardó en el cofre destinado para ello, tras el mostrador.
El nerviosismo la consumía. Sacó del cajón su diminuta navaja de manicura y comenzó a deslizar la hoja por el borde del sobre, entre el papel y la goma.
De pronto se detuvo: ¿y si después no volvía a quedar bien pegado?
El pánico la atenazó y lo presionó fuerte con la palma de la mano.
Si al menos tuviera una luz potente o pudiera acercarlo a la ventana…
Se ruborizó. Alguna vez le había podido la curiosidad y había hecho eso mismo con las cartas que Franz y Filú se intercambiaban.
No había logrado descifrar más que palabras sueltas, porque las hojas iban dobladas, pero en ese caso se trataba de un formulario preimpreso de papel fino, con el texto telegrafiado, mecanografiado o escrito a mano en tinta negra y, al ir en sobre, normalmente no se doblaba.
Habría bastantes posibilidades de leer su contenido.
La única forma sería llevárselo un momento al baño, escondido bajo la sobrefalda, pero la pequeña vent ana que daba al patio estaba demasiado alta y no podría acercarlo lo suficiente para ver algo.
Y tendría que darse mucha prisa: era casi la una y media del mediodía, y el señor Antúnez estaría a punto de llegar.
Solía pasar por la cafetería y luego ir al comedor.
No tuvo tiempo. El señor Antúnez llegó antes de que pudiera decidirse, y Pepe, el botones, le comunicó nada más cruzar la puerta que había recibido un telegrama.
Einés respiró aliviada; la habría pillado con las manos en la masa.
Aunque quizá podría haber disimulado agachándose detrás del mostrador como si estuviera sacando el telegrama del cofre.
Pero no ocurrió, y aquella oportunidad se esfumó.
—Su telegrama, señor —sonrió, tendiéndole el sobre.
Antúnez dio dos pasos hacia atrás y lo leyó allí mismo.
Ella lo observó con disimulo; su rostro no cambió.
Guardó la papeleta en el sobre y lo deslizó en el bolsillo interior del abrigo.
Un leve gesto de sus cejas hizo que Pepe acudiese solícito a cogerle el sombrero y el abrigo, para guardarlos en el ropero y apuntar la ficha.
Einés lo siguió con la mirada y volvió a acelerársele el pulso.
No habría otro momento tan propicio. En realidad, no habría otro.
Miró el libro de registro y simuló una llamada.
—Pepe, por favor, sube a la once y asegúrate de que la habitación esté lista. Revisa las toallas, la cama… Y comprueba que la lámpara funcione bien.
Apenas lo perdió de vista, se dirigió al ropero, que estaba en un cuarto contiguo a la recepción, y fue directa al abrigo del señor Antúnez. Sacó rápidamente el sobre del bolsillo interior, lo abrió y leyó el mensaje manuscrito:
U21 4256N 0912W 2345 PAQ PERS COMBUST STOP
CONF CIFRA 18B
A primera vista le pareció un mensaje cifrado. Se le cortó la respiración y el papel tembló entre sus dedos. Pero no: solo estaba simplificado. ¡Y manipulado en destino! No llevaba ni línea de cabecera ni remitente.
—No puedo recordar esto, no puedo —se lamentó en voz baja, inmóvil ante la nota.
Volvió a dejar el sobre en su sitio y se apresuró al mostrador a por su cuaderno y un lápiz. Regresó al ropero, copió el mensaje y lo devolvió a su lugar. Apenas se dio la vuelta cuando se encontró de frente con el botones, que la miró extrañado.
—¡Ah, Pepe! Acaba de llamar una señora preguntando si había olvidado ayer unos guantes en la cafetería —improvisó—. Cortos, de napa, gris perla, con botonadura de metal —añadió mirando el cuaderno—. He echado un vistazo, pero no veo nada.
El chico negó con la cabeza.
—Yo tampoco vi nada, ni me dijeron. Pero déjame la nota por si acaso.
Einés arrancó la hoja, la arrugó y se la guardó en la mano.
—La volveré a escribir. Es que con las prisas… —se excusó, apoyando el cuaderno en el mostrador y esmerándose en la letra—. Avísame si aparecen —agregó tendiéndole la nota.
De vuelta a su puesto, mantuvo la compostura, pero todo su cuerpo temblaba como un mimbre bajo el uniforme.
No era pánico —todavía—, sino una mezcla de alerta y anticipación, la sensación de que una persona corriente como ella estaba cruzan do una frontera insospechada, como si subiera a un escenario sin ensayo previo.
Al salir, se alejó del hotel antes de sacar la nota del abrigo y acercarse a uno de los escaparates iluminados, decorados con belenes y adornos navideños que ya proliferaban por las calles céntricas.
La examinó detenidamente. No se lo pensó demasiado: se dirigió a la casa de prácticos.
Allí había unas coordenadas, estaba segura, y quería saber a qué lugar correspondían.
Su tío Quique se lo confirmaría. A ella le daba igual lo que pusiera en la nota, ya la descifrarían los ing leses, pero la consumía la curiosidad.
Lo que acababa de hacer la había metido de lleno en un asunto turbio, y necesitaba recabar toda la información posible.
T uvo suerte: su tío se encontraba en la estación del muelle.
Si hubiese estado en alguna garita de Punta da Guía, Monteagudo o en las islas de Toralla o San Simón, no hubiera tenido tiempo de hablar con él, porque —si no se equivocaba— lo que fuera que anunciaba el mensaje iba a producirse esa misma noche.
No se anduvo con rodeos.
—¿Qué es esto, tío? —lo interpeló nada más saludarlo, mostrándole un trozo de papel con el inicio del mensaje—. Son unas coordenadas , ¿no?
Quique miró la nota con una mezcla de asombro y preocupación.
—¿En qué andas envuelta, Einés? —la interrogó, tirando de ella hacia la caseta y cerrando la puerta.
Ella no necesitó preguntarle por qué intuía que tras esas simples combinaciones de letras y números había algo sospechoso.
En el fondo había acudido allí no solo para que su tío le tradujera la nota a un formato comprensible, sino para que él descubriera el charco en que se había metido y la ayudara a salir o a navegar en sus aguas pantanosas.
—Fue casualidad, tío, de verdad —se excusó después de contarle su peripl o desde el principio—. Y no sé qué hacer.
Quique la miró condescendiente y soltó una carcajada que la desconcertó.
—Así que trabajas para los ingleses… —dijo divertido.
—No —repuso Einés, rotunda—. En todo caso, trabajaría para mí.
Él volvió a reír y le hizo un gesto con los dedos.
—Trae, anda, a ver qué tienes ahí.
No le costó. Antes de comprobarlo en la carta náutica, ya sabía que se trataba de la ría de Corcubión; también que «U-21» era un submarino alemán, que «2345» era una hora, que se solicitaba personal de repuesto y combustible —como ella había supuesto— y que «18B» era una clave.
—¿Quién es tu contacto? —preguntó el práctico tras aclararle el contenido.
—Mister Rosse —respondió ella—, y otro empleado, un asistente o supervisor, algo así. Nunca lo había visto. Edward Harland, se llama.
—¿Harland? Puede que no sea empleado del Cable, Einés —dijo su tío—. Podría ser un teniente o subteniente de la Inteligencia Naval.
—¿Y cómo lo sabe usted? —preguntó ella, perpleja.
—Un viejo conocido, un oficial inglés del Drina, en la última escala me comentó que en los puertos del Cantábrico había mucho movimiento, que estaban llenos de espías, que la información va y viene, y que aquí h abía hablado con un tal teniente Harland, con el que ya había coincidido en Gibraltar.
Pero no sé si es la misma persona. A estos ingleses, con dos tazas de vino recio les arrancas más información que ellos a ti. Y sin esforzarte mucho.
—¿Les arrancas información…? No me dirá que usted también…
—Sí —admitió sin remordimiento—. Aunque no del mismo modo que tú.
—¿Qué quiere decir?
—Que la información, niña, puede ofrecerse o venderse a varias personas a la vez sin perder valor. ¿Entiendes?
—¿Está jugando a dos bandas? —Einés reflexionó un instante—. Yo no podría. Yo…, yo soy mitad inglesa.
—¿Tú, inglesa? —repitió su tío con sorna.
—Mi padre lo era —objetó Einés, recordando la alusión de mister Rosse, seguramente interesada.
—Tu padre, el único que tienes ahora, se desloma de so l a sol por un jornal. Y las está pasando canutas por culpa de esta guerra. No les debemos nada, ni a unos ni a otros. ¿Lo saben ellos? ¿Saben tus padres de este negocio tuyo?
—¡Nooo! —confesó avergonzada—. No me atrevo. No sé cómo hacerlo.
—Ponles delante el sobre con el dinero y verás como lo entienden.
—¿Por qué? ¿Qué quiere decir? —Einés abrió mucho los ojos. ¿Acaso sus padres también formaban parte de aquella red que parecía extenderse por todas partes?—. Padrino, no me estará diciendo que ellos saben o están metidos en estos enredos, ¿verdad?