Capítulo 59
El primero de enero amaneció frío pero claro. La luz encendía reflejos dorados en los charcos que la marea había dejado al retirarse. Las lanchas de los marineros, amarradas desde la tarde anterior, crujían suavemente contra las amarras.
El aliento de Einés formaba nubecillas que flotaban un instante en el aire antes de desvanecerse, y sus manos buscaban los bolsillos mientras caminaba hacia el puerto para comprar un ejemplar del Faro de Vigo .
Aquella claridad limpia y el silencio inusual daban al muelle un aire extraño, como si también él despertase del año anterior.
«El balance, en general, no ha sido bueno —pensó—, pero hubo momentos que no cambiaría por nada». Sonrió con una de esas sonrisas que uno se regala a sí mismo, o quizá a la vida —pese a sus golpes—, esas sonrisas que manejan la ilusión y la esperanza como un diestro prestidigitador.
—¡Mirad, mirad! Aquí está, en los «Ecos de Sociedad». —Einés, de regreso a casa, abrió el periódico y señaló una de las páginas interiores.
—¿Y qué pone? A ver, léenosla. —Leonor se acercó y fijó sus ojos allí donde Einés señalaba.
Franz había salido a jugar un partido —ya eran ganas—, y Amaro se aproximó también a la mesa para ver la nota de prensa.
Catalina, sin embargo, siguió colando la achicoria en el fregadero sin ni siquiera darse la vuelta —el café escaseaba con la guerra, y se había convertido en un artículo de lujo que había que racionar y guardar para las ocasiones especiales—.
Se desayunaba tarde aquel primer día del año, festividad de San Manuel, uno de los pocos en que toda la familia coincidía en su descanso.
—Venga, madre, acérquese, que no va a tener muchas ocasiones de salir en los periódicos.
—¡Vaya! ¡Como si tuviera yo mucho interés! —respondió Catalina con aire indiferente—. Venga, dale ya, que no tengo todo el día —la apremió volviéndose hacia ella sin moverse del sitio.
Einés cogió el diario y empezó a leer con solemnidad, en medio de la cocina:
En la noche de ayer, festividad de Fin de Año, tuvo lugar en uno de los salones privados del Gran Hotel Moderno una reunión estrictamente familiar en la que fue anunciado el compromiso de la señorita Filomena Iglesias Devesa, hija del respetable industrial don Alfredo Iglesias Rey y doña Casilda Devesa de la Torre, con el joven estudiante de Derecho don Franz Theodor Künne, hijo de don Amaro Baliña López y doña Catalina Otero Amoedo.
El acto, celebrado con la sobriedad que caracteriza a ambas familias, congregó solo a parientes y allegados muy próximos.
Los futuros esposos recibieron calurosas felicitaciones y deseos de prosperidad en su nueva etapa.
La fecha de la ceremonia nupcial se dará a conocer oportunamente.
«Suena rara la anomalía entre el apellido de Franz y los de nuestros padres», se dijo Einés, aunque los que conocían su historia sabían que tanto su hermano como ella conservaban sus apellidos.
No habían sido adoptados, pero a nivel social y emocional nadie consideraba que un vínculo de sangre los hubiese unido más, y eso era lo importante.
Durante unos instantes, nadie habló. Los ojos miraron hacia dentro, buscando, quizá, las imágenes que cada uno quería conservar o borrar de su memoria de la noche anterior.
A Leonor se le había dibujado una sonrisa en la cara que reflejaba la placidez de quien cree firmemente en el destino y en aquellos que tienen el don de acercarse a otro plano de la vida —o de la muerte— y reconocer los desig nios del universo para cada uno.
«¡Un futuro venturoso!», había vaticinado la meiga de Cangas para el muchacho, y, al final, después de todas las trabas, parecía que sus auspicios se materializaban.
El rostro de Amaro mostraba también su satisfacción.
En un momento, y con un simple chasquido de los dedos de Alfredo Iglesias, el nubarrón que planeaba sobre la economía de la familia se deshizo como una tormenta de verano.
Unos pocos minutos de conversación con el que iba a ser su consuegro —en la que comentaron la inestabilidad de l os negocios con las restricciones y las dificultades provocadas por la guerra europea— bastaron para contar con el ofrecimiento del industrial para subsanar cualquier contratiempo sobrevenido.
Y no solo eso; ante sus ojos se abrieron posibilidades con las que nunca se habría atrevido a soñar.
Como si en su cabeza hubiese un mapa de ruta para llevar a buen puerto cualquier empresa, Alfredo le mostró las muchas oportunidades de su negocio, y le brindó su ayuda y sus conocimientos para alcanzarlas.
Lo que se escondía detrás del gesto adusto de Catalina era mucho más difícil de descifrar.
Quizá su papel y el de Casilda —aunque por motivos bien diferentes— fueron los más difíciles de representar en aquel teatrillo.
Y, sin embargo, precisamente por su complejidad, los m ás logrados.
Disfrazaron su animadversión de una fría cortesía y fueron, a juzgar por la rigidez de sus gestos y la severidad de sus rostros, las que menos disfrutaron del evento.
Solo cuando alguien se acercaba para felicitarla y ensalzar las virtudes de su hijo, el rostro de Catalina se distendía y asomaba una sonrisa sincera, y una luz de orgullo le encendía los ojos.
Hubo momentos en que pareció olvidarse de la presencia de Casilda y se la vio relajada conversando con la familia de Alfredo, que, al fin y al cabo, había sido tan humilde como la suya.
Cuando Einés contó en casa que Casilda había jurado no asistir a l compromiso, todos respiraron aliviados.
Sentarse a la misma mesa con aquella víbora que había maquinado para enviar a su hijo a la muerte era algo que a Catalina —y, aunque quizá en menor medida, también al resto de la familia— le revolvía las entrañas.
Así que, cuando se enteraron por boca de Filú de que había cambiado de idea, no pudieron evitar la irritación y el disgusto .
Casilda se lo había pensado muy bien y, pasada la enajenación del primer momento, evaluó la situación fría y detenidamente.
Ella no era de arrebatos. Sabía que la precipitación y la impulsividad podrían ponerla en una situación muy complicada.
Le había quedado claro que Alfredo no solo no desaprobaba aquel enlace, sino que lo defendía y lo deseaba.
Ella podía disculpar su ausencia aduciendo salud delicada o trastorno del ánimo y retirarse durante un tiempo a la vill a termal de A Toxa, o al balneario de Mondariz, pero solo sería un parche momentáneo.
La vergüenza y l as explicaciones al volver serían más incómodas y humillantes que enfrentarse cuanto antes a aquel desatino.
No le quedaba otra que hacer de la necesidad virtud.
Y, desde luego, era cierto que algunos hijos de obreros habían llegado a lo más alto en política y en puestos del Gobierno…
¿Por qué no el huérfano alemán si era tan brillante como se decía?
El poder y las influencias estaban cada vez más en las esferas políticas, de eso no cabía duda, así que, a la larga, podría no ser tan mal p artido.
Aquella decisión inesperada de la madre de Filú fue la que, más tarde, empujaría a Einés a revelarle a sus padres sus tratos con los ingleses.
El hecho de que Casilda fuese a asistir cambiaba la formalidad y la etiqueta del acto, a ojos de Catalina.
Ellos no eran de alta alcurnia, eso era evidente, pero tampoco unos pobretones, y no iban a acudir de cualquier manera.
Echó mano de ahorros —nada auspiciaba todavía que el negocio se resentir ía tanto con el avance de la guerra o con la maldad de quien estuviese detrás del boicot del hielo— y dispuso renovar el ropero de todos para la ocasión.
No quedaba mucho tiempo, pero, por una gratificación a mayores, consiguió que el taller que les cosía les hiciese vestidos nuevos y unos buenos abrigos de paño.
También Amaro había pasado por el sastre, pues su único traje —el de la boda— le iba estrecho incluso con todos los arreglos que se le habían hecho a lo largo de los años.
«Para el casamiento y la mortaja», solía decir él que era para lo único que hacía falta un traje.
Sin embargo, aceptó de buen grado que el acontecimiento bien requería aquella inversión.
Por su parte, Fra nz, que no volvería de Compostela hasta Nochebuena, lidió solo con aquella empresa en la que tan poco interés tenía, aconsejado por Filú, Einés y su madre mediante carta y lo que observaba de la vestimenta de los jóvenes en la ciudad universitaria.
El día que Einés llegó a casa con el sobre que contenía las quinientas pesetas de los ingleses, tras la entrevista con mister Rosse y Harland, pensó en el desembolso que tendrían que hacer sus padres.
Supondría una buena mordida en aquellos tiempos de dificultades imprevistas, aunque afortunadamente el padre de la novia, como era costumbre, correría con todos los gastos.
Y más teniendo en cuenta la posición de ambas familias.
No sabía cómo decírselo, pero en algún momento se lo tendría que confesar.
No quería guardarse aquel dinero para e lla sola, no quería tener secretos con su familia, pero le asustaba la reacción de sus padres.
Y la de Franz: si ella cometía un error, repercutiría en él en forma de escándalo cuando estaba ya tan cerca aquel ansiado compromiso.
Y temía, quizá lo que más, tener que prescindir de las vibrantes sensaciones que habían llegado a su vida de repente y que todavía no había compartido con nadie.
Pero las mejores cosas de la vida tal vez sean las que llegan sin que uno las espere ni las busque, y, en aquella ocasión, los acontecimientos encajaron uno tras otro como las piezas exactas de un rompecabezas.