Las tejedoras del mar Capítulo 58
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Capítulo 58

Ni siquiera pudo probar uno de aquellos exquisitos chocolates.

Tenía la sensación de haber entrado en algún desconocido y oscuro lugar.

Iría a hablar con mister Rosse; al menos, él parecía amigable.

Le explicaría que aquella información le había llegado por casualidad, que no la había buscado, y le devolvería aquel sobre que le quemaba en las manos.

De repente, aquellos cinco billetes habían cambiado las reglas del juego.

Ya no sentía que tenía el poder, ya no era excitante, más bien le infundía temor.

—¿No tomas, Einés? —le preguntó su madre saboreando uno de aquellos bombones de praliné de Rowntree’s.

—No, estoy un poco revuelta —se excusó.

—Te prepararé una manzanilla para asentar el estómago —se ofreció Leonor levantándose de su silla—. A ver si te cogió el frío…

—Déjese estar, descanse un poco, que ya lo hago yo.

Solían charlar un rato durante y después de la cena.

Einés disfrutaba de esos momentos. No se veían en todo el día, y aprovechaban para hablar de s us trabajos, de los cotilleos del barrio, de lo caro que se había puesto todo…

Últimamente, también de las dificultades por las que pasaban su padre, su tío Pedro y sus primos por culpa de la escasez de suministros, de las dificultades para el cabotaje y del aumento del precio de los fletes y los alimentos más básicos, en especial del pan.

Los productores vendían la mayor parte de la harina a los bandos enfrentados en el conflicto a un precio superior al fijado en el mercado interior, por lo que empezaba a haber ya protestas ciudadanas.

—Ya no salen los barcos para la emigración, y los que se fueron no pueden mandar giros.

La gente lo está pasando muy mal, no tienen ni para unas tristes sardinas, sobre todo en los pueblos —comentaba Amaro, q ue conocía más a fondo la situación de las aldeas y los núcleos pequeños de donde procedía la mayor parte de la emigración.

Einés lo escuchaba en silencio. En su mirada asomaba un halo de cansancio, una fatiga que no tenía que ver solo con el cuerpo, sino con algo más hondo y persistente.

Él, siempr e tan enérgico, parecía encogido por las circunstancias, como si el peso de los últimos acontecimientos hubiera agotado su carácter decidido y animoso.

Entonces lo supo, lo vio claro. No iba a dejar pasar aquella oportunidad —si aún la tenía, y parecía que sí— porque, si no la aprovechaba ella, otros lo harían en su lugar.

Aquel malestar que la había atenazado había desaparecido como por arte de magia, y la caja de bombones encima de la mesa era en ese instante una tentación en la que merecía la pena caer.

—¿Qué haces, Einés? —pregu ntó Catalina volviéndose hacia ella al verla coger un chocolate—. ¿No te andaba a vueltas el estómago?

—Ya estoy mejor —contestó con la taza de manzanilla humeante en la mano.

El gesto mohíno también había desaparecido de su cara.

—No sé qué te rondará por la cabeza… —rezongó Leonor sabiendo cómo a su nieta se le metían los males del alma en el cuerpo, como solía decir.

Pasaban unos minutos de las seis cuando Einés empujó la puerta giratoria del Gran Hotel Moderno.

Afuera, la tarde se había derrumbado de golpe y las aceras aún conservaban rastros de humedad por la llovizna reciente.

El aire frío de diciembre le golpeaba la cara, y se afilaba en las orejas y la punta de los dedos.

Las farolas eléctricas arrojaban una luz cálida, algo amarilla, que apenas trazaba círculos de claridad sobre el empedrado y alargaba las sombras entre los edificios.

Se abrochó el abrigo hasta arriba y echó a andar por Policarpo Sanz hacia la esquina con Velázquez Moreno, donde se ubicaban las oficinas del Cable Inglés.

—Quiero hablar con mister Rosse —le dijo al empleado que ocupaba el mostrador.

Esperó en la misma sala, sentada en una de aquellas sobrias sillas de madera, y respiró hondo mientras sus pies se movían inquietos.

Mentalmente, había escogido y ensayado las palabras durante todo el día, y se había imaginado frente a mister Rosse serena y elocuente, pero sabía que los nervios podían traicionarla a pesar de su corta pero intensa exp eriencia frente al público.

—Acompáñeme. —Los pasos del joven fueron tan silenciosos que no se percató de su regreso hasta que lo tuvo delante.

Caminó decidida tras el muchacho rozando con los dedos el sobre que llevaba en el bolsillo.

Apenas cruzó la puerta, mister Rosse se levantó sonriente.

A su lado, ya de pie, se encontraba Edward Harland con semblante serio.

Se quedó bloqueada. Esperaba que mister Rosse estuviese solo.

Harland le había dicho que estaba allí para sustituirlo. No pudo evitar una mueca de fastidio.

—Siéntese, señorita Caldwell —la invitó con amabilidad desde de trás de su mesa—. Ya conoce a mister Harland.

Einés dudó. Todo lo que había visualizado de repente le pareció que no procedía bajo la mirada escrutadora de aquel hombre que la observaba —a su parecer— con un poso de hostilidad.

—Gracias, pero solo he venido a devolverle lo que no es mío —rehusó Einés sacando del bolsillo el sobre con el dinero, que colocó encima del escritorio.

Los dos hombres intentaron disimular el impacto que les causó aquella reacción. Ella percibió la sorpresa e incomprensión que se reflejaron involuntariamente en su rostro.

—Siéntate un momento, Einés —la invitó de nuevo mister Rosse señalando la silla frente a él con una actitud y un lenguaje más cercanos—. Por favor —añadió al ver que ella parecía tener intención de dar media vuelta e irse.

Se sentó. Conocía a mister Rosse de toda la vida.

Su trato siempre había sido cordial, incluso familiar, porque su hija menor había compartido aula con ella y con Filú, y, en más de una ocasión, había sido invitada a las fiestas y los eventos que celebraban en el Exiles Club, en los bajos del Gran Hotel Moderno, adonde él acudía con regularidad, y la saludaba siempre con afecto.

—No tengo nada que ofrecerles, mister Rosse. Por lo tanto, no quiero ese dinero.

Harland, aún de pie, se removió contrariado. Parecía estar a punto de replicar, pero, a un gesto de mister Rosse, se mantuvo en silencio.

—Sí que lo tienes, Einés. Dinos cómo has conseguido saber lo del sabotaje del Charcas en el Pacífico.

Einés negó con la cabeza y, al fin, su negativa hizo explotar a Harland.

—¿No es suficiente, señorita Caldwell? ¿Quizá mil pesetas? ¿Le parecerían suficientes? —Se había inclinado sobre la mesa, acercándose a ella, y su voz estaba llena de reprobación y enojo.

—Temple, Edward —le pidió mister Rosse.

Harland se enderezó y caminó hacia la ventana en tanto Einés se levantaba airada y se dirigía a él con el índice en alto, aquel gesto que le salía de forma inconsciente cuando reñía con su hermano, probablemente por imitación de su madre.

—Yo decido qué cuento y a quién se lo cuento —aseguró con firmeza—, y, por supuesto, cuánto vale lo que cuento.

—¡Cálmate, Einés! ¡Calmaos los dos, por favor! —atajó mister Rosse, pacificador—. Así no vamos a conseguir nada. Sentaos y hablemos.

Ambos jóvenes se miraron con desdén. Él se preguntaba si todas las mujeres en aquella ciudad obraban de forma tan impredecible y enrevesada o era solo aquella.

Siempre había tratado con hombres ese tipo de asuntos, y era rápido y sencillo, sin complicaciones: información a cambio de dinero y discreción.

Punto. ¿Qué quería ella? ¿Qué buscaba? La suma que le habían ofrecido era importante.

Había accedido porque Rosse aseguró que podía ser una buena fuente: en ese hotel se cocinaban muchas intrigas, aunque ni siquiera sabían si aquellos datos le habían llegado de allí.

Además, ¿para qué le servía a ella esa información si no era para comerciar y llevarse unos cuartos, como todos?

Lejos estaba de comprender que la motivación de Einés era de otra naturaleza.

Aquello era algo suyo, enteramente suyo.

Había caído en la cuenta de que, en las grandes emociones de su vida, nunca había sido la protagonista.

Franz, Filú, sus amigas, incluso sus padres y su abuela…

Sentía que todos habían vivido con mayor intensidad, algo que les brotaba de lo más hondo, no de las circunstancias.

Y ella, gracias a aquella reacción brusca de Harland, notó que recuperaba el control, aquella chispa de empoderamiento que la electrizaba.

Y eso era —más que el dinero— lo que la impulsaba a adentrarse en aquel territorio desconocido y tenebroso ignorando qué podía encontrar allí.

—Verás, Einés —dijo mister Rosse en tono conciliador, dirigiéndose a ella—, no te pido que tomes partido en una guerra que ni es tuya ni de tu tierra, pero sabes tan bien como yo que por las habitaciones del Moderno pasan hombres que no van solo a dormir.

Sé que tu hermano es alemán, y quizá eso te haga dudar.

—Einés miró a Harland, pero él no pareció sorprenderse: lo sabía, como también lo de miss Dorothy—.

Sin embargo, tu padre era inglés y apreciaba profundamente nuestro país.

Y ahora Inglaterra precisa de ojos atentos aquí, nada más.

No te pedimos que te arriesgues, pero lo que nos puedas contar —un nombre, una reunión, un barco que llega a deshora— puede ayudar a que este desastre acabe cuanto antes.

Einés interpretó a la perfección el que mister Rosse apelase a la nacionalidad de su padre.

Quizá esperaba despertar algún sentimiento de pertenencia, un rescoldo emocional que la empujara a ver Inglaterra como parte de su propia historia, pero ella no sentía lealtad alguna hacia un país que no le había dado nada, donde el amor de sus padres no tuvo cabida.

—No se equivoque, mister Rosse —respondió con serenidad—, cualquier cosa que yo haga o deje de hacer en este asunto será por mí o por los míos, no por los intereses que pueda tener Inglaterra en esta guerra.

Edward Harland arqueó las cejas, pero mister Rosse sonrió y asintió con un gesto.

—Cualquier cosa será bienvenida —insistió, extendiéndole de nuevo el sobre.

—El señor Antúnez y el señor Martull son agentes infiltrados.

Están en contacto con el agregado naval y el capitán del Stephan —reveló Einés mientras recogía el sobre y lo guardaba de nuevo en el bolsillo—.

Lo supe desde el momento en que llegaron.

Y fue por una llamada al señor Martull que me enteré del sabotaje, por pura casualidad; no estaba en mi intención espiarle.

También les puedo decir que detrás de todo eso estuvieron el conde de Candeán y sus contactos con la capitanía de Ferrol.

Si averiguo alguna otra cosa, se lo comunicaré —añadió levantándose.

—Gracias, Einés, nos será de gran ayuda. Pero si vas a trabajar para nosotros, no conviene que te vean por aquí —le advirtió mister Rosse poniéndose de pie, imitado por Harland.

—Descuide, buscaré la manera. Y recuerden, yo no trabajo para ustedes; trabajo para mí. ¿ A pre , entonces?

— A pre —aceptó mister Rosse.

Einés se dio la vuelta y salió cerrando la puerta tras ella.

—¡Es fantástica! —exclamó el director todavía de pie, mirando hacia la puerta—. Idéntica a su madre en todo.

—¿Conoció a sus padres biológicos? —preguntó Harland con curiosidad.

—Sí. Él era un muchacho entusiasta y generoso; ella, una joven increíble —recordó con tristeza.