Las tejedoras del mar Capítulo 57 #2
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Capítulo 57 #2

No sabía cuál sería el siguiente paso. No tenía nada que ofrecer a los ingleses, salvo decirles quiénes eran el señor Martull y el señor Antúnez.

«Pero eso sería como matar a la gallina de los huevos de oro», reflexionó.

Ellos mismos se encargarían después de vigilarlos, aunque la información que ella podía proporcionarles —si se daba el caso, como la vez anterior— fuese más directa y, seguramente, más relevante.

Decidió esperar de nuevo, al menos hasta que llegase mister Rosse.

Tampoco les comentaría nada a Filú ni a Paul.

Tal vez había llevado aquella aventura demasiado lejos, y todo podía quedarse en agua de borrajas.

Sin embargo, tenía el presentimiento de que el director del Cable movería ficha.

Al fin y al cabo, ellos eran los que tenían algo que perder.

Se levantó inquieta la mañana del lunes, con una prisa inusitada por llegar al trabajo, pues tenía la corazonada de que el día le traería alguna sorpresa.

A cada momento levantaba la mirada por si veía aparecer a mister Rosse por la puerta del hotel, y estuvo pendiente del teléfono por si interceptaba otra llamada sospechosa o si, directamente, se ponían en contacto con ella desde la compañía inglesa, pero nada de eso sucedió.

Fue por la tarde, casi al final de su turno, cuando entró un chiquillo con una pequeña caja envuelta en papel azul atada con una cinta blanca.

—Es para la señorita Einés —le dijo al botones que custodiaba la puerta, y salió de nuevo.

Pepe, el botones, se la acercó y la dejó en una esquina del mostrador. Las miradas del gerente —que estaba hablando con un huésped recién llegado— y la de Einés se posaron a un tiempo en la tarjeta que acompañaba el presente: «Miss Dorothy».

Einés esbozó una sonrisa llena de ternura y de tristeza a la vez.

Aquella venerable anciana que, cuando ella era niña, cruzaba el Atlántico al menos una vez al año, en los últimos tiempos había espaciado las travesías por problemas de salud, y en su última carta ya le había avisado de que, hasta que no terminase la guerra, suspendería sus viajes.

Sin embargo, se acordaba de ella. Aquella cajita de chocolates que le había enviado lo demostraba.

Miss Dorothy era la única co nexión que seguía manteniendo con su abuela y sus tías inglesas.

A través de ella, se carteaban y se mandaban fotografías.

Catalina no había querido que perdiesen el contacto y, desde que Einés era pequeña, cada año iban al estudio de Pacheco, en la rúa Sombrereiros, a hacerse unas fotografías para enviárselas por Pascua.

Muchas veces había insistido en que la acompañase, pero sus viajes nunca coincidían con fechas adecuadas.

La pillaban en época de estudios y, ya después, por el trabajo…

Era algo que deseaba hacer, pero, de momento, solo esperaba que miss Dorothy siguiese atravesando el océano durante muchos años más.

Cuando se quedó sola detrás del mostrador, con Pepe atareado con el equipaje del recién llegado, cogió la tarjeta y se la acercó a los labios con delicadeza y afecto.

Desató con cuidado la cinta, apartó y dobló el papel azul, y abrió la caja.

Era met álica, con la tapa esmaltada en verde botella y un medallón dorado donde aparecía el nombre del chocolatero.

Al levantarla, un leve perfume a cacao y mantequilla llenó el aire; dentro, los bombones estaban alineados en una bandeja de cartón y un papel encerado estampado con el escudo de la casa cubría el surtid o; encima, un sobre amarillo sin remitente.

«La carta de la abuela», se dijo sonriente, y lo abrió con rapidez.

La expresión de alegría y mimo se le quebraron en un instante.

Primero abrió los ojos con una sorpresa casi infantil, pero el gesto se le tensó de inmediato: las pupilas se le contrajeron, el aliento se le quedó atrapado en el pecho y la comisura de los labios dibujó una línea de estupor.

Sus manos, que habían apartado con delicadeza el papel encerado, se quedaron rígidas mientras sostenía el sobre.

El tacto áspero y firme, un tanto grueso y rugoso, con el relieve del grabado baj o las yemas de los dedos…

Lo alzó apenas lo justo para que la luz revelara el verde intenso y el ocre, con toques más claros, que la ayudaron a distinguir sus figuras de un vistazo.

Un rubor ardient e le subió a las mejillas; después, la sangre pareció retirársele por completo, dejándole el rostro frío, descolorido.

¡Quinientas pesetas! Cinco billetes de cien cada uno.

La conmoción se dibujó nítida en su rostro, y el pulso le dio un brinco cuando, en el interior de la solapa, descubrió unas iniciales: «E.

H.». Miró alrededor, con el gesto instintivo de quien se siente observado.

Y allí estaba, al otro lado de la calle, con el mismo abrigo de lana gruesa color carbón del día anterior y un fedora de ala media, de fieltro gris, que tocó levemente a modo de saludo.

Volvió a bajar la mirada hacia el sobre, consciente de que no contenía un regalo, sino una demanda.

O un pago a cuenta. Cuando volvió a mirar a través de la cristalera, Edward Harland ya no estab a.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿Cuánto sabían ya de ella, de su familia… ? ¿Y cómo lo utilizarían?