Las tejedoras del mar Capítulo 57
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Capítulo 57

No había perdido nada. No se pierde lo que nunca se tuvo.

Quizá la oportunidad, pero no estaba segura de que aquello lo hiciese por dinero, o solo por eso.

Ni la ambición ni la codicia la movían. Por debajo de eso —y de la culpa, el miedo o la venganza—, había algo más íntimo.

Su corazón latía a otro ritmo, con una fuerza desconocida.

Lo más parecido eran aquellas primeras incursiones clandestinas en casa de Filú.

Casi podía volver a sentir cómo se le erizaba la piel y la sangre bombeaba como un tambor en su pecho.

Era realmente emocionante. Aquella sensación se había ido suavizando con los años, pero todavía quedaban restos del vértigo que le provocaba rondar lo prohibido.

Un rescoldo que apenas chisporroteaba en su interior se había avivado de nuevo para convertirse en un fuego arrollador.

Apenas había tenido tiempo de reponerse de lo de Franz.

Pero aquello —un proceso angustioso que los mantuvo con el alma en vilo y los nervios agarrotados— había estado marcado por el miedo y el dolor.

El corazón se encogía en una angustia contenida y el aire no llegaba a los pulmones.

Sin embargo, la inquietud que sentía al salir de las oficinas del Cable Inglés era de otra naturaleza, y tiraba de ella con la obstinación de una resaca.

Parecía que se le había cerrado una puerta, pero, en realidad, otra más amplia se abría ante ella. Sonrió, se subió las solapas del abrigo, resguardó las manos del frío en los bolsillos y caminó resuelta hacia la expendeduría de la rúa Real, de camino a casa, para comprar un sello.

Esperó hasta el día siguiente, viernes. Sabía que si depositaba la carta en el buzón por la tarde, la sellarían al día siguiente a primera hora, y era más que probable que el reparto se hiciese esa misma mañana, aunque los sábados la oficina de correos cerraba antes.

Había apostado fuerte. La jugada le vino a la cabeza como una epifanía nada más de salir del despacho de mister Rosse, donde aquel empleado —Edward Harland, dijo que se llamaba— se burló de ella descaradamente y dudó de lo valiosa que pudiera ser su información.

No eran ni las ocho de la mañana del domingo cuando apareció en la recepción del hotel.

Había salido tal y como esperaba. Ella atendía en el mostrador a un matrimonio extranjero que había llegado en uno de los buques de pasaje que, aunque con menor frecuencia, seguían haciendo escala en el puerto.

Detrás de ellos —en pe rfecta formación, casi militar—, una prole numerosa de cabello rojizo y cara pecosa aguardaba con paciencia somnolienta.

Edward Harland avanzó solo unos pasos y se sentó en uno de los sillones de cuero al lado del ventanal.

Cogió un diario del expositor y esperó. En cuanto la familia fue atendida por los botones, y aprovechando el pequeño revuelo de maletas y personas, se acercó al mostrador.

Su rostro reflejaba una mezcla tensa de indignación y desconcierto.

La mandíbula, rígida, parecía morder un reproche, y la curvatura de sus gafas de metal acentuaba la crispación de sus cejas al fruncirse; tras los cristales, los ojos —oscuros y encendidos— la miraron con una intensidad casi hiriente.

Sacó el sobre del bolsillo de su abrigo y lo depositó con un gesto brusco encima del mostrador, solamente un instante, para que ella lo viera.

Einés lo reconoció, ella misma lo había dejado en el buzón de la estafeta.

Iba dirigido a él, Edward Harland, porque, según le había dicho el propio Harland, mister Rosse no llegaría hasta el lunes.

No llevaba remite, pero adivinaría quién estaba detrás, y no le costaría localizarla: el joven que la recibió y la acompañó a su despacho sabía dónde encontrarla.

La misiva era una nota escueta: «El sábado, 5 de diciembre de 1914, el carguero inglés Charcas, que saldrá a las 5.

30 a.m. de Valparaíso con un cargamento de nitrato, se rá abordado por el Prinz.

En Vigo, a viernes, 4 de dici embre de 1914».

Por supuesto, no iba firmada. No había tenido tiempo de fijarse, pero sin duda iba sellada con antelación a que la noticia llegase a las oficinas del Cable.

Einés le mantuvo la mirada. Aquel cosquilleo, que no había desaparecido del todo desde su primer encuentro, le llegaba a la punta de los dedos.

—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó, ladeando la cabeza y repitiendo las mismas palabras que él había empleado en el despacho de mister Rosse.

—¡Maldita sea…! ¡Podría haberlo evitado! —exclamó él en un susurro exasperado cargado de resentimiento.

—Y usted también —le reprochó ella en voz baja, barriendo con la mirada el vestíbulo para comprobar que nadie los observaba.

—No es comparable —repuso Harland—. Yo no tenía esa información.

—No quiso tenerla —replicó Einés volviendo su mirada hacia él—. Es más, puso en duda que fuese importante.

—Dejó que un barco se fuese a pique por un puñado de pesetas.

Einés notó desprecio en sus ojos, y eso le dolió.

—Evacúan a la tripulación antes de hundir los buques —había oído decir a algunos marineros—, así que no cargo con ninguna muerte sobre mi conciencia. Hasta puede que haya evitado muchas —se defendió dando a entender que sabía de lo que hablaba.

Al puerto llegaban muchos cargueros con salitre chileno para abastecerse antes de continuar la ruta hacia Inglaterra. Y casi todo el mundo sabía que se usaba para fertilizantes y, sobre todo, para explosivos. De ahí —intuyó Einés— que ambos bandos tuviesen tanto interés en el nitrato.

—Tenemos que hablar en privado, señorita Caldwell. Dígame cuándo y dónde —la apremió en tono exigente.

A Einés la azoró el hecho de que supiese su apellido. Probablemente habría averiguado más cosas sobre ella, pero intentó que la sorpresa no se reflejase en su cara.

—No es así como trabajo. —Con toda la intención, volvió a utilizar la expresión que él había usado días antes—. Cuando tenga algo que decirles, los buscaré.

Edward Harland resopló; parecía est ar a punto de perder la paciencia.

—Está jugando a un juego muy peligroso —le advirtió.

«Lo sé —pensó Einés—, y creo que tengo una buena mano». Sin embargo, le pareció demasiado osado decirlo en voz alta. Creyó que lo mejor sería dar por zanjada aquella conversación. Ya había conseguido lo que quería: la expectativa haría aumentar el interés de los ingleses, o de aquel, al menos.

—Disculpe, pero no puedo dedicarle más tiempo.

Y debería ser más prudente si lo que pretende es que lleguemos a tener alguna relación…

¿comercial? —Einés arqueó las cejas y no disimuló su tono sarcástico—.

¿Le parece que deje caer que preguntaba usted por un compatriota que debería haber llegado esta mañana?

Har land desvió la mirada, incómodo, como un niño a quien pillan en una falta.

No había reparado en aquel detalle, aun sabiendo que decenas de ojos de ambos contendientes se vi gilaban mutuamente.

Había que cuidar y preservar las fuentes que, cuando no había más que ese tipo de relación comercial, podían cambiar de bando con rapidez.

Y aquella parecía una informante atractiva, en todos los sentidos.

Pero le pudo la impulsividad y la rabia.

Era inteligente, muy consciente de la responsabilidad real de su misión y con el entrenamiento adecuado, pero joven. Y la juventud es propensa a cometer errores.

Un huésped se acercaba con su pesada llave en la mano para dejarla en recepción, de modo que Einés despidió amablemente a Edward.

—No se preocupe, le mandaremos recado o le llamaremos en cuanto llegue. Tenga buen día.

Le temblaban las piernas. Sabía que Harland tenía razón: era peligroso.

Si alguien llegase a sospechar que fisgoneaba en la privacidad de los clientes —y no digamos nego ciar con ella—, el despido sería inmediato y sin referencias, aunque —estaba segura— la gerencia del hotel se guardaría mucho de revelar la causa del despido: la reputación del establecimiento quedaría en muy mal lugar.

De todas formas, si en todo aquello no hubiese un punto de riesgo, de clandestinidad, no le resultaría tan electrizante.

Era la primera vez que se encontraba totalmente sola ante un asunto de tanta relevancia.

Ni Filú —para quien nunca había tenido secretos—, ni Franz, ni sus padres, ni la abuela Leonor…

A ninguno se atrevía a contarle nada. ¿Quién, de todos ellos, iba a entender aquella fascinación por las intrigas que se escondían detrás de los uniformes, los bastones con empuñaduras de plata, las distendidas tertulias en los cafés o algún que otro abanico?

Imaginó la reacción de cada uno, y solo en la cara de Filú —tan dada a l a fantas ía— podía ver la exaltación que ella sentía.

Pero, más allá de compartir sus emociones, poco podía participar su amiga ni en sus pesquisas ni mucho menos en aquel enredo en que se había metido intentando sacar provecho de ellas.

Además, Filú tenía todos los sentidos puestos en la inminente fecha de su compromiso con Franz —en cuanto él regresase durante sus vacaciones navideñas— y vivía en una especie de estado de ingravidez que giraba siempre sobre el mismo tema.

Aun así, necesitaba hacerla partícipe de sus andanzas, pues temía que aquel peligro del que la había advertido Harland fuera más allá de su posible despido, aunque todavía no era capaz de ver de quién o de dónde podría venir la amenaza.

Tal vez Paul sería un buen candidato para compartir aquel secreto.

«Él es inglés —y como de la familia—, algo se le removerá por dentro en aquel conflicto, un atisbo patriótico de comprensión, al menos», pensó sin decidirse del todo.