Las tejedoras del mar Capítulo 56
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Capítulo 56

Apenas había podido conciliar el sueño. La asaltaba la imagen de Crisanto Taboada entrando en la cafetería o los salones del hotel.

Acudía con cierta frecuencia, siempre por la tarde, cuando el rumor de la ciudad empezaba a bajar y el local se volvía un refugio acogedor, especialmente en invierno.

Casi nunca accedía por la entrada de Elduayen; pasaba por la recepción donde, apenas pisaba el umbral, un botones acudía con diligencia aprendida: inclinaba la cabeza, recogía el sombrero hongo y el gabán de paño y los llevaba al perchero.

Él lo agradecía con un gesto leve, sin palabras, como correspondía a los acostumbrados a ser servidos sin necesidad de explicaciones.

Caminaba con un ritmo calculado, balanceando el bastón con empuñadura de plata que usaba más como símbolo que como apoyo.

Le servían siempre lo mismo: un café solo, fuerte, y un vasito de agua.

A veces, añadía una copa de coñac francés.

Por casualidad —o no—, solía acabar acompañado.

La última vez, solo unos días atrás, compartía mesa y conversaba animadamente con el señor Bárcena, representante del consulado británico.

Entre vuelta y vuelta, intentando dormir al menos un par de horas, Einés se preguntaba a qué complejas lealtades atendería cada uno donde nada era lo que parecía, sobre todo de sde que la tensión había estallado en el continente.

Llegó al hotel sin haber pegado ojo y, sin embargo, con una excitación y un cosquilleo que la mantenían en un estado de alerta constante.

Por un instinto que iba más allá de la razón, se mantuvo pendiente de los movimientos del señor Martull y el señor Antúnez.

Cada vez que un zumbido sonaba a su espalda, en el panel de telefonía, sus músculos se tensaban.

Durante todo el día —ninguna llamada fue para ellos ni partió de ninguno—, su pensamiento libró una batalla entre lo que sabía que debía hacer y lo que su corazón le pedía a gritos que hiciese.

No tendría más que unos segundos para tomar la decisión, y pensó que lo mejor sería que, llegado el momento, la Providencia la tomara por ella.

El momento no llegó, pero, al acabar la jornada, sintió una especie de arrebato, unos enormes deseos de venganza y, ofuscada, se dirigió con determinación a la sede del Cable Inglés.

Al principio pensó en acudir al consulado, pero a su cabeza volvió otra vez aquella imagen llena de complicidad entre el marqués y el señor Bárcena, y desechó la idea.

Quizá el cónsul no fuese más que otra víctima, otro peón de la ambición y la falta de escrúpulos de Crisanto Taboada, y mejor no arriesgar.

Llegó sofocada a Velázquez Moreno, a la Casa Bárcena, como si hubiese ido corriendo.

Miró la placa metálica, discreta, con el nombre de la Eastern Telegraph Company grabado en inglés, empujó la pesada puerta y accedió a un pequeño vestíbulo desangelado, con paredes altas y desnudas.

Sin asiento alguno, se veía que no era un lugar concebido para la espera; solo había un mostrador con un joven empleado al frente, encargado de filtrar las visitas o recibir telegramas y paquetes.

En cuanto la vio acercarse, sacó su lápiz de detrás de la oreja y le sonrió.

Se reconocieron, pues ya se habían visto antes, aunque nunca habían cruzado una palabra.

Las plantillas, tanto del Cable Inglés como del Cable Alemán, gozaban de gran respeto y popularidad en la ciudad, y Einés, por su puesto en la recepción del hotel, no pasaba desapercibida a quienes lo frecuentaban, y menos para los ingleses, que tenían en sus bajos su local social.

—¿Puedo ayudarla en algo, señorita? —preguntó con la formalidad británica que tanto admiraban, e incluso imitaban, los vigueses.

—Quiero ver a mister Rosse. Es importante —respondió Einés con contundencia.

Al mencionar al director, el joven se puso serio.

No era común solicitar audiencia con el jefe de estación, y menos sin cita.

Tras unos segundos de duda, la hizo pasar a una sala de espera —esa vez sí— con una hilera de sillas de madera y una mesa donde reposaban mapas de cables submarinos, revistas inglesas atrasadas y los últimos ejemplares del Daily Mail y The Times , que solían llegar con un retraso de dos o tres días.

Desde allí, Einés podía oír el tecleo irregular de los operadores del cable, ocultos tras una segunda puerta que daba acceso a la sala de máquinas telegráficas. El zumbido tenue de los transmisores llegaba desde el interior como un latido constante, y el aire olía a calor eléctrico, goma y tinta.

El empleado regresó al instante y la dirigió al final del pasillo, al despacho del director.

Llamó suavemente con los nudillos y franqueó la puerta para dejarla pasar.

Einés se detuvo. Frente a ella, un gran escritorio de madera oscura, una lámpara de pantalla verde, una estantería repleta de archivadores, manuales y cuadernos, y una pequeña plataforma redonda con un globo terráqueo donde los cables telegráficos aparecían trazados como venas iluminadas.

Pero no era mister Rosse el que la esperaba sentado detrás de la mesa.

Una mueca de contrariedad se dibujó en su cara.

En su lugar, un joven al que nunca había visto la miraba con aquella mezcla de paciencia británica y cansancio profesional, pero también con curiosidad.

—Quiero hablar con mister Rosse. Es importante y urgente —expresó con resolución y un brillo febril en la mirada.

Él la observó un momento antes de responder.

Consideró que aquella expresión era demasiado dura para un rostro tan delicado: los grandes ojos verdes —tan claros que parecían iluminados desde dentro—, las cejas finas y rectas, su piel pálida, la boca contraída en un mohín de enojo, el mechón de cabello rubio que le rozaba la mejilla…

Había algo desordenado, apresurado, en su aspecto, pero no descuidado: más bien la huella de alguien que había corrido contra el tiempo para llegar hasta allí.

Si no fuera por la determinación que endurecía sus facciones, habría pensado que se trataba de una joven dulce, casi tímida.

Pero, en aquel instante, con el aliento aún agitado y la barbilla alzada, transmitía la impresión de quien había acudido con una misión muy clara: importante y urgente, como la había definido.

—Lo siento, mister Rosse no se encuentra en estos momentos —repuso al fin mientras se levantaba del sillón y le tendía la mano—. Edward Harland, inspector técnico de líneas. Si puedo ayudarla en algo…

—No —respondió ella, tajante—. Necesito ver al director en persona. ¿Cuándo cree que puedo hablar con él?

—Se fue hace un rato y no volverá hasta el lunes. Pero estoy aquí para cubrir su ausencia. O quizá el operador jefe pueda atenderla —añadió ante la reticencia de la joven.

Einés dudó. El lunes sería ya tarde . Entornó los ojos y pensó que para entonces habría desaparecido toda oportunidad. Tampoco tenía nada que perder, y no sabía a dónde más acudir con su averiguación. Aquel era el lugar adecuado, un cablegrama era lo más rápido para advertir de l peligro.

—Es algo muy delicado —declaró al fin con voz afectada—. Una información altamente comprometida.

El hombre ladeó la cabeza, frunció el entrecejo y la miró con extrañeza.

—La escucho —dijo—. Cuente con mi total discreción.

—Es algo relativo a…, a… —Einés no sabía cómo exponer el tema.

—A la guerra —la ayudó él con el interés reflejado en sus pupilas y en la tensión de la mandíbula.

El hombre no pareció extrañado. Era de dominio público que, a raíz del comienzo del conflicto, desde uno y otro bando contactaban con gente corriente, en especial trabajadores del puerto, que les pudiesen aportar algún dato relevante a cambio de gentiles recompensas o de unas simples tazas de vino rudo y peleón en las tabernas que le hacía soltar la lengua a más de uno.

—Sí, eso es —asintió Einés—, pero mi información no será gratuita.

—Por supuesto —sonrió él—, será debidamente recompensada.

—Con mil pesetas —manifestó decidida.

Lo había pensado mucho y resolvió que, si a Taboada le abonaban esa cantidad por sabotear, hundir, robar o lo que quiera que hiciesen los alemanes con aquel carguero inglés, ella pediría lo mismo por evitarlo.

—¡Mil pesetas! —exclamó el joven entre incrédulo y divertido, al tiempo que no pudo evitar que se le escapase una carcajada.

—Sí, eso he dicho. Me ha oído bien —recalcó Einés sin perder la serenidad—. O lo toman o lo dejan.

—No es así como trabajamos. Deme esa información y veré lo que puedo hacer. —La sonrisa se le había borrado de los labios mientras otra asomaba a los de ella.

Un vértigo la atravesó por dentro como una corriente tibia y desconocida: no era miedo ni culpa, sino una súbita conciencia de fuerza, de poder.

Sintió la garganta seca y, al mismo tiempo, cada palabra le salía con una precisión que jamás había logrado detrás del mostrador de la recepción del hotel.

Le sorprendió descubrir que podía medir el pulso de su interlocutor —su impaciencia, su necesidad— y usarlo a su favor.

Aquello la llenó de una excitación febril, y, mientras sostenía sin pestañear la mirada de aquel hombre de unos veinticinco años, delgado, con el rostro afilado y unas gafas metálicas de montura fina —que le daban un aire aplicado, casi académico—, comprendió que estaba probando un sabor nuevo: era ella la que ocupaba el centro del tablero. Y le gustaba. Mucho.

—La mitad cuando se la dé y la otra mitad cuando ustedes la confirmen. Esas son mis condiciones.

—No estoy autorizado para realizar esa operación, y menos sin conocer qué nos puede proporcionar.

—Dijo que estaba aquí para cubrir la ausencia de mister Rosse.

—Pero no a ese nivel —admitió—. Y sinceramente, aunque estuviese en mi mano, dudo que su confidencia valga ese dinero. Así que…

—Muy bien —concluyó Einés sin mostrarse decepcionada o contrariada—. Pues…, nada más que hablar.

Se levantó, abotonó su abrigo y se dirigió a la puerta. Él se levantó al instante y se adelantó a abrirle. La observó con una mezcla de fascinación e intriga mientras ella se alejaba por el pasillo con paso firme.