Capítulo 55
San Andrés cayó en lunes aquel último día de noviembre. Hasta ese momento, el dichoso mes de aquel año convulso había hecho honor al refrán. La calma —aunque contenida— había regresado a la casa, y Einés canturreaba en el fregadero, ajena a la conversación que mantenían su madre y su abuela.
Desde el día en que Catalina y Alfredo —cada uno por su lado y a su manera— habían puesto a Casilda contra la pared, el miedo y la inquietud se habían ido disipando.
Sabían que el enemigo era peligroso y que no convenía bajar la guardia; pero estaban tan exhaustos que cuerpo y mente se dejaron llevar por aquel sosiego que les permitió ir recobrando el resuello y la normalidad.
Pero, para corroborar aquel otro dicho al que Leonor recurría cuando venían mal dadas: «Poco dura la alegría en la casa del pobre», Amaro llegó con una noticia que amenazaba seriamente el futuro de la economía familiar.
—Van a dejar de vendernos hielo. Tenemos, como mucho, para una semana —soltó nada más entrar, con una mezcla de rabia e impotencia dibujada en el rostro—. Ya no podremos servir por ferrocarril. Y en el barco… Ahora porque es invierno, pero como esto no cambie nos vamos al garete.
—¿Cómo que no nos van a vender más hielo? ¿Es que no lo pagamos o qué? —repuso Catalina, contrariada.
—Pues, según me contó el capataz, parece que con esto de la guerra no les llega carbón, ni aceites, ni repuestos…
Dice que el jefe ordenó que primero se despache a las casas grandes porque no saben si habrá carbón suficiente para que la fábrica siga tirando; las conserveras tienen los contratos bien atados, y a nosotros, los pequeños, nos toca esperar.
Y, por encima, la Junta del Puerto dispuso que las embarcaciones de altura van primero.
—¿Y cómo vamos a hacer? —preguntó Catalina, dejando la pregunta suspendida.
Todos contuvieron la respiración.
Amaro se dejó caer en el banco, detrás de la mesa, y apoyó la espalda en la pared.
Era un golpe durísimo para la economía no solo de su familia, sino también para la de su hermano Pedro.
Ellos, además de lo que daba el negocio, contaban con el sueldo de Einés, la renta del piso —que ni llegaría para la pensión de Franz— y lo que sacaban Catalina y su suegra de las redes.
Pero en casa de su hermano no entraban más ingresos a mayores que los dos patacones que ganaba su hija mayor en la conservera, pues los chicos trabajaban también en el almacén y se ocupaban del reparto por mar.
Desde hacía años dependían de La Industria del Hielo para la distribución por ferrocarril hacia el interior y para llegar a los puertos de Vilagarcía y Pontevedra.
Para el servicio de los pueblos más cercanos —Redondela, al noreste de Vigo; Cangas y Moaña, en la otra orilla de la ría; o Baiona y Nigrán, hacia la boca de la ría en dirección al Atlántico— podían prescindir del frío, pero esas rutas eran una parte mínima del reparto y apenas darían para subsistir.
Aunque fuese algo temporal, perderían clientes, seguro.
Los dejarían en la estacada, y su fiabilidad quedaría en entredicho.
—Pues habrá que hablar con mi hermano Quique. Él seguro que sabe qué barcos traen cargamento de hielo. Nos ayudará a salir del apuro y luego ya iremos viendo —se respondió Catalina a sí misma, y todos respiraron al fin un poco aliviados.
Einés constató una vez más que su madre —como su abuela— afrontaba los problemas de un modo distinto, particular.
Por alguna razón, ellas veían más allá del presente inmediato.
Miraban a lo lejos porque la agitación del momento a veces no deja ver con claridad.
La pregunta de su madre ya revelaba su modo de encarar los obstáculos.
No había preguntado «¿qué vamos a hacer?
», sino «¿cómo vamos a hacer?», dando por hecho que algún remedio habría.
Sus ojos estaban puestos en la solución antes que en la dificultad, como siempre, y aquella lucidez suya era un espigón que frenaba los embates de la vida.
Y cuánta falta les hacía ese puntal en aquellos días tan agitados en que los contratiempos no daban tregua y vivían con la sensación constante de una amenaza sobrevolando cada paso que daban.
Esa misma noche, Amaro llegó con la buena noticia de que Quique —el hermano mayor de Catalina y práctico del puerto— podría sacarles del aprieto consiguiéndoles hielo, ya que algunos buques comerciaban con sus excedentes y vendían a particulares y barcos pequeños.
La información los tranquilizó a todos; sin embargo, al día siguiente descubrió, a través de uno de los repartidores de la fábrica, que, aunque era cierto que escaseaba el carbón, de momento seguían sirviendo a hosteleros, a puestos de carne y de pescado del mercado, y a otros pequeños comerciantes.
Él mismo se había acercado a preguntar y nadie tenía constancia de que se fuese a cortar el abastecimiento.
—¿Será que el marqués está también detrás de eso? ¿O la madre de Filú? —Einés fue la primera en verbalizar la sospecha de todos.
—Lo mismo pensé yo —admitió su padre.
—¡Por Dios! ¡Esto no se acaba nunca! —se lamentó Einés, derrotada.
—Por algún lado les tiene que salir la rabia —murmuró Leonor—. Esto es cosa de meigas. Tenemos que limpiar la casa; aquí se metió un aire torcido y hay que barrerlo.
Catalina, que se había quedado inusualmente callada, asintió. Había cosas a las que los mortales no llegaban, y ella ya no sabía qué hacer.
Aún no había amanecido cuando comenzaron el ritual para desahogar la casa. No lo hacían desde que construyeron el almacén y arreglaron la vivienda, para bendecirla y espantar las envidias y el mal de ojo. Solo las mujeres lo hacían.
Einés lo recordaba bien. Abrió de par en par todas las ventanas y el aire del mar —frío y húmedo— entró de golpe para arrastrar todo lo malo. Cogió la escoba de brezo y comenzó a barrer desde el fondo hacia la calle.
—Que salga lo que no es nuestro —repetía en cada estancia, arrastrando el polvo y lo que hubiera hacia la salida, sin recogerlo, sino empujándolo directamente fuera.
Tras ella, su madre, que había preparado un caldero con sal marina, iba fregando con un trapo las esquinas, el umbral y los huecos bajo las ventanas.
—Para que no quede sombra, ni pena, ni mal andado —decía mientras escurría el trapo.
Leonor, en una vasijilla de barro, encendió un fuego y colocó sobre él unas hojas de laurel que comenzaron a crepitar. Un humo denso y fragante ascendió serpenteando entre las vigas. Con la mano lo dirigía hacia las esquinas y los rincones oscuros donde, según ella, se metían los aires torcidos.
—Que quede lo bueno y salga lo malo —iba recitando a medida que recorría la casa.
Para terminar, salieron a la solana a sacudir las mantas y las sábanas, y bajaron a la puerta para que Leonor, que dirigía el ritual, lanzase un puñado de sal hacia fuera y dejase un cuenco con agua salada detrás de la entrada.
Cerraron despacio y subieron. Dentro, el aire era distinto; más ligero, como si la casa hubiese exhalado de una vez todo lo maligno atrapado durante meses.
Einés sintió lo mismo al salir camino del hotel.
Respiró hondo y dejó su temor en manos de la Providencia.
Ella creía firmemente en aquellos sortilegios a los que recurrían su madre y su abuela cuando el control se escapaba de sus manos, y confiaba, como ellas, en que los poderes divinos y del universo se confabulasen para poner a cada uno en su lugar, para recompensar o castigar según las obras y las intenciones.
—El Señor guía mis pasos —musitó sin saber por qué.
Las mismas palabras le vinieron a la cabeza horas después, cerca del mediodía.
No necesitaba mirar el reloj: la luz del primero de diciembre entraba oblicua por las cristaleras y el olor a comida se filtraba ya desde la cocina.
Un leve zumbido, como un insecto dando vueltas alrededor de un quinqué, le llegó desde el cuarto de telefonía, detrás del mostrador, y se intensificó durante unos segundos.
Volvió la cabeza y vio el parpadeo insistente de la lucecita en el panel central: una llamada entrante.
Con gesto automático, se acomodó la diadema metálica —que le apretaba las sienes—, ajustó bien el auricular y tomó el conector de baquelita para insertar la clavija de escucha. El micrófono apenas le rozaba el cuello, como sabía que hacían las telefonistas formadas en la Academia de Teléfonos.
—Centralita del Gran Hotel Moderno, buenos días. ¿Con quién desea hablar?
—Comuníqueme con el señor Martull —dijo un hombre de acento castellano, sin presentarse.
—Un momento, por favor, enseguida le paso la llamada, señor. —Einés, que respondió de forma rutinaria, asintió, aunque él no pudiera verla.
Desvió la mirada hacia el panel interior.
La habitación 12, donde se hospedaba el señor Martull, era una de las pocas que contaban con servicio telefónico privado —no en vano pagaba doce pesetas por noche con el descuento de larga estancia— y, siguiendo el protocolo, retiró ligeramente el conector del canal exterior para anunciar la llamada:
—Señor, tiene usted comunicación desde el exterior. Un caballero desea hablar con usted. No ha dicho su nombre.
Sin soltar el auricular, conectó la línea exterior con la habitación 12 y, al hacerlo, escuchó la voz del señor Martull.
Recordó las primeras veces que hizo esa operación, cuando se escuchaba aquel clic metálico al introducir o sacar las clavijas, pero había perfeccionado aquella rutina y la ejecutaba con una precisión de relojero.
«Martull al habla», oyó Einés justo cuando iba a desconectar su escucha.
Al instante, la respuesta del interlocutor fue como un calambrazo en su cerebro que hizo una conexión más rápida que sus expertas manos en el panel: «Saldrá el sábado de Valparaíso con un cargamento de nitrato, a las cinco y media de la mañana».
Einés se ajustó de nuevo el auricular, dejando activa la clavija de escucha en su conector personal y se sorprendió al recordar aquellas palabras sin motivo aparente: «El Señor guía mis pasos».
Lo interpretó como una señal del destino, un pretexto quizá para aquella acción reprobable que jamás había cometido y que, además, sabía que era una falta muy grave: escuchar una conversación privada.
En cualquier caso, aguzó el oído y, con el pulso latiéndole en las yemas de los dedos, sujetó el auricular. Si aparecía alguien, tenía que retirarlo inmediatamente para que no sospechase de su intromisión.
— ¿Qué bandera lleva? —oyó que preguntaba Martull en tono seco.
— Inglesa. Es el Charcas. El Prinz está operando en la zona; solo tendrá que esperarlo.
— Está bien, informaré al agregado.
— Páguele a nuestro hombre. Acordamos mil pesetas.
— No las vale — respondió Martull, desdeñoso.
— Las valdrá — afirmó el otro con rotundidad —.
Puede anunciar con rigor el día y la hora de las salidas, y las escalas previstas en el Cantábrico.
Así no habrá que perseguirlos en alta mar; se podrán esperar donde la costa se estrecha y los guardas pierden la vista.
Además —bajó la voz, como si temiese que alguien le estuviese escuchando—, la capitanía de Ferrol marca las guardias: será valioso conocer horarios, rutinas de los remolcadores…
, para camuflar el aprovisionamiento de los buques y los U-Boote alemanes.
Y dice que podrá facilitar documentos oficiales, retrasar o acelerar salidas, dar acceso a planos o listas de carga. Les compensa, tiene buenos contactos.
La conversación acabó con una despedida parca e impersonal. Einés contuvo el aliento y esperó unos segundos, lo necesario para que ellos creyeran que la conexión había concluido.
El corazón le golpeaba fuerte en el pecho.
Llegaba la parte más delicada: la desconexión silenciosa.
Sujetó la clavija de la habitación con dos dedos temblorosos pero expertos, y la giró apenas un milímetro.
Notó cómo se aflojaba el contacto sin romperlo del todo y la extrajo despacio.
Con idéntica suavidad, repitió el proceso con la línea exterior.
Resopló al fin: no había sonado el clic que delataría la intervención.
El orden era importante: si hubiese desconectado primero la calle, aquel leve pero característico sonido habría podido oírse en la habitación.
Solo entonces liberó su propio conector.
Mientras volvía a acomodar los cordones en su sitio, sintió que el hotel entero había cambiado de atmósfera, como si, en lugar de un local iluminado frente a la ría, se hubiese vuelto un escenario peligroso donde cada voz, cada rostro, ocultaba una sombra.
Sabía que la privacidad de los huéspedes era un deber sagrado y que retener la escucha, aunque solo fuese unos segundos más de lo necesario, era una falta moral, pero no sentía remordimiento alguno.
No tenía duda: detrás de la Capitanía de Marina de Ferrol solo podía estar el marqués de Candeán. Otra vez.
Aquello ya no tenía nada que ver con Franz ni con el asunto del hielo, pero la rabia le subió desde el estómago y le quemó la garganta. ¡Mil pesetas! ¡Doscientos duros por aquella información! Ella cobraba sesenta pesetas al mes por trabajar allí diez horas diarias.
Una sensación nueva, como prohibida, la recorrió. «La embriaguez del poder», pensó. Decididamente, aquel secreto le daba poder, aunque fuese pequeño y efímero. Y eso la asustaba tanto como la seducía.