Las tejedoras del mar Capítulo 54
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Capítulo 54

Quizá debería haber esperado a la mañana siguiente para asegurarse de que Alfredo no estaría —cavilaba Catalina de camino a casa de los Iglesias—, pero no podía dejar su faena para ir a cantarle las cuarenta a aquella malnacida.

Además, algunas cosas eran en caliente o no eran.

Y si se encontraba en casa —cosa que no creía—, ya se ocuparía la muy perra de que no estuviesen presentes ni él ni su hija.

O, si no, que se enterasen de lo que tenían en casa. Aunque parecía que ya lo sabían.

«También puede que la que no esté sea ella, o que no quiera verme», consideró.

Pero si era el caso, volvería las veces que fuesen necesarias, como si tenía que hacer guardia a la puerta de su casa.

Pero, probablemente, si estaba, tendría curiosidad —quizá hasta verdadero interés— en saber por qué se había presentado de nuevo en su puerta.

El trayecto desde O Berbés a casa de los Iglesias no fue suficiente para que su pulso recuperase la normalidad, para asentar sus emociones y poner en orden el revoltijo de pensamientos que pujaban por destacarse en su cabeza.

Era difícil priorizar, ya que su mente y su corazón iban por sendas distintas.

Solo en un punto coincidían: la seguridad de que Franz era lo más importante y, casi a la par, su felicidad.

Y eso —su felicidad— era lo que le creaba aquel conflicto interno.

La había puesto por encima de la promesa que le había hecho a Delaira.

No había podido o, inconscientemente quizá, no había hecho todo lo posible por cumplirla.

Su boca dibujó una mueca parecida a una sonrisa al pensar que la solución definitiva hubiese sido aliarse con Casilda; al fin y al cabo, las dos buscaban lo mismo.

Con la mano sujetando ya la aldaba, recordó la última y única vez que había estado allí y aquellas palabras que se le habían clavado como una espina en la garganta: «Pues los recados por la puerta de atrás, Pepa, ya lo sabes».

Se había sentido ofendida en aquel momento, pero las circunstancias habían cambiado.

Ya no le temblaban las piernas ni se le secaba la boca.

El viento le soplaba en contra a Casilda Devesa; no le quedaba otra que navegar de bolina.

Golpeó dos veces con firmeza. El sonido, seco y metálico, dejó un eco profundo, una vibración que se extendió hasta que Pepita salió a abrir.

—¡Buenas, Pepa! Vengo a ver a la señora.

Sé que está, así que dile que no pienso volver.

Ella verá lo que le conviene. —Catalina confiaba en hacer de aquel farol ganancia; quizá esa advertencia suscitaría el interés de Casilda en caso de no querer atenderla, dado el giro que habían tomado las cosas.

Pepita asintió. No la recriminó por presentarse allí ni trató de disuadirla para que no se enfrentara a Casilda, como en la anterior ocasión. Hubo complicidad en su gesto, pero también un halo de preocupación y tristeza en sus ojos. Sin duda, ella también lo sabía todo.

—¡Ah! Pepa —la detuvo cuando ya se iba—, mejor que Filú no se entere de lo que tengo que decirle a su madre.

La criada volvió a asentir sin decir palabra y se fue.

Mientras la veía desaparecer, Catalina se preguntó cuánto sabría Pepita de aquella familia, tras tantos años a su servicio.

¿Habría oído conversaciones comprometidas, descubierto secretos inconfesables…

? Y, en último caso, ¿a quién le debía más lealtad?

¿A Casilda, a Alfredo, a la niña o a sí misma?

El golpeteo inconfundible de unos tacones sobre el suelo de baldosa hidráulica del pasillo y el recibidor —con motivos geométricos que habían puesto tan de moda las familias catalanas llegadas a la ciudad— le anunció su llegada.

Eran los pasos medidos y acompasados de quien llevaba años ensayando la compostura.

Detrás, las alpargatas de Pepita apenas rozaban el suelo.

De pie, delante de la puerta entreabierta, Catalina esperó hasta que los pasos se detuvieron; solo entonces Pepa se adelantó a franquear del todo la entrada.

Al verla en el umbral, la expresión de Casilda apenas se alteró. Tenía el mentón alzado, los labios tensos en una línea inexpresiva, la mirada dura y fría como el acero.

—Entra —dijo apartándose para dejarla pasar, más por conveniencia que por cortesía.

Seguramente no soportaba la idea de que la viesen hablando con aquella mujer que el destino, con su habitual crueldad e ironía, parecía empeñado en convertir en su consuegra.

Pepa se retiró ante un movimiento breve y preciso de su mano, sin palabras, con la autoridad silenciosa de quien ha mandado toda su vida.

Catalina pasó al recibidor. Tampoco ella tenía interés en ser vista ni en su puerta ni en su compañía, aunque la fatalidad, terca y pendenciera, se obstinase en enlazar a sus familias.

—¿A qué has venido? —preguntó Casilda en tono altivo en cuanto se quedaron solas.

—De momento, solo a advertirla. —Catalina le devolvió una mirada directa; en sus ojos había una calma y una seguridad que rozaban la insolencia.

Con lentitud premeditada, abrió el bolso, sacó aquel sobre donde podía leerse con claridad el remitente y se distinguían las iniciales en relieve del sello, y se lo mostró apenas un momento, solo lo suficiente para que supiera que lo tenía, aunque sospechaba que su hermano ya la habría puesto al tanto cuando se vio forzado a redactar aquel informe para Franz.

Con lo que no contaba, a juzgar por su expresión de asombro, era con la fotografía un tanto amarilleada por los bordes que extrajo a continuación y le tendió.

—Puede quedársela; tengo más.

Casilda, en un movimiento casi instintivo, se la arrebató de la mano.

Le bastó una ojeada rápida para que el color se le esfumara del rostro.

Los labios se le apagaron y la respiración se le agitó de forma visible.

Apartó la mirada bruscamente, como si la imagen la quemara, y enderezó el cuello; pero, por más que quiso recomponer el gesto, sus músculos no la obedecieron.

«¡Maldita sea! —rumió para sus adentros—.

¿Qué culpa tengo de que mi hermana sea tan estúpida?

¿Por qué he de cargar con sus errores toda la vida?

». Parecía que toda aquella urdimbre que había tejido a lo largo de los años con un solo propósito —llegar a lo más alto— se estuviera deshilachando.

Ella, que nunca dejaba un cabo suelto, veía cómo aquel hilo del pasado amenazaba con destruir no solo su camino hacia la cumbre, sino todo lo que había conseguido hasta ese momento.

Catalina aprovechó su turbación para acorralarla sin darle opción a recuperarse del asombro.

—No me agrada que Franz esté en relaciones con Filomena.

Y no por ella, que es una muchacha de corazón limpio, sino por la madre tan ruin que tiene, que solo predica para su propio santo y es capaz de cualquier cosa.

Pero sé de cada paso que da, por dónde se mueve y con quién, así que cuídense mucho de que a mi hijo no le pase nada: ni una piedra en su camino, ni un rasguño, ni un simple catarro…

Porque, tuviese o no algo que ver, yo la culparé y la destruiré junto a toda su familia.

No quiero nada suyo; nunca lo quise, pero le juro que si tocan a los míos atacaré con todo lo que tenga a mano.

Y ya ve que tengo eso que puede hacerles bajar de los cielos a los infiernos.

Casilda enmudeció. No había réplica posible.

Ella no había hecho nada: solo estaba allí.

Pero ¿quién podía saber de qué manera la implicaba lo que había dentro de aquel maldito sobre?

La verdadera responsable, casada por tercera vez, estaba tan lejos que ya nada de aquello podía repercutir en su tranquila y cómoda vida.

Sin embargo, cualquier sombra del pasado, cualquier asunto turbio que saliera a la luz y la comprometiese a ella o a su hermano, sería un escándalo que arruinaría su reputación y los condenaría al oprobio para siempre, como unos proscritos.

Y sabían cómo hacerlo; no en vano Einés había trabajado para El Heraldo de Vigo , y el chico estudiaba Derecho.

El escándalo sería monumental. A muchos falsos amigos, envidiosos de su estatus, les encantaría verlos arrastrados por el fango. Imaginar aquella posibilidad le daba vértigo. No soportaría la vergüenza.

Evaristo ya le había puesto al tanto de las amenazas de Catalina de hacer público el contenido de aquel sobre en todos los medios a su alcance si de ello dependía la seguridad de su hijo.

Por eso se apresuró a pedirle de nuevo a Crisanto, por más que la avergonzara y le doliese, que interviniese otra vez para evitar que reclutasen a Franz y le concediesen la exención, alegando que no deseaba poner en entredicho la reputación de su hermano, aunque a Evaristo no le confesó que, en cierto modo, ella había sido la culpable de que reapareciese aquel fantasma del pasado, pues era la principal causante de que a Franz le denegasen el dichoso aplazamiento por estudios.

Hasta ese momento, desconocía la magnitud de aquella amenaza.

De hecho, hacía años que se había olvidado de aquel condenado sobre.

Aunque sabía que Catalina estaba al tanto de lo sucedido, también tenía la certeza de que carecía de pruebas que respaldaran lo que, en caso de difundirlo, bien podía ser tachado de una simple maledicencia.

O no, pero, en cualquier caso, el que no hubieran intentado extorsionarlos de algún modo le hizo confiar en que aquel testigo silencioso había desaparecido, se había extraviado, que Arthur y Delaira se lo habían llevado con ellos a ese lugar del que nada regresa.

—Y espero que a su marido tampoco le falte salud. —Catalina cerró el broche metálico del bolso y se dio la vuelta, dejando en el aire aquellas palabras afiladas como agujas envenenadas.

Las líneas del tapiz geométrico del suelo —en tonos ocre y verde azulado, que aún guardaba el tenue brillo del aceite de linaza con el que las criadas lo pulían los domingos— comenzaron a ondular ante sus ojos, y Casilda se apoyó en la consola de nogal que presidía la entrada.

Necesitó unos segundos para reponerse y situarse ante el insólito panorama que se le había presentado como un nuevo y más intenso vendaval, dispuesto a arruinar sus expectativas.

Respiró hondo y se acercó la fotografía que tenía en las manos para observarla con detenimiento.

Allí estaban, en aquel instante detenido en los tonos sepia de la imagen —que, por su apariencia, apenas había sido tocada por mano alguna—, Sagrario, de luto riguroso y con el velo negro cubriéndole el rostro, como correspondía a la viuda; ella misma, a su lado, sosteniendo entre los dedos enguantados un pañuelo de batista fina ribeteado en negro y, en primer plano, aquel niño rubio, cuidadosamente peinado que, de la mano de Delaira, depositaba aquellas odiosas flores encima del féretro de su padre.

Maldijo el día en que su hermano Evaristo, cuando todavía era estudiante de Medicina, las previno del peligro que ocultaban bajo su delicada belleza y de las nefastas consecuencias que podían tener para animales y humanos si se manipulaban sin tomar las precauciones adecuadas, sobre todo sus bulbos.

En las mansiones de los indianos, en los pazos y en las casas señoriales de la zona con jardines ornamentales empezaban a exhibirse como flores exóticas, y su madre, que las había colocado en grandes tiestos a cada lado de la puerta, solía utilizarlas en sus adornos florales para el salón.

Sagrario siempre había sentido fascinación por la botánica popular y conocía, sobre todo a través de las criadas, todas las plantas y los remedios que las curanderas empleaban para tratar el mal de madre, los aires fríos o los cólicos, pero también las que utilizaban para los conjuros de los males del amor y del alma.

Tenía un cuaderno donde tomaba notas y leía cuanto caía en sus manos sobre medicina tradicional.

Casilda recordó cómo le brillaron los ojos al escuchar las explicaciones de su hermano sobre aquella planta, todavía rara y desconocida, que anunciaba el otoño y teñía de un rosa pálido la entrada de la casa cuando ya ninguna otra flor quedaba por allí.

Nunca lo supo con certeza, pero siempre sospechó, mientras todavía vivían en la casa familiar, que algunos de sus animales domésticos habían sido víctimas de sus juegos y experimentos botánicos.

La memoria le devolvía imágenes de frascos, hojas, raíces…

, que Sagrario clasificaba y guardaba celosamente en su habitación, y se preguntaba si aquella afición de su hermana no era un territorio donde la sana curiosidad y el peligro extremo se confundían.

Hasta que aquello se le fue de las manos y, en su insensatez, la arrastró a ella —y a toda la familia, en realidad— a vivir con la espada de Damocles sobre la cabeza; los había convertido en rehenes de aquella temeridad.

«Al menos —pensó mientras deslizaba la foto bajo el corsé—, todos estos años he vivido tranquila pensando que la amenaza había desaparecido para siempre».

Casilda sabía que había perdido aquella partida; Catalina había barrido todas sus piezas del tablero antes de irse, pero, aun así, algo dentro de ella se negaba a doblar la cerviz.

El repiqueteo de sus tacones sonó de regreso al salón. Los pasos de Pepita, ligeros como una pluma, alejándose con rapidez hacia la cocina, se deslizaron con la cautela y el sigilo de un gato.