Las tejedoras del mar Capítulo 53
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Capítulo 53

Los dedos, en los que brillaban el oro y los zafiros, se crisparon y, sin darse cuenta, arrugaron el mantel blanco de lino.

La noticia cayó sobre ella como una estocada.

Durante un instante permaneció inmóvil, con la espalda rígida y los labios fruncidos en una línea de contención orgullosa.

Pero la compostura se le quebró en cuanto comprendió el alcance de lo que acababan de decirle.

Sus mejillas se encendieron de ira y los ojos se le enturbiaron con un destello de incredulidad y humillación.

Se levantó con un movimiento brusco y la silla retrocedió chirriando sobre el mármol. Casilda miró a su marido y a su hija como si su sola presencia la ofendiera, y sus palabras sonaron como latigazos en el silencio del comedor:

—¡Jamás! ¡Jamás me veréis entre esa chusma! —Su voz hervía de desprecio y rabia.

A Filú la ahogaba la tensión del momento.

Notaba la boca seca y un temblor incontrolable en la barbilla, pero su padre permanecía sentado, sorprendentemente tranquilo.

Alma había entrado a servir el postre y el café, y sus manos, siempre tan seguras y expertas, oscilaron al verter el líquido humeante en la taza del señor, como si aquella tirantez fuese irrespirable también para ella.

Pero él removía el azúcar despacio, con parsimonia, sin levantar la mirada de aquel gesto circular y repetitivo.

A Filú le pareció percibir una ligera expresión de satisfacción en su rostro, como si aquel instante fuese el desquite de algún —o de muchos— agravio del pasado.

La procedencia de su padre era tanto o más humilde que la de Franz; nunca, hasta entonces, se había preguntado cómo habrían sido aquellos primeros encuentros entre las dos familias, cuál habría sido la actitud de su propia madre y de su parentela al respecto.

Aunque, tal vez, la sustancial fortuna con la que ya contaba él borrase ante los ojos de su familia política el vergonzoso y humillante pecado de su origen.

—No te preocupes, querida, no será necesario.

—Alfredo alzó la mirada hacia su mujer, y Filú les observó con el corazón apretado—.

En estos terribles momentos, todavía con la pena por los amigos que se han ido —continuó, refiriéndose a la epidemia que se había llevado por delante a tanta gente, alguna de gran aprecio para él—, haremos una presentación íntima y discreta para anunciar el compromiso.

Es lo más apropiado. Pero, si así lo deseas, disculparemos tu ausencia.

Mi hermana Carmen se encargará de todo. No tendrás que preocuparte por nada.

Podemos decir, incluso, que estás delicada de salud y que pasarás una temporada en una casa de reposo para recuperarte.

O quizá te vendría mejor el pazo de descanso de los Taboada.

Ya estoy al tanto de que de un tiempo a esta parte tenéis un trato muy cercano, ¿no es así?

Superaréis mejor el disgusto en compañía.

A Filú se le cortó el aliento. Su padre lo había hecho de una forma sutil pero inequívoca.

Aquella misma mañana habían hablado de que era conveniente hacerle saber a su madre —para prevenir cualquier intento futuro contra Franz— que estaban al tanto de sus artimañas y sus tratos con los Taboada, pero sin revelar de dónde provenía la información ni qué habían averiguado.

La incertidumbre y la sospecha surtirían mejor efecto.

El rostro de Casilda se descompuso apenas un instante, lo justo para delatar que el golpe había sido certero.

Palideció, como si la sangre se le hubiese retirado del rostro; su boca se abrió ligeramente, pero no emitió un solo sonido.

Luego, con un esfuerzo casi visible, recompuso la postura: elevó el mentón con un orgullo crispado, echó los hombros hacia atrás y apretó los puños con fuerza, hasta que los nudillos se le quedaron blancos.

Filú percibió en aquella quietud y en aquel silencio un odio y una violencia contenidos.

Su madre sabía que cualquier palabra, en ese momento, la hundiría aún más, pero su postura desafiante era la de quien entiende que la partida ha cambiado de manos, aunque todavía no esté dispuesta a rendirse.

Se volvió y salió del comedor con pasos rígidos y secos, en medio del crepitar de la seda de su falda.

En cuanto su madre se retiró a su habitación y su padre hubo salido, Filomena corrió hacia O Berbés para contarle a Einés lo sucedido.

Pero a Einés, lo que para Filú era motivo de una dicha desbordante, le dejó un sabor agridulce que no pudo disimular.

Se le había quedado algo agarrado en el pecho, un temor difuso que no lograba desterrar.

—Lo anunciaremos en cuanto Franz regrese. ¡¿No te alegra, Einés?!

—Pues claro que me alegro. ¿Cómo no iba a alegrarme? Me apena que él no esté aquí para escucharlo.

Aquella justificación que a Filú, cegada por su entusiasmo, le pareció razonable para explicar una alegría tan contenida, a los ojos de su madre y de su abuela resultó una excusa poco creíble y, por lo tanto, inquietante, viniendo de quien debería compartir con igual vehemencia la emoción de su amiga.

Einés acompañó a Filú de regreso y, en cuanto se fueron, Leonor miró a su hija con cara de preocupación.

—A la niña le pasa algo, y no es bueno —auguró.

Catalina guardó silencio. Einés era muy suya: se callaba sus preocupaciones y se quejaba poco, pero su cara era como una carta de navegación.

Aquella mirada verde que había heredado de Delaira se apagaba y se encendía al vaivén de sus mareas interiores, y ella, tan versada en marusías , conocía bien los indicios de la calma y las tormentas.

No pudo negarlo cuando su madre y su abuela la abordaron en cuanto volvió.

—Nada, ¿qué va a pasar? —se defendió ante sus preguntas—. Es solo que me pilló de sorpresa, así, tan de repente…

Le concedieron unos instantes en silencio.

Aquella no era la respuesta que esperaban.

Leonor, sentada tras la mesa, clavó la aguja del zurcido en el alfiletero, y Catalina, que pelaba patatas en el fregadero de espaldas a ellas, apartó el cesto, se lavó las manos y se dio la vuelta mientras se las secaba en el mandil.

Con ellas no había disfraz posible: sabían leerle los silencios, lo que callaba, la forma en que retorcía un mechón de pelo entre los dedos cuando estaba nerviosa o cómo bajaba la mirada buscando una salida cuando no quería mentir.

—Venga, suéltalo ya. ¿Qué te anda rondando en la cabeza y cómo de mal pinta la cosa? No me hagas adivinar. —Catalina se plantó con las manos en la cintura y le hizo un gesto de apremio con la cabeza.

Su abuela la miraba con preocupación, pero en sus ojos todavía quedaba algo de aquella luz que iluminaba todas sus sombras y espantaba los monstruos que la acosaban cuando era pequeña.

Una vez más, le hubiese gustado correr a refugiarse en su regazo para que, con solo unas palabras y un abrazo, disipase sus dramas o amortiguase su dolor.

Pero la niñez había pasado, y no sabía exactamente cuándo, en qué momento, sintió la responsabilidad de enfrentarse al mundo por sí misma.

«Por mí misma, que no sola», pensó mientras reconocía la necesidad de compartir aquella carga, aquel pálpito que Filú, en su reciente estado de felicidad desbordada, no sería capaz de ver ni comprender.

No las cogió por sorpresa el relato. Sus rostros mostraban rabia, indignación, pero no extrañeza. Parecía que sospechasen —o más bien esperasen— que esa «mala bicha», como la denominaba Catalina, estuviese al acecho para inocular su ponzoña a la mínima oportunidad.

—La maldad les viene de viejo —observó Leonor—. Lástima que no se ahogue en su propio veneno.

Catalina volvió a coger el cesto de las patatas, pero la ira no le permitía continuar la labor. Golpeó varias veces con el mango del cuchillo en la piedra del fregadero, llena de furia.

—¡A esa hija de la soberbia la voy a poner yo en su sitio de una vez! Le va a tocar bailar, y a ver cómo le sale. —Catalina se quitó el mandil y se lo lanzó a Einés, que lo cogió al vuelo—. Acaba de preparar los cachelos, anda —le dijo mientras salía de la cocina totalmente ofuscada.

—¿Qué va a hacer, madre? —preguntó Einés, con el temor temblándole en la voz.

—¡Einés, déjala! —le gritó Leonor en cuanto vio su intención de correr tras ella.

Einés se detuvo con el corazón desbocado.

Si alguna virtud había heredado Catalina de su madre era la templanza; lo había demostrado en los momentos más difíciles, pero de forma incomprensible perdía los papeles con todo cuanto tuviese que ver con Casilda Devesa.

Einés había notado cómo torcía el gesto cada vez que oía su nombre y cómo sus ojos destilaban un odio que venía de lejos.

Era algo más profundo que la simple antipatía hacia una persona que apenas conocía, más allá de las habladurías y de la imagen endiosada y arrogante que proyectaba.

Y aquella animadversión era anterior a la relación entre su hermano y su amiga.

Tan anterior, de hecho, que nunca había puesto reparos a que se relacionase con otras compañeras de la Compañía de María de familias tanto o más pudientes que la de Filú; al contrario, parecía incluso que le agradase.

Solo con Filú. Y tampoco era por Filú. No, a lo largo de aquellos años el recelo se había transformado en afecto, y lo demostraba como solía hacerlo con todos: sin ñoñería ni afectación, sino en los imperceptibles detalles del día a día.

Tampoco era Alfredo Iglesias el causante de aquel furor que la quemaba por dentro.

Para él siempre había tenido buenas palabras, incluso antes de que se implicase personalmente en el asunto de Franz o aprobase y bendijera su relación con Filú.

Era ella, Casilda Devesa, la que le provocaba aquellos arrebatos tan impropios de su carácter sereno y prudente.

—Pero ¿a dónde va, abuela? ¿No irá otra vez a casa de Filú?

—Donde tenga que ir. Tu madre sabe lo que se hace.

Catalina no tardó ni dos minutos en salir, y Einés se asomó a la solana para ver a dónde se dirigía. Tomó camino a la rúa Real.

La vio alejarse de espaldas, con paso apresurado.

Se había cambiado la blusa de trabajo por una blanca y limpia, y se cubrió la cabeza con una pañoleta estampada, pero llevaba la misma falda y las mismas alpargatas.

Y, para su desconcierto, bajo el brazo sostenía aquel bolso negro, con el broche de metal bruñido por los años, que había sido de su madre.

¿Para qué, con aquel atuendo, querría llevarlo? Para lucirlo no, desde luego.

Se preguntó si tendría para los Devesa alguna simbología, porque era el mismo que había llevado cuando fue a hablar con el médico por lo del informe de Franz, aquel día que salió casi del mismo modo, airada y precipitadamente, diciendo que iba a rezar, cosa que nadie se había creído.

O tal vez era como un talismán, un objeto cargado de un poder que solo ella entendía, una suerte de escudo que le había dejado Delaira contra el infortunio.

La siguió con la mirada hasta que dobló la esquina y desapareció.

Volvió dentro, pero no pudo concentrarse en lo que estaba haciendo.

—¿Qué le pasa a madre con doña Casilda, abuela? ¿De dónde le viene esa inquina?

—Te lo dije mil veces, Einés. Esa ojeriza ya les viene de niñas.

Las Devesa siempre fueron soberbias y menospreciaban a todos los que no eran de su alcurnia.

Y después, con lo mal que trataron a Franz cuando era pequeño…

No lo han querido nunca y nunca lo querrán.

Y Delaira le pidió que lo mantuviese alejado de esa familia.

—Pero esa fue la hermana, no ella.

—¡Que lo sabía! Por omisión también se peca, no lo olvides. Y déjalo ya, no hablemos más de ello.

—Es que…, a ver si la va a cabrear todavía más y empeora las cosas.

—Bueno, «el que tiene el rabo de paja tiene miedo a que le arda».

—¿Qué quiere decir? —A Einés no le cuadraba aquel refrán que solía usar Leonor para indicar que nadie se exponía cuando tenía algo que ocultar. ¿Lo había dicho adrede o se le había escapado?—. Abuela —insistió—, ¿por qué dice eso?

—Pues porque no querrá que se airee por ahí que ella y los marqueses maniobraron para que se llevaran a tu hermano y poder casar a Filomena con el heredero. Y más cuando se conozca su compromiso.

La explicación no sonó del todo inapropiada, pero no fue suficiente para Einés.

¿Qué se podía airear? ¿Qué pruebas tenían para sostener aquella acusación?

Ninguna, en realidad. Al menos ninguna que mostrar públicamente, por más que lo que averiguaron Filú y ella no dejase lugar a dudas.

Y su abuela, que lo rumiaba todo con la calma y la sabiduría que le habían dado los años y las vivencias, lo sabría también.