Las tejedoras del mar Capítulo 52
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Capítulo 52

Einés no soportaba la inquietud. No podía esperar hasta el día siguiente para hablar con Filú; necesitaba que le confirmase aquello que ambas consideraban una certeza.

El cielo se apagaba despacio, y las últimas franjas de luz anaranjada se disolvían sobre la ría cuando los vio llegar.

Al instante abando nó el discreto banco del paseo de Alfonso, donde aguardaba, y se dirigió a la paralela rúa de Santiago, a la entrada trasera de la casa, para encontrarse con ella.

En cuanto se vieron, en el cuarto de Filú, no hicieron falta palabras: en su cara se veía la evidencia.

—¿Y ahora qué, Einés? ¿De qué nos sirve saber todo esto?

—No lo sé, pero esa gente me asusta. Tu madre me asusta, siento decírtelo. El informe de tu tío frenó lo del alistamiento, pero parece que no se conformarán. No sé qué podemos hacer, de verdad. ¿Hasta dónde podrán llegar? Temo por la vida de Franz, Filú, te lo juro.

Filú la miró horrorizada. En su cabeza y su pecho había un amasijo de sentimientos que se retorcían y se mezclaban unos con otros.

Podía comprender que su madre no aceptara a Franz, que lo detestara, porque desbarataba sus planes de emparentar con los marqueses de Candeán y truncaba definitivamente sus aspiraciones de ascender todavía más en la escala social.

Pero que hubiera llegado tan lejos la llenaba de rabia y dolor.

Y de miedo; también de miedo, como a Einés, porque, aunque luchaba por repeler aquella aterradora imagen, podía imaginarla maquinando para borrar a Franz de su camino sin el más mínimo remordimiento.

Su madre no era capaz de empatizar con el sufrimiento ajeno.

Lo había comprobado por enésima vez, con espanto, solo unos días atrás, mientras la epidemia seguía barriendo la ciud ad.

«Vaya faena. A ver a dónde vamos a ir ahora».

Aquel insensible comentario de Casilda todavía le atravesaba los oídos desde que lo soltó con un mohín de fastidio al enterarse de la muerte de la costurera que les hacía los arreglos.

No le importaba que dejase una familia rota ni se dolía de su tragedia, solo lamentaba quedarse sin sus servicios.

Sí, desgraciadamente, creía que su madre podría llegar tan lejos como fuese necesario para conseguir lo que deseaba.

Se sentía como un juguete desvencijado. No era un sentimiento nuevo, en realidad; siempre se había sentido así: el objeto de mercadeo de su madre, la escalera que iba construyendo y escalando para llegar a su meta.

Sus muestras de afecto siempre habían sido transaccionales, calculando beneficios, restringiendo afectos si no encajaban en la utilidad social esperada.

Sin embargo, la quería. O se obligaba a pensar que la quería, porque una hija debe amar a su madre.

Pero su corazón no palpitaba jubiloso como cuando corría hacia los brazos de su padre, o como cuando Pepita la estrechaba contra su pecho y sus latidos se acompasaban con una complicidad que nunca había sentido con Casilda.

Y luego estaba Einés, que la había enseñado a mirar hacia dentro, a escucharse y descubrirse, a deshacerse poco a poco de aquel corsé que comprimía todos sus sentidos hasta la asfixia.

Y Franz… Lo de Franz era otra cosa. Ni siquiera podía explicarlo, pero sabía, sentía, que, si le sucedía algo, el mundo se derrumbaría bajo sus pies y ya nada tendría sentido.

Eso era el amor, diferente para cada uno, pero igualmente intenso e incondicional.

No, nunca había sentido algo así por su madre; por eso lo buscó en otros lugares, en otras personas, y se quedó allí donde el afecto era sincero y recíproco, donde no se mercadeaba ni se mendigaba.

—Se lo diré a mi padre, se lo contaré todo.

—¿El qué, Filú? ¿Qué le vas a contar? —preguntó Einés, poco convencida de que aquello fuese solución de nada.

—¡Sus tejemanejes! —Se levantó del borde de la cama donde ambas se habían sentado y se puso a dar vueltas por el cuarto, llena de ira y desesperación.

Abrió la ventana, como si le faltase el aire, y se volvió hacia Einés—.

Que todos ellos estuvieron confabulando para mandar lejos a Franz, a la guerra.

Probablemente con la intención, o vete tú a saber si con la seguridad, de que nunca volvería. Eso le voy a contar.

—¿Y de qué va a servir? Ya viste que ni con el me jor abogado pudo hacer nada por Franz, por más que lo intentó. Y si aún fuese solo tu madre… Pero con esa gente detrás… Si no llega a ser por tu tío, y por mi madre, que se le ocurrió ir a pedírselo… —argumentó Einés con desazón.

—Mi padre ya lo tenía todo previsto para enviarlo lejos. Al menos lo iba a mantener con vida. ¿Te parece poco? Buscará la manera de protegerlo. Lo sé. Me lo prometió, y yo confío ciegamente en él.

—Tienes razón. Lo siento, Filú. Yo también confío en él.

Sé que no tenemos a nadie más. Pero si tu madre se entera de que descubrimos sus intrigas con los Taboada, puede ser más peligrosa que una víbora a la que le pisan la cola.

¡Ay! Perdona —se excusó Einés—. A veces me olvido de que hablamos de tu madre.

Quiero decir que, aunque no consiga casarte con Alonso Taboada, quizá intente vengarse.

¿Entiendes lo que digo, lo que me asusta?

Filú se levantó temprano al día siguiente para desayunar con su padre y contarle las maniobras ocultas de su madre y los Taboada para perjudicar a Franz o, incluso —se atrevería a decir—, para borrarlo de la faz de la tierra. Se quedó atónita cuando su padre reconoció que lo sabía todo.

—¿Usted lo sabía? Pero ¿cómo lo averiguó? ¿Cuándo?

—¿Y qué más da eso ahora? Se acabó. Formalizaremos el compromiso cuanto antes.

No esperaba oír algo así, y durante unos segundos no supo qué decir.

Miró a su padre, buscando en su rostro algún signo de duda, pero él la observaba con la misma calma con que tomaba el café cada mañana.

Entonces comprendió que hablaba en serio y un estremecimiento le subió desde el pecho hasta la garganta: un temblor dulce y atroz a la vez que hizo que la taza que tenía en las manos resbalase y chocara contra el platillo.

Un sonido seco y breve rompió el silencio del comedor.

La leche se derramó sobre el mantel y empezó a gotear sobre su bata.

—¡Filomena, por Dios, mira lo que haces!

Unas emociones confusas —entre el alivio y el miedo— se le mezclaron en el pecho.

Quiso responder, pero la voz no llegó a salir.

Le temblaban los labios, y una risa breve, casi infantil, se le escapó antes de que pudiera contenerla.

Sintió que el corazón le latía tan deprisa que apenas podía respirar; una oleada de calor le subió a las mejillas y las lágrimas le ardieron en los ojos.