Las tejedoras del mar Capítulo 51 #2
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Capítulo 51 #2

El salón privado era una estancia amplia y bien cuidada, con suelos de ma dera encerada y paredes cubiertas de paneles oscuros de donde colgaban retratos de personalidades alemanas y mapas náuticos enmarcados.

En un extremo, sus puertas dobles comunicaban con el pasillo principal del club.

Cerca de esa entrada había un pequeño diván y una consola con un jarrón de flores en un espacio algo apartado, pero con buena visibilidad hacia la puerta.

Desde ese punto podrían observar cómodamente a las personas que cruzaran el umbral.

El golpe seco de las bolas de billar al chocar y los toques metálicos del taco al apoyar, en la sala contigua, se mezclaban con la música del gramófono de la biblioteca.

Del jardín llegaban risas y cuchicheos, y, con un ritmo cadencioso y ordenado, el sonido sordo y breve de las raquetas de lawn tennis al golpear la pelota.

—No han llegado todavía las Basagoiti —observó Casilda, con el abanico entreabierto y la ca beza un tanto inclinada hacia la entrada, como si fuese su llegada, y no otra, la qu e la mantenía pendiente de la puerta.

—No. Es un poco temprano todavía —señaló Filú, aun sabiendo que no iban a aparecer, pues el viernes anterior, en clase de canto, le confirmaron que no podrían asistir.

—Bueno, ya está empezando a llegar la gente. Falta poco para la hora del té; estarán al caer.

Apenas lo dijo, Casilda se levantó de golpe, como impulsada por un resorte, y su gesto cambió de serio y expectante a dibujar una amplia sonrisa. La familia Taboada de Montenegro acababa de asomar en el vestíbulo.

—Venga, Filú, vamos a saludar.

Casilda la cogió del brazo y apuró el paso para abordarlos antes de que cruzasen la puerta del salón.

La reconcomía aparecer como unas simples usuarias del club mientras ellos acudían en calidad de invitados, pero se tragó el orgullo y caminó con paso firme y la cabeza alta, tirando de su hija.

No pensaba irse de allí sin averiguar qué celebración era aquella, cuando los alemanes ya no celebraban nada desde el inicio de la guerra.

—¡Queridas! —Doña Teresa abrió los brazos y los extendió hacia ellas en cuanto la s vio, con una sonrisa igual de deslumbrante que la de su madre, pero Filú advirtió un halo de contrariedad en sus ojos—. No esperaba encontraros aquí.

—¡Oh! Filomena ha quedado de verse aquí con sus amigas, las hijas de Basagoiti, el del Banco Hispano Americano; seguro las conocerás.

—Al menos podía presumir de relacionarse íntimamente con una de las familias más acaudaladas e influyentes de la ciudad, y, según Filú, tampoco participarían de aquel evento—.

¿Y vosotros, que no frecuentáis mucho este lugar?

—Nada —contestó doña Teresa, acompañando su respuesta de un gesto con la mano, como quitándole importancia al acto—.

Es la presentación del agregado naval de Alemania, que llegó hace unos días de Madrid.

Han invitado a Crisanto por su vinculación con la Capitanía de Marina, ya sabes, por estas cosas de la guerra.

La explicación resultaba convincente y, en cierto modo, justificaba que otras familias más relacionadas con el comercio exterior o con influencias militares, como los Taboada, fuesen de mayor interés para los asuntos de la guerra que las relacionadas con la flota de viajeros.

En cualquier caso, Casilda, pegada a doña Teresa —que la había cogido del brazo—, se introdujo en el salón de eventos como si fuese una invitada más, y Filú se apresuró a unirse al grupo en el que, por supuesto, Alonso Taboada se posicionó a su lado.

Se dijo que era un mal menor si eso la ayudaba a descubrir quién iba a facilitar información a los alemanes a cambio de sacar a Franz de en medio.

Aunque, en realidad, era solo para corroborarlo, porque tenía la seguridad de que se trataba de los Taboada, compinchados con su madre, que no acababa de resignarse a que ella nunca, jamás de los jamases, se casaría con aquel botarate que la miraba con aquella sonrisa fachendosa, como si ya tuviesen algo que ver.

Se preguntaba si estaría al tanto. «Probablemente no», reflexionó al instante.

¿Para qué querrían que supiese que la mujer que habían elegido para él estaba enamorada de otro hombre?

Ya bastante le habría costado a su madre admitirlo ante los marqueses contándoles la verdad.

Pero los negocios eran los negocios, y la ambición de su madre no tenía límites ni atendía a sentimentalismos.

Y los marqueses —si lo que había dicho su padre era cierto— solo buscaban apuntalar su maltrecha economía.

Y su padre, su querido padre, les parecía el pelele perfecto: honesto, generoso, confiado, trabajador…

Y con una fortuna consolidada y creciente que heredaría el marido de su única hija: ella, la candidata ideal.

El salón de eventos estaba dispuesto con elegancia germana y gusto burgués.

En la zona central, alfombrada y con lámparas de gas, sobre una mesa cubierta con un mantel blanco y adornada con centros de flores bajas, los camareros se afanaban en surtir y repartir las bandejas de bebidas y aperitivos.

A un lado, en una sala menor abierta a la principal, se fueron acomodando las damas tras un pequeño revuelo de encuentros y saludos.

Filú buscó enseguida un lugar estratégico p ara tener una buena vista del espacio ocupado por los caballeros, y agradeció para sí presenciar el momento en que Crisanto Taboada fue presentado por Kindling al agregado.

Por supuesto, le introdujeron a más gente, pero todos, menos dos, fueron de mano de Francisco Lago, alcalde de la ciudad, del capitán del Stephan y del cónsul alemán, García Reboredo.

Y, de esos dos, uno era el presidente de la Federación Patronal.

No le cabía la menor duda, pero esperó hasta que la ronda de presentaciones hubo terminado y después se excusó diciendo que había quedado con las hermanas Basagoiti.

Estaba furiosa cuando se levantó. Su madre le sonrió. Quedaba exultante en compañía de doña Teresa, sus hijas y el resto de las señoras, que hablaban animadamente de moda, conciertos y actividades benéficas.

Al adentrarse en el salón hacia la salida, cruzó sus ojos encendidos con Alonso Taboada, que al verla hizo ademán de acercarse, pero ella lo fulminó con la mirada y el joven se detuvo con expresión de desconcierto.

«Al menos no es estúpido», pensó mientras se dirigía airada hacia los jardines con ánimo de calmar su rabia.