Capítulo 51
—La señora no desayunará en casa —le comunicó Alma a Pepita justo a la mañana siguiente de que Filú le pidiera aquel favor y le hiciera aquella confidencia.
La tarde anterior habían repasado juntas las actividades de Casilda en los días previos y, así era, no había acudido todavía a la cita.
Filú le había dicho que quizá sería en breve, pero la cogió desprevenida; no pensó que el encargo fuese tan inmediato.
«Aunque mejor así», se dijo. Le trastocaba un poco la tarea, pero al menos ya no tendría que estar pendiente del asunto.
Lo dispuso todo enseguida y salió unos instantes después que Casilda con una cesta de mimbre colgada del brazo.
Reconoció que, aunque aquella misión la ponía un poco nerviosa, le resultaba morbosamente intrigante.
La siguió a una distancia prudencial, ocultándose tras los carruajes y los viandantes, hasta que su señora llegó a la confitería La Perla, en la rúa do Progreso, y entró decidida.
Ella buscó entonces un lugar seguro y discreto al otro lado de la calle, bajo el pórtico de la sombrerería, pegada a la columna de piedra que hacía esquina con Velázquez Moreno.
«¿Y ahora qué hago yo? —se preguntó—. ¿Cómo sé con quién se va a ver la doña?
Desde luego, una mujer. No es propio que una dama se vea sola con un caballero, ni es tampoco un local frecuentado por hombres.
Tendré que esperar a ver si sale con alguien.
Quién sabe hasta qué hora me tienen aquí vigilando.
Tendré que decir que espero a que me traigan un paquete si alguien me encuentra aquí parada como una papona, qué otra cosa…
¡La madre que la parió a la niña esta! Siempre metiéndome en berenjenales».
Todavía rumiaba aquellos pensamientos cuando el reloj del ayuntamiento dio las diez y una calesa se detuvo frente a la pastelería.
La distancia no era mucha y su vista, gracias a Dios, era buena.
La reconoció antes de que se bajase del carruaje.
El vestido color crema de cuello alto y mangas largas, el sombrero adornado con unas discretas plumitas, los guantes probablemente de seda y un pequeño bolso de mano; envarada como una estatua viviente: doña Teresa de Montenegro.
«No había más que pararse a pensar un poco para adivinarlo», se dijo negando con la cabeza.
De hecho, fue su primera sospecha y, aunque Filú no lo mencionó, estaba segura de que también había sido la suya.
Ya tenía la confirmación, no hacía falta esperar más.
Entrara quien entrase allí, o quien saliera, nadie más propio para unirse a Casilda en aquella maquinación.
—«De la mala hierba al cardo, que venga y escoja el diablo» —murmuró mientras tomaba el camino de vuelta a casa con la cesta vacía bajo el brazo.
—Era ella —le reveló en cuanto cruzó el umbral y se encontró a Filomena de frente, esperándola ansiosa.
Filú ni siquiera le preguntó a quién se refería. Tenía la certeza de que hablaba de Teresa de Montenegro, como también de que era la misma —o el marqués inducido por ella, tan dominante y manipuladora como su madre— de la que hablaban el agregado naval y el capitán del Stephan.
No los habían invitado a la celebración en el club alemán. Casilda hizo un mohín de contrariedad cuando su hija se lo preguntó la tarde anterior tras el encuentro con Einés.
—La culpa es de tu padre, siempre rodeado de esos advenedizos. No acaba de entender con qué gente hay que alternar; la fortuna no da el linaje.
—Algunos de esos advenedizos, como usted los llama, fueron invitados. Creo que los Curbera y los Goldar —apuntó Filú, aun sin saber si era cierto, solo por molestarla, por la rabia que sentía al saber de su vileza.
—Porque sabrán relacionarse mejor —respondió exasperada—. Y tú, ¿cómo lo sabes?
—¡Oh!, lo comentaban en la clase de canto, pero tampoco presté mucha atención; será algo privado. De todas formas, el domingo me gustaría acercarme hasta allí.
—¿Para qué? —preguntó Casilda frunciendo el entrecejo, presumiendo que aquel deseo de su hija guardaba intenciones ocultas.
—Para nada en especial. A falta de entretenimiento mejor…
Casilda lo pensó un instante. Filú no era muy entusiasta de los eventos sociales; sin embargo, siempre mostraba buena disposición para ir al club del Cable Alemán.
Entendía que eso se debía, en gran medida, a que era un lugar frecuentado por Franz y la avispada de su hermana, que se había granjeado amistades de apellido pegándose a su hija desde niña.
Ella intentaba evitar a toda costa esos encuentros, pero tenía curiosidad por saber qué celebración era aquella a la que no habían sido invitados y quiénes acudirían.
Aunque si entre los asistentes estaban los Curbera y los Goldar, sería algo menor relacionado con las conserveras.
Filú vio enseguida la indecisión de su madre y decidió arriesgarse. Era decisivo que pudiera ir el domingo a Pi y Margall, estar cerca al menos de aquella reunión por si podía sacar algo en claro. Decidió lanzarse antes de que Casilda pudiese planear otra ocupación que la implicase.
—He quedado con las hermanas Basagoiti, las del Hispano Americano; tendré que avisarlas si no voy. Aunque si los Taboada van a andar también por allí, me entran ganas de ponerles una excusa y no ir, por no verlos.
Casilda tensó el cuello por un instante y enseguida simuló centrarse en el bastidor en el que bordaba, con dedos expertos sobre la batista, unas pequeñas flores que copiaba de la revista La moda elegante .
Pero Filú se dio cuenta de que, para bien o para mal, el centro de su interés había mudado.
Resultaba evidente que no estaba al tanto y, habiéndose reunido por la mañana con doña Teresa, probablemente le escocía que no se lo hubiese comentado, independientemente de la naturaleza de aquella reunión.
Eso la molestaba. Aquella manera de fruncir el entrecejo, entornar los ojos hasta casi cerrarlos, levantar el mentón y ladear la cabeza…
No había signos más inequívocos de su rabia contenida y de que algo rumiaba en su cabeza.
Sintió lástima por ella. No tenía amigas, una vez más quedaba patente.
La gente como su madre no sabía lo que era la amistad verdadera.
Se preguntó si alguna vez habría sentido lo que ella sentía por Einés, aquel vínculo tan fuerte que iba más allá del simple afecto o la simpatía, esa mezcla de confianza, comprensión y lealtad.
La certeza de que su amiga la aceptaba sin condiciones y la escuchaba sin juicio la llenaba de calma y seguridad.
Se le encendía una calidez interna al saber que siempre estaba allí, para lo que fuese.
Había felicidad en compartir las alegrías de la otra, porque se sentían como propias.
El pesar de una era el de la otra, y generaba una empatía genuina, sabiendo que cuidarían de esa parte frágil sin aprovecharse de ella.
«La satisfacción de compartir una rosquilla es mucho mayor que tomármela entera», recordó Filú.
Esa fue su primera sensación de lo que era la amistad cuando conoció a Einés en la escuela.
Se preguntó si su madre habría tenido la oportunidad y la dicha de experimentar aquella sensación, al menos con su hermana Sagrario; de caminar al lado de una compañera de vida que la sostuviese en las caídas y la acompañase en las alegrías.
No se imaginaba su vida sin aquello que le aportaba Einés.
Todo lo auténtico había llegado con ella.
Su mundo no sería más que un transitar anodino, hipócrita y artificioso si no se hubiese cruzado en su camino.
Ni siquiera habría conocido el amor, el de verdad, el que estaba por encima de todo, el que podía matarte o darte la vida.
Eso tan grande que sentía ella por Franz.
Su madre tampoco lo había conocido, seguro.
—¿A ellos también los invitaron? —preguntó su madre sacándola de aquellos pensamientos que le habían suscitado los gestos constreñidos de su cara.
—Sí, creo que sí. Oí su nombre, pero le repito que no me interesa mucho el asunto.
—Bueno, pues podemos ir. Hace semanas que no nos pasamos por allí a tomar el té. —Casilda aparentó indiferencia, pero Filú sabía que le podían la curiosidad y la desconfianza hacia los Taboada y aquella celebración.
La muchacha respiró aliviada, aunque ahora tenía que pensar cómo deshacerse del embrollo en el que se había metido, buscar una salida para su ardid. Le quedaba un día de clases de canto antes del domingo; allí encontraría a las Basagoiti y ya vería cómo solucionarlo.
Llegaron temprano a Pi y Margall. Casilda no quería perderse la llegada de los invitados a aquel evento del que habían sido excluidos y, por supuesto, Filú tampoco.
Su padre había accedido a acompañarlas, aunque él los domingos por la tarde gustaba más de las tertulias del café Suizo o las reuniones informales de empresarios del Círculo Mercantil, en especial desde el inicio de la guerra, en las que, abiertamente o de forma más subrepticia y cautelosa, se posicionaban a favor de uno u otro bando.
Aquellos encuentros cordiales y festivos en las instalaciones sociales del Cable Inglés, el Exiles Club, que se celebraban en los bajos del Gran Hotel Moderno o en su residencia La Finca, en Taboada Leal, donde confraternizaban ingleses, alemanes y locales, se ha bían acabado.
Las relaciones entre unos y otros, aunque respetuosas, se habían vuelto tensas y esquivas, a pesar de que tanto aristócratas como empresarios adoptaron una postura pragmática, buscando preservar su estabilidad y sus intereses sin implicarse en el conflicto.
Al entrar, Alfredo se unió a otros caballeros en la sala de fumadores, y Casilda, seguida de Filú, eludió la compañía de otras damas fingiendo una importante conversación con su hija que, en realidad, no interesaba a ninguna de las dos.