Las tejedoras del mar Capítulo 50
72%

Capítulo 50

Las campanas de las iglesias por fin empezaban a dar tregua.

Decían que la epidemia estaba remitiendo.

Sin embargo, los toques de agonía seguían mezclándose con los de difuntos.

Hombres, mujeres, niños…, ya era casi imposible diferenciar el tañido que los identificaba.

Nadie se acostumbraba a aquel goteo constante de muertes, que se contaban por cientos.

Se vivía permanentemente con el miedo a cometer algún error, a comer o beber algo infectado.

Einés reparó en ello mientras caminaba por la travesía de Santiago hacia la casa de Filú.

La parte trasera de muchas viviendas daban a esa calle, y los huertos mostraban su abundante cosecha de manzanas de septiembre y reinetas.

Tuvo la tentación de coger una de las que sobresalían de los muros para llevársela a la boca, después de frotarla un poco con la manga de la chaqueta, pero se detuvo en el último instante, como si en su subconsciente se hubiese instalado ya la consigna de que ningún alimento debía consumirse sin ser cocinado o lav ado con cuidado.

Además, Paul los había aleccionado hasta el aburrimiento y los había provisto de todo tipo de desinfectantes y recomendaciones.

Fenol, sulfato de cobre, sosa cáustica… Y el agua, siempre hervida, debía llevar, para mayor seguridad, una pizca de cloruro de cal, incluso la destinada al aseo.

Era la misma enfermedad que se había llevado a Arthur y Delaira, y tanto él como toda su familia afrontaban aquella situación con una angustia multiplicada.

Einés se llevaba cada día el agua de su casa en una botella de vidrio, pero se le ha bía acabado hacía horas, a pesar de que la racionaba cuidadosamente.

Tenía sed, mucha, pero hasta una simple manzana arrancada del árbol le daba miedo en aquella psicosis por desinfectarlo todo en la que Paul tanto les había insistido.

En su cabeza retumbaban las campanas recordándole que la muerte acechaba en cada casa. ¿Caería alguien del barrio? ¿Tendrían que llorar otra vida? Aquella situación era, de por sí, un sinvivir.

Y, por encima de todo, volvía a atormentarla la situación de Franz. Presentía que aquello no había terminado, porque las palabras de Casilda llevaban su nombre casi de forma tan clara como la de los alemanes.

«Yo no me doy por vencida», había dicho. Recordarlo era como un latigazo: sentía aquella afirmación como un peligro inminente. ¡Maldita mujer!

No podía pensar con claridad. A cada paso que daba hacia la casa de su amiga, las dudas crecían.

¿Qué iba a decirle si todo parecía haberse resuelto, si nada, en apariencia, se interponía ya entre Franz y ella?

¿Cómo explicarle aquella inquietud, la trama que en su mente se mostraba tan bien urdida?

¿Y qué podría hacer Filú, después de todo?

Se lo dijo. Con toda la crudeza. Si hubiera tenido la posibilidad de averiguar algo por su cuenta no lo habría hecho, al menos por el momento. Pero no la tenía. Le había dado muchas vueltas, y no la tenía.

—Lo siento, Filú. Sé que, aunque no tengáis buena relación, es tu madre. Pero no es solo una sospecha, es algo más… No sabría explicártelo. Franz es mi hermano y tengo miedo por él. Y por ti. Por los dos.

—No te apures. Te agradezco que me lo hayas contado. La creo muy capaz —respondió Filú, con un semblante más preocupado que dolido por aquella revelación que parecía implicar a su madre en el calvario que habían vivido y, peor aún, en lo que todavía podía avecinarse.

—Son suposiciones mías —replicó Einés—, lo que te dije fue lo que escuché.

Pero tengo muy claro que los alemanes hablaban de Franz; solo les faltó decir su nombre.

¿Y tu madre? ¿A quién crees que se refería cuando hablaba de «poner en entredicho su reputación» y «si llega a Cortes»?

Yo pensé en tu tío… ¿Tú en quién piensas?

Filú no contestó. No conocía a nadie más que aspirara a esos puestos y, si no a las Cortes, sabía que su tío anhelaba ser presidente de la Diputación Provincial de Pontevedra o gobernador civil.

—¿Tú crees que mi tío anda por medio también?

—No. De ser así, si estuviesen compinchados, no habría redactado el informe —dedujo Einés— Además, mi madre dijo que le deseaba suerte de corazón.

—¿Y qué podemos hacer, Einés?

—Antes de nada, debemos asegurarnos de que tu madre está detrás de todo esto. ¿Sabes si salió ayer por la mañana u hoy?

—No. Ayer fuimos a la joyería Fernández, a buscar una medalla de cuna para la nieta de una amiga suya. Yo la acompañé. Y hoy, cuando salió, ya pasaban de las once.

—Pues tendrás que estar atenta estos días.

—¿A qué? ¿Qué quieres que haga?

—Seguirla, Filú. Ver a dónde va, con quién se reúne.

Búscate una excusa para salir detrás de ella: que vas a comprar hilos, papel de dibujo…

, no sé, lo que se te ocurra. Sobre todo, averigua cuanto antes si estáis invitadas a la merienda del agregado.

Si no lo estáis, ya podemos descartar que fuese ella la que estuvo detrás de todo ese asunto del papeleo de Franz.

—¿Mi madre? ¿Con el agregado y ese coronel? No, ya te digo yo que no. No llega tan lejos su influencia. Pero sé la de quién puede llegar.

Einés abrió los ojos, interrogante, y esperó.

—¿Es que no te lo imaginas, Einés? ¿Quién puede tener tanto interés como mi madre en apartar a Franz del medio?

Einés tardó unos instantes en hacer las conexiones que la llevaron a una conclusión casi segura, aunque intuía que era la misma a la que había llegado su amiga.

—¡Don Crisanto Taboada! —exclamó, y sintió un escalofrío que le recorrió las vértebras una a una—. ¡El marqués!

—El mismo —confirmó Filú—. Esa gente sí que tiene poder y contactos.

Viven de eso, dice mi padre; por eso los detesta tanto como yo.

Claro, de ahí lo de la información sobre las rutas de los barcos de sal.

La familia de doña Teresa siempre anduvo en tratos con la marina mercante, y está muy bien relaci onada con las navieras. Tiene ojos y oídos en todas partes.

—Esto es como la epidemia, Filú. No acaba nunca.

Einés se dejó caer, consternada, en una de las butacas junto a la ventana. La tarde avanzaba deprisa; en casa la estarían esperando, felices, seguramente. Y ella aún tenía que lavarse el pelo. Se estaba demorando demasiado.

—Hablaré con mi madre —dijo Filú apretando los puños; la voz le temblaba—.

Le diré que jamás conseguirá que me case con Alonso Taboada, que se lo meta en la cabeza de una vez.

Y si le hacen algo a Franz, se lo contaré todo a mi padre: sus artimañas, sus mentiras.

La acusaré, los acusaré a todos —añadió con rabia—.

O no sé…, quizá debería decírselo ya, ahora mismo.

—Tranquilízate, Filú, espera unos días. Vamos a confirmar antes que estamos en lo cierto. Intenta averiguar lo que te he dicho. Y si descubres algo ve con mucho cuidado, no vaya a sospechar nada. Luego ya veremos.

—Está bien. ¿Se lo contamos a Franz?

—¿Para qué? Dejemos que respire un poco, anda. No vamos a conseguir nada diciéndoselo.

Al llegar a casa, E inés encontró el barreño con agua que Catalina había colocado en la solana para que estuviese tibia a su llegada.

Le había dado el sol toda la tarde. Si algo bueno tenía aquella peste que asolaba la ciudad era que había desaparecido el hábito de las chicas jóvenes de lavarse el pelo directamente en las fuentes, sobre todo con el buen tiempo.

Pero Paul, primero, y las autoridades, después, lo habían prohibido.

Aunque de siempre Catalina detestaba que metiese la cabeza bajo el chorro frío de la fuente: aquello no podía ser bueno para la salud.

«Con estos detalles muestra madre, tan poco dada a los melindres y a exteriorizar los afectos, el amor que siente por cada uno de nosotros», reconoció Einés al llegar a la solana y meter la mano en el agua templada.

No pudo evitar el llanto y, de rodillas ante la palangana, dejó que su cuerpo se rompiera en sollozos silenciosos.

Nada había cambiado en las rutinas diarias de Catalina, ni siquiera en los momentos más duros de aquella incertidumbre. Pero la curvatura de su cuerpo era el espejo de sus emociones, el reflejo exacto de su estado de ánimo.

Apenas hacía un par de días que había recuperado la postura erguida, la barbilla alta, la mandíbula relajada, los movimientos ligeros, los ojos vivos… ¿Cómo podría verla de nuevo con el cuerpo contraído, como si un dolor sordo y persistente la devorara por dentro?

Pensaba en la de veces que le decía que no había que contarle nada a la abuela Leonor para no disgustarla sin necesidad, o cuando le maquillaba las malas noticias para que no le resultaran tan lastimosas, sobre todo desde la muerte del abuelo, que la había sumido en un estado melancólico del que le costó recuperarse.

No sabía si fue entonces, o ya antes, cuando su madre tomó el timón de aquel barco que era su familia y que antes había capitaneado la abuela. ¿Había llegado el momento de que ella asumiera ese mando? ¿De que fuese ella la que limase las aristas de los contratiempos para evitarles el sufrimiento?

No, no se sentía capaz de llevar ese peso ella sola. Aún no. En algunos aspectos, todavía se veía como uno de aquellos pajarillos que no habían ensayado su primer vuelo. A veces seguía echando de menos acurrucarse en el regazo de su abuela, el lugar más cálido y seguro del mundo.

Además, su madre no se lo perdonaría. Tenía más derecho a conocer la verdad sobre todo lo que tuviera que ver con Franz que ella a ocultárselo. Si algo volvía a torcerse, la culpa la reconcomería.

Antes de coger aquel relevo, tendría que ensayar muchas veces de la mano de su madre, como esta lo hizo de la mano de la suya. Tendría que contárselo, aunque doliese. Pero antes esperaría a ver si Filú averiguaba algo y confirmaban sus sospechas.

Y se confirmaron, una a una.

Nada más irse Einés de su casa, Filú bajó a hablar con Pepita.

—Pepi, creo que mi madre vuelve a las andadas con lo del casamiento con Alonso Taboada. Necesito que me ayudes.

Pepita, que disponía la vajilla para la cena, se volvió hacia ella y la miró con una expresión entre pena y reproche. Sin embargo, se abstuvo de recriminarla con el consabido «te lo dije».

Ya le había advertido que no se confiara, que su madre jamás aceptaría a Franz, que su silencio e inactividad no eran más que la espera del momento adecuado para saltar sobre su presa.

Quizá hubiese utilizado otras expresiones, alguno de sus socorridos refranes, pero el mensaje se lo había dejado claro en muchas ocasiones.

—¿Y por qué lo crees ahora? —le preguntó sin más.

Filú se lo contó: el día que Einés escuchó a Casilda mientras hablaba por teléfono, la conversación de los alemanes en el hotel, y por qué creían que todo estaba relacionado.

—¡Vaya! —exclamó Pepita—. Si ya decía yo que era bien raro que tu madre me mandase oír misa en su nombre…

Nunca lo hizo. Y a San Miguel de Bouzas…

, ¡no podía ser a otro sitio más cerca! Quería quedarse sola, claro, para hablar a sus anchas.

Que Pancha, para el caso, no cuenta. Si es que tu madre no da puntada sin hilo. ¿Y qué quieres que haga yo, criatura?

—Que la vigiles y la sigas cuando salga antes de las diez. Seguramente será pronto, estos días. Mira a dónde va, con quién se reúne.

—¿Yo? Pero ¿cómo piensas, niña? Aunque no tuviese nada más que hacer… ¡No me faltaba otra cosa!

—Es a las diez, Pepi, y no creo que sea muy lejos. No te llevará mucho tiempo, solo quiero saber con quién se ve, por favor —pidió con las manos juntas en gesto de ruego frente a la cara de Pepita—. Yo tendría que ir con Alma, y sería más difícil disimular.

—¡Con esas me vienes! Como te encubre poco Alma…

—Pero ¿cómo hago? ¿Le digo que quiero espiar a mi madre? Tendría que contárselo todo.

—No, eso no, que después todo se sabe. Que bien es verdad que te cubre porque le interesa también, y no le convi ene abrir la boca, por la cuenta que le trae.

Que no digo yo que desconfíe de la chica, eh, que es buena gente; pero mejor andarse con ojo.

No hay que ir contando por ahí las cosas de familia.

Ni siquiera a mí deberías contarme nada.

Viviría más tranquila. Qué necesidad tendré yo…

—¿Y a quién se lo cuento, Pepi, si no es a ti? —le replicó Filú, acercándose y abrazándola.

—¡Anda! Ve, zalamera, que no haces más que romperme la cabeza y liarme —protestó Pepita, no sin antes apretarla fuerte contra el pecho.