Las tejedoras del mar Capítulo 49
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Capítulo 49

Einés recordó lo que explicó el cura aquella vez y cuánto le había llamado la atención: la diferencia entre la casualidad y la Divina Providencia.

Había reflexionado largo tiempo sobre aquello, y se había quedado con la idea de que la primera era algo así como un accidente inesperado, algo que sucede por azar, sin causa aparente.

La Divina Providencia tenía, por el contrario, una intencionalidad: la voluntad de Dios de protegernos y guiarnos.

Incluso eso que llamábamos casualidad estaba sometido a la Divina Providencia, puesto que todo era previsto y dirigido por Él.

«En resumen —pensó—, nada sucede por azar, y menos cuando esos sucesos, que rozan lo milagroso por su oportunidad, ocurren en un espacio de tiempo tan corto».

Habían pasado solo dos días desde que se liberaron de aquel tormento que les provocaba la situación de Franz.

La paz y la alegría volvían a su vida, y todo parecía fluir de forma armoniosa.

Filú estaba exultante. Su hermano se había reincorporado a sus estudios y ella daba gracias constantemente porque todo se había resuelto para bien.

Adoraba a Franz. Nunca había sido tan consciente de ello porque, hasta entonces, tampoco había sentido tan dentro y de forma tan devastadora aquel dolor anticipado de la pérdida.

Pero su cuerpo todavía no se había deshecho de esa sensación de carga e inquietud cuando todas sus fibras se tensaron de nuevo con una virulencia paralizante.

La Divina Providencia —tenía que ser ella— la situó delante de aquel reservado del hotel en un momento en que ya no tendría que estar allí.

Apenas pasaban unos minutos de las seis de la tarde y su relevo ya ocupaba su lugar.

Le había puesto al tanto de las novedades, aunque todo quedaba reflejado en los libros.

Estaba a punto de irse cuando recibió un telegrama para el agregado naval alemán, mister Krohn, que había llegado de Madrid el día anterior y que, a primera hora de la mañana, había solicitado un reservado para una tertulia privada. Ella misma lo había atendido.

—Deja, yo se lo acerco —se ofreció Einés.

Los reservados, de diferente tamaño según su finalidad, se disponían anexos al comedor principal. A algunos se accedía desde el comedor y a otros, más privados —como era el caso—, desde un pasillo lateral apenas concurrido.

La puerta, de doble hoja corredera, estaba un poco separada y, desde el interior, le llegaron las voces de los contertulios.

Hablaban en alemán. Lo entendía perfectamente, pues Franz le había enseñado. De pequeños, cuando ni siquiera iba a la escuela, él le hacía de profesor. Era como un juego que los unía más que ningún otro.

Después, cuando se quedaron huérfanos —él por segunda vez— y se fueron a vivir a O Berbés, aquello dejó de ser un entretenimiento para convertirse en algo más profundo y serio.

Era como si Franz necesitara compartir la que había sido su primera lengua, la que hablaba con su padre y su tía; como si temiera olvidarla y, con ello, se desvaneciese también lo poco que le quedaba en la memoria de los suyos.

Así fue como ella se fue haciendo con aquel idioma áspero y enérgico que contrastaba tanto con la musicalidad y la calidez de su lengua materna.

Einés sonrió. Recordaba cuando la abuela Leonor regañaba a su hermano y le insistía en que le enseñase a leer y escribir en castellano, no en «esa lengua extraña que de poco le va a servir», como decía.

Más tarde, cuando llegaron los oficiales del Cable Alemán con sus familias y se fue integrando en sus círculos, ya pudo —y ella con él— abrazar por completo el idioma de sus antepasados.

Einés lamentaba no dominar del mismo modo la lengua de su padre, en la que se defendía con más dificultad, casi como cualquier vigués, pues la colonia inglesa en la ciudad era mucho más extensa y antigua, y el que más y el que menos se había ido quedando con algunas palabras y expresiones.

Pero ni siquiera era capaz de cartearse con su abuela paterna, pues era miss Dorothy la que traducía las misivas en uno y otro sentido.

Ya tenía en alto la mano para golpear con los nudillos la puerta de madera cuando oyó algo que la desconcertó.

—Fue el mismo coronel Almeida, quien nos pidió que reclutásemos al muchacho, el que, tras saber del informe médico, nos dijo que había que concederle la exención a como diese lugar. Pero él es un simple recadero; algo se le tuvo que torcer a quien le hizo el encargo para recular —habló el agregado.

Un escalofrío le recorrió la espalda y puso en alerta todos sus sentidos. ¿Hablaban de Franz? ¿Era eso posible? Contuvo el aliento y se acercó cuanto pudo a la puerta.

—Es que iba firmado por un prestigioso médico de la ciudad; diputado, además, alguien muy influyente. Hubiera sido difícil no hacerlo.

Sí, sin ninguna duda, hablaban de Franz. El que había respondido era el capitán del Stephan, un buque que se había refugiado en el puerto al comienzo del conflicto. Lo había visto entrar en el hotel y dirigirse al reservado donde le esperaba el agregado, aunque no recordaba su nombre.

«Pero ¿qué tienen que ver esos dos hombres con mi hermano?», se preguntaba atónita.

—No nos importan los asuntos que el coronel y ese caballero amigo suyo tengan con ese joven.

Lo fundamental es que mantengan su promesa de facilitarnos información sobre las rutas que usan las compañías francesas para llevar el s alitre chileno a Inglaterra.

Nosotros cumplimos. Si no saben lo que quieren, es su problema. Que cumplan ellos ahora.

El fastidio de Krohn se reflejaba en su voz, en cómo había subido el tono y terminado su intervención con una sonora palmada en la mesa que hizo tintinear la delicada vajilla y sobresaltó a Einés.

—¿Ha averiguado quién es esa amistad?

—Pues claro que lo he averiguado —afirmó rotundo el agregado—.

¿Cree que podría… cómo dicen aquí, tirar la piedra y esconder la mano…

? Kindling, el vicecónsul, le trata personalmente; nos servirá de intermediario.

Este domingo celebraremos una sencilla merienda de presentación, y ya se convocaron algunas familias respetables.

Está entre los invitados, espero que no falte.

Kindling me lo presentará, nos quitaremos las caretas y pondremos las cartas sobre la mesa.

Admito que tengo curiosidad por saber qué se traen con ese muchacho, que no deja de ser un simple estudiante sin ninguna filiación política, pese a lo que hayan dicho.

Lo investigué también. Y de una sencilla familia de marineros, además.

—¿Dónde? ¿Aquí? Puede que no sea un buen lugar. Está lleno de ingleses; abajo tienen su centro social. Mejor que no nos relacionen con las fuentes.

—Al contrario —aseguró el agregado—, este es un magnífico lugar para observar al enemigo.

Contamos con dos colaboradores que se hospedarán en el hotel justo por eso.

Ellos serán los enlaces. El señor Martull, que se inscribió ayer, se hace pasar por un exportador de conservas que está estudiando la zona, y el señor Antúnez llegará en unos días y se presentará como corredor de seguros marítimos.

Pero el convite será en la residencia de Pi y Margall; tendremos la privacidad necesaria.

Unos pasos a su espalda hicieron que Einés llamase precipitadamente a la puerta de la salita.

—Ha llegado un telegrama para el señor —dijo dirigiendo la mirada al agregado naval y tendiéndole la bandeja.

Esperó unos instantes hasta que el alemán le dio las gracias, haciéndole ver que no requería nada más, y se dirigió a la salida.

Lo que acababa de escuchar la dejó trastocada. Ya había cruzado el umbral cuando se dio cuenta de que seguía con el uniforme puesto. Volvió sobre sus pasos, se cambió y lo bajó a la lavandería.

No sabía qué hacer. ¿Realmente lo de su hermano se había solucionado o corría más peligro que nunca? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué todo aquel embrollo? ¿Quién era el caballero y por qué le estorbaba Franz? Necesitaba ir el domingo a la residencia alemana y averiguar de quién se trataba.

La zona del club y las pistas de deporte solían estar abiertas y, aunque Franz ya se hubiese ido a Compostela el día anterior, ella podía pasar por allí.

La cuestión era que no saldría del trabajo hasta las seis, y entre que se cambiaba y llegaba, tal vez fuese demasiado tarde.

Por otra parte, la merienda sería en un salón privado, solo para los invitados, y no tendría acceso a no ser que se colara.

«Quizá Filú…», pensó. A lo mejor a ellos los invitaban: eran una de esas familias respetables. Tenía que verla de inmediato.

De camino a casa de su amiga, recordó aquella otra conversación que también había escuchado por azar dos días antes, cuando recibieron lo que entonces parecía la resolución definitiva al problema de Franz, aunque en ese instante temía que no lo fuera.

Aquella mañana, al dejar el despacho de don Ramón Cerqueiro, Franz había pasado por el hotel antes de volver a casa.

No entró, pero esperó al otro lado de los amplios ventanales a que ella alzase la mirada desde la recepción y le mostró el sobre.

Con los dedos, dibujó el signo de la victoria, y la felicidad de su cara rubricaba aquel triunfo.

Varias veces estuvo tentada de llamar a Filú, pero se contuvo. En parte porque ya habían convenido que lo mejor era evitar las llamadas que su madre rastreaba como un sabueso, pero también porque deseaba ver la cara de su amiga cuando le diera la noticia.

Había salido del hotel con una ligereza que hacía tiempo que no sentía. Y habría echado a correr de no ser porque su edad, y sobre todo su puesto de trabajo, exigían cierta compostura, pero apuró el paso cuanto pudo y llegó sin resuello a la portezuela del patio trasero de la casa de Filú.

En la cocina solo se encontraba Pancha, atareada con las cacerolas.

Sabía que no podía avisarla de su llegada con ningún sonido, y siempre se acercaba con precaución, intentando no abordarla nunca por la espalda para no asustarla.

Pero Pancha tenía como un sexto sentido que la alertaba, como si cada persona emitiera una vibración especial y única que ella reconocía al instante.

Apenas Einés cruzó la puerta, se volvió y le sonrió.

Filú no estaba, le explicó con gestos; iba a clases de canto, y Alma la acompañaba. Cierto. Era la cita semanal de Filú en las Carmelitas para sus lecciones de canto y piano. Con la emoción, se le había olvidado.

—¿Y Pepita? —le preguntó, reproduciendo el gesto con el que se referían a la criada.

Pepita estaba en misa, le explicó Pancha juntando las manos en actitud de rezo. La señora se lo mandó —continuó elevando las manos sobre su cabeza, simulando el moño que solía llevar Casilda y haciendo un gesto de autoridad, blandiendo el índice en el aire.

Le resultaba, aparte de injusto, cuando menos curiosa aquella costumbre de los ricos de que otros cargasen con sus deberes o los librasen de sus obligaciones: que fuesen por ellos al servicio militar o a las guerras, o se los eximiera a cambio de una cuota; que pagasen en metálico la prestación obligatoria de los trabajos públicos…

Pero que mandasen a alguien a oír misa en su nombre, que cumpliese promesas como rodear los santuarios de rodillas o hiciese turno de velas en las cofradías, ya le parecía un sinsentido cuando no un sacrilegio, aunque si la Iglesia se lo consentía…

Pancha le explicó, además, que la señora estaba en el salón bordando. Se hacía entender, y eran ya tantos años que cada vez los gestos se simplificaban más. A veces bastaba una mirada.

—Esperaré —le comunicó a la cocinera.

Si no se entretenían, Alma y Filú estarían a punto de llegar, y se moría de ganas por compartir aquella alegría con su amiga.

Subió la escalera de servicio y se dirigió, como tantas veces, a la habitación de Filú, pero no entró. Sin saber por qué, sus pies la condujeron a las escaleras principales. Quería verla aparecer, observar su expresión cuando la encontrase allí arriba, esperándola.

Barajó la posibilidad de poner cara de desconsuelo, pero era tal la euforia que llevaba conteniendo desde la mañana que seguro que no le saldría. Además, pensó que su amiga ya había sufrido bastante.

Cuando acababa de sentarse en el último escalón, oyó la voz de Casilda y se asustó. Se levantó al instante, retrocedió hacia el pasillo y aguzó el oído. Se dio cuenta de que estaba hablando por teléfono desde el vestíbulo.

—No, claro que no, ¿cómo iba a saber yo eso?

[…] De ninguna manera, sería poner en entredicho su reputación…

Imagina si llega a Cortes, la cuña que tendremos ahí.

[…] Yo no me doy por vencida. Buscaré la forma, no te preocupes.

[…] Ya sé, ya sé que vais a tener que pagar el favor, pero tarde o temprano os lo compensaré. […] Bien, a las diez, entonces.

«¿Con quién estará hablando Casilda? —se preguntó—. ¿En qué andará metida esta mujer?». Se oyó el chasquido seco del auricular al encajarse en la horquilla y, enseguida, el sonido de unos tacones sobre las baldosas comenzó a alejarse.

Einés volvió a sentarse, pero en su gesto algo se había ensombrecido.

Sin embargo, el incidente se le olvidó al momento, cuando oyó que se abría la puerta y escuchó la voz de Filú en la entrada. Seguro que subía enseguida.

—¡Lo sé, lo sé! —susurró con una sonrisa radiante, levantándose el vestido para ascender más deprisa en cuanto la vio en lo alto de las escaleras—. ¡Me lo dijo mi padre a mediodía!

Cuarenta y ocho horas después de aquel encuentro, mientras se dirigía nuevamente a la casa de su amiga tras escuchar aquella inquietante conversación entre los dos alemanes, lo vio con una claridad aterradora. Lo sintió en el pecho. Se lo daba el cuerpo, como decía su abuela.