Las tejedoras del mar Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

—Esto es motivo suficiente para una exención. ¿Cómo lo has conseguido, Franz? ¿Es esto real? —preguntó, examinando los papeles con perplejidad.

Franz lo miró, y por un momento no supo qué decir. Él sabía, mejor que nadie, que la confianza entre cliente y abogado debía ser plena, pero le costaba admitir que nada de lo que allí se reflejaba era verdad, porque eso no solo comprometía su integridad, sino también la del doctor Devesa.

—Entiendo —dijo Cerqueiro tras una pausa, sin necesidad de más respuesta que aquella indecisión.

Además, dada la gravedad del asunto, si aquello fuese cierto, no habría esperado a estar con un pie en el abismo para presentárselo, por muy estigmatizada que estuviese la enfermedad.

Por otro lado, tampoco era preceptivo que se supiese la razón de su exención.

Incluso podría pasar por aplazado, como algunos de los chicos alemanes que lo solicitaron y que estaban empezando a recibir dictamen—. ¿Te lo consiguió Alfredo?

—No —respondió Franz, dando por hecho que ya no era necesario aclarar nada sobre la veracidad del contenido de aquel informe—, fue mi madre quien se lo pidió.

—Me extrañaba que Alfredo no me lo hubiese adelantado, pero, en cualquier caso y como fuese, bienvenido sea.

Cerqueiro le explicó que tendría que presentarlo en el consulado alemán, que lo transmitiría a la embajada en Madrid, donde las autoridades alemanas tomarían su decisión.

Pero esa presentación, en principio, no suspendía el llamamiento de incorporación; lo usual era que tuviese que viajar a Alemania, donde un tribunal médico evaluaría su estado de salud.

—Pero Evaristo eligió bien —aclaró ya sin tapujos, dando por sentado el carácter apócrifo del documento—.

En este caso, podemos tramitar una dispensa provisional para evitar el traslado, dado que es una afección de difícil valoración.

Solo podrán fiarse de lo que pone en el documento y de la credibilidad y el prestigio de quien lo firma.

Te ha hecho un gran favor —concluyó, acompañando sus palabras con un leve gesto de afirmación—.

No ha dejado resquicios: el resumen del expediente médico es extenso, preciso, concluyente.

La resolución definitiva la llevaba Franz escrita en la cara, pasados diez días, al regresar del despacho de don Ramón Cerqueiro, adonde fue requerido a través de un chiquillo que le hacía de correo y que lo llamó a voces cuando llegó frente a su casa.

Las lanchas de bajura ya habían llegado, y la actividad en el puerto, aunque muy mermada por la epidemia, era frenética.

Desde muy temprano, Franz ayudaba a su padre a supervisar el desembarque y organizar la venta, negociando con los pescadores y las mujeres que servían de intermediarias.

Después, trasladaban el pescado al almacén, donde lo preparaban con capas de hielo y serrín en cajas de madera para su posterior distribución.

Todos estaban enfrascados en sus quehaceres, pero, por un instante, el movimiento y el barullo parecieron detenerse. Solo se oía la voz infantil del chiquillo voceando en dirección a la vivienda. Al punto lo reconocieron, y Franz se le acercó.

—Bueno, el abogado me reclama. Ahora sí que llegó la hora de la verdad. Me cambio y subo. A ver qué pasa —les dijo a sus padres, que ya estaban a su lado.

Amaro no podía esperar a que regresara el muchacho, y Catalina, que había acomodado su pequeña banqueta de trabajo en dirección a la porta da Ribeira, levantaba a menudo la mirada para verlo llegar.

También Leonor había salido a la solana a desvainar habichuelas con la misma intención.

Tal era el estado de nerviosismo y congoja de las dos mujeres, y tan insufribles se les hacían aquellos últimos momentos de espera.

Sí, era la hora de la verdad. Habían agotado todos sus recursos, habían jugado aquella última baza, y lo que hubiese de ser, sería.

Por fin, lo vieron bajando los últimos metros de la rúa Real. No podían aún distinguir sus facciones, pero no hacía falta. Desde la distancia, las dos supieron que aquella pesadilla había terminado.

Franz avanzaba con paso ligero, despreocupado; una mano en el bolsillo, la otra jugando con algún pequeño objeto que lanzaba al aire y recogía. Fue al entrar en la plaza que las buscó con la mirada, casi al mismo tiempo: sabía que estarían allí, pendientes, esperándole.

Catalina se levantó al instante y Leonor desapareció precipitadamente de la solana. Llegaron casi a la vez a la entrada de la casa, y los tres permanecieron inmóviles y en silencio unos segundos. Pero el rostro relajado de Franz, aquella sonrisa que no podía evitar, ya lo decía todo.

—Aquí está —dijo sacando un sobre doblado del bolsillo de la chaqueta—. Exento. Se acabó.

El tren partía, otra vez. Las clases habían comenzado y urgía irse cuanto antes, tras haber solucionado el angustioso contratiempo que había arruinado aquel verano.

El aire olía a carbón y a hierro caliente.

El andén vibró al primer tirón de la locomotora y Franz, desde la ventanilla, las despidió con aquella sonrisa que hacía tiempo no asomaba a su cara.

Con suerte, volvería por Difuntos; todo dependía de lo ocupado que estuviese y de lo que le exigieran sus estudios. De no ser así, regresaría por Navidad.

Lo extrañarían, como siempre, aunque esa vez cada una de ellas agradeció en secreto que llegase ese momento de su partida, que desapareciera de la ciudad por un tiempo.

Había sido un verano convulso, marcado por una guerra que no les resultaba tan lejana como habrían querido y que estuvo a punto de destrozar su vida nada más empezar.

—Venga, Filú, te acompaño —dijo Einés, tomando a su amiga del brazo.

Juntas, cruzaron el andén entre el murmullo de la gente que iba abandonando la estación de Urzaiz.

Detrás, Leonor y Catalina permanecieron inmóviles, mirando cómo el tren se alejaba hasta perderse de vista. Se quedaban con aquella sensación de tristeza que siempre dejan las despedidas, pero también con el alivio de que todo volviese a la normalidad.

—Bueno —dijo por fin Leonor, con un suspiro breve, ajustándose el pañuelo bajo la barbilla—, haberá que ir indo .