Capítulo 48
Filú ya se había ido. Leonor preparaba el carbón en la hornilla de hierro mientras, a su lado, Einés, con las mangas remangadas y el pelo recogido bajo el pañuelo para evitar que se le impregnase del penetrante olor del pescado frito, enharinaba jureles pequeños y brillantes.
Amaro, en silencio y con una taza de vino tinto delante, hojeaba el Faro de Vigo del día anterior que Einés bajaba, como siempre, del hotel.
Solía parar con su hermano en alguna de las tabernas del puerto a tomar un ribeiro antes de volver a casa, para relajarse un poco tras la larga jornada de trabajo.
Pero esa tarde lo consumía la ansiedad y regresó antes.
Catalina fue directamente a su cuarto y, después de cambiarse, se puso el mandil para ayudar en la cocina. Se cenaba temprano en los hogares marineros; la faena empezaba antes del amanecer y era dura. Las horas de descanso siempre llegaban a poco.
—Dile a Franz que suba; ya me pongo yo con esto.
—Aún no está la cena —observó Einés, extrañada.
Los chicos solían jugar en la explanada hasta que eran avisados para cenar.
—Dile que venga ya, anda, que se dé prisa —insistió Catalina.
Einés se lavó las manos y salió a la solana para llamar a su hermano a voz en grito:
—¡Franz, que subas ahora mismo!
El grito de Einés retumbó enérgico en toda la casa.
—A ver, hija, ¿qué?, ¿cómo fue la cosa? Cuenta, por Dios, que no nos llega la camisa al cuello —inquirió Leonor antes de que volviese su nieta.
—Ahora va, madre, ahora va. En cuanto suba el rapaz. El papel lo tengo; lo que pone no lo sé aún —adelantó ante los rostros preocupados e impacientes de Leonor y Amaro.
Apenas se oyeron los pasos vigorosos de Franz subiendo la escalera, Catalina fue a su habitación y regresó al instante.
—Lávate bien las manos, hijo. Y tú, Einés, pon el hule, no se vaya a ensuciar —ordenó, mostrándoles la carpeta que llevaba en la mano.
—¿Qué es eso, madre? —preguntó Einés, llena de curiosidad.
—El papel ese del médico que esperemos que salve a tu hermano —contestó Catalina tendiéndole el documento a su hijo, que la miraba sin comprender.
Franz observó el cartón regio, doblado en dos en forma de carpetilla, que le tendía su madre.
Era de un azul apagado, con el tacto rugoso del papel verjurado que vendían en la papelería de la Porta do Sol.
Apenas lo adornaba un pequeño rótulo impreso en tinta negra, «Carpeta para documentos», y un espacio donde alguien había escrito a plumilla su nombre y la fecha.
Franz desató el cordoncillo de algodón que aseguraba el contenido y, dentro, bien alineadas, había varias hojas de papel de oficio escritas a mano con letra firme. El nombre inscrito en el membrete lo desconcertó, y miró a su madre con ojos interrogantes.
D R . E VARISTO D EVESA DE LA T ORRE
M ÉDICO -C IRUJANO
R ÚA P OLICARPO S ANZ N .º 8, V IGO
P ONTEVEDRA
—¡Venga, Franz! ¿A qué esperas? —lo apuró Einés, mientras todos contenían la respiración.
Le temblaban las manos notoriamente, y la oscilación de los papeles dificultaba la lectura. Einés se los arrebató y los apoyó en la mesa, encima del hule limpio que acababa de poner.
—Siéntate y lee en alto. ¿O quieres que lo haga yo? —intervino de nuevo ante la indecisión de su hermano.
—No, no, ya voy —respondió él tras coger aliento y sentarse en el banco al lado de su padre, en tanto las tres mujeres, de pie, los rodeaban expectantes.
I NFORME MÉDICO
Vigo, a 17 de octubre de 1914
Yo, el doctor Evaristo Devesa de la Torre, médico colegiado en esta ciudad y en pleno ejercicio profesional, certifico que:
El joven Franz Theodor Künne, de 21 años de edad, nacido en Alemania y residente en Vigo desde su infancia, ha sido objeto de mi observación médica en diversas ocasiones.
Tras la exploración clínica y la recopilación de antecedentes familiares, resulta acreditado que padece desde la niñez un trastorno convulsivo de naturaleza epiléptica.
Antecedentes:
Según consta en el expediente del muchacho, fue atendido por primera vez en esta consulta a la temprana edad de cinco años, con pérdida brusca de conciencia acompañada de convulsiones generalizadas.
Estos episodios, aunque al inicio esporádicos, se repitieron con cierta frecuencia durante su adolescencia, especialmente en periodos de fatiga o tensión emocional, y siguen repitiéndose en la actualidad a intervalos irregulares.
La familia que, tras su orfandad, lo tutela desde la niñez, por temor al rechazo social y al estigma que rodea a esta dolencia, optó por ocultar de forma sistemática la afección, evitando que trascendiera en los círculos escolares y sociales del joven.
Sin embargo, el paciente logra cursar sus estudios con aprovechamiento, demostrando notables facultades intelectuales.
Situación actual:
A día de hoy persisten los accesos convulsivos de manera imprevisible.
En los últimos doce meses consta, por observación personal y por relato de terceros, que ha padecido tres crisis de carácter generalizado, con pérdida total de conocimiento, convulsiones tónico-clónicas y confusión prolongada posterior.
Presenta, además, cefaleas frecuentes, somnolencia postictal y tendencia a episodios de ausencias breves en que parece desconectado del entorno.
Conclusión:
La naturaleza crónica e incurable de la epilepsia hace que este joven se halle inhabilitado para el servicio militar en cualquiera de sus modalidades, por representar un riesgo tanto para sí mismo como para la tropa que le rodee.
La enfermedad le impide cumplir con las exigenc ias de la vida castrense, particularmente en situación de combate.
Y, para que así conste, firmo el presente en la ciudad de Vigo, a la fecha arriba indicada.
El certificado iba firmado de su puño y letra, acompañado de un sello en el que se podía leer su nombre y su especialidad.
Franz echó un vistazo rápido a las dos hojas que acompañaban al documento y que recogían la cronología de las supuestas veces que el médico lo había atendido, la última de solo unos meses atrás, coincidiendo con Semana Santa.
—¿Qué, hijo, valdrá esto para librarte? —preguntó Catalina, retorciendo el mandil con las manos, nerviosa.
—Creo que sí. Pero todo esto es falso… ¿Cómo lo ha conseguido? —Franz repasaba los papeles una y otra vez, con el asombro reflejado en la cara—. Ni siquiera el abogado, ni don Alfredo, vieron la posibilidad de que alguien pudiese comprometerse así. Y eso que este médico es de la familia.
—Precisamente —observó Leonor—. A veces cuesta más pedir favores a los de dentro que a los de fuera. Y nunca los Devesa tuvieron en gran estima a Alfredo, nada más que para sacarle los cuartos.
—Pues, de todos, ese es con el que mejor se lleva —intervino Einés—. Me lo contó Filú.
—Será por eso. Para uno que no le debe nada, no querrá tener ninguna obligación.
—Pero ¿qué le dijo usted para que se arriesgue de esta manera? Se puede complicar mucho la vida. Y nosotros nunca tuvimos trato con él —insistió Franz, incomodando a Catalina, que empezaba a verse acorralada por la curiosidad de su hijo.
—¿Qué más da eso ahora? Lo importante es que te sirva, nada más.
No quería hablar de ello, se le notaba, y Franz la imaginó suplicando.
Ella, que no era dada a pedir aun necesitando.
La vio en su mente con el rostro endurecido por la vida, que no por los años, con las manos entrelazadas en un gesto torpe, más de defensa que de ruego.
Imaginó su espalda encorvada por el peso de la vergüenza y del orgullo contenido, debatiéndose entre la necesidad apremiante y aquella dignidad feroz que siempre había marcado su modo de estar en el mundo.
Y lo había hecho por él. Tragó saliva y bajó la mirada a los papeles para que nadie viese que se le humedecían los ojos. Pero Catalina lo vio. O lo adivinó, y quiso aliviar el tormento que aquellos pensamientos, fueran los que fuesen, habían nublado por un instante la mirada de su hijo.
—Aunque ya no nos tratemos, Evaristo y tu padre se llevaban bien. Y fue muy amigo de Arthur: hacían muchas cosas juntos, tenían planes de negocios. Le conté la verdad, le dije que no nos quedaba otra. Él también tiene hijos. Se compadeció. Y nos deseó suerte, «de corazón», dijo.
—Tendré que pasarme a darle las gracias, entonces.
—No —replicó Catalina, tajante—. Ya lo hice yo. Mejor que no te acerques por allí. Por no comprometerle más, vaya.
—Sí, está bien, puede que sea lo mejor —aceptó Franz, ya más relajado.
—Pues mañana temprano te vas junto al abogado. A ver si con esto lo solucionamos por fin —intervino Amaro, sirviéndose otra taza de vino y celebrando aquellos buenos auspicios después de tantos días de angustia.
—Bueno, que tampoco es tan seguro —advirtió Franz, prudente.
—Venga, hombre, no seas cenizo —le reconvino Einés—. ¿No era que un informe así sería más que determinante?
—No sé. Yo ya no me fío de nada. Por lo que me van contando, a todos los que les llega la resolución del aplazamiento por estudios les viene aprobada, incluso a uno que cursa Filosofía y Letras.
Dicen los periódicos que Alemania espera que sea una guerra muy corta y decisiva; por eso de momento no son muy estrictos con los reclutamientos, pero a ver…
No les contó su temor de que, si tras todos aquellos obstáculos había algo personal, como había dado a entender don Ramón, tal vez ni siquiera ese informe fuese suficiente.
—Vamos a confiar un poco. Ahora tenemos esto —le aconsejó su padre—. Si esto no vale, queda lo de irse a Portugal. No le des más vueltas. Lo que se pudo hacer, se hizo.
Volvieron a vivir suspendidos en un tiempo sin bordes, moviéndose entre la esperanza y el temor que a menudo los invadía.
Ninguna hora era mejor que otra, porque hasta en el sueño se filtraba aquella angustia, y los gestos y las faenas cotidianas no lograban repeler los mismos pensamientos que retornaban una y otra vez.
Don Ramón Cerqueiro presentó el certificado en el consulado alemán la misma mañana en que Franz se lo llevó. La sorpresa al verlo fue mayúscula, y no lo disimuló.