Las tejedoras del mar Capítulo 47 #2
68%

Capítulo 47 #2

Al día siguiente, a la hora prevista, volvió al dispensario de Evaristo Devesa.

Tuvo que esperar un rato, pero, al menos, la muchacha de la recepción le confirmó que el doctor la atendería en cuanto saliera la paciente que estaba en la consulta.

Temió no encontrarlo allí, que desapareciese y frustrase aquella última esperanza. Respiró aliviada.

Aquellas veinticuatro horas habían pasado con una lentitud lacerante, y sintió que su cuerpo devastado se derrumbaba en la silla de la sala de espera como un fardo desvencijado.

El desgaste físico y emocional de aquellas semanas había hecho mella en toda la familia.

Incluso Filú presentaba un aspecto muy desmejorado: unas manchas violáceas bajo los ojos enrojecidos apagaban su mirada, y la piel de su cara, siempre tan lozana y arrebolada, tenía un matiz blanquecino y marchito.

Cuando Catalina dejó su faena en el arenal y subió a cambiarse para volver a la consulta del médico, la encontró en la cocina, detrás de la desgastada mesa, sentada en el banco de madera, al lado de Franz y Einés.

La tristeza y la inquietud se dibujaban en sus caras.

No había rastro de la algarabía que los caracterizaba cuando estaban juntos.

Franz no había salido de casa desde la tarde anterior, tal y como le había aconsejado el abogado. Pronto le llamarían sus amigos para ir a jugar a la pelota después de acabar sus quehaceres, como tenían por costumbre, hasta la hora de la cena.

«—Les diré que me he torcido un pie —comentó Franz, adelantándose a los acontecimientos.

»—No, hijo, no —resolvió Catalina con decisión—.

Baja y distráete, que te hace mucha falta descansar la cabeza.

No es de la gente del barrio de quien debes esconderte.

Aquí no corres ningún peligro, ya te lo digo yo.

Y vosotras también —añadió dirigiéndose a las muchachas—, venga, que os dé un poco el aire».

Los tres jóvenes esperaban resignados las indicaciones del abogado y de Alfredo Iglesias.

Catalina, su marido y su madre, en cambio, albergaban la esperanza de una mejor resolución.

Pero no podían compartirla con ellos, por si venían mal dadas y no se conseguía aquel certificado.

No querían ilusionarlos por si luego el descalabro era mayor.

Otra cosa sería después, con el documento en la mano.

«—¿A dónde va otra vez, madre? —le había preguntado Einés al verla salir arreglada y con el bolso bajo el brazo, complemento que rara vez usaba, y menos un día cualquiera.

»—A rezar —contestó dejándolos perplejos con la misma respuesta de la tarde anterior, apresurándose para no tener que dar más explicaciones».

Y llevaba la intención. Salió de casa con el propósito de ir orando al Santo Cristo de la Victoria durante el trayecto hasta el consultorio de Evaristo Devesa, y en aquella silla de la sala de espera se sentó con la misma voluntad.

Pero los pensamientos iban y venían sin dejar que su cabeza terminase una sola plegaria, hasta que la puerta del despacho se abrió y ella se puso en pie automáticamente, con el corazón desbocado y un nudo en la garganta.

—Ya puede pasar —le señaló la recepcionista después de acompañar a la salida a la mujer, vestida con elegancia, que iba con un niño de unos tres años de la mano. Se despidieron alegres.

Aquella imagen jubilosa sería insólita en una madre humilde saliendo con su niño de un dispensario, pues solo se acudía al médico cuando la cosa se ponía fea y todos los remedios caseros habían fallado.

Con ese pensamiento fugaz que le vino a la cabeza, se encontró otra vez frente a frente con Evaristo Devesa.

—Le juro por lo más sagrado que nunca pensé que tuviera que echar mano de esta carta —le aseguró Catalina nada más cerrar la puerta tras de sí, sin mediar saludo previo siquiera, mientras subía el bolso a la altura del pecho—.

El difunto Harald pidió con su último aliento que solo se utilizase para proteger a su hijo, y no me mueve otra intención.

Evaristo Devesa le tendió una carpeta que Catalina recogió sin apenas mirarla.

A pesar del brete en el que lo había puesto, el médico sintió una gran admiración por aquella mujer, por su gallardía y su nobleza.

Creía sinceramente que no buscaba otro provecho que el de velar por el bienestar de los suyos.

No había mandado allí a su marido, a su hijo o, en último caso, al abogado.

Quizá porque nadie más conocía aquel secreto.

Y si no era así, confiaba en su honestidad y en que fuese ella la custodia de aquel lamentable episodio del pasado que todavía podía hacerles mucho daño si salía a la luz.

Aunque lo negasen, aunque no hubiese otras pruebas más que las palabras allí guardadas, la sola sospecha ya sería nefasta.

—Les deseo toda la suerte del mundo, de corazón.

—Tenga buena tarde.

Catalina, que ni siquiera había aceptado la invitación del médico a tomar asiento, hizo un gesto de despedida con la cabeza, como una pequeña reverencia, dio media vuelta y salió del despacho con una mezcla de sensaciones difícil de describir.

«Ahora sí —pensó—, ahora sí que necesito rezar. Dar gracias por este documento que llevo sujeto contra el costado». Tenía el presentimiento —la seguridad, más bien— de que era el salvoconducto definitivo para su hijo.

Y también precisaba pedir perdón por usar aquel ardid para conseguirlo, aunque Dios, en su infinita misericordia, seguro entendería sus razones.

Si apuraba el paso, llegaría al rezo de vísperas en la colegiata de Santa María, donde se veneraba la imagen del Cristo de la Victoria, por quien las familias marineras sentían una gran devoción y al que había encomendado a Franz.