Las tejedoras del mar Capítulo 47
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Capítulo 47

Le ardía la sangre al salir del consultorio. ¡Malditos hijos de puta! «¡Ni trabajando toda la noche!». Eso había dicho. Aquella familia no tenía remordimientos, ni conciencia, ni temor de Dios.

Se ahogaba. La humedad del aire hacía que el vestido se le pegara a la piel.

Se quitó el pañuelo y se limpió con él el sudor de la cara.

El pulso le retumbaba en las sienes, y las piernas no le respondían del todo, como si el empedrado de la calle se moviese bajo sus pies, que echaron a andar sin que ella fuese consciente de qué dirección tomaban.

Su cabeza, embotada por la tensión y la congoja, se fue lejos en el tiempo, doce años atrás, donde aún los recuerdos afloraban tan vívidos que estremecían.

Apretó el bolso contra el costado. Sentía que Delaira estaba allí, con ella, y recordaba cada una de sus palabras aquella mañana aciaga en que le confió a sus hijos: «Franz es el que más va a sufrir.

Es tan bueno, Cata… Solo necesita que lo quieran mucho.

¡Qué mala suerte ha tenido, el pobre!». ¡Cómo dolían!

Durante mucho tiempo temió que aquello hubiese sido una premonición fruto de esa clarividencia que se dice que tienen los que están a punto de partir hacia ese lugar del que nadie vuelve.

Pero, con los años, la angustia que asfixiaba su corazón fue aflojando, se abrió un claro en sus miedos y se permitió abrazar de lleno aquella maternidad sobrevenida, con sus alegrías y sus padecimientos.

El chico crecía sano, feliz, y caminaba con paso firme hacia sus metas.

Ningún nubarrón se vislumbraba en el horizonte.

Hasta que Filú llegó a su corazón y lo desbarató todo sin pretenderlo ni ser consciente de ello.

Desde ese momento, su vida había estado marcada por una inquietud y una agitación contantes.

Apenas salían de un sobresalto y ya se topaban con otro mayor.

Sabía que Filú no tenía culpa de nada, pero, aun en contra de toda razón, algo visceral en su interior le achacaba el haber despertado aquella mala suerte que atenazaba a Franz y que hasta entonces había permanecido dormida.

Y la visita a Evaristo hizo aflorar con más intensidad todavía el tormento que le provocaba saber que Franz recaería en aquella familia, que seguramente viviría en su casa, y que ella no podría protegerle y alejarlo de ellos, como le había prometido a Delaira.

A veces, al mirar a Filú, solo podía ver en ella una amenaza latente.

Se lo había dado el cuerpo la primera vez que la vio salir de la escuela de la mano de Einés.

Fue como una corazonada, un escalofrío que puso sus sentidos en alerta.

Sin saber por qué, la sentía como un oscuro presagio.

Pero, también entonces, su corazón aprendió a distenderse con el tiempo, a verla solo como lo que era: una niña inocente, noble y, muy a su pesar, amiga de su hija, porque, aunque lo intentó, no logró romper aquel vínculo que las dos habían creado.

Sin embargo, cuando se enteró de aquel amorío, cuando sus ojos lo vieron con claridad, sintió una puñalada en el estómago, como si el destino se empecinara en castigarla por no haber sido capaz de cumplir su juramento.

Un miedo desconocido pero real se instaló en sus venas, y ya no consiguió librarse de la sensación de amenaza constante.

Las pesadillas la sobresaltaban a menudo con los ojos torvos de Casilda y Sagrario mirándola desde los pies de la cama, con aquellas sonrisas cáusticas y pendencieras que ya mostraban de niñas.

La esperanza de que Franz recondujese su vida lejos de los Devesa se desvaneció cuando Einés le confesó que el padre de Filú no solo aprobaba la relación, sino que la veía con buenos ojos.

Aquel consentimiento de Alfredo Iglesias, tan inesperado, lejos de apaciguar su temor y su angustia, no hizo sino acrecentarlos.

Recordó el momento en que Einés se la había enfrentado, reprochándole que hubiese ido a hablar con Casilda para intentar romper aquella relación que creía todavía incipiente.

«—¿Cómo ha podido, madre? ¿Cómo ha podido ir a casa de Filú a pedirles que la aparten de Franz? ¿Por qué lo hizo? —La voz de Einés destilaba dolor e incomprensión, y a Catalina se le partía el alma porque sabía que no entendería sus motivos.

»—No lo quieren, Einés, nunca lo querrán. Jamás lo aceptarán. Solo intento protegerlo; tú no los conoces como yo. No sabes nada.

»—¿Nada de qué? Franz no se lo va a perdonar. Y yo tampoco. Por su culpa, Filú ha dejado de bajar a O Berbés. Y es mi amiga, ¡mi mejor amiga! —replicó con rabia.

»—Pero tú, alma de cántaro, que eres tan lista, que has estudiado y ya no eres una niña, ¿no te das cuenta?

Llevas toda la vida entrando en su casa a escondidas, como una ladrona, para estar con tu amiga —recalcó con ironía, alzando la voz—.

¿Crees que me gusta que te desprecien así?

Aguanto porque sé que a ti no te van a hacer más daño que ese y que, al fin y al cabo, cada una seguirá su camino.

Pero ¿de verdad eres tan inocente como para creer que esa mujer va a aceptar a tu hermano, que va a permitir que lleguen a algo?

Y si llegan, le hará la vida imposible. ¡Si es que no acaba con ella!

—añadió, cada vez más enfadada—. ¡Anda, y no me hagas hablar! ».

Einés recibió aquellas palabras como una bofetada. No, no se había dado cuenta. O no había querido darse cuenta, porque, en verdad, aquellos pensamientos habían intentado aflorar más de una vez, pero los había rechazado sin más.

Sabía que no le caía en gracia a la madre de Filú, y también que, por la animadversión que su madre sentía hacia los Devesa, su amiga tampoco era de su gusto.

Le parecía natural que Filú entrara y saliese de su casa, que se sentara a su mesa y comiese de su pan con la familiaridad con la que convivían los vecinos del barrio, con sus puertas siempre abiertas para acoger a cuantos las cruzasen.

También había considerado normal, en cierta medida, entrar a hurtadillas en casa de Filú, porque notaba perfectamente, desde muy niña, que a Casilda no le gustaba que frecuentase a su hija.

Transigía porque las madres de la colonia alemana y otras damas que solían acudir a su club sentían simpatía por ella, quizá por ser compañera de sus hijas, hermana de Franz o por condolerse de la desgracia que les había tocado vivir.

Pero ella prefería mantenerse lejos de su mirada siniestra y su sonrisa forzada, que le producían escalofríos.

Pese a todo, ambas habían decidido, cuando no eran más que unas chiquillas, que serían «amigas del alma», como Catalina decía que lo habían sido ella y su madre, Delaira.

No era culpa de Filú, y no la culpaba. Además, siempre habían disfrutado de aquel juego que aportaba emoción a sus encuentros furtivos.

Catalina tampoco la culpaba, aunque, sin pretenderlo, fuese la causa de muchos de sus quebraderos de cabeza.

Y quizá para acabar de convencerla de que lo que había entre ellos era sólido y verdadero, allí se había presentado la muchacha una vez más, desconsolada, sin importarle ya nada que no fuese saber de Franz.

¡Pobre Filú! No se le podía negar valentía y amor sincero por su hijo. Lástima que tuviese aquella familia materna, pero uno no elige dónde nace. Ni de quién.

Sin darse cuenta, absorta en sus pensamientos, rememorando aquella discusión con Einés, la vista se le abrió sobre la ría.

Una brisa ligera y salada la envolvió con un soplo inesperado y le acarició la nuca; el frescor se le metió bajo la tela del vestido y le recorrió la espalda.

Se detuvo unos instantes y dejó que el viento le secara el sudor de la cara.

A lo lejos, oía el rumor del agua contra los cascos de las embarcaciones, mezclado con las voces animadas de la gente y los graznidos de las gaviotas.

Pocas veces, por no decir ninguna, había reparado en aquella amalgama de sonidos dispares que, sin embargo, componían una familiar y reconfortante melodía.

Respiró hondo varias veces. Los latidos de su corazón se aquietaron, recobrando su ritmo habitual, y sintió que en ningún lugar del mundo encontraría aquella paz.

Alzó la mirada hacia la solana de su casa, la de la tía Lola. Apoyada en la balaustrada, su madre la observaba. En su rostro también encontraba la paz, o tal vez era ella, Leonor, su lugar de descanso y serenidad. La saludó con la cabeza y apuró el paso.

Una sensación de alivio la recorrió entera al recordar las palabras de su madre, esa misma tarde, cuando se quitó el escapulario del Carmen y lo colgó del cuello de Franz: « Vai, meu fillo, que todo ha de saír ben ».

Mientras desde la solana lo veían alejarse hacia el despacho de don Ramón Cerqueiro, su madre le comentó: «Ya me lo dijo la meiga de Cangas, que el rapaz había de tener buena estrella, aunque le pusieran mil trabas por el camino. Y no puede ser que la suerte se le acabe tan pronto».

Leonor se lo había contado. Al verla tan desesperada tras el rechazo de la solicitud de Franz, le confesó aquellas visitas a la adivina: las dos, con lo bueno y lo malo. Catalina lloró desconsolada, como hacía tiempo que no lloraba.

Efectivamente, había un destino, y parecía estar escrito en aquellas manidas cartas que la vidente había leído para Leonor.

La fe de ambas en aquel vaticinio era tal que, cuando Franz llegó con la mala noticia del despacho del abogado, ninguna se resignó a creer que aquello fuese definitivo.

A veces, saber que algo es posible basta para hacer que lo sea.

Fue suficiente un cruce de miradas entre ellas para que Catalina supiera que había llegado el momento de jugar la última baza y cruzar aquel umbral del que ya no se podía volver atrás. Al fin sabría si lo que guardaba en la manga —en el bolso de Delaira, para ser más exactos— era o no era un as.