Las tejedoras del mar Capítulo 46
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Capítulo 46

Había esperado con impaciencia esos días hasta ver qué resolvía el abogado, qué opciones tenían. Ahora, si podía evitarlo de la manera que fuese, no permitiría que su hijo tuviese que separarse de la familia, ni siquiera para huir a Portugal, y mucho menos para ir a la guerra.

Había llegado el momento de jugar todas las cartas, y lo sabía.

Tal vez aún no estuviera todo el pescado vendido, y si había una sola posibilidad, por débil que fuese, no iba a desaprovecharla.

En aquel momento se agarraría a un clavo ardiendo con las dos manos sin pensarlo ni un instante.

Sin pensarlo porque, si lo hacía, le flojeaban las piernas y el miedo le quebraba la decisión con la que había salido de casa.

Pero la clave estaba precisamente en el miedo: esa era la única arma que tenía.

Por fortuna, en algunos aspectos el temor de los ricos era distinto al de los pobres.

Los humildes tenían miedos ligados a la supervivencia: a la falta de trabajo y, por consiguiente, al hambre, a la enfermedad, al abuso y a la represión.

A los ricos también les asustaba la ruina económica, la mala salud o la conflictividad social creciente que amenazase su estatus, pero tanto como eso los movía aquel afán desmesurado por las apariencias: que sus apellidos no fuesen la comidilla de los mentideros, que sus familias no cayesen en desgracia social ni en descrédito moral.

Mantener impolutas aquellas fachadas, que ocultaban tantas o más miserias que las del resto de los mortales, era vital.

El atrezo resultaba tan importante como la propia fortuna, y los esclavizaba de tal forma que quien tuviese la llave de esa puerta tenía poder. Mucho.

D R . E VARISTO D EVESA DE LA T ORRE

M ÉDICO -C IRUJANO

Respiró hondo y entró. El recibidor era amplio, con baldosas ajedrezadas en blanco y negro.

Al lado de la puerta, un perchero de pie para sombreros y bastones; pegadas a la pared, donde colgaban un par de láminas enmarcadas, varias sillas de madera con asientos de rejilla.

Una mesita con dos diarios locales y un cenicero completaban la sobria estancia.

No había nadie esperando, y lo agradeció.

El dispensario estaría próximo al cierre; seguramente, los ricos acudían por las mañanas temprano si habían pasado mala noche.

A la consulta de don Florencio —el médico de los pobres que atendía en el barrio del Arenal—, a los dispensarios de O Berbés y Embajadores o a las curanderas y componedores se acudía de tarde-noche, después de la jornada, porque había que estar muy mal para dejar de ir a trabajar.

La joven que estaba detrás del mostrador, con su delantal blanco y la blusa almidonada, le sonrió y la miró con curiosidad. Sin duda, no era el tipo de paciente que frecuentaba aquel consultorio.

—Buenas tardes —la saludó con amabilidad—. No tiene usted cita, ¿verdad? —preguntó hojeando su cuaderno.

Salvo urgencias, se concertaba hora con antelación. Por lo general, se enviaba a una persona del servicio a la consulta a reservar o, desde los hogares más acomodados, llamaban por teléfono. Aquella mujer no parecía encajar en ninguno de esos dos supuestos.

—No, vengo por un asunto personal. Dígale a don Evaristo que soy la madre de Franz Künne. Es muy urgente.

La chica se dirigió al despacho y Catalina apretó las asas del bolso contra el pecho.

Todo el coraje y la determinación amenazaban con esfumarse; tuvo que sacudirse el impulso de aprovechar el momento para desaparecer.

Le costaba, no podía negarlo. También le había costado acercarse meses atrás a casa de los Iglesias para pedirle —exigirle, más bien— a Casilda que apartara a su hija de Franz.

Pero algo más fuerte que el temor o la vergüenza la empujaba; era el corazón el que imponía sus reglas, el instinto innato de proteger a su prole con uñas y dientes, como cualquier animal acorralado que defiende su guarida, aunque le cueste la vida.

—Pase usted —le indicó casi al instante la recepcionista, señalando la puerta abierta de la consulta—. El doctor la atenderá ahora mismo.

Un fuerte olor a desinfectante inundaba la estancia.

Detrás de un portentoso escritorio de nogal, donde se repartían ordenadamente un tintero, varias plumas estilográficas y una pila de carpetas de cuero —entre otros útiles desconocidos para ella almacenados en una bandeja de metal—, el rostro del doctor Evaristo Devesa de la Torre no pudo ocultar la extrañeza que le producía aquella visita.

Catalina no recordaba la última vez que lo había visto.

A pesar de vivir los dos en Vigo, no frecuentaban los mismos espacios, y hacía ya tiempo que el doctor no se dejaba ver por la botica; se había metido en política y compatibilizaba su labor médica con la de diputado provincial.

Sabía de esa faceta suya por las conversaciones entre Franz y Amaro, y por sus frecuentes mítines y otras apariciones públicas.

Aunque aquellos eran temas que a ella ni le interesaban ni entendía, intuía, por los comentarios de su hijo y de su marido, que su ideario político estaba muy lejos del de las clases trabajadoras.

—Siéntese —dijo, señalando una de las sillas situadas delante de la mesa mientras se atusaba su discreto y ya canoso bigotillo.

Catalina, que se había detenido en la puerta, hizo una ligera inclinación de cabeza a modo de saludo, avanzó hasta la silla y apretó de nuevo con fuerza las asas del bolso que colocó en su regazo.

Aquel gesto le daba el valor necesario para que sus palabras sonaran con firmeza.

Allí guardaba la llave que le había dejado Delaira: una que, en caso de peligro, podía abrir una vía de escape.

Pero había que usarla con ingenio y maestría .

Tenía un truco; necesitaba una maniobra de prestidigitación: la puerta debería abrirse con solo mostrar la llave, porque, en realidad, no se ajustaba a la cerradura.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted? —preguntó el médico, quizá con más curiosidad que interés—. ¿Se encuentra bien Franz?

Sin duda, el único nexo entre ambos —el único motivo por el que aquella mujer estaba en su consulta— tenía que ser aquel que, en un pasado, y por un breve espacio de tiempo, pudo considerar su sobrino.

—Pues sí —respondió Catalina enderezándose en la silla y mirándolo fijamente mientras sus dedos se ponían blancos de estrujar las asas del bolso—.

Puede hacer usted algo por mí. Y por Franz; sobre todo por él.

Como ya habrá oído, han llamado a los hombres alemanes para la guerra esa del demonio.

Hemos hecho todo cuanto estuvo en nuestra mano para que no tuviese que ir.

El abogado, don Ramón Cerqueiro —resaltó para que supiera que tenían a alguien importante detrás mirando por los intereses del muchacho— dijo que sería enfrentarse a una muerte casi segura.

Solo hay algo que lo puede evitar, y lo tiene que hacer usted.

—¿Y qué es eso que tengo que hacer yo? —Evaristo Devesa frunció el ceño en un gesto de incomprensión y asombro ante la contundencia, la actitud desafiante y las osadas palabras de Catalina.

—Un certificado donde diga que tiene una enfermedad, una de esas que los libran del servicio. Usted ya sabrá.

—¿Me está pidiendo que emita un informe falso? —El médico la miró atónito.

—Sí, eso es —ratificó Catalina con la seguridad y la naturalidad de quien pide una receta para ir a la botica.

—Pero es que yo no puedo hacer algo así —dijo él con una sonrisa incrédula, como si estuviese ante una trastornada que no fuese consciente del alcance de la petición; pero, ante la mirada estoica de Catalina, adoptó un gesto grave—.

Eso es un delito; no puedo manchar mi nombre ni arriesgar mi carrera.

El informe médico es una cosa muy seria.

—Claro que puede. No sería la primera vez que lo hace. —Catalina abrió el bolso con lentitud sin dejar de mirarle y sacó un sobre que puso encima de la mesa—. Y lo quiero para mañana.

El color marfil del papel se había amarilleado; estaba salpicado de puntitos marrones, tal vez de humedad, y tenía las esquinas un tanto deterioradas, a pesar de que lo había conservado como oro en paño, como una auténtica reliquia.

De forma intencionada, lo había colocado con la solapa triangular hacia arriba.

El remite estaba escrito a mano, con una caligrafía oscilante, como si fuese trazada con pulso tembloroso; aun así, se veía elegante, de trazos largos y finos inclinados hacia la derecha.

La tinta había adquirido un matiz parduzco, pero, aunque aquellas pequeñas manchas difuminaban algunos trazos, se podía leer claramente un nombre, «Harald Theodor Wilhelm Künne», y una fecha, «19 de septiembre de 1900».

No había dirección ni otras señas, solo el nombre completo de Harald y aquella fecha.

Sobre el vértice de la solapa, el lacre —de un fuerte color bermellón tiempo atrás— se había vuelto de un cobrizo apagado y estaba algo cuarteado en el borde, pero conservaba intacta su forma circular.

En el centro todavía se distinguían con nitidez las iniciales entrelazadas en relieve del sello.

Fuera lo que fuese lo que contenía aquel sobre, nadie lo había abierto en todos aquellos años.

Evaristo palideció. Por un momento, dio la sensación de que se había olvidado de respirar.

El asombro de sus ojos denotaba que no era la primera vez que lo veía, que lo había reconocido y que sabía de su contenido.

Lo que nunca hubiera imaginado era que Catalina lo conservase.

Al morir Arthur, y al poco Delaira, creyó que habría desaparecido para siempre con ellos, que se habría perdido, deteriorado, quemado…

Después de tanto tiempo, había dejado de ser una amenaza. Pero allí estaba, intacto, aterrador.

—Este secreto lleva conmigo doce años. Nunca pensé en sacar beneficio alguno de él, y podría, sé que podría, pero solo quiero vivir tranquila con los míos.

Así que le juro, por la vida de mis hijos, que son lo que más quiero en este mundo, que si no me ayuda con esto, sabré muy bien cuándo, dónde y para quién abrir este sobre.

—¿Me está amenazando? —El médico tragó saliva y se revolvió nervioso en su sillón de cuero—. Aunque quisiera, no puedo hacer eso que me pide.

—Usted sabe, como yo, lo que hay dentro de este sobre. Si mandan a Franz a esa maldita guerra, se lo contaré. Él vengará la muerte de su padre antes de irse. Y yo la suya por adelantado, por si no vuelve.

Sí, era una amenaza. Más peligrosa y directa que una pistola apuntándole a la cabeza. Aun así, y pese a saberlo inútil ante la firmeza de Catalina, buscó un último asidero para embaucarla, disfrazándolo de palabras técnicas que aquella mujer casi analfabeta no entendería.

—Verá, señora, un certificado de inhabilitación médica para eludir el servicio militar no puede improvisarse sin la concurrencia de antecedentes clínicos fehacientes.

La normativa vigente, tanto civil como castrense, exige no solo la constatación de una patología crónica o incapacitante, sino también documentos que acrediten su evolución.

Para poder expedir ese tipo de certificado, yo necesitaría disponer de un historial previo, con exploraciones sucesivas registradas en la historia clínica que avalen la continuidad y la gravedad del cuadro.

—Hizo una breve pausa y, ante el gesto impávido de Catalina, que ni pestañeó, insistió—: Emitir un documento sin esas pruebas se reduciría a una mera afirmación sin fundamento técnico.

No solo carecería de validez ante la junta de reclutamiento, sino que, además, podría implicar responsabilidades legales por falsedad en documento.

Y lo que es peor, comprometer mi ejercicio profesional y la seguridad jurídica del propio interesado. ¿Entiende lo que le digo?

—Yo solo entiendo una cosa: ese certificado es lo único que puede librar a Franz de ir a la guerra.

Haga lo que tenga que hacer, invéntese lo que se tenga que inventar, pero mañana, a la misma hora, vendré a buscar ese papel.

Y todo lo que tenía que decir ya lo he dicho —concluyó Catalina mientras recogía el sobre y lo volvía a guardar en el bolso.

—¡¿Mañana?! ¡Ni trabajando toda la noche! —exclamó el médico, rindiéndose a la evidencia de que no iba a tener más remedio que plegarse al chantaje.

—¡Una noche!, dice. —Catalina se levantó y lo miró con un desprecio y una repugnancia que heló la sangre del facultativo—. Recuerde. Haga memoria. Yo creo que al chico le deben algo más que una de sus noches.

Evaristo la vio salir del despacho con una sensación extraña en el pecho.

Aquella sardinera tenía más agallas que muchos de los hombres que conocía.

Era ruda, pero detrás de aquel disfraz retador de sus ojos oscuros se adivinaba la nobleza de un animal que solo se defiende.

Si no fuese porque en aquel momento de su carrera —en especial la política— cualquier error, cualquier pequeño desliz, podría suponer un escándalo desastroso, no le temblaría el pulso en cometer aquella ilegalidad para evitar que Franz arriesgase su vida.

Tal vez para salvársela. No haría falta desenterrar aquel desventurado capítulo del pasado que ya casi había logrado borrar de su memoria.

No podía decir que sintiese afecto por el muchacho, pero había seguido su trayectoria a lo largo de aquellos años y se alegraba de que la vida lo tratase bien, que al fin hubiese recalado en aquella familia que lo quería, que llegase a la universidad y que la colonia alemana, con la que él mismo mantenía excelentes y cercanas relaciones, lo tuviese en gran estima.

Sabía que no podía negarse a aquella petición; no dudaba de que Catalina sería capaz de llevar a cabo su amenaza, pero tendría que hilar muy fino y prepararlo a conciencia.

Sin olvidar que el propio muchacho estudiaba Derecho, y que, si como le había revelado Catalina ya habían puesto el asunto en manos de Ramón Cerqueiro y no habían encontrado otra salida, con toda certeza habría sido el abogado el que les habría indicado esa posibilidad.

Por lo tanto, sabría que ese informe sería falso.

De haber un motivo médico real, ya lo habrían utilizado, sin necesidad de amenazas.

Después de tanto tiempo de silencio, también tenía claro que no estaba en el ánimo de aquella mujer extorsionarle, sino luchar por la vida de su hijo con todas las armas a su alcance.

La cuestión era que Cerqueiro se movía en círculos muy activos, marcadamente republicanos, y podría utilizar aquella irregularidad contra él.

Sería muy vil por su parte, porque, partiendo de que no tendría conocimiento de aquel chantaje, cabría suponer que él asumía ese riesgo de forma voluntaria por hacerle un favor al muchacho.

Además, la lógica le decía que no iba a traicionar a su propio cliente revelando que el informe era falso.

En cualquier caso, tendría que esmerarse en atar bien todos los cabos.