Las tejedoras del mar Capítulo 45
64%

Capítulo 45

Franz salió del despacho aturdido, con la cabeza aún embotada.

El aire fresco de la calle le golpeó en la cara, pero, en lugar de despejarle, acentuó aquella sensación de mareo.

Caminó sin rumbo, con el cuerpo encogido, la mirada baja, incapaz de ordenar las palabras que había escuchado y que todavía resonaban en su cabeza como ecos estridentes, una y otra vez.

Sentía que la decisión que se acababa de discutir allí no le pertenecía del todo: don Alfredo y el abogado habían tomado las riendas, y él, atrapado en su mutismo, apenas había logrado asentir, como si todo aquello le fuese ajeno, como si hablasen de otro y él fuese un simple espectador.

Sin embargo, sentía que el peso de su futuro recaía únicamente sobre sus hombros.

No tenía fuerzas para regresar a casa. Le faltaba ánimo para enfrentarse a la mirada de su abuela, que había sacado la vela que anualmente iba a bendecir por Santa Rita y encendía cada vez que pedía su indulgencia.

Al salir, le había hecho la señal de la cruz en la frente y le había asegurado que todo saldría bien, que se lo decía el corazón.

El corazón de su abuela… ¿cómo iba a hacérselo añicos diciéndole que nada había salido bien, que cualquier solución posible era mala? ¿Y su madre, su hermana, su padre…?

¿Y Filú? ¿Qué iba a pasar con Filú? Necesitaba verla otra vez.

Las cosas habían tomado un cariz que ninguno de los dos esperaba porque, días atrás, aunque temían aquel desventurado desenlace, aún les quedaba algo de esperanza.

Pero se acababa allí. El abogado le había dado a entender —o más bien asegurado— que ir a la guerra era enfrentarse a una muerte casi inevitable, así que huir parecía la única opción.

Apenas tenían tiempo, mientras don Alfredo lo dispusiese todo.

Ya no habría un futuro juntos, al menos por el momento, por eso necesitaba verla una vez más.

Tendría que ayudarle Einés, como en la ocasión anterior, el día que recibió la notificación desfavorable del consulado, cuando aún confiaban en que aquello pudiese arreglarse.

Atendiendo a la petición de Filú —y a su propio deseo—, cometió la temeridad de ir a verla a hurtadillas a su casa. Einés lo había planeado todo y, aunque peligroso e imprudente, al final resultó sencillo.

—Iremos j untos —propuso su hermana—. Así, si alguien nos ve, al menos no resultará tan sospechoso.

Se aseguraron de que no hubiese nadie en aquel tramo de la calle y abrieron la cancela para cobijarse de posibles miradas indiscretas bajo el denso entramado de la parra que, afortunadamente, en aquella época del año tapaba la vista de las ventanas superiores de las casas vecinas.

Lo mismo sucedía con el enredado de glicinias, que ya habían perdido sus olorosos racimos color lila pero conservaban su espeso follaje, y con las plantas de judías amarradas en tutores de caña, que impedían la visión de la entrada desde la ventana de la cocina, casi siempre abierta en verano.

Tal como acordaron, Franz subió por las escaleras de servicio y esperó en el descansillo a que lo hiciera su hermana.

—Estate atento, vigila desde aquí, y si ves que no soy yo, subes al cuarto de Filú, como te expliqué —le advirtió Einés mientras iba a avisar de su presencia en la cocina.

No hubo contratiempos. Filú llegó enseguida a su habitación y Einés los dejó solos.

—Espera en el cuarto de costura. Si aparecen Pepi o Alma, que no creo, di que he ido a la habitación a buscar algo —le indicó Filú.

—¿El qué? —preguntó Einés, nerviosa, como si necesitara tener controlado cada detalle para una posible excusa.

—Un libro. O mejor la postal que me envió mi prima Clarita. Pero no va a hacer falta, ya lo verás —le aseguró Filú, tranquilizándola.

Franz todavía se estremecía al recordar aquel encuentro a solas. Nunca antes, salvo la vez en que le declaró sus sentimientos en la cocina de su casa, habían tenido ocasión de tener un momento propio, sin testigos, sin miradas ajenas.

En cuanto Einés cerró la puerta tras de sí, se quedaron inmóviles un momento, mirándose a los ojos.

Un miedo ciego a que no hubiera un mañana, a que les arrancaran todo lo que habían empezado a soñar, los paralizaba.

Las palabras se negaban a salir de sus labios, pero sus manos se buscaron, y una oleada de necesidad, de urgencia, los arrastró a un abrazo casi desesperado, como si detrás de ese instante no hubiera más.

Sus cuerpos se ajustaron con naturalidad, como si se conociesen desde siempre.

Él rodeó su cintura con fuerza, sintiendo por primera vez bajo los dedos la fragilidad de aquel cuerpo tembloroso que temía no volver a abrazar.

Ella apoyó el rostro contra su pecho y se aferró a su cuello como si quisiera impedir que el tiempo siguiera avanzando hacia lo inevitable.

En otras circunstancias, hubiese aflorado el deseo, aquella corriente que los recorría cada vez que se rozaban furtivamente los dedos, preludio de una pasión arrebatada al imaginarse cruzando la línea de lo prohibido.

Pero en aquel momento en que el miedo a verse separados sin remedio y la angustia de saberse en la frontera de lo desconocido les atormentaba, ese contacto apretado e imprevisto era el mayor acto de entrega que podían ofrecerse.

Aunque, en el fondo, temiesen que, en realidad, fuese una despedida anticipada.

Después llegaron los besos: torpes, inseguros pero desesperados y urgentes, como si fuesen la última oportunidad de pertenecer al otro.

Mientras caminaba, Franz cerró los ojos para guardar aquel instante en la memoria, con la certeza de que algún día tendría que aferrarse a él para seguir adelante.

Cuando los abrió, necesitó unos segundos para situarse.

Desde que había salido del despacho del abogado no había sido consciente de a dónde lo dirigían sus pasos.

Pero todo lo involuntario es instintivo, atávico, y lo llevaron al único lugar donde se sentía seguro, arropado, amado.

O Berbés todavía conservaba la huella del trajín de la mañana.

La bajamar dejaba al descubierto franjas húmedas de arena oscura moteadas de algas y conchas rotas.

Los niños jugaban a perseguirse mientras sus madres remendaban redes sentadas en pequeños bancos de madera.

Entre ellas, de espaldas, reconoció a su madre.

El aire, impregnado del olor penetrante a sal y a brea, lo reconfortó.

Las gamelas descansaban varadas en la orilla, inclinadas como bueyes fatigados, mientras los marineros revisaban cabos y alquitranaban alguna tabla desgastada de sus embarcaciones.

El arenal estaba todavía tibio y vivo, y lo observó con la nostalgia anticipada de un tiempo que jamás volvería intacto.

Al fondo, se desvanecía la silueta de los vapores que partían hacia América.

Notó una punzada en el pecho y, en ese momento, como si aquel dolor le llegase también a ella, Catalina se volvió y lo miró.

Dejó a un lado la aguja y el resto de los pertrechos, se levantó y comenzó a caminar hacia él cada vez más rápido, con el rostro descompuesto.

Y él, para bien o para mal, por primera vez se escuchó diciendo lo que durante años temió pronunciar por miedo a que pudiese desaparecer de nuevo:

—¡Madre! —susurró.

A pesar de las circunstancias y de que ya no era el chiquillo inocente y desamparado, volvió a sentir aquel calorcillo en el pecho, entre el asombro y la timidez, con que aquella palabra salió bajita de su boca, casi temblorosa.

A medida que ella se acercaba sorteando las redes y los cabos esparcidos por la arena, un vacío largo y doloroso se iba llenando.

«Al menos —pensó— he podido experimentar esta sensación de nuevo», y una leve sonrisa se le dibujó en los labios.

Catalina, a pesar de que no fue más que un susurro, lo oyó —o se lo leyó en los labios—, y el corazón le dio un vuelco.

¡Cuántas veces había deseado escucharla de boca de su hijo!

Aquel hijo que siempre temió serlo, sin que ella lo supiese.

Tragó saliva, con el pecho encogido, y abrió mucho los ojos para contener las lágrimas.

No iba a llorar. No delante de él. Todavía no.

Cuando por fin estuvieron frente a frente, lo miró de lleno, alzó la mano y le rozó la mejilla con sus dedos ásperos por el hilo y la sal, y eso que nunca había sido ella de mucho mimo, no le salía.

Pero tenía otras muchas formas de demostrar afecto que cada uno conocía y agradecía.

No eran abrazos ni halagos, pero todos sabían que, en cada puntada, en cada plato humeante, en cada gesto discreto, se entregaba entera.

Franz permanecía inmóvil, en silencio. No se dijeron nada, no hacía falta.

Catalina echó a andar hacia casa y él la siguió.

Al leve chirrido del primer escalón, unos pasos apresurados se oyeron en el piso superior, y tres rostros expectantes asomaron juntos en el vano de la puerta.

—¡Filú! —Franz no pudo ocultar su sorpresa al ver aparecer en lo alto su cara, entre la de su abuela y la de su hermana—. ¿Qué haces aquí?

—Mi padre me dijo que ibais junto al abogado y me moría de angustia —contestó mientras bajaba las escaleras a su encuentro.

—¿Sabe tu madre que estás aquí?

Filú negó con la cabeza, encogió los hombros e hizo un gesto de indiferencia.

—Y aunque lo supiera; si no te tienes que ir, el enojo de mi madre me parecerá una nadería, y si te vas —confesó con voz temblorosa—, ¿qué puede haber peor?, ¿qué me puede importar todo lo demás?

—¿Qué pasó, hijo? Cuenta. —Catalina parecía haber recobrado la serenidad, y su voz sonó tranquila, como si estuviese preparada para todo. Ya en la cocina, rompió el corro que las cuatro mujeres habían formado en torno a él—. Ven, siéntate —le dijo al tiempo que le tendía un taburete.

Franz tomó asiento y pasó la mirada por cada una de ellas antes de hablar. El ruido de la calle desapareció de repente, y solo sus respiraciones agitadas se oían en la estancia.

—Solo hay dos opciones, y ninguna buena —soltó sin preámbulos, con un deje de resignación, omitiendo lo de la lista prioritaria y la sospecha de que alguien tenía interés en su alistamiento—. O me incorporo ya o salgo del país.

Los cuatro pares de ojos que escudriñaban su cara acusaron la conmoción de aquella noticia, y las miradas consternadas se cruzaron.

—Pero ¿cómo salir del país? —balbuceó Filú, dando por hecho que ir al frente era una opción que ni siquiera consideraba—. ¿A qué país?

—A Portugal, de momento, y si es necesario, a América. Tu padre dijo que él se ocuparía de todo, y el abogado intentará arreglar mis papeles cuanto antes, por si me retiran el pasaporte. Tengo que prepararlo todo. Es cuestión de días, puede que de horas.

El silencio volvió a inundar el cuarto mientras cada una, a pesar del aturdimiento, intentaba ordenar aquella información en su cabeza y sopesar su alcance.

—Bueno —concluyó Leonor rompiendo aquel compás de espera, con los ojos iluminados por la esperanza—, a lo que podría ser, Portugal queda a dos horas en ferrocarril —señaló, recordando que años atrás habían hecho aquel recorrido hasta Valença do Miño para ir a la Feira dos Santos, que tanta fama tenía.

—¿Y tus estudios? ¿Podrás acabarlos allí? —le preguntó Einés, preocupada por el futuro universitario de su hermano, una vez aceptado que irse al país vecino no era una alternativa excesivamente dramática.

—Será difícil —aclaró Franz con pesadumbre—.

Tendría que pedir la convalidación parcial y repetir algunos exámenes.

Y ya me advirtió don Ramón que tratarían de bloquear todos mis papeles, también esos.

En caso de que lo consiguiera, el título portugués solo tendría validez allí; una vez volviese, habría que revalidarlo.

Además, solo hay Facultad de Derecho en Coímbra o Lisboa, bastante lejos.

—Pues vaya faena —se lamentó Einés—, con lo que te has esforzado…

—¿Lejos? Lejos está América. ¿Y si tienes que irte a América? ¿Qué vamos a hacer si tienes que irte a América, Franz? ¿Cuándo sabrás eso? —Filú, alterada por aquella posibilidad, se levantó y comenzó a dar vueltas por la cocina, al borde de la histeria.

—Venga, Filú, tranquilízate un poco —intervino Einés, procurando apaciguar a su amiga—. Lo importante es que estará a salvo.

—¿Y si nos casamos? —preguntó Filú con una expresión casi jubilosa, como si aquella idea que había acudido a su cabeza como un fogonazo fuese la solución a ese tormento.

Las miradas de Leonor, Catalina y Einés pasaron, estupefactas, de Filú a Franz, y, con el aliento contenido, esperaron su respuesta.

—¿Te casarías conmigo en estas circunstancias, Filomena Iglesias? —Franz esbozó una sonrisa amarga mientras alargaba su mano en busca de la de Filú.

Los ojos de su abuela, su madre y su hermana hicieron el recorrido inverso y se posaron en Filú.

—Sabes que sí. Hablaré con mi padre, él comprenderá la urgencia y lo aceptará, lo sé —respondió con los ojos nublados y las mejillas arreboladas en tanto se acercaba a él.

Pero Franz desbarató cualquier resquicio de esperanza con un gesto de negación.

—Tu padre también planteó esa opción, pero eso no impediría la leva. No hay alternativa, Filú; solo esperemos que no tenga que salir de Portugal.

Mientras los jóvenes conjeturaban acerca del futuro, las miradas de Leonor y su hija se cruzaron; Catalina se levantó y salió hacia su cuarto.

Apenas unos minutos después —todavía las campanas de San Francisco no habían dado las seis—, salió con su vestido de domingo, el pañuelo en la cabeza y aquel bolso negro —un poco anticuado ya, pero elegante— que había sido de Delaira, colgado del brazo.

Cruzó por delante de la cocina en dirección a la puerta.

—¿A dónde va, madre? —le preguntó Einés al verla pasar.

—A rezar —contestó sin detenerse.