Las tejedoras del mar Capítulo 44
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Capítulo 44

—Sinceramente, Alfredo, ¿de verdad no tienes ninguna sospecha de quién puede estar detrás de este asunto?

De vuelta al despacho, el abogado, en una actitud ya más distendida, sirvió dos Martell en sendas copas de coñac balón pequeñas y, tendiéndole una, se sentó de nuevo frente a su amigo.

Alfredo encendió el habano que había dejado aparcado a la llegada de Franz y le miró, preocupado y rabioso al mismo tiempo.

¿Lo sospechaba? Ni siquiera. Tenía la seguridad absoluta; apostaría su vida sin temor a equivocarse.

—Los Taboada de Montenegro.

Lo dijo despacio, fijando los ojos en la cara de su interlocutor, esperando el parpadeo incrédulo, el arqueo de cejas; pero no observó la reacción de sorpresa que esperaba. Su rostro no se inmutó; su gesto impasible, su mirada inquisitiva y su silencio se volvieron inquietantes.

—Estaba seguro —manifestó al fin Ramón Cerqueiro, esbozando una levísima sonrisa—; solo quería que me lo confirmaras.

—¿Lo sabías? —Alfredo ancló sus manos en los reposabrazos y se impulsó hacia delante con el asombro dibujado en el semblante—. ¿Qué averiguaste? ¿Y cómo?

—Tengo un par de contactos en Madrid que me deben algunos favores.

Pero antes dime tú: ¿qué motivos hay para querer deshacerse de un muchacho con el que no tienen relación alguna, al que quizá ni conozcan?

¿A qué viene tanta animosidad? Es exponerlo a un riesgo extremo, casi mandarlo a una muerte segura.

Algo intuyo, pero hay cosas que no me cuadran.

Alfredo volvió el cuerpo al fondo del asiento y se sinceró. No contaba con muchos amigos, pero los que tenía eran leales, y Ramón Cerqueiro era uno de ellos; confiaba plenamente en su discreción.

—Seguro que intuyes bien. Es por Filomena. Un matrimonio entre su hijo y ella sería la solución perfecta a sus problemas financieros. Creo que no han hecho muy buenas inversiones y, por lo que he sabido, están con el agua al cuello.

El abogado movió la cabeza como si las palabras de Alfredo no hicieran más que confirmar sus sospechas.

—A mí también me ha llegado información confidencial sobre su falta de liquidez y sus deudas, y suponía que iban por ahí los tiros.

¿Pero a santo de qué tenían ellos esa expectativa?

¿Lo habíais tratado en algún momento? ¿Y cómo sabían lo de Franz y tu hija?

Me dijiste que lo mantenían en secreto, que te acababas de enterar.

—Y así es. Pero, como también te dije, Casilda rechazó esa relación de plano.

Pensé que al final lo había asumido, pero sé que está detrás de esta maquinación.

Ella ya había allanado el camino con los Taboada para formalizar el compromiso de Filomena con su hijo.

La conoces; sabes de su empeño en emparentar con alguno de esos botarates que no tienen más que títulos.

Ramón Cerqueiro asintió de nuevo. A su mente volvió aquella época en que eran dos jóvenes llenos de sueños y planes que estaban empezando a labrarse un futuro laboral.

De hecho, Alfredo había sido uno de sus primeros clie ntes.

También acudieron a su memoria, superada ya aquella etapa, todas las veces que le advirtió que Casilda no era mujer para él. Nunca le había gustado.

Desde fuera se veía a la legua que se le estaba pasando la edad sin encontrar la pareja que deseaba —aristócrata y con fortuna—, pero los aristócratas buscaban emparentar con la élite económica, que no era su caso, así que, ante la disyuntiva, puso sus ojos en Alfredo, que ya se había convertido por méritos propios en un próspero y admirado empresario.

Y él, por alguna razón que nunca llegó a comprender, eligió a aquella mujer que, una vez casados, pronto dejó entrever su verdadera naturaleza soberbia y ambiciosa.

Pero, después de tanto tiempo, no era el momento de hostigarlo recordándole aquello.

—Entiendo. A corto plazo, los marqueses de Candeán obtendrían liquidez para salvar su maltrecha economía y evitar los embargos, y a largo plazo absorberían todo tu patrimonio —razonó el abogado.

—Sé que todo acabará en manos de aquel que se case con Filomena, es así; pero no pienso consentir que mi única hija tenga que atarse a alguien a quien no quiere, a quien detesta, para sacar de apuros a esos zánganos que siempre han vivido del trabajo de otros.

Acabarían con mi patrimonio antes de que llegase a tener nietos —auguró disgustado—.

¿Y qué ganaríamos nosotros?, ¿que mi hija sea algún día la infeliz mujer de un copetudo inútil para que la llamen «marquesa»?

No —sentenció con rotundidad—; yo no me mato a trabajar para que otros se lo lleven crudo sin dar un palo al agua.

—Pues no te quito razón —dijo el abogado—. Mucha de esta gente está en plena decadencia económica y ya no pinta nada en los círculos mercantiles, pero ya sabes que siguen teniendo gran influencia política y social. Y muchas conexiones en Madrid.

—Lo que quieres decir es que… —Alfredo esperó con expectación a que su amigo le explicase lo que había averiguado acerca del asunto de Franz y de dónde provenían sus sospechas de que los Taboada habían movido hilos para perjudicarle.

—Sí. Crisanto maniobró entre bastidores y utilizó sus contactos militares en Madrid para influir en la agregaduría naval alemana.

Crisanto Taboada, el cabeza visible del apellido, ostentaba el título heredado de su padre, y no era un mero adorno nobiliario: era una credencial viva, un salvoconducto que lo conectaba directamente con los corredores discretos y los caciques del poder.

Sabía cuándo escribir una carta con membrete dorado y cuándo bastaba un telegrama con sello seco y firma de puño.

En Madrid, el nombre de su padre aún se susurraba en las antesalas del Ministerio de Guerra, donde había dejado más de una promesa saldada y varios favores pendientes, y se aprovechaba de ello siempre que tenía ocasión.

Así había conseguido años atrás ser intermediario entre la Capitanía de Marina de Ferrol y ciertos despachos madrileños.

Conservaba una red de contactos militares, conocía a generales por su nombre de pila y mantenía correspondencia regular con algunos coroneles en activo.

Se referían a él como «el gallego que conoce la artillería sin haber disparado una bala».

Su esposa, Teresa de Montenegro, aportaba al matrimonio la herencia aristocrática de una familia vinculada al comercio marítimo con las Américas.

Donde Crisanto tejía lealtades entre uniformes, Teresa lo hacía entre navieras, notarías y casas consulares.

En los salones del Gran Hotel Moderno, que solían frecuentar, se decía que el futuro de un barco podía decidirse con una mirada suya y el elegante roce de su abanico.

Pero si la ruina económica los acechaba, como empezaba a rumorearse, y sus problemas financieros salían a la luz, quizá ese influjo se vería mermado o desaparecería por completo.

Aquellos círculos de ascendente señorial funcionaban de ese modo: tras la apariencia de aprecio y galantería se escondía una competencia feroz, y unos medraban a costa de la decadencia o la caída de otros.

En el momento en que Franz llegó a su despacho con la carta de resolución en la mano, Cerqueiro notó la primera anomalía.

La solicitud de aplazamiento por estudios que había redactado conforme a los protocolos de la Oficina Central de Exenciones del Reich había sido despachada con una celeridad inusual.

Pero él también tenía sus contactos, y uno de ellos, el más cercano, era el secretario del consulado alemán.

A través de él se enteró de que lo habían incluido en una lista prioritaria de reclutamiento, junto a desertores, agitadores sociales o con antecedentes, reservada a perfiles problemáticos.

Nada que ver con Franz. Tuvo acceso a esa lista y pudo comprobar que al nombre del chico le acompañaba aquella nota: «El joven no demuestra interés claro en el servicio al Imperio y, aunque aparentemente apolítico, se ha manifestado crítico con la intervención del Reich».

«Ha sido el agregado naval en Madrid el que ha emitido el informe negativo, pero ¿a las órdenes de quién?

», se preguntaba Cerqueiro. Para él, Franz no era más que uno de tantos estudiantes anónimos.

Aquella pregunta azuzaba su aguda intuición y aguijoneaba su meticulosidad casi obsesiva.

Se sentía como un detective enfrentándose a un caso difícil.

A veces le pasaba; por eso le gustaba tanto aquella profesión que lo absorbía por completo.

En la embajada tenía varios contactos leales y discretos con los que mantenía una relación fluida y que podrían hacer algunas averiguaciones.

La presencia alemana en Vigo era considerable, y había llevado contratos y pleitos de comerciales, navieras y representantes de firmas que implicaban tratar directamente con funcionarios consulares y de la embajada.

Su relación más frecuente era con el agregado comercial, pero, para el caso que le ocupaba, quizá el primer secretario, aunque de menor rango, le sería de más ayuda; al fin y al cabo, eran los que manejaban los expedientes de ciudadanos alemanes y tendrían mejor acceso a la información que él necesitaba.

Y acertó. En verdad, cada día descubría lo cierto que era eso que había escuchado tantas veces: «Hay que tener amigos hasta en el infierno». La información no era muy precisa, pero sí suficiente para que comenzase a atar cabos.

Junto al expediente de Franz, una carta del coronel Aldama al agregado naval transmitía, como «confidencia de fuente fiable de un caballero vigués de conocido linaje y comprometido con la causa del Reich», lo siguiente: «Sería deseable que las autoridades considerasen con prudencia las solicitudes de aplazamiento desde el extranjero, más aún cuando se trata de jóvenes, como Franz Theodor Künne.

Aunque aparentemente apolítico, muestra cierta afinidad con elementos contrarios al esfuerzo de guerra y se ha manifestado crítico con la intervención del Reich.

El caballero, simpatizante de la causa del Káiser, se considerará honrado de facilitar información valiosa para los intereses de la acción germana».

No había amenaza ni exigencia, solo aquella sugerencia de que Franz no era una figura fiable y, aunque de forma poco explícita, la promesa de devolver el favor.

Pero, tras la lectura de aquella carta al otro lado del teléfono por parte del secretario primero de la embajada alemana, Cerqueiro ya tenía todas las piezas.

Solo restaba componer el rompecabezas. No sabía el porqué, pero su amigo acababa de disipar cualquier duda al respecto.

—¿Qué te parece? —El abogado se dirigió a Alfredo, que había permanecido en silencio durante todo el relato—. No me dio ningún nombre, pero en Vigo no hay tantos caballeros de linaje con acceso a Madrid y vínculos estrechos con uniformes.

—Está claro —respondió Alfredo, abrumado por aquella información—. Es el único con la combinación exacta de urgencia, ambición y poder discreto para querer apartar a Franz del camino de su hijo. Y lo bastante hábil como para no aparecer en ningún papel.

—Si de verdad tienes interés en el rapaz y quieres ayudarlo, creo que lo más sensato es sacarlo del país cuanto antes y confiar en que esta guerra acabe pronto.

Si se queda, buscarán cualquier excusa para extraditarlo.

Mientras tanto, a ver si conseguimos la carta de naturaleza; pero habrá que dejar pasar un tiempo, hasta que se olvide el asunto.

Ahora estarán ojo avizor y desbaratarán cualquier intento de nacionalización.