Las tejedoras del mar Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Alfredo era un gran aficionado al juego de pelota, que empezaba a consolidarse como fenómeno urbano de modernidad en la ciudad, y acudía a los partidos del Vigo Foot-Ball Club, donde Franz jugaba, y al que, como otros empresarios, apoyaba logística y económicamente.

A veces lo felicitaba por alguna jugada o comentaban un lance, pero su relación nunca había pasado de ese intercambio de impresiones y algún saludo por la calle.

Por eso le asombró que no se opusiese a su relación con Filú y, por eso también, se sentía un poco cohibido en su presencia.

En aquel momento, sin embargo, las preguntas que él formulaba eran las que Franz debería estar haciendo, pero estaba tan aturdido y sobrepasado que no era capaz de pensar con claridad.

De hecho, ¿había pronunciado una sola palabra?

Creía que no. Ni un simple buenas tardes.

Se había limitado a corresponder con una sonrisa tímida al saludo de Alfredo y con una leve inclinación de cabeza y otro apretón de manos al abogado.

Nada más. Los dos hombres habían tomado las riendas del asunto.

El padre de Filú parecía implicarse como si se tratara de un asunto personal, planteando las cuestiones pertinentes y buscando soluciones. Y se lo agradecía, vaya que sí.

—En el peor de los casos, ¿qué pasa si no se presenta? —siguió preguntando Alfredo, poniendo en alerta a Franz, que ni siquiera había barajado esa posibilidad.

—Lo considerarían un acto de insubordinación, un caso de deserción.

Iniciarían un expediente por desobediencia.

España se declaró neutral y no tiene obligación de entregarlo, pero —añadió, estudiando la cara de sus interlocutores— quien lo haya incluido en una lista prioritaria tiene suficiente poder como para presionar y conseguir que lo extraditen con cualquier acusación falsa: agitador o espía, por ejemplo.

Perdería todos sus derechos civiles alemanes y, seguramente, le retirarían el pasaporte y sus certificados para obstaculizar cualquier trámite: herencias, matrimonio, incluso la acreditación de su formación, aunque eso, con un poco más de tiempo, podría arreglarse.

Por descontado, si regresase al país en algún momento, sería detenido de inmediato para enfrentarse a un consejo de guerra.

—Eso sería lo de menos. El muchacho lleva aquí toda la vida. ¿A qué tendría que volver? —medió Alfredo, dando por hecho que nada lo ataba ya a aquel país—. Entonces ¿qué opciones tenemos?

Cerqueiro se quedó callado unos instantes y negó con la cabeza.

—Presentaré el recurso, pero, hagamos lo que hagamos, no llegaremos a tiempo.

Franz sintió que el mundo se desplomaba sobre sus hombros, que alguien lo estaba empujando a un abismo.

Las palabras de los dos hombres resonaban a su alrededor, lejanas; hablaban como si él estuviese ausente.

De no ser por la angustia que lo consumía, así se habría sentido, como un simple espectador de aquella pesadilla.

—Como amigo, ¿qué harías tú? —Alfredo acercó la butaca al escritorio, adelantó la cabeza y bajó un poco la voz, intuyendo que la respuesta muy posiblemente escapaba de los márgenes legales—. Habla en confianza.

El abogado, para desesperación de Franz, paseó la mirada entre don Alfredo y él varias veces y volvió a tomarse su tiempo antes de contestar.

—Evitar el frente a toda costa. Las probabilidades de ser herido, mutilado o morir son muy altas.

Yo trataría de conseguir papeles antes de que haya una orden formal de detención y le retiren el pasaporte, por si hay que salir rápido y con discreción.

—Hizo una pausa y se masajeó las sienes con los dedos, como si estuviese visualizando la mejor alternativa—.

Lo introduciría en Portugal con una historia creíble y luego valoraría si seguir hacia un país más lejano, Sudamérica o incluso Estados Unidos.

Podría valerme de algún contacto en el Registro Civil o en Gobernación para tramitar un documento de identidad provisional o un salvoconducto.

—¿Y si se casa? —preguntó Alfredo como último recurso, ante el asombro de Franz y del propio abogado.

Había visto la angustia en los ojos de Filú y la desesperación en sus ruegos cuando le pidió que hiciera lo posible para que no se llevasen a Franz.

Y él se lo había prometido: le juró que haría cuanto estuviese en su mano.

Además, ya se había hecho a la idea de que, más tarde o más temprano, aquel muchacho formaría parte de su familia.

—No es tan fácil —respondió Cerqueiro, hundiendo la esperanza y el ánimo de Franz y de su amigo con aquellas palabras—.

Casarse con una española no le otorga la nacionalidad automáticamente.

Seguiría siendo alemán a efectos legales; tendría que solicitar la carta de naturaleza, y para eso hace falta la aprobación del Gobierno español, un proceso discrecional y lento.

Además —añadió, como si todo aquello no fuese suficiente— tendría que acudir al consulado, lo que supondría exponerse.

España, como es neutral, no lo entregaría, pero tampoco lo reconocería como español por el mero hecho del matrimonio.

Y, ya te digo, no es una solución para ahora mismo.

—Está bien, hay que prepararlo todo entonces. Yo puedo sacarlo de aquí sin problema en cualquier momento. ¿Del resto puedes encargarte tú?

Don Ramón asintió con un gesto.

—Cualquier cosa, te mandaremos aviso al instante, Franz.

Mientras tanto, mantén un perfil bajo, no te expongas y, si no es necesario, no te dejes ver.

Algunos compatriotas se han alistado ya de forma voluntaria, y puede que sus familias te tachen de cobarde o poco comprometido.

En caso de tener que dar explicaciones, di que estás pendiente de tu solicitud de aplazamiento —el abogado tomó aliento y continuó—.

El secretario del consulado me informará de cualquier movimiento antes de que sea oficial, a ver si conseguimos ir un paso por delante.

—Haz lo que puedas, Ramón. —Alfredo Iglesias se levantó y le tendió la mano.

Franz lo imitó al instante.

—Les agradezco mucho su interés —fue la única intervención de Franz en aquella conversación en la que se trataba algo tan crucial para su futuro.

Por suerte, su bienhechor había realizado todas las preguntas que él habría querido formular, incluso algunas que ni siquiera había pensado. Era una información devastadora pero clara, y, aunque ninguna buena, todas las opciones estaban sobre la mesa.

—Estamos para eso —respondió el abogado, esbozando una sonrisa mientras los acompañaba hasta la puerta—. ¡Ah! Si puedes quedarte un momento, Alfredo —añadió en el último instante—, quería comentarte un asunto.

—Venga, muchacho —se despidió Alfredo—, que nada hay más importante que la propia vida; eso es lo que urge. Para todo lo demás, ya encontraremos remedio.