Capítulo 43
—¿Tienes algún enemigo, muchacho? ¿Alguien influyente que quiera sacarte de en medio o verte lejos de aquí?
Franz miró confundido a don Ramón Cerqueiro. ¿Qué había descubierto el abogado en aquellos cinco días desde que le llevara la resolución del consulado para que le preguntase semejante cosa?
También Alfredo Iglesias pareció sorprendido por la pregunta. El padre de Filú estaba allí, a su lado, frente a aquel afamado jurista de su total confianza, amigo de muchos año s at rás, desde antes de conocer a Casilda, cuando acababa de iniciar su negocio con un simple vapor de cabotaje.
Días antes, Filú se le había acercado con una nota en la mano y hecha un mar de lágrimas.
«¡Le han denegado el aplazamiento! ¡Tiene que hacer algo, padre! Se lo ruego, se lo suplico», le dijo su hija.
Él había necesitado unos segundos para situarse y entender de qué le hablaba.
Estaba sentado en el salón de su casa, tomando una copa de robusto coñac francés, como tenía por costumbre tras el almuerzo, y conversando animadamente con su mujer, que, para su sorpresa —por inusual—, estaba de excelente humor.
«¿Te refieres al tema de Franz?», preguntó sin necesidad de respuesta, pues Filú, de cuclillas frente a él, le apretaba con fuerza las manos y lo miraba con sus ojos negros llenos de angustia, como si suplicara por su vida.
Desde aquella primera conversación con el abogado, hacía un par de semanas, no había vuelto a pensar en el asunto ni había tenido noticia alguna.
Filú asintió, y él le prometió, otra vez, que haría cuanto estuviese en su mano.
Y allí se encontraba, a los cinco días de recibir la respuesta con el rechazo del aplazamiento, junto al joven, expectante e intrigado, después de que el abogado hiciera sus pesquisas y lo emplazara para conocer los detalles junto al muchacho.
Cuando le pidió que se ocupara del asunto de Franz sin reparar en gastos y Cerqueiro le preguntó por aquel interés hacia el joven, se lo había confesado: era muy probable que llegase a ser su yerno.
El abogado, tras felicitarlo, le manifestó su deseo de incorporarlo a su bufete.
No era favoritismo ni deferencia hacia su amigo: las referencias que tenía de Franz a través de conocidos de la facultad eran sobresalientes.
De hecho, ya había pensado en ofrecerle un puesto en su despacho antes de que la competencia se le adelantara.
Franz negó con la cabeza y un gesto de extrañeza le cruzó el rostro.
No, que él supiese, no tenía enemigos, y menos aún influyentes.
Pero, aun así, hizo un repaso fugaz de sus círculos sociales, mientras dejaba que su mirada vagase por la imponente estantería que tenía delante, repleta de volúmenes encuadernados en cuero de diversos colores, y por los diplomas enmarcados en sencillos soportes de madera oscura dispuestos a cada lado.
Tras el escritorio de superficie pulida, cargado de documentos, tinteros y sellos de lacre, el abogado revisaba el legajo que contenía su expediente.
—Te han incluido en una lista prioritaria de reclutamiento —explicó don Ramón levantando los ojos de los papeles—; por eso te han contestado antes que a los demás.
Las miradas se cruzaron perplejas.
—¿Pero eso viene del consulado? —preguntó alarmado Alfredo Iglesias, mientras Franz no lograba salir de su aturdimiento.
—¡No! —respondió el abogado—. Esto viene de más arriba.
La decisión final la toma el Ministerio de Guerra del Reich, pero, por lo que he podido averiguar, alguien en la embajada de Madrid se ha tomado muchas molestias en un caso demasiado corriente.
Aquí, sin duda, hay un interés particular.
Es una decisión deliberada: es el único estudiante sin antecedentes ni parentesco militar directo incluido en esa lista.
El secretario del consulado me la facilitó.
Cerqueiro no le comentó, por no agobiarlo más, que una nota junto a su nombre indicaba: «El joven no demuestra interés claro en el servicio al Imperio y, aunque aparentemente apolítico, se ha manifestado crítico con la intervención del Reich». Aquello olía a redacción diplomática dictada al oído.
—¿Pero tienes idea de quién está detrás? Conoces la historia del chico, ¿quién querría perjudicarlo? —Alfredo Iglesias hacía las preguntas que Franz habría querido formular, pero la perplejidad se había apoderado de él y su mente se había bloqueado, incapaz de dar crédito a lo que estaba oyendo.
—No lo sé. Esperaba que fueseis vosotros los que me dieseis una pista.
Franz pensó que la única persona que podría rivalizar con él por algún motivo era Alonso Taboada, con quien la madre de Filú quería casarla a toda costa, pero se calló.
Dudaba incluso de que nadie fuera de la familia supiese de su relación y sus intenciones.
Doña Casilda se guardaría bien de mantener aquel asunto lejos de los corrillos sociales, con la esperanza de que su hija, o don Alfredo —que al fin era el que tenía la última palabra—, reculasen y no consintieran aquel compromiso que, según ella, los llevaría al descrédito y al ostracismo.
Era muy improbable, pues, que Alonso estuviese detrás de aquello y, por más que pensaba, no se le ocurría nadie más.
Los pensamientos de Alfredo lo habían llevado a la misma persona, pero, a diferencia de Franz, no le pareció tan improbable que el frustrado compromiso de Filú con el primogénito de los Taboada de Montenegro estuviese en el fondo de aquella cuestión.
Seguramente, cualquier intervención se haría a espaldas del petimetre de Alonso, pero una alianza entre sus padres y Casilda no le resultaba descabellada.
De repente, Alfredo comprendió muchas cosas.
¿Cómo pudo ser tan necio al pensar que su mujer había dado aquella batalla por perdida?
¿Cómo creer que el cambio de actitud, el buen humor y la afabilidad de las últimas semanas se debían a que había claudicado?
Las fechas coincidían a la perfección. Sí, él sí creía que los Taboada de Montenegro estaban al tanto de la situación y que, juntos, habían conspirado para deshacerse del principal estorbo y seguir con sus planes.
El resto se iría cocinando después, sin prisas.
Los veía capaces a todos, y su objetivo era común. No sabría decir cuál de ellos tenía mayor interés. Pero, como Franz —aunque por razones distintas—, calló también.
—¿Entonces? ¿Qué se puede hacer? —preguntó Alfredo, con aquel pensamiento todavía martilleándole las sienes.
El letrado acomodó unos papeles sobre la mesa y midió sus palabras antes de hablar.
—La inclusión en una lista prioritaria equivale de facto a una preclasificación por riesgo político, aunque no se diga abiertamente.
Así que tiraremos, de momento, por ahí. Presentaremos un recurso solicitando el acceso al expediente y a los informes que la motivan.
Insistiremos en su carácter apolítico, remarcando que su conducta siempre ha sido respetuosa con las autoridades, que no pertenece a ninguna organización ni ha hecho declaraciones públicas contrarias al régimen.
El hombre hizo una breve pausa, como si calculase el efecto de lo que v endría a continuación.
—Esto puede revocar la inclusión en esa lista, pero la solicitud también puede ser denegada. De todos modos, y en tiempo de guerra, los recursos no suspenden la obligación de presentarse —les informó sin paños calientes.
Franz sintió que un frío súbito le trepaba por la espalda al escuchar las últimas palabras del letrado.
Hasta ese momento había mantenido la esperanza, incluso después de que le denegaran el permiso.
Confiaba en que las noticias del abogado fuesen buenas, pero no podían ser más desalentadoras.
Lo que antes parecía lejano empezaba a antojársele como los últimos pasos hacia el patíbulo.
Después de la revelación del abogado tenía la sensación de que si se iba, jamás volvería. Notó un nudo en el estómago, el corazón le latía lento y pesado; la cabeza apenas podía procesar lo que estaba pasando; las palabras se le habían quedado pegadas al paladar.
—¿Y aquello que habías comentado de la nacionalidad? —siguió preguntando Alfredo.
Franz apenas salió de su letargo para prestar atención. Si aquella fuese una posibilidad, don Ramón seguramente ya la habría planteado.
—¿Su estatus nacional poco claro desde el punto de vista jurídico?
Vamos tarde con eso, amigo mío, e incluso podría ser contraproducente —aclaró el abogado, que no hizo más que confirmar las sospechas de Franz—.
Alegarán que es una excusa que demuestra desinterés y falta de compromiso político o militar.
Además, en este momento, la nacionalidad española solo podría conseguirla por carta de naturaleza, y para ello necesitaría buenos padrinos en Madrid, cosa que no parece avanzar por ese lado, visto lo visto.
—Y si consigue la nacionalidad una vez allí —inquirió de nuevo Alfredo—, ¿podría regresar?
—Bueno, España podría reclamarlo como súbdito, pero durante una guerra, un país beligerante jamás aceptará liberar a un soldado del servicio activo. Aunque hubiese adquirido la nacionalidad, en la práctica solo serviría para protegerlo si está en territorio español antes de incorporarse.
Alfredo Iglesias respiró hondo e hizo un gesto de contrariedad, pero no de derrota.
Franz lo miró. Agradecía que estuviese allí.
Se había sorprendido, e incluso incomodado, cuando, al entrar en el despacho, se lo encontró sentado frente al jurista.
El padre de Filú dejó el habano que todavía no había encendido en el cenicero de cristal tallado con incrustaciones de plata que estaba sobre la mesa, se levantó, le tendió la mano y le dio una palmada en el hombro, como si hubiese entre ellos una relación fluida, aunque, en realidad, apenas habían intercambiado unas palabras en toda su vida.