Capítulo 42
El mismo día que la recibió, Franz se acercó al despacho del abogado para llevarle la resolución de su solicitud de aplazamiento. Don Ramón torció el gesto antes incluso de leer la misiva.
—¿Y dices que te ha llegado hoy? —preguntó extrañado.
Sabía, porque había leído con atención las instrucciones enviadas desde la embajada del Reich, que cada petición debía remitirse a Berlín a través de la agregaduría naval en Madrid, y que todas pasaban antes por el filtro del consulado.
Había un orden, un procedimiento. Aquella respuesta llegaba demasiado pronto.
—Sí, señor, esta misma mañana.
—No me han notificado que haya llegado ninguna otra, y llevo varios casos como el tuyo. —A Franz se le encogió el pecho, preocupado ante aquellas palabras, el gesto serio y el ceño fruncido del abogado—. Te mandaré aviso en cuanto averigüe algo y estudie la situación.
El aviso llegó pasados cinco días desde aquella tarde. La espera fue dura. Fueron cinco días con los nervios a flor de piel. En casa, nadie tenía ganas de hablar. Las raciones parecían demasiado grandes en los platos: costaba tragar. También dormir.
Al menos había podido ver a Filú. Su madre le había prohibido ir al club, y cada vez bajaba menos a O Berbés. Deseaba con todas sus fuerzas que llegara el día de su presentación en sociedad. Después —le había asegurado su padre— podrían prometerse y verse como cualquier pareja de novios.
Einés había acompañado a Franz y, mientras él se dirigía al despacho del abogado, ella se encaminó hacia la casa de Filú, aún con las palabras de la carta resonándole en la cabeza como un eco afilado y persistente.
Cuando llegó, Pepita la informó de que en el comedor de los Iglesias todavía se tomaba el postre. En la cocina olía deliciosamente al café que, con extrema delicadeza, vertía en una cafetera de porcelana inglesa.
—Es muy urgente, Pepi. —Einés tenía los ojos llorosos y la voz temblorosa.
—¡Se lo han denegado! —exclamó Pepita arqueando las cejas con brusquedad y parpadeando varias veces—.
Ve, Alma, corre —ordenó a la más joven de las criadas mientras tomaba asiento, como si, de repente, su cuerpo menudo y enjuto se sintiera muy cansado—.
¡Pobre Franz! Y pobre niña mía, con lo ilusionada que está…
Si don Alfredo no pudo hacer nada… Pero ¿ya es fijo?
Einés se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—No sabemos. Iba ahora a hablar con el abogado, a ver…
—Bueno, entonces aún tendrá arreglo —agregó Pepita, intentando mantener un hilo de esperanza.
Las dos muchachas llegaron casi a la vez a la habitación de Filú.
Cuando Einés asomó la cabeza desde la puerta de la zona de servicio para comprobar que todo estaba despejado, oyó los pasos apurados de Filú subiendo los últimos peldaños de la escalera.
Se encontraron de frente en el pasillo. La cara de Einés era el reflejo de la desolación; no dejaba lugar a dudas.
En medio del pasillo se abrazaron y, rápidamente, entraron en la habitación.
—Le han rechazado la solicitud, Filú. Tiene diez días para alistarse. —Entre sollozos, Einés, sin pretenderlo, había hecho estallar el corazón de su amiga, y sus oídos, y toda su cabeza.
Filú la miró atónita. Un sonido sordo se le iba metiendo en el cerebro y, como si tuviera volumen, crecía, le presionaba la frente y los ojos desde dentro, y bajaba hasta la garganta.
Einés estaba rota, tanto o más que ella.
Nunca la había visto de ese modo. Nunca la había visto derramar una sola lágrima, ni siquiera de niña, cuando en la Compañía de María se destrozaba las rodillas con aquella manía suya de caminar haciendo equilibrios sobre los muros o saltando desde las escaleras de piedra al suelo enlosado del patio cuando no la veían las hermanas.
La sangre le empapaba las medias blancas de hilo, pero no emitía ni una queja.
Tampoco cuando alguna concha fina del arenal le cortaba los pies.
Hacía un emplasto de algas para cubrir la herida y ni una mueca de dolor o contrariedad le asomaba a la cara.
¡Su querida Einés! Al verla en aquel estado, la abrazó otra vez y se sintió rara en aquellos nuevos papeles. Einés siempre había sido la fuerte, la resolutiva, la que pensaba con frialdad, y ella no encontraba las palabras, no sabía cómo consolarla.
—Iré a hablar con mi padre ahora mismo. Seguro que podrá hacer algo —dijo, poniendo toda su confianza en aquella afirmación.
—¡Piensa, Filú! ¿Cómo le explicarás que lo sabes? ¿Le dirás que he venido a decírtelo?
Aun en aquel estado, Einés era mucho más reflexiva.
Ella actuaba por impulso, siguiendo más al corazón que a la razón.
Ni siquiera había reparado en ese detalle.
Era muy probable que su padre tampoco lo hiciera, pero su madre sí.
Querría saber cómo y por quién se había enterado.
Las dos habían estado fuera casi toda la mañana.
Casilda pensó que era un buen momento para ir a ver los nuevos catálogos de telas a Tissus de Lys, una tienda de reciente apertura en la rúa do Príncipe que vendía tejidos de importación, sobre todo de París y Lyon.
De pronto, aquellas ansias por el debut en sociedad de Filú habían reaparecido con más ímpetu.
Tan solo un par de semanas atrás no parecía ser lo que más ocupaba su tiempo ni sus pensamientos, y en ese momento no paraba de hablar de tules bordados, organzas y muselinas.
A Filú le extrañó el cambio, esas prisas, pero no se detuvo a analizar la mudanza en la actitud de su madre, a pesar de que Pepita se lo había advertido tiempo atrás: «No.
No lo ha aceptado ni lo aceptará nunca. Algo está tramando.
Tu madre no da puntada sin hilo, niña. Y tiene más peligro cuando calla que cuando habla.
Es tu madre, pero para ella, “primero mis dientes que mis parientes”.
Te lo digo tal cual lo pienso. Y no me equivoco, ya lo verás».
Y no se equivocaba. Nada había más fiable que las predicciones de Pepita.
Recordó el buen humor de su madre esa misma mañana, su sonrisa mientras caminaban por las concurridas calles del centro, incluso la conversación amena y distendida del almuerzo, solo unos momentos antes de que Alma se acercase al comedor con la excusa de preguntar si deseaban tomar ya el café y le hiciese disimuladamente aquel gesto —el signo— que le advertía de que Einés estaba allí. Se la veía feliz.
Por un instante, le vino a la cabeza la posibilidad de que Casilda supiera ya lo de Franz; sin duda, ese sería un motivo más que sobrado de felicidad, pero enseguida desechó la idea.
Era imposible. Ni siquiera su padre lo sabía; de lo contrario, se lo habría dicho.
Aunque, pensándolo bien, fue a raíz del llam amiento de los alemanes cuando su madre volvió a afanarse en los preparativos de su presentación.
Seguro que se esperaba lo peor, que sería lo mejor para ella.
¡Qué bien traído el dicho de Pepita: «Primero mis dientes que mis parientes»!
Ahora ya comprendía todo su significado.
—¡Filú! ¿Escuchaste lo que te dije? —insistió Einés, sacando a su amiga de aquellas reflexiones.
—Sí, te escuché. ¿Y qué ha dicho el abogado?
—Subió ahora a hablar con él. Le llegó la carta justo antes de comer.
—Pues le pediré a mi padre que llame a don Ramón o que se acerque hasta allí. Algo se tiene que poder hacer.
—Pero, Filú, ¿de verdad me has escuchado?
—¡Sí! ¡Te escuché! Pero me da igual, ya todo me da igual: lo que piense mi madre, lo que diga, lo que haga… —respondió al borde de la desesperación.
—Te escribiré una nota. Dame papel y pluma. —Filú se apresuró a coger lo que Einés le pedía de un cajón del tocador—. Pondré que a Franz le han denegado la petición y que va a pasar esta misma tarde por el despacho del abogado. Nada más. Dirás que se la dejé yo a Pepita por la mañana.
—Sí, es buena idea. Mi madre me preguntará por qué no me la dio hasta ahora, pero Pepita no tenía por qué saber que era importante —reflexionó Filú—. Además, siempre me deja los recados o el correo en esa bandeja —señaló la mesita auxiliar que estaba al lado de la ventana.
—Pues ve, ve —la apuró Einés entregándole la nota—. Yo espero aquí, a ver qué te dice.
Apenas habían pasado unos minutos cuando Einés oyó los pasos de Filú en el suelo de madera del corredor y los golpecitos en la pared que eran su santo y seña.
—¿Qué te dijo? —la apremió.
—Me prometió que haría todo lo posible.
—¿Estás segura, Filú? ¿De verdad lo hará? ¿De verdad tu padre aprueba de buen grado tu relación con Franz? ¿No pensará también que, si Franz se va, desaparecerá la discordia en tu familia?
—¡Me lo juró! Conozco a mi padre, Einés. Él no es así —dijo un poco ofendida por aquella desconfianza—. No me haría eso. Sé que no. Él va de frente, siempre lo hace; si no aceptara a Franz, lo habría dicho desde el principio.
«Quien no va de frente es mi madre», pensó Filú, pero eso se lo calló. Era retorcida, y lo había comprobado más de una vez. Urdía su trama de forma sibilina, mostrando la mejor de las sonrisas y las palabras más lisonjeras.
Su padre no. Su cara era como un libro abierto, y en ella se podía leer lo que le agradaba y lo que no.
La de su madre era mucho más difícil de interpretar: había que estar muy alerta para descifrar algo en su gesto.
Y ella lo estaba cuando le comunicó a su padre que la solicitud de Franz había sido denegada.
Vio la incredulidad y la sorpresa en sus ojos, pero también las pequeñas arrugas alrededor de los labios de Casilda cuando su boca se contrajo en un gesto apenas perceptible al oír a su marido decir que pasaría a hablar con el abogado inmediatamente, que algo se podría hacer.
—Perdona, Filú, es que ya desconfío de todo el mundo —se excusó Einés al ver la determinación con que su amiga defendía la honestidad de su padre.
—Yo también —contestó pesarosa, aunque no le confesó la sensación extraña que se había apoderado de ella, como si su cuerpo percibiese y rechazase a la vez aquella especie de sombra que la acongojaba sin saber por qué y en la que su cabeza se negaba a profundizar, a hacerse preguntas cuyas respuestas temía.
—Bueno, me voy. En cuanto sepa algo, vendré a decírtelo.
—Einés, quiero ver a Franz. Y quiero verlo hoy.
Einés la interrogó con la mirada. Después de la aprobación de su padre, Filú había dejado claro, casi con resignación, que no quería arriesgar nada que pudiera, siquiera en apariencia, contrariar su voluntad, así que estaba dispuesta a evitar cualquier posibilidad de desavenencias.
Y él, como siempre, había dejado por completo las cuestiones sociales —esas intrincadas redes de compromisos, formalidades y parafernalia— en manos de su mujer.
Su madre la obligaba a acompañarla cada vez a más sitios: asistir a eventos, alternar con otras damas, ir a meriendas y festejos de sus amigas ricas, pasear… La tenía tan controlada que incluso se había obsesionado con el teléfono.
Decretó que solo el servicio podía atender las llamadas y que debía informarle a ella de por quién se preguntaba.
Cuando no estaba, nada más regresar, interrogaba a Pepita y a Alma para saber si alguien había llamado a Filú, y el ama de llaves, agobiada por la situación, le pidió a Einés que no llamase, pues la ponía en un compromiso.
Todo el mundo sabía que el señor no estaba en casa a ciertas horas, y ya no se le ocurría qué excusa poner cuando cogía el teléfono y la señora se precipitaba al vestíbulo como si le fuera la vida en ello y la interrogaba: «¿Quién era?
, ¿qué quería?». Alma era más rápida de pensamiento, o quizá lo tenía muy ensayado, pero ella se aturrullaba, y en algún momento se le iba a notar que estaba mintiendo.
También le había prohibido ir al club de los Exiles, que frecuentaba Franz, y bajar a O Berbés. Aquello que había hecho durante años sin la más mínima preocupación, en ese momento le parecía muy arriesgado. ¿Cómo pretendía entonces Filú ver a Franz?
—¿Vas a bajar? —le preguntó, asumiendo que era la única alternativa.
—No. No creo que mi madre tenga hoy ningún compromiso. Y últimamente no anuncia, como antes, a dónde piensa ir ni cuánto tardará.
—¿Entonces? —Einés no era capaz de ver ninguna otra alternativa.
—Quiero que Franz venga aquí, a mi habitación. Es el lugar más seguro. Cuando sabe que estoy en mi cuarto, mi madre se despreocupa; puedo pasar horas aquí sin que me llame para nada. Y si me requiere, Pepita o Alma me vienen a buscar.
—¡Pero tú te has vuelto loca de atar! —Einés no podía dar crédito a lo que decía su amiga—.
Ni siquiera Pepita consentirá algo así. Y te parece arriesgado bajar a O Berbés, donde por lo menos podrías excusarte diciendo que vas a visitarme a mí, en el peor de los casos.
¡Encontrarte con Franz aquí! Sin duda, has perdido el juicio.
¿Y cómo has pensado que llegue hasta aquí?
¿Llama a la puerta con unos dulces y unas flores?
¿Le dice a Pepita que viene en mi lugar?
—Pepi no se va a enterar; no tiene que pasar por la cocina. Yo lo esperaré aquí. Solo tiene que cruzar el huerto y subir las escaleras, ya le explicas tú.
—¿Y si alguien lo ve entrar?
—Entra mucha gente por la puerta de servicio; no sería un problema.
—¡Por Dios, Filú! ¿Tiene Franz pinta de recadero?
Es muy fácil de reconocer. —Einés pensó que sería mucho más sospechoso que su hermano se acercase a aquella casa por la puerta de servicio que por la principal—.
Si al final se anuncia vuestro compromiso, sería un escándalo monumental.
El futuro marido entrando por la puerta de atrás. ¡No piensas, Filú, no piensas!
—Necesito verlo, Einés.
—Pero no así. Es la peor de las maneras.
—¿Y si no hay futuro? Si solo nos quedan estos días… ¿Lo has pensado, Einés? Prométeme que se lo dirás, por favor. —A Filú se le nublaron los ojos, y a su amiga le pudo más el corazón que la razón—. Si él no viene, bajaré yo, pase lo que pase.
—Está bien —accedió Einés finalmente—. Si tiene que irse, será el menor de los males. Pero será mañana, cuando salga de trabajar.
—¿Mañana? —Después de aquella noticia, a Filú un día entero le parecía una eternidad—. ¿No puede ser hoy?
—No, Filú. Será mejor que lo acompañe yo. ¿Y a santo de qué iba a volver hoy?
—Está bien, tienes razón. Es que ya no veo con claridad —admitió al percatarse de que su estado de nervios podría llevarla a cometer cualquier imprudencia.