Capítulo 41
Apenas habían pasado dos semanas desde que recabaron todos los documentos que el abogado consideró pertinentes y los depositaron en el consulado.
Era un miércoles, coincidía con el día de descanso de Einés, uno de aquellos variables en su cuadrante semanal.
Solo estaba ella en casa. Su madre y su abuela habían ido al muelle, como cada día: las redes no entendían de descanso ni de libranzas.
Hubiese preferido estar allí ella también, pero, aunque conocía la mecánica, no tenía destreza, y mucho menos rapidez, para el oficio.
Sin embargo, le gustaba el ambiente del puerto, sobre todo en un día soleado de verano como aquel: cotillear con las vecinas, trabajar sentada en la arena, refrescar los pies en el agua para combatir el calor…
Ella, a pesar de que dos años antes se había promulgado la Ley de la silla, seguía trabajando de pie, igual que las obreras de las fábricas, que no estaban incluidas en aquella normativa que pretendía evitar —decían— problemas de salud, entre ellos, y en especial, las dificultades en la fertilidad.
Pero se aplicaba solo a las trabajadoras de los establecimientos comerciales, y no siempre, como era su caso, pues se consideraba que ello suponía pereza, desinterés por el trabajo o falta de disposición al atender al cliente, incluso en los momentos en que no había nadie.
Lo había pensado muchas veces, sobre todo cuando llegaba a casa reventada, con los pies y las piernas hinchadas y la cadera dolorida.
Incluso lo comentó con Franz. ¿Por qué no se aplicaba la ley?
¿Y por qué, precisamente, las obreras de las fábricas —que apenas se movían de su puesto en toda la jornada— estaban excluidas?
¿Acaso no tenían ellas problemas de salud?
¿No les afectaban también las dificultades en la fertilidad?
Él decía que siempre se legislaba, a pesar de las reivindicaciones y las protestas obreras, para no perjudicar a la patronal.
«En este caso —añadió—, hay que mantener el equilibrio entre una posible escasez de proletariado, de su mano de obra barata, y la férrea disciplina empresarial que perpetúa las precarias condiciones de las trabajadoras de las fábricas, más proclives a las revueltas que las dependientas de los comercios, poco dadas a implicarse en asociaciones sindicales».
Franz tampoco estaba cuando llegó el mensajero del consulado alemán con aquel sobre grisáceo, rugoso, lacrado en cera roja con el sello del águila imperial.
A Einés se le heló la sangre. Un frío intenso empezó a subirle desde los pies.
Hacía calor, y ni siquiera se había puesto las alpargatas al levantarse; por eso sabía que no era la frialdad del suelo lo que le producía aquella sensación, a pesar de haber bajado descalza.
Ya el corazón le dio un vuelco al oír los golpes en la puerta.
Nadie llamaba así en O Berbés en pleno día, cuando la puerta estaba abierta, ni siquiera Filú, que había aprendido enseguida que allí la gente se asomaba a las escaleras y gritaba tu nombre si te buscaba, o se daba a conocer, quienquiera que fuese, pero siempre a voz en grito.
El remite, impreso en tinta negra, no dejaba lugar a dudas: «Kaiserlich Deutsches Konsulat – Vigo» .
El nombre de Franz y la dirección, manuscritos con pluma estilográfica, tampoco.
El mensajero le dio la vuelta al sobre. Sobre la solapa, el timbre consular en azul, de forma circular.
Einés tragó saliva y extendió la mano temblorosa, pero la misiva debía ser entregada exclusivamente al destinatario, así que tan solo recibió el aviso de que podía recogerla en persona en el consulado.
Por un momento se quedó aturdida, sin saber a dónde dirigirse, pero sus pies la llevaron a toda prisa hacia el lugar donde su madre y su abuela continuaban con su tarea.
Ambas estaban de espaldas. No la vieron ni la oyeron, porque, aunque quiso llamarlas desde la distancia, no fue capaz de emitir sonido alguno.
Sin embargo, las dos se dieron la vuelta al unísono.
No, no la estaba traicionando su nerviosismo.
Tenía la certeza de que de su garganta no había salido una sola palabra.
Catalina se levantó de golpe, los ojos clavados en los de su hija.
La naveta, el cuchillo, el patrón de malla, los alicates…
, todo cuanto tenía en el regazo cayó sobre las redes.
Leonor permaneció sentada. Sus maltrechas rodillas no le permitían aquello que en su cabeza resultaba todavía fácil.
Se llevó la mano derecha al corazón, como si quisiera aplacarlo.
En su pulgar, su resistente dedal de cuero grueso; colgadas del pecho, las tijeras, siempre a mano.
—Ya llegó la respuesta del consulado. Pero el mozo no me la ha dado. Tiene que ir Franz a por ella. —A Einés, la voz le salía a borbotones.
Se había acercado a paso ligero, sin correr; sin embargo, sentía como si le faltase el aire tras un gran esfuerzo.
Leonor alzó los brazos y varias vecinas acudieron para ayudarla a levantarse. Todas conocían la impaciencia y el temor con que la familia esperaba aquellas noticias.
—Ve, ve allá, avísale —dijo Catalina, señalando con la mano hacia el final del puerto, donde Franz revisaba las cuentas del negocio con su padre y su tío.
En esa ocasión, Einés sí corrió. Levantando la enagua y la falda con las manos para que no le estorbaran el paso, cruzó el arenal hasta llegar, sofocada, al almacén.
—¡Franz! ¡Franz! —gritó antes de alcanzar el portalón—. Que ya te han mandado respuesta. Ha venido el mensajero a casa con la carta, pero tienes que ir tú al consulado a buscarla.
—¿Ya? ¿Tan pronto? —A Franz le extrañó la premura con que habían resuelto la solicitud.
El abogado le había asegurado que serían tres semanas como mínimo, pues se enviaba por valija diplomática y contaba con diez días hacia Berlín, otros diez de vuelta, más lo que tardasen en la resolución.
Pero sintió una especie de alivio al pensar que por fin se desharían de aquella inquietud permanente.
—Bueno, digo yo que sería eso. —Einés dudó—. Venía del consulado.
—Pues voy antes de que cierren.
Franz se quitó la bata gris, se lavó las manos y se ajustó la visera antes de salir.
Hacía ya un buen rato que las campanas de San Francisco habían dado las doce. El consulado cerraba a la una del mediodía.
—Vamos allá, entonces —dijo dibujando una sonrisa.
—Y ve luego a casa, que vamos a cerrar —le indicó su padre dándole unas palmadas en el hombro, tratando, quizá, de infundirle la tranquilidad que él mismo no tenía.
En el portal se quedaron unos momentos en silencio, viéndolo alejarse, Einés, su padre y su tío Pedro, todos con el corazón en un puño.
Ella inclinó la cabeza y se miró los pies.
Si no hubiese ido descalza, lo habría acompañado.
Sabía que Franz no esperaría a llegar a casa para abrir la carta y le gustaría estar allí, con él, compartiendo aquel momento de felicidad, o de alivio al menos.
Incluso, a la vuelta, podría escabullirse un momento a casa de Filú para darle la noticia.
Le diría que Franz estaba fuera, y Filú se asomaría a una de las ventanas que daban al huerto para verlo un instante.
—Bueno, vamos a ver si nos dan algo de comer. —Amaro, echando las manos a la espalda para desatarse el mandil, fue el primero en abandonar aquel letargo fugaz en que los tres se habían sumido.
Se almorzaba temprano en O Berbés, como en casi todos los pueblos marineros.
Antes del amanecer, sobre todo en época de calor, ya estaban en la faena, y a esa hora el cuerpo pedía sustento.
Einés recordó entonces que había dejado la olla en el fuego.
Se le había olvidado por completo. De nuevo, echó mano a la falda y corrió hacia casa, pero antes de llegar ya vio que ni su madre ni su abuela estaban en el muelle y aflojó la carrera.
Quizá, en otro momento, concentrarse en la tarea sería un buen remedio para mantener la cabeza ocupada, pero lo que fuese que dijese aquella carta era de tal trascendencia que les impedía hacer otra cosa que no fuese poco más que respirar mientras esperaban las inminentes noticias.
Al llegar a la cocina, su madre, con la sartén en la mano mientras acababa de hacer un sofrito, y su abuela, sentada ya en el banco tras la mesa, con la espalda apoyada en la pared, clavaron en ella sus ojos interrogantes.
—Nada —explicó Einés—, se fue a buscar la carta. Estará al llegar.
La mesa estaba dispuesta cuando Franz regresó, solo un par de minutos después que su padre.
Todos contuvieron el aliento al oírlo subir las escaleras.
Avanzaba despacio, como si le doliese cada escalón.
No era su modo habitual de llegar a casa, sorteando los peldaños de dos en dos o de tres en tres, derrochando vitalidad y alegría.
Fue como una premonición. Antes de que asomara por la puerta de la cocina, Catalina dio dos pasos hacia atrás buscando apoyo en el respaldo de una silla, se llevó una mano a la garganta y empezó a respirar con dificultad.
Einés, en cambio, sintió un vacío en el pecho, un golpe seco que la dejó sin aliento.
Nadie se movió hasta que apareció en el umbral de la cocina.
Un silencio sepulcral invadió la estancia; el ruido de la calle desapareció.
Solo sus pasos acercándose perturbaban aquella tensión tormentosa que se podía cortar con el filo de una navaja.
Su rostro mostraba una expresión que nunca antes le habían visto: estupefacción, desconcierto, miedo.
Sus ojos azules, siempre chispeantes, habían adquirido un matiz opaco.
Los brazos, lánguidos, caídos a lo largo del cuerpo.
En la mano derecha llevaba la carta fuera del sobre, como si acabara de leerla en aquel instante.
Desde la puerta, sin avanzar un paso, dirigió la mirada hacia Catalina y negó con la cabeza.