Las tejedoras del mar Capítulo 40
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Capítulo 40

Desde la travesía de Santiago, Einés accedía a la entrada de servicio de la casa de Filú, situada en la parte trasera de la vivienda.

Una cancela de hierro pintada de verde daba paso desde la calle a un huertecito, separado del jardín ornamental que rodeaba la casa por un seto de boj.

Partiendo de la senda central, estrechos caminitos de losas de piedra dividían los bancales, ordenados con un diseño en cuadrícula.

Algunas hortalizas y plantas aromáticas y medicinales se distribuían con un orden funcional pero estético y, en verano sobre todo, llenaban el aire de aromas que se propagaban por las estancias interiores.

Rodeado de limoneros, perales, ciruelos y manzanos, aquel rincón resultaba para ella un lugar de paz, acogedor.

En alguna ocasión había merendado allí con Filú, a la sombra de la parra que nacía junto a la cancela y se extendía a lo largo de la fachada trasera, cuando sabían que no corrían peligro de ser descubiertas.

Era lunes. El mozo que se ocupaba del huerto, del jardín y de las tareas del exterior iba los martes y los jueves, al igual que la criada de refuerzo que se encargaba de planchar, fregar los suelos y limpiar las ventanas.

Las criadas fijas —Pepita, una especie de ama de llaves encargada de gestionar el buen funcionamiento de la casa; Pancha, la cocinera que, pese a la sordera que le sobrevino tras las lesiones provocadas por un coche de caballos que la arrolló de muy niña, poseía una larga y apreciada experiencia con los fogones; y Alma, la joven doncella que atendía a la señora en su cuidado y acicalamiento diario, además de servir en el comedor y ocuparse de la ropa fina— vivían allí, internas, y no solo eran conocedoras de las idas y venidas de las dos muchachas, sino también encubridoras e incluso propiciadoras de sus fechorías.

Einés empujó la puerta con suavidad. Era de madera, estrecha y sin ornamentación alguna, muy lejos de la aldaba de bronce y el mármol de la entrada principal.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Lo había hecho montones de veces, pero eso no reducía el vértigo, aquella mezcla de temor y satisfacción que le disparaba la adrenalina.

Cada incursión era un juego peligroso y adictivo, como asaltar las huertas vecinas para robar fruta y correr luego como alma que lleva el diablo.

Pasaban unos minutos de las seis de la tarde y no se oía un ruido en la casa.

En el pequeño recibidor trasero, una única puerta conducía a la cocina tras cruzar la despensa y, frente a ella, una escalera secundaria en espiral ascendía hacia las habitaciones del servicio y otras estancias, como el cuarto de la plancha o la sala de costura.

En las plantas superiores, aquella ala comunicaba con la zona destinada a los cuartos de los niños que, en ese caso, acabó siendo solo el de Filú, quedando los demás para invitados, aunque rara vez se utilizaban.

Einés se dirigió a la cocina antes de subir las escaleras.

Pancha pelaba patatas sentada en un taburete junto al fregadero.

Estaba tan ensimismada que quizá por eso no la vio cruzar el huerto.

La encontró gesticulando y moviendo los labios, como si hablase con alguien, pero no había nadie más allí.

«Tal vez —pensó— se hablaba a sí misma en su cabeza, mantiene conversaciones internas, como hago yo y seguramente todo el mundo».

Pepita y Filú la entendían a la perfección, y Alma, la última en llegar —como ella—, aprendía con rapidez esa manera intuitiva de comunicarse.

Le habían contado que, para referirse a ella, Pancha hacía un tirabuzón con el dedo índice cerca de la cabeza, aludiendo a su pelo rizado, ese era su signo.

Cada persona tenía el suyo, único. Para Filú, elevaba ambas manos dibujando una diadema encima de la cabeza: ella era la princesa.

Einés se preguntó cómo sería vivir siempre en aquella mudez y se horrorizó.

Ya bastante sobrecogedor le resultaba el sigilo de aquella casa enorme donde uno podía oír su propia respiración.

Filú y ella hablaban en voz baja por prudencia, pero también Pepita y Alma apenas susurraban.

Era como entrar en un templo. Desde la calle, solo llegaba el sonido lejano de las sirenas de los barcos, el chirrido de las ruedas de los carruajes, el ruido de los cascos de los caballos sobre los adoquines y el tañido de las campanas de las iglesias cercanas.

Era tal el contraste con su barrio de O Berbés que una vez, recordando aquel silencio, que lejos de invitar a la paz resultaba inquietante, intentó ser consciente de todos los sonidos que la rodeaban mientras trasteaba en la cocina de su casa.

Eran tantos, solapándose y mezclándose, que le resultaba difícil distinguirlos: los pregones de los chiquillos y las vendedoras de pescado, el golpe sordo de las cajas de madera contra el suelo, el chapoteo de los remos al regresar las gamelas, el vocerío ronco de los marineros mezclado con el canturreo y las risas agudas de las redeiras , el graznido estridente de las gaviotas, el traqueteo de los carros, los silbidos…

En medio de aquel bullicio había placidez, por extraño que pareciese.

Era como un arrullo, la señal de que todo iba bien.

Pancha se percató al fin de su presencia y le sonrió.

Ella la saludó con la mano desde la puerta y volvió sobre sus pasos hacia la escalera, rumbo al encuentro de Filú, que, al cumplir los catorce, había conseguido que le permitiesen trasladar su habitación al último piso de la casa, aduciendo que las vistas eran mucho mejores.

Pasaba allí largas horas bordando, haciendo encaje, leyendo o practicando el francés en voz alta.

Solo la primera parte era cierta. Desde luego, desde la galería de aquel espacioso cuarto las vistas eran privilegiadas.

Einés pensaba, cada vez que se asomaba, que podría pasarse días enteros sin hacer más que contemplar la ría que se extendía hacia el oeste, salpicada de mercantes, pesqueros, vapores de línea, pequeñas embarcaciones y algún velero; la illa de San Simón con su lazareto blanco, o las Cíes, en días despejados, en el horizonte…

Eso sí que era verdad. Todo lo demás era una excusa para moverse con más libertad, para escabullirse del férreo control materno y tener la posibilidad de pasar juntas aquellos ratos sin temor a ser descubiertas.

Rara vez Casilda subía hasta allí, pero, por precaución, Filú había ideado, junto con Pepita, la estratagema de retirar la alfombra del pasillo para escuchar el taconeo de los zapatos de su madre sobre los tablones de roble.

Dirían que se había ensuciado. En su habitación, colocaban una silla bajo la manilla de la puerta.

Todo para dar a Einés tiempo de esconderse bajo la alta cama, dentro del ropero o detrás de las pesadas cortinas de la galería. Por suerte, nunca había sucedido.

—¡Filúúú! —la llamó Einés tras golpear suavemente la puerta varias veces con los nudillos.

No estaba.

Giró el pomo y entró. No tardaría en llegar.

Pancha avisaría a Pepita o a Alma de que la esperaba allí, y cualquiera de ellas, si estaba con su madre en el salón —lo más probable—, se acercaría con cualquier pretexto y haría el gesto con que Pancha la nombraba en su particular lenguaje, su signo, para que subiera a su cuarto.

Se asomó a la galería y esperó, disfrutando de aquella maravillosa panorámica.

«Si alguna vez os descubren —les había advertido Pepita en más de una ocasión—, a nosotras nos libráis de toda culpa». Y ellas, por supuesto, habían aceptado con un solemne juramento.

Filú se exponía más, pero, hasta que todo se precipitó y el padre de Filú dio su visto bueno a aquella relación, Einés también corría el riesgo de una buena reprimenda, sobre todo desde que su madre fue a exigirle a Casilda que apartara a Filú de Franz y le prohibió a ella volver a aquella casa.

«No voy a pedirle que controle a su hija si yo no controlo a la mía», sentenció con firmeza después de que Einés le reprochara haberse interpuesto entre Franz y su amiga.

Aun así, Catalina sabía bien que se saltaría la prohibición.

Y que le mentiría, aunque le doliese. Le mentiría porque no lo consideraba justo, y Einés siempre había tenido un fuerte sentido de la justicia, como Delaira, lo que en el fondo la llenaba de orgullo.

Esa vez, sin embargo, la misma Catalina la había enviado.

—Anda, ve y llévale las buenas nuevas a Filú, que estará la muchacha con el corazón en un puño.

Einés había salido con el inesperado beneplácito de su madre y la alegría de las noticias que Franz le había transmitido después de hablar con el abogado de don Alfredo.

Apenas habían pasado unos minutos cuando oyó los golpecitos que Filú daba en la pared para avisarla de que era ella.

¡Cuánto habían perfeccionado aquel código secreto!

Einés sonrió. El día anterior, domingo, tras la misa de doce —Filú en la iglesia de Santa María y Einés en la de su barrio, la de San Francisco—, se habían visto en la alameda.

Allí, al igual que en el paseo de Alfonso XII, acudían las familias más ilustres de la ciudad para mostrarse, saludar a conocidos, tomar algo en los lujosos cafés y confiterías e incluso establecer relaciones comerciales.

Resultaba curioso cómo se distribuían los espacios según el nivel social.

Los paseos centrales eran ocupados por las familias pudientes, aquellas que iban para ser vistas.

Paseaban despacio; los hijos, detrás de los padres.

No hablaban entre ellos. Caminaban con semblante neutro y esbozaban una sonrisa comedida o un leve movimiento de cabeza al cruzarse con algún conocido.

A veces se detenían a conversar con otras familias.

Las damas viudas o solteras iban acompañadas de otras damas.

Los intelectuales solían entrar en los cafés, pero los que se quedaban fuera formaban corrillos, gesticulaban y hablaban de forma distendida, a veces acalorada, probablemente de política, dados los últimos acontecimientos de la guerra europea.

Ni unos ni otros se sentaban en los bancos ni se arrimaban a los bordes de los jardines; esos espacios los ocupaban los que iban a ver, no los que iban a ser vistos.

La gente más humilde se alineaba casi en fila para contemplar el espectáculo —la exposición de vestidos, trajes, sombreros, joyas, peinados…

— y hacer cábalas sobre futuros emparejamientos a partir de las relaciones observadas entre unas familias y otras.

Filú caminaba junto a sus padres y, en cuanto cruzaron sus miradas, llevó sus dos manos enguantadas en encaje blanco a la espalda, para luego llevar una de ellas a la altura de los ojos, como si se los frotara. El mensaje era claro: no podrían verse, iría de visita, quizá con sus padres.

Si hubiese deslizado la mano derecha por el brazo izquierdo en un movimiento descendente, del codo a la muñeca, hubiera significado que bajaría a O Berbés.

Si el movimiento fuese ascendente, le estaría pidiendo que subiese ella a su casa.

Los dedos sobre la mejilla indicarían una hora aproximada.

Pero había muchos más gestos para comunicarse en la distancia, para hacerse advertencias.

La puerta de la habitación se abrió sin el más leve sonido, pero Einés notó un suave soplo en la nuca y se volvió.

—¡Filú! ¿Qué estabas haciendo?

—Bordando —respondió, y le mostró la yema de los dedos enrojecida por más de un pinchazo.

La aguja no era su fuerte. ¿Cómo podía pensar su madre que aquellos bordados perfectos, elaborados primorosamente por Marisa, la amiga de Einés, eran obra de sus dedos torpes?

—. Mi madre quiere asegurarse de que no puedo hablar con Franz.

Ha estado todo el día pendiente del teléfono por si alguien preguntaba por mí, por si era él, vaya.

O tú, o mi padre. No sea que tenga yo información que ella desconozca.

—Supongo que el que tu padre se ofreciese a ayudarlo no le sentó muy bien, ¿no?

—¡Buf! Ya te digo. Se puso roja de rabia, pero no dijo una palabra.

Solo cuando yo, tonta de mí, me ofrecí a bajar a tu casa para decirle a Franz que fuese a hablar con el abogado, entonces sí que montó en cólera, y mi padre le dio la razón —explicó Filú con disgusto—.

Esas cosas de las normas sociales, las apariencias y los protocolos se las deja a ella.

Pero cuéntame, ¿ya consiguió hablar con él? ¿Qué le dijo?

—Pues no mucho más de lo que sabes: que iba a solicitar un aplazamiento por estudios.

Ahora ha de reunir todos los documentos, que son un montón.

Además, le dijo que tiene a su favor haberse criado aquí desde niño, ser huérfano tutelado por una familia española y otras cosas.

Aunque, bueno, de momento sería solo un aplazamiento hasta que acabe la carrera, no una exclusión.

Pero en ese tiempo ya irán buscando otras alternativas, y, con un poco de suerte, cuentan que para entonces ya habrá acabado la guerra.

—¡Dios! A ver… Es que no me lo puedo ni imaginar.

—Dice el abogado que, aunque están apurando mucho las cosas, tardará al menos tres semanas. La solicitud tiene que ir y volver de Berlín a través del consulado. Hay que esperar.

—¡Tres semanas! Se me va a hacer eterno. No descansaré hasta que sea seguro.

—Venga, no te preocupes. Franz está bastante confiado, así que, ¿por qué no vas a estarlo tú? —la tranquilizó Einés.

No era verdad. Franz no estaba confiado en absoluto.

El abogado ya le había advertido que los estudios de Derecho no contaban como estratégicos para la guerra, al contrario que las ingenierías, la física, la química, la arquitectura o las ramas sanitarias —medicina, veterinaria—, incluso los idiomas y la interpretación.

Pero no el Derecho. Le aseguró, sin embargo, que trataría de argumentar su utilidad haciendo hincapié en la importancia de un jurista bien formado en el extranjero para las embajadas, los consulados o la defensa de intereses comerciales en el exterior.

Incluso, considerando que a Franz le faltaban un par de años para licenciarse, y pensando en el final de la contienda, se podía alegar que harían falta profesionales de Derecho internacional, comercial o civil para ayudar a la reconstrucción del país.

Y así se lo había contado Franz a la familia, sin paños calientes: esperanzado, pero no confiado. No ayudaba en nada aumentar la angustia de Filú innecesariamente.