Las tejedoras del mar Capítulo 39
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Capítulo 39

En la cafetería del Gran Hotel Moderno, situada en el vestíbulo principal, con vistas en esquina a Policarpo Sanz y Carral, se notaba más movimiento del acostumbrado.

El murmullo que llegaba hasta la recepción y el gesto preocupado con que entraban y salían los caballeros de la estancia sumían a Einés en un estado de nerviosismo y angustia que apenas podía soportar.

No ayudaba tampoco que alguien hubiese ordenado colocar uno de aquellos anuncios en la gran cristalera de la entrada.

Los peatones que sabían leer se detenían con curiosidad y, desde el mostrador situado delante, Einés podía ver sus expresiones de sorpresa, escepticismo e incluso espanto.

Una señora, que por su fisonomía no parecía alemana, pero que quizá fuese madre o esposa de alguno de los llamados a filas, tuvo que ser socorrida por otros viandantes tras desvanecerse por la impresión.

—¿Filú? ¡Por fin! —Cada vez que sonaba el teléfono, Einés se precipitaba hacia él al primer timbre—. ¿Has bajado a mi casa?

—Pues claro que he bajado, Einés, ¿cómo crees?

—Gracias, Filú, gracias. ¿Y? ¿Les dijiste que fuesen a hablar con Paul?

Einés hablaba en voz apenas audible, pendiente de si alguien se acercaba, aunque había aprendido a disimular y Filú, al otro lado de la línea, se daba cuenta enseguida. Incluso habían elaborado un código para entenderse sin levantar sospechas.

—Sí, tu padre ya salía a buscarle. Y también al señor Schmidt, porque su hijo Friedrich estará en la misma situación. Y yo pedí al mío que hiciese algo; me prometió que pasaría por el consulado a preguntar y que haría todo lo que estuviese en su mano. Me lo juró. Pero aún no sé nada.

—Pues a ver… He oído algunas conversaciones por aquí. Parece que esto es solo para los alemanes; a los ingleses no los han reclamado, aunque también están muy nerviosos. Andan todos con la mosca detrás de la oreja. Se está juntando un montón de gente en el club.

El Gran Hotel Moderno era un lugar muy frecuentado por los ingleses.

Los trabajadores del Cable y sus familias disfrutaban, en los bajos del hotel, de un espacio social y de ocio donde habían fundado un club privado conocido como Exiles Cable Club, el mismo nombre que llevaba su equipo de fútbol.

Desde allí organizaban encuentros deportivos, torneos de billar y ping-pong, veladas, proyecciones y todo tipo de eventos sociales.

Incluso publicaban un periódico interno, The Vigo Vigilant , aunque a la ciudad llegaba también prensa internacional.

El club estaba integrado en el propio edificio y formaba parte de las instalaciones del hotel. Podía accederse desde el exterior, pero la entrada más habitual y fluida era la interior, pues los asiduos solían pasar antes por la cafetería o el salón de té.

—Me muero de angustia, Einés. No sé si bajar de nuevo a tu casa o llamar a mi padre, por si han averiguado algo ya.

—Pues no te digo nada yo, que no puedo salir de aquí. Sí, señor, tenemos disponibilidad para esa fecha. Por supuesto, puede hacer su reserva por teléfono. Muy bien. Buenos días.

La conversación había terminado. Así le hacía saber Einés que no podían seguir hablando.

Sin más noticias, ambas permanecieron pendientes del teléfono toda la mañana, esperando esa llamada que no llegaba.

En casa de Filú no sonó ni una vez. Intentó hablar con su padre en varias ocasiones, pero no obtuvo respuesta en la línea de su despacho del puerto, y concluyó que tampoco tenía sentido acercarse si no estaba.

Incluso llamó a la Sociedad de Fomento, pues sabía que a menudo pasaba por allí, pero fue inútil.

Einés, por su parte, atendió varias llamadas.

Cada vez que aquel aparato emitía su peculiar sonido, se abalanzaba sobre él esperando oír la voz de su amiga o, tal vez, la de Paul.

Pero no fue así, y el reloj de péndulo sobre la consola isabelina parecía confabular en su contra.

Aquella mañana, su percepción del tiempo no coincidía con lo que marcaban las agujas.

Apenas pasaban unos minutos de las dos. Acababa de regresar de su descanso del almuerzo, cubierta durante ese rato por el compañero del turno cruzado, cuando el soniquete monocorde volvió a romper el silencio del vestíbulo, en ese instante tranquilo y poco concurrido.

Einés cogió el auricular de forma automática, ya sin esperanza.

—Recepción del Gran Hotel Moderno, buenas tardes. ¿En qué podemos atenderle?

—Soy yo, Einés. ¿Puedes hablar?

Nada más escuchar la voz de Filú, a Einés se le deshizo el nudo que llevaba toda la mañana oprimiéndole el estómago.

Era la voz de una Filú relajada, incluso feliz; más aún, exultante.

Casi podía ver sus ojos chispeantes y oír su risilla gozosa, aunque contenida.

Sintió que todo iba bien —al menos, mejor de lo que temía— y respiró hondo varias veces, como si durante toda la mañana sus pulmones hubiesen funcionado a medio gas.

—Cuéntame, Filú, ¿qué sabes?

—Mi padre habló con don Ramón Cerqueiro, el abogado que lleva sus asuntos, y le dijo que, de momento, iban a tramitar una solicitud de aplazamiento por estudios.

El consulado tendría que concederla, y más adelante ya verían, pero que no había de qué preocuparse.

¡Y él se va a ocupar de todo, Einés! Lo citará para esta tarde ya.

Quise ir yo enseguida a avisarle, pero ya te imaginas la escena: otra trifulca en casa…

Ya te contaré. Así que mi padre dijo que él se encargaba de mandarle recado.

—¡Oh, Dios! ¡Filú! No sabes la angustia que pasé ni el peso que me quitas de encima.

—Oye, no creo que pueda bajar después de la reprimenda de mi madre; a ver si pasas tú y se sabe algo más.

—Sí, no te preocupes. Y gracias, muchas gracias. Dáselas también a tu padre.

—Sabes que los dos lo hacemos por mí, ¿verdad? —La voz burlona de Filú hizo que a Einés se le dibujara en el rostro la primera sonrisa de aquella mañana.

—Aun así, Filú, aun así —dijo mientras devolvía el auricular a su horquilla.

Las manecillas del reloj habían recobrado por fin la cordura y volvían a medir el tiempo con su ritmo acompasado de siempre.

Las tres horas que le quedaban para acabar su jornada ya no parecían una eternidad, aunque deseaba llegar cuanto antes a casa.

Esperaba que Franz hubiese hablado con el abogado del padre de Filú y tuviese noticias más precisas.