Capítulo 38
Así lo había resumido e n casa Franz, y de todo ello daban cumplida cuenta los periódicos de la ciudad.
En el puerto, las tabernas y, sobre todo, en los locales frecuentados por intelectuales y empresarios no se hablaba de otra cosa.
La gente del común, sin embargo, vivía relativamente ajena a aquellos asuntos que, por aquellos días, no les afectaban. Al menos, no de forma directa.
Pero todo cambió de repente para la familia de A Catuxa, una vez más en solo unos días y debido a la contienda, el día que Vigo amaneció con un edicto del consulado alemán que llamaba a alistarse en el ejército del Reich a todos los ciudadanos alemanes varones entre diecisiete y cuarenta y cinco años.
Alemania estaba movilizando tropas con rapidez y organizando el reclutamiento en sus colonias y comunidades del exterior.
Einés, detrás del mostrador de la recepción del Gran Hotel Moderno, tras realizar su rutina de primera hora de la mañana —que incluía revisar el libro de huéspedes, atender la correspondencia y los telegramas, supervisar el servicio de despertador y gestionar el transporte—, pasó por fin a organizar la prensa nacional y extranjera que llegaba cada día al establecimiento.
Fue entonces cuando lo vio en los titulares del Faro de Vigo : «El consulado alemán llama a sus ciudadanos a filas».
La conmoción fue brutal, y leyó con ansia la noticia.
La ciudad había amanecido con el comunicado en todos los diarios locales y, según anunciaba aquel periódico, con carteles en el consulado alemán, la oficina de telégrafos, el puerto, las plazas y los lugares más concurridos.
Pero ella, de camino al hotel, no los había visto o, tal vez, no había reparado en ellos.
Era demasiado temprano cuando salió de casa, comenzaba a amanecer, y apenas se había desprendido de aquella somnolencia que casi nunca desaparecía hasta que se ponía el uniforme, se recogía el pelo con esmero y pasaba por la cocina a hurtadillas para saborear uno de aquellos exquisitos cafés con los que las cocineras la agasajaban cada mañana.
No estaba permitido que los empleados comiesen o bebiesen otra cosa que no fuese agua fuera de los horarios establecidos, pero a las siete de la mañana no había nadie que le impidiese disfrutar de aquellos escasos pero reconfortantes dos minutos que compartía con las cocineras y el camarero que preparaba la sala de desayunos.
Le temblaban las piernas, y el corazón parecía que quisiera salírsele por la boca. Aún no había leído el contenido de la noticia y ya sabía que el futuro de Franz estaba comprometido. Respiró hondo y se dispuso a enfrentarse al edicto como si fuera a saltar al vacío.
Kaiserlich Deutsches Konsulat
Vigo, 10 de agosto de 1914
A todos los ciudadanos alemanes residentes en Vigo y sus alrededores:
En virtud del estado de guerra declarado por el Imperio alemán, se ordena a todos los ciudadanos alemanes en edad de prestar servicio militar, entre diecisiete y cuarenta y cinco años, que se presenten de inmediato ante este consulado para su registro y posterior movilización.
Asimismo, se insta a todos los súbditos del Imperio a mantenerse informados y acatar las instrucciones emitidas por las autoridades consulares. Quienes no cumplan con estas disposiciones podrán enfrentarse a sanciones conforme a las leyes del Reich.
Se recuerda a la comunidad alemana la importancia del deber patrio en estos tiempos de crisis. Para consultas o solicitudes de repatriación, se ruega acudir al consulado en horario de 9.00 a 18.00 horas.
J OSÉ G ARCÍA R EBOREDO
Consulado del Imperio alemán
Einés leyó varias veces el texto. Lo había entendido bien, no había lugar a duda: Franz sería llamado a filas. Sintió la necesidad de salir corriendo para avisar a su familia, pero su sentido del deber y su sensatez la obligaron a permanecer en su lugar de trabajo.
El suyo era un puesto, en cierta medida, de responsabilidad para el buen funcionamiento del hotel.
En unos minutos empezaría el servicio de despertador para algunos clientes; sus viajes dependían de ello.
En breve también comenzaría a sonar el teléfono; podrían llegar telegramas urgentes…
Además, era un buen empleo al que no quería renunciar mientras esperaba la posibilidad de presentarse a las oposiciones de telegrafista, si antes no encontraba un trabajo mejor.
Pero necesitaba que Franz se enterase lo antes posible.
Por su cabeza pasó que podría huir, desaparecer por un tiempo.
El pánico se apoderó de ella. Llamaría a Paul: él sabría qué hacer, siempre lo sabía.
Pero era demasiado temprano; Paul no llegaría al laboratorio hasta las ocho, y en su casa no tenía teléfono.
Entonces pensó en Filú. Su familia era una de las pocas afortunadas de la ciudad que disponía de aquella tecnología que empezaba a popularizarse entre las clases acomodadas.
No había nadie todavía en la recepción. Una luz amarillenta se filtraba por las cristaleras anunciando un día caluroso de verano, y a través de los visillos se veía ya movimiento en el exterior.
Echó un vistazo a la estancia vacía, se acercó al teléfono y, con mano temblorosa, giró la manivela con un movimiento seco. Un zumbido vibró en el auricular.
—¿Central? ¿Podría comunicarme con el abonado nueve? —preguntó con un hilo de voz.
—Un momento. Enseguida le hago la conexión —escuchó al otro lado del cable.
Einés esperó unos segundos hasta que el operador la avisó de que ya estaba en línea.
—Residencia de los señores Iglesias Devesa. Dígame. —Einés reconoció la voz de Pepita, y agradeció que fuese ella la que cogiese el aparato.
—Pepi, soy Einés. Necesito hablar urgentemente con Filú —dijo en un susurro, ojeando a su alrededor por temor a que alguien la oyera—. Por favor, Pepi, es importante. Y que nadie sepa que la llamé.
—Pero ¿qué pasó, Einés? —quiso saber Pepita al otro lado de la línea.
—Ahora no puedo contarte nada, que estoy en el hotel. Avísala pronto, por favor.
Einés esperó nerviosa. Si se acercaba alguien tendría que colgar, y quizá ya no tuviera otra ocasión como aquella en toda la jornada.
—¿Einés? ¿Qué sucede? —Se notaba que Filú todavía estaba adormilada.
Einés miró hacia uno de los laterales de la recepción donde, encima de una lujosa consola isabelina de caoba, el reloj de péndulo oscilaba de forma rítmica detrás de la puerta acristalada.
Sus agujas doradas todavía no marcaban las siete y media.
«Es demasiado temprano para los horarios de Filú», pensó.
—Tienes que bajar a mi casa, Filú.
—¿Ahora? Tú estás loca, querida. Ya tiene que ser importante.
—Lo es, Filú, lo es. Van a mandar a Franz a la guerra, a Alemania.
—¡¿Qué dices?! —A Filomena se le había pasado la somnolencia de repente, y su voz sonaba ya entre incrédula y asustada.
—Lo acabo de ver en los periódicos, y dicen que hay carteles por todas partes llamando a los hombres a alistarse.
—Pero…, no puede ser. Él seguro que no tiene que ir.
Einés oía su respiración agitada a través del auricular.
—¡Ojalá! Pero no lo sabemos. Ve y díselo, que no salga de casa por si acaso, que se esconda. Y mis padres que vayan a hablar con Paul, a ver si él averigua algo.
—Vale, voy, ya voy. Luego te llamo y te digo algo.
A veces, Filú la llamaba al hotel y Einés fingía estar hablando con un cliente o recogiendo un aviso si había alguien delante.
Casi siempre era para contarle algún chisme o para verse después de su jornada si preveía que podía escapar de la vigilancia de su madre.
Su vida y sus quehaceres diarios, dedicados sobre todo a convertirla en una señorita de exquisitos modales capaz de alternar con lo más granado de la sociedad viguesa y prepararla para aquel matrimonio al que su madre todavía no había renunciado del todo, eran tremendamente aburridos, y envidiaba el trabajo de su amiga.
En verdad, en el buen sentido, envidiaba todo lo que tenía Einés: libertad para ir y venir cuando y con quien quisiese, formación, un trato afectuoso con su familia, alegría desbordante, energía…
Y ella, con más posibles, apenas había tenido ningún control sobre su vida.
Su existencia siempre estuvo dirigida por su madre, que no solo organizaba su día a día, sino que aventuraba y disponía cómo habría de ser su futuro, incluso después de que su padre hubiese dado el visto bueno a su relación con Franz.
Aunque, por supuesto, no podría hacerse oficial antes de su presentación en sociedad.
No se podían saltar todas las normas de una sola vez.
Si al menos tuviese hermanos, quizá su madre no hiciera recaer toda su atención y sus pretensiones sobre ella, pero ni siquiera era el caso.
—¿Qué pasa, niña? ¿Qué cosa tan importante es esa? ¿A dónde dices que vas a ir? —Pepita, que había permanecido todo el rato pendiente de la conversación, la acosó a preguntas.
—Que van a mandar a Franz a la guerra, Pepi.
—¿A qué guerra? ¿De qué hablas?
—Ahora no puedo explicarte, tengo que ir a su casa.
Filú corrió descalza a su habitación seguida de Pepita.
—No puedes salir tú sola a estas horas, tu madre te va a matar. Nos va a matar a las dos si no estás para el desayuno. ¿Qué le vamos a decir?
—¿Y qué me importa eso ahora, Pepi? ¿Qué demonios me importa?
De pie, frente al armario abierto, como si no supiera qué buscaba allí, intentaba infructuosamente secarse con el reverso de la mano las lágrimas que le nublaban la vista.
—Te vas a meter en un lío. Y a mí, de paso —protestó Pepita mientras la ayudaba a ponerse las prendas que ella misma había sacado del ropero y, con los dedos, le atusaba un poco el pelo recogido en la trenza de dormir.
—Déjame, Pepi, no tengo tiempo para peinarme.
Pepita le tendió un pañuelo, pero las manos temblorosas de Filú eran incapaces de atárselo bajo la barbilla y salió de la habitación con él en la mano. La desesperación se estaba apoderando de ella.
Mientras bajaba con paso apresurado y el corazón encogido hacia O Berbés, solo podía pensar en Franz.
Todo lo demás no importaba. No concebía siquiera la posibilidad de no volver a verlo.
No en ese momento. No cuando estaba siendo uno de los mejores veranos de su vida, a pesar de las trabas que ponía su madre.
Desde que sabía que tenían la posibilidad de un futuro juntos, no cabía en sí de dicha, y la cara de Franz cuando le dijo que su padre la había felicitado por su elección era una estampa que jamás olvidaría, que se quedaría grabada para siempre en aquel álbum de imágenes que había empezado a coleccionar en su retina.
Recordándola, se le coló una sonrisa entre las lágrimas mientras golpeaba con fuerza la puerta de casa de Catalina, todavía cerrada.
Franz bajó el primero, pero detrás asomaron de inmediato Catalina y Amaro, alarmados por la insistencia de los golpes. Sin lograr decir una sola palabra, acalorada y sollozando, Filú le entregó a Franz, en la misma puerta, uno de aquellos carteles con los que había amanecido empapelada la ciudad.
—¿Qué es esto, Filú? —le preguntó mientras recogía el papel y tiraba de ella escaleras arriba, seguido por sus padres.
Las tazas del desayuno estaban todavía humeantes sobre la mesa de la cocina.
Las contraventanas estaban abiertas, y Franz se acercó para ver mejor el contenido de aquel anuncio que, por el estado de Filú, no podía ser nada bueno.
Su gesto iba cambiando a medida que avanzaba en la lectura, y Catalina no pudo esperar a que acabara para preguntarle:
—¿Qué pasa, hijo? Dinos algo, por Dios.
—Que nos llaman para alistarnos en el ejército alemán. Voy a tener que ir a la guerra —respondió consternado.
—Pero eso no puede ser. —A Catalina se le cortó la respiración y, por un momento, pensó que definitivamente la desgracia los perseguía—. Tú ya no eres alemán, si te criaste aquí casi desde que naciste y no pisaste Alemania en tu vida… ¡No puede ser!
—Sí, sí que puede. Sigo teniendo la nacionalidad. Aunque hubiese nacido aquí, estaría obligado a alistarme. Me acercaré al consulado a informarme —dijo Franz tratando de mantener la serenidad.
—No, no vayas. Einés me dijo que no salieses de casa, que te escondieses, que tenía que hablar con Paul.
—Filú estaba desconsolada, y Franz la abrazó con fuerza en un arrebato espontáneo.
Era la primera vez que le demostraba abiertamente su afecto delante de sus padres—.
Porque tú no quieres ir, ¿verdad? ¿Verdad, Franz?
—lo apremió, separándose de él y buscando sus ojos con los suyos, enrojecidos por el llanto.
Por un instante se le pasó por la cabeza que tal vez él quisiera alistarse como voluntario, como habían hecho algunos de los muchachos de familias alemanas de la ciudad y casi toda la tripulación de los barcos que habían recalado en la ría en aquellos días.
Catalina, Amaro y Leonor, que había subido alertada por los golpes en la puerta, esperaron con ansia la respuesta, pues era una posibilidad que ni siquiera se les había pasado por la cabeza.
—No, por supuesto que no —los tranquilizó—. Pero no sé cómo librarme.
—Voy a hablar con Paul. Tú quédate aquí, por si acaso. Quizá tenga razón tu hermana: mejor que no salgas de casa mientras no sepamos más —intervino Amaro al tiempo que cogía la chaqueta y salía, olvidando la taza del desayuno a medias encima de la mesa.
—Y también con el señor Schmidt. Es de confianza, y su hijo estará en la misma situación —le pidió Catalina—. No creo que recluten a todos los hombres de esas edades. Pero si muchos son padres de familia, por Dios —añadió, llevándose las manos a la cabeza.
—Me tengo que ir —anunció Filú, dirigiéndose a Franz—. Hablaré con mi padre. Intentaré volver esta tarde. Si no puedo, dile a Einés que se acerque a mi casa. No me tengáis en este sinvivir.
—Gracias, Filú, gracias por bajar a avisar.
Por primera vez, Catalina la miró con otros ojos; no vio a la hija de Casilda, sino a una muchacha enamorada capaz de ponerse el mundo por montera, vestirse de coraje y enfrentarse al destino con los puños apretados y el alma en pie, como lo habría hecho Delaira en su lugar, como sabía que lo haría Einés.
Sin pensarlo, la atrajo hacia sí y la abrazó, como momentos antes había hecho su hijo.
Aquel gesto provocó en la muchacha un llanto desconsolado, fruto no solo de la tensión y el miedo, sino también de la emoción que le produjo sentirse aceptada por Catalina, la misma que meses atrás había ido a su casa a pedirle a su madre que la alejara de Franz.
—Y si lo obligan a alistarse… ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué podemos hacer? —repetía entre sollozos, refugiada en aquellos brazos fuertes y protectores.
—No se va a ir a ningún sitio, ¿me oyes? —le respondió Catalina, separándola de su pecho y obligándola a mirarla a los ojos—. Haremos cualquier cosa, lo que sea, pero no se irá de aquí. Te lo prometo.