Capítulo 37
El Heraldo de Vigo , que se publicaba a diario, ofrecía los lunes un folletín por entregas al que Catalina y Leonor se habían vuelto adictas desde que Einés había empezado a trabajar allí, en sus oficinas de la rúa Colón.
Leonor era analfabeta, como la mayoría de las mujeres de las clases humildes.
Ni siquiera sabía escribir su nombre y, en las pocas ocasiones en que tuvo que firmar un documento, trazó una cruz junto a la que un testigo escribía: «Hace cruz por firma».
Solo una vez —y ya ni recordaba para qué— dejó su huella dactilar impregnada en tinta sobre el papel.
Catalina, aunque sabía leer, lo hacía con dificultad: se detenía, retrocedía, tropezaba con las palabras…
En un texto largo, y además escrito en una lengua que no era la suya habitual, el sentido se le deshilachaba entre los labios.
Por eso Einés se lo leía los martes por la noche, al regresar a casa con el ejemplar del día anterior, cuando trabajaba en el periódico primero, y en el Gran Hotel Moderno más tarde.
Las tres se reunían en torno al brasero en invierno, o al fresco de la solana en verano.
Aquella lectura después de la cena era su pequeño ritual, un instante sagrado que aguardaban semana tras semana.
Cuando acababa el capítulo, comentaban la historia con entusiasmo.
A Einés le fascinaba que su madre y su abuela vivieran aquellas ficciones como si fuesen verdad, como si los personajes fueran vecinos del barrio con los que empatizaban, amándolos u odiándolos.
Las oía opinar, indignarse, conjeturar sobre el destino de los protagonistas.
Disertaban sobre algunos detalles, rememoraban los sucesos anteriores y dejaban plantada la semilla de la ilusión a la espera de la siguiente entrega.
Aquel verano, el folletín que cautivaba a aquel peculiar club de lectura era La panadera , del francés Xavier de Montépin. Pero El Heraldo de Vigo, en la segunda página del ejemplar del 29 de junio, informaba de una tragedia en Sarajevo que se había producido el día anterior.
De regreso a la cocina, después de abandonar la fresca solana, Einés dejó el periódico sobre la mesa.
Amaro afilaba los cuchillos con la correa de cuero y preparaba los escamadores para el pescado, y Franz, pegado al candil, leía uno de sus libros de letra diminuta y tapas de tela azul desvaída, que probablemente habría pasado por muchas manos antes de llegar a las suyas.
Pero cuando alzó la mirada, algo en la primera plana le llamó la atención; cerró el libro y buscó con rapidez en las páginas interiores.
—¿Qué pasa? —preguntó Einés, inclinándose sobre su hombro para averiguar qué había captado su interés de forma tan repentina.
—¡Han asesinado a los archiduques de Austria! —exclamó él, leyendo con avidez.
—¿Y? —Einés arqueó las cejas. Austria le sonaba tan lejana que no comprendía la inquietud de su hermano.
Los demás ni se inmutaron. Ni el nombre les resultaba familiar, y muertes violentas había todos los días. Mientras no les afectara, tenían demasiadas cosas más cercanas por las que preocuparse. Pero aquella les afectaría, y mucho.
Pocos días después, tras aquel suceso que actuó como detonante, y cuando las hostilidades ya habían comenzado, el Faro de Vigo advertía sobre las consecuencias que aquella guerra podría acarrear para la ría y el comercio de la ciudad.
Aunque en los diarios ya se daba por hecho que España se declararía neutral, el tráfico marítimo se alteró de inmediato.
Se suspendieron los envíos desde Gran Bretaña y Alemania; las importaciones y exportaciones se vieron muy perjudicadas, y la ría se llenó de buques sorprendidos por la declaración de guerra.
Pero lo que marcó en Vigo el inicio de la contienda fue el corte del Cable Alemán por la Royal Navy británica en el Canal de la Mancha.
Aquella ofensiva rompió la relación de camaradería y amistad entre germanos y británicos en la ciudad, y dejó paso a la tensión y al recelo.
La información sería clave en aquella guerra, y quien monopolizase las comunicaciones poseería un arma tremendamente valiosa.
Si británicos y alemanes habían visto las posibilidades de la ría para instalar sus cables, también se dieron cuenta de que sería un punto estratégico para la contienda.
Así, a principios de agosto, varios barcos alemanes arribaron al puerto de Vigo, y algunos, como el crucero de batalla SMS Goeben o el cablero SS Stephan, no solo llegaron buscando refugio en un puerto neutral, sino que tuvieron un importante papel en el desarrollo del conflicto.
El ambiente se enrareció incluso en las calles.
La ciudad dividió sus simpatías entre los dos bandos y, aunque en general se declararon germanófilos, la floreciente industria y la conexión comercial con Reino Unido y Francia hizo que muchos comerciantes y empresarios apoyasen a la Entente, al igual que los intelectuales de ideología progresista y republicana.
Hasta entonces, ambas colonias mantenían una convivencia casi fraternal que trascendía el ámbito de trabajo.
Sus oficinas, en la Casa Bárcena, separadas solo por dos ventanas interiores, habían favorecido el trato constante.
Y fuera de allí compartían aficiones: cerveza, deportes, fútbol…
Ambos grupos tenían su propio equipo, y los partidos entre ellos, y contra el Vigo Foot-Ball Club, eran frecuentes.
Pero ese agosto todo cambió. Aquella acometida inglesa, a casi mil kilómetros de distancia, estalló como una bomba en las oficinas del Cable. La tirantez se propagó por la ciudad, en especial entre las clases pudientes, que veían implicados sus intereses económicos o sus ideales políticos.
La clase trabajadora, por el contrario, no se posicionó a favor ni en contra de ninguno de los contendientes pues, mientras no tocasen su pan, un conflicto tan lejano no entraba en sus preocupaciones.
Bastante tenían con la devastadora epidemia de fiebre tifoidea que estaba asolando la ciudad aquel verano de calor intenso y persistente.
Al principio fueron pocos, en los barrios más pobres, pero el número de enfermos aumentó con rapidez en todos los estratos sociales.
Los muertos se contaban por decenas, y durante semanas nadie entendía qué estaba pasando.
Algunos lo atribuyeron a los pozos, otros a los alimentos del campo, pero al final se descubrió que el origen estaba en el sistema de abastecimiento, en el agua que todos consumían a diario.
Los manantiales que llenaban las fuentes públicas y el suministro municipal estaban contaminados.
Cuando se supo la causa del brote, las autoridades tomaron medidas, pero la gente seguía viviendo en un estado de pavor permanente.
La guerra en la ciudad se libraba en aquellos momentos contra la fiebre tifoidea.
Era lo prioritario, y los estratos más humildes solo empezaron a ser conscientes de lo que sucedía fuera de sus fronteras cuando las consecuencias llegaron directamente a sus platos.
Los despidos se sucedieron sin tregua por la falta de trabajo, una vez que las importaciones y exportaciones se vieron paralizadas.
Las fábricas redujeron turnos. En los muelles, los estibadores esperaban jornadas enteras la llegada de algún barco, pero solo atracaban los pocos mercantes que huían del bloqueo o buscaban refugio en puertos seguros.
El alza de los precios alcanzó niveles desorbitados, y el hambre, que al principio rondaba los barrios como una sombra pasajera, empezó a convertirse en una amenaza real.
En las casas más humildes el pan se racionaba con tazas de caldo aguado, y el pescado, sustento de las familias marineras, escaseaba incluso en O Berbés.
Además, aquella guerra de la que hablaban los diarios estaba más cerca, y les afectaba más de lo que creían: cientos de buques, a los que enarbolar la bandera de un país neutral no les salvó de acabar hundidos en el océano, fueron víctimas de una desgarradora y atroz batalla naval en la que los submarinos alemanes se convirtieron en feroces y temidos depredadores.
La miseria, el afán de progresar y la falta de oportunidades en la flota española habían llevado a muchos marineros de la zona a enrolarse en buques extranjeros.
Los reclutamientos se hacían en los mismos puertos, y la naviera inglesa era la que más frecuentaba el puerto de Vigo.
Pero también se enrolaban en buques de otros países, como Francia o Estados Unidos, y cientos de marinos gallegos y sus familias vivían bajo la implacable amenaza de los U-Boote alemanes, los temibles «lobos de mar».
La primera repercusión en casa de Catalina llegó, como a la de casi todos los hogares que dependían del mar para subsistir, a causa de los problemas económicos del negocio de Amaro, derivados de la escasez de pescado y la dificultad para su transporte.
La segunda tocó a su puerta, casi a la par, en forma de carta.
El contable del Cable Alemán, Wilhelm Schmidt, se presentó en persona para dársela.
—Lo siento, Franz —dijo con pesar—. Créeme, no pude hacer nada.
Franz abrió el sobre delante de su abuela e Einés. Su mandíbula se tensó; miró al visitante, buscando quizá una explicación. Leonor, algo más atrás, contenía el aliento. Las palabras del contable no auguraban nada bueno.
—Ya no pinta mos nada allí —dijo Schmidt con voz grave—. Ahora lo controlan todo los militares y los servicios de inteligencia. El mandato viene de arriba. No sabes cuánto lo lamento.
Einés tomó la carta y leyó en silencio.
—¡Le han retirado la ayuda! —resumió—. Dicen que por las singulares circunstancias del momento.
Schmidt bajó la mirada.
—Hablé con el cónsul —añadió—, pero tampoco pudo hacer nada. Lo intenté, de veras.
Leonor sintió una punzada en el pecho, un presentimiento oscuro.
Recordó las palabras de la meiga de Cangas: «Una mala sombra tratará de impedirlo».
Su fe en aquella profecía era absoluta, como lo fue cuando le anunció que Catalina tendría hijos.
Y allí estaban Franz y Einés, los más amados, los más deseados.
Por fin aparecía, aún sin forma, sin cara, pero todos aquellos años había sabido que algún día llegaría.