Las tejedoras del mar Capítulo 36
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Capítulo 36

Después del descanso de Pascua, Franz retomaba sus clases y, como cada vez que se iba, las tres mujeres de la casa lo acompañaban a la estación de Urzaiz para coger el ferrocarril con destino a Santiago.

—Aliméntate bien, no pierdas todo lo que recuperaste estos días.

No dejes de comer por no gastar, ¿me oyes?

—insistía Leonor mientras le entregaba los paquetes con los chorizos y las latas de conserva para complementar el exiguo menú de la pensión, sabiendo lo poco dado que era su nieto al gasto que no fuese estrictamente necesario.

—Que sí, abuela, que sí —respondió él dejándose abrazar y besar por ella una y otra vez.

—No te metas en líos. —Einés lo despidió también con un beso a pie de vagón.

—Le dijo la sartén al cazo. —La ironía de su hermana, pues solía ser ella la destinataria de aquellas palabras, provocó en Franz una risa llena de complicidad.

—Bueno, cuídate mucho —le indicó Catalina al borde de las lágrimas, como siempre que se iba, mientras lo miraba a los ojos y le acariciaba la cara con los dedos—. Céntrate en los estudios y mándanos carta o llama a tu hermana si tienes una urgencia.

—Lo haré, no se preocupe —le respondió él en un susurro a la vez que la envolvía en un abrazo fuerte y prolongado.

Era su forma de demostrarle cuánto la quería.

Sin saberlo, a los dos les asaltó el mismo pensamiento: nunca la había llamado «mamá», o al menos «madre», como era habitual, pero no era por distancia afectiva, sino como una muestra de respeto.

Catalina recordaba la primera vez que alguien se dirigió a ella con aquella palabra y le pareció la más hermosa de cuantas había escuchado jamás.

De pronto, cobró un significado que le llenaba el pecho de un sentimiento nuevo y maravilloso.

Había sido Einés, al poco de faltarle sus padres.

Jugaba en el arenal cuando se hizo un cortecito en una rodilla con una concha.

«¡Mamá! ¡Mamá! Me lastimé. Y sangro». Se dirigió hacia ella llorando, con sus bracitos extendidos, buscando su consuelo.

Catalina sintió que le daba un vuelco el corazón.

La invadieron emociones encontradas. Llevaba mucho tiempo deseando ser madre, y aquella escena de la pequeña Einés corriendo a refugiarse en su regazo, buscando su protección y gritando aquella palabra mágica y desgarradora a la vez, la sobrecogió tanto por imprevista como por anhelada.

Desde entonces, ya nunca más fue «madrina» ni «tía Cata» para Einés, tampoco para Franz, pero él nunca la llamó «mamá».

Deseaba que lo hiciese. Anhelaba escuchar de su boca aquella palabra que la llenaba entera, su mayor razón para luchar, para vivir; sin embargo, no se lo pidió, ni siquiera le preguntó por qué, aunque con terceras personas sí que se refería a ella como «mi madre».

Sabía que la quería y, en verdad, no necesitaba ninguna otra cosa.

Había sido un niño dulce y sensible, y también alegre, dinámico y dicharachero, como Einés. Seguía siendo el joven optimista y amistoso que nunca le dio un disgusto y le mostró su cariño de mil maneras diferentes; por eso nunca le reprocharía que no la llamase «mamá».

Franz, por su parte, en aquella despedida, como en tantas otras ocasiones, hubiera deseado llamarla así.

En su corazón se lo decía, pero aquella palabra tenía miedo de salir de su boca.

Al principio, de niño, lo invadía un pánico atroz.

Sentía que la vida, el destino, se empeñaban en privarle de unos padres y temía que volviera a pasar.

Einés era muy pequeña y le resultó más fácil: pasó de «tía Cata» a «mamá» con naturalidad, aunque a veces —él se lo notaba— la desconcertaban sus propias palabras.

Se quedaba inmóvil unos instantes, como reflexionando acerca de si «tía Cata» y «mamá» eran la misma persona, tal vez recordando la figura de su madre, sin saber muy bien dónde ubicarla ya.

A él le había pasado lo mismo con Delaira y Arthur.

Pero Delaira le había insistido en que la llamase «mamá», como Einés, y él, que no había reconocido a ninguna otra como tal —lo más parecido había sido su tía Maude—, sintió una especie de calorcito en el pecho la primera vez que la llamó así.

Tendría cinco o seis años. Le gustó. Pronunciar aquella palabra, que hasta aquel momento carecía de significado para él, era como entrar en un hogar verdadero, en un espacio cálido y seguro.

Tampoco le costó aceptar a Arthur como padre y llamarlo «papá».

Aunque sentía la ausencia del suyo, no recordaba que lo aupara en brazos, que lo cargara a hombros, que le hiciese cosquillas hasta hacerle llorar de risa o le dejase usar su brillantina para el pelo para ir al colegio, como hacía Arthur.

No, Harald no había sido pródigo en atenciones hacia él.

Era un hombre serio que se refugiaba en su trabajo, tanto en su oficina como en casa.

Realmente, apenas compartieron nada. Arthur, sin embargo, lo colmaba de afecto, tanto o más que a su propia hija.

Lo llevaba al laboratorio de la mano y demandaba su ayuda para pequeñas tareas.

Le hacía sentirse importante, merecedor de todo lo bueno. Nunca había sido tan feliz.

Cuando fallecieron, Amaro, Catalina y toda la familia pusieron todo de su parte para acogerle, pero el duelo fue largo y muy doloroso, porque de ellos, de Delaira y Arthur, sí guardaba recuerdos maravillosos que jamás olvidaría.

Cuando por fin empezó a recuperarse de la pérdida y sintió que de nuevo pertenecía a un hogar, a una familia, le invadió un miedo atroz a que todo se volviese a malograr y, en su cabeza infantil, pensó que si no los consideraba sus padres, tal vez no desaparecerían de su vida; puede que engañara al destino para que no se los arrebatase.

Pero Amaro dio al traste con aquel conjuro suyo una vez que estaban en el arenal pintando la embarcación del abuelo Enrique.

Franz, sin querer, derramó la pintura de su lata en la parte del casco que ya estaba lista y Amaro se enfadó.

«¡Me cago en la puta! Es bien cierto que el que con críos se acuesta…

Anda, sal de aquí. Ve, ve allá con tu madre».

Pero él se quedó inmóvil, con la lata y el pincel en la mano y los ojos llenos de lágrimas.

Amaro creyó que su reacción se debía a la reprimenda, así que rectificó:

«Bueno, que no es para tanto. No llores, hombre. Ven, que esto lo arreglamos enseguida. Anda, acércate», le dijo mientras apoyaba la mano en su hombro y lo atraía hacia él.

Pero no había sido la regañina lo que le había provocado aquella angustia, sino aquel reconocimiento público de Amaro como hijo suyo y de Catalina, aquella deseada pero temida asunción de que volvía a tener unos padres.

Contaba entonces nueve años, y decidió que, quizá, si no los nombraba, el infortunio pasaría de largo.

Creció obligándose a creer que así exorcizaba la desdicha que lo perseguía y, a pesar de que con el paso del tiempo se fue dando cuenta de la inocencia de aquella creencia a la que se había aferrado, nunca fue capaz de desterrarla del todo.

El silbido agudo de la locomotora se hizo oír en el andén, mezclándose con el griterío de pasajeros y vendedores ambulantes, y la máquina negra, con su chimenea humeante, emprendió la marcha cuando el jefe de estación levantó la bandera para indicar la salida.

Las tres mujeres escudriñaron desde el andén los vagones de madera, con sus ventanillas y sus cortinas desgastadas, intentando identificar a Franz entre la gente que viajaba en tercera clase, que procuraba acomodarse entre sacos, cajas y cestas de mimbre.

Finalmente lo localizaron y le enviaron un último saludo con las manos alzadas.

Ya las bielas comenzaban a moverse con un sonido seco y metálico, y el resoplido del motor había llenado el andén con una neblina espesa y blanquecina, cuando vieron aparecer a Filú corriendo, sofocada, con la cara encendida y sujetando con las manos su vestido para que no le dificultase la carrera.

—¡Date prisa, Filú, va en el segundo vagón! —le gritó Einés echando a correr tras ella cuando la muchacha pasó por su lado sin detenerse.

Leonor y Catalina se volvieron y la vieron a lo lejos, agitando su pañuelito blanco.

—Esto no nos va a traer nada bueno —se lamentó Catalina mientras las dos chicas regresaban y se acercaban a ellas cogidas del brazo, felices, compartiendo confidencias.

—¿Y qué podemos hacer, hija mía? Dejar que vivan su vida y que salga el sol por donde tenga que salir —respondió Leonor, resignada.

Esa era, sin duda, una de esas ocasiones en que iría a visitar a la meiga de Cangas para intentar vislumbrar el futuro de aquella relación entre Franz y Filú, pero la echadora de cartas había fallecido poco antes y no sabía de nadie que pudiese reemplazarla para aliviar aquella incertidumbre; al menos, nadie en quien confiase tanto como en la anciana adivina.