Capítulo 35 #2
—¡Claro que no! Porque eres una insensata —le recriminó Casilda, tratando de contener su enojo—, una imprudente que puede echar a perder la oportunidad de asegurar un futuro lleno de privilegios y comodidades para ti y tus descendientes.
—Y para usted, que es la más interesada, ¿no es así, madre?
—¡No seas impertinente, y no me faltes al respeto! —gritó Casilda fuera de sí—. No te hemos criado para arrastrar el nombre de nuestra familia por los suburbios. Ese don nadie sin cuna ni fortuna al que le pones ojos no está a nuestra altura. Nunca lo estará. Tú no eres para esa gente.
A pesar de no pillarla del todo por sorpresa, Filú palideció, y por un instante se quedó aturdida. Su padre la interrogó con la mirada, y los labios de su madre dibujaron una mueca de desdén mientras sus ojos iban de uno a otro, expectantes.
—¿Qué está pasando, Filú? ¿A quién se refiere tu madre? —quiso saber Alfredo.
—Eso, díselo, Filomena —intervino Casilda—, dile que tienes interés en el hijo del difunto marido de tu tía, hijo ahora del fresquero y de esa pescadera insolente que vino a decirme que te alejase de él. A mí, a mi puerta. Esa piojosa.
—¿Es eso cierto, Filú? —Alfredo ladeó la cabeza y entornó los ojos escrutadores—. ¡Filú! —la apremió ante su silencio.
La muchacha sostuvo la mirada de su padre con temor pero con firmeza y luego asintió.
—Así, reconócelo, pasa por esa vergüenza al menos. —Las palabras de su madre sonaron hirientes, triunfantes, como si estuviese izando su estandarte en un campo de batalla.
—¿Y por qué habría de avergonzarse, mujer?
—Alfredo apartó sus ojos de los de su hija y los dirigió a su mujer.
Parecía haber recuperado el sosiego, y aquella pregunta incisiva e inesperada dejó descolocada a Casilda, pero también a Filú, que no contaba con semejante reacción—.
¿No es acaso un muchacho con un futuro prometedor y una buena carrera?
Dicen que es un estudiante brillante que llegará tan lejos como quiera.
¿No llegó Montero Ríos a presidente del Consejo de Ministros, aunque su padre era zapatero?
¿O Gumersindo Busto a diputado a Cortes, a pesar de que el suyo era carpintero?
—¿Pero es que has perdido la razón? ¿Tú te oyes? —Casilda abrió los ojos desmesuradamente y su boca se torció en una mueca casi de asco—. ¡Son unos arrabaleros! ¿Cómo van a emparentar con nosotros?
—¿Y por qué no? ¿No es lo que hiciste tú?
—Si has llegado tan lejos ha sido gracias a mí, a mi apellido.
Casilda se revolvió orgullosa, roja de rabia. A Filú le recordó a una de aquellas culebras que los niños acosaban con palos entre las piedras de la ribera de O Berbés.
—¿Tu apellido? ¿Dónde me encontró a mí tu apellido?
¿Acaso me buscó en los arrabales? Tu apellido, tu familia, lo único que ha hecho es sacarme los cuartos.
Salvo Evaristo, que se ha labrado un buen porvenir gracias a su valía y sus estudios —puntualizó recalcando el valor de la formación—, los demás son una panda de vagos estirados que no han pegado un palo al agua en su vida.
Así acabaron con el patrimonio de tu padre.
No, no quiero otro mequetrefe más en mi familia que acabe con el mío.
¿A qué se dedica ese pisaverde de los Taboada?
¿Qué hace? Los negocios de Crisanto no son tan brillantes como aparenta, y de su título no van a comer.
Puede que les abra alguna puerta, pero solo con eso no se prospera.
Hay que trabajar, mancharse las manos. Pero ¿qué sabrás tú?
Era difícil dejar a Casilda sin palabras, y menos su marido, que siempre había sido tan fácil de manipular. Pero ella era astuta y sabía que le convenía callar. Él, siempre parco en palabras, se había explayado y, por primera vez, había dicho sin tapujos lo que pensaba de su familia política.
Y era verdad. Sus cuñados habían recurrido a él en numerosas ocasiones para que invirtiese en sus ruinosos negocios o solventar sus deudas, y Casilda temía que les cerrase el grifo.
Y también era cierto que, cuando lo conoció, él ya era un hombre rico, con una fortuna considerable y gran influencia entre los industriales de la zona.
Ella, pese a sus esfuerzos, nunca logró arrastrarlo a su terreno, al de aquella aristocracia que lo hacía sentirse como un pez fuera del agua.
Tenía que medir cada una de sus palabras, calibrar bien cada paso.
No iba a tirarlo todo por la borda después de haber conseguido el mejor partido para Filomena, para la familia, para sí misma.
—Entonces, Filú, ¿cómo es eso? —El rostro de Alfredo estaba relajado, incluso parecía feliz.
Haberle dicho por fin a su mujer lo que pensaba, advertirla de que nadie lo iba a comprar otra vez por un apellido, y vislumbrar el posible apoyo y posterior relevo para su legado le hicieron sentir más enérgico y seguro de lo que había estado nunca—.
Franz es un buen muchacho: serio, educado, trabajador…
Lo he visto en las descargas hombro con hombro con su padre, en sus vacaciones —manifestó con satisfacción mientras a Casilda se le revolvía el estómago—.
Y un licenciado en Derecho no es cosa menor.
Además, hay que reconocer que el chico tiene muy buena planta.
Filú lo miraba embelesada, con un nudo en la garganta.
Su padre veía el futuro que ella tanto deseaba, y se lo estaba regalando.
Su dicha no podía ser mayor. Pero había algo más.
Con aquellas palabras sintió que Alfredo se reflejaba en Franz como en un espejo, como si aquel joven fuera la encarnación del hombre que él había sido: ambicioso, orgulloso de cada logro conseguido por sus propios medios, hasta que conoció a Casilda.
Era bella, desenvuelta, con linaje… Creyó que a su lado conseguiría todo lo que se podía esperar de la vida: posición, reconocimiento, una familia por la que luchar y seguir creciendo.
Pero no fue así, y muchas veces pensó que se había equivocado.
No encontró en ella el apoyo que esperaba; al contrario, desde su casamiento, todo fue nadar contracorriente.
Aquello de lo que él se sentía tan orgulloso —sus orígenes, su talento, su esfuerzo— era para ella motivo de humillación, una vergüenza que, en la medida de lo posible, había que ocultar.
Casilda había levantado una muralla entre los dos mundos que los separaban: la burguesía industrial que él admiraba y la nobleza que ella idolatraba.
Así, Alfredo acabó sintiéndose excluido en ambos.
Entre los empresarios cobró fama de haberse vuelto un renegado codicioso y, entre los de alta alcurnia, nunca encajó.
Aceptar a aquel muchacho de infancia complicada era una manera de redimir su error, de retomar aquella senda de la que nunca debió salir, donde esperaba volver a sentirse orgulloso de ser quien era.
Estaba seguro de que la burguesía industrial acabaría fagocitando a la nobleza con todos sus títulos y privilegios.
El chico brillaría con luz propia, y él quería estar allí, del lado de los que se labraban su camino, con los suyos.
La satisfacción que sentía al imaginarse a Franz como yerno era proporcional al rechazo visceral que le inspiraba Alonso Taboada. Sin duda, Filomena había tenido buen ojo.