Las tejedoras del mar Capítulo 35
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Capítulo 35

—Pues ya os anticipo, y sois los primeros en saberlo —reveló Casilda con su sonrisa triunfal, la espalda envarada y los dedos finos sujetando el platillo y la taza de delicada porcelana de Limoges—, que a principios de otoño será la presentación en sociedad de Filomena.

Sin duda, la noticia era una primicia suculenta e inesperada, al menos para Filú y su padre, que intercambiaron una mirada de asombro e incredulidad.

Pepita le había advertido que se preparase para cualquier cosa, pero aquello no se lo esperaba.

Mientras los Taboada de Montenegro se levantaban a una de sus asientos y celebraban la noticia con felicitaciones y muestras de afecto comedidas, ella elucubraba acerca de las razones de su madre para anunciar su presentación en sociedad sin haberlo hablado antes en casa, seguramente para no darle opción a réplica.

Justo cuando ella ya había perdido todo interés en ese evento que tanto había deseado en su adolescencia, cuando soñaba con su entrada solemne en el salón de baile, presentada por su madre, mientras un cuarteto de cuerda tocaba el vals La bella durmiente , y su padre, tendiéndole la mano, le ofrecía su primer baile antes de que otros caballeros la invitasen.

Flores frescas, un vestido blanco importado de París, con guantes largos de encaje y abanico de carey…

Nada más escuchar aquel anuncio sorpresivo de su madre, se dio cuenta de que ese baile de debutante la separaría irremediablemente de Franz.

Aquel ritual era una parte inherente del calendario social de aristócratas y burgueses: marcaba la entrada de las muchachas en el mundo adulto y su disponibilidad matrimonial.

Entonces comenzaban las alianzas entre las familias, buscando el mejor partido, el mejor postor…

Eso que Filú detestaba desde que había descubierto que había gente que solo se casaba por amor. Y que era feliz.

Tras aquella ceremonia que la colocaría en el mercado matrimonial y la expondría como un activo a merced de quien quisiera pujar por ella, tendría que acompañar a su madre en sus actividades sociales, asistir a fiestas, bailes, eventos culturales, tertulias, obras de caridad y encuentros con amigos y familiares, todas ellas ocasiones que solía aprovechar para escaparse a O Berbés.

—Por supuesto —continuó Casilda con orgullo—, lo celebraremos en el Liceo.

Doña Teresa de Montenegro y sus hijas aplaudieron la elección.

Muchas debutantes, en especial las que pertenecían a las nuevas élites ligadas a la industria o el comercio marítimo, aquellos que Casilda denominaba «advenedizos» —obviando que ella misma se había casado con uno—, elegían para sus eventos los salones del Círculo Mercantil, con un aire mucho más moderno y menos protocolario que el Liceo, que exhibía un ambiente formal, conservador y de tradición más aristocrática.

Filú, abrumada por la situación, fijó los ojos en la mesa, dispuesta con todo el ceremonial que exigía la ocasión, una escenificación premeditada y calculada al milímetro.

Ya había advertido algo extraño nada más llegar al salón.

No era habitual que, para una simple merienda, se desplegase semejante boato.

Un mantel de lino blanco, almidonado hasta la rigidez, caía en pliegues exactos sobre los bordes de la mesa.

Encima, el juego de café de porcelana francesa, de delicado borde verde y oro, brillaba bajo el sol que entraba oblicuo por los ventanales de la galería.

Las jarras de cristal tallado, las bandejas de plata con pastelillos de hojaldre, pastas de almendra, tartaletas de crema…

El piano, con partituras de Chopin, Schubert y Brahms; los bordados y tapices de Filú, expuestos para mostrar a los Taboada sus dotes artísticas y domésticas.

«Si mi madre supiese —pensó mientras se le escapaba una sonrisa maliciosa— que algunos de esos bordados los hace en secreto una amiga de Einés, virtuosa de la aguja, a cambio de jabón perfumado o los restos de las telas que nos sobran de nuestros vestidos, para justificar el tiempo que supuestamente paso bordando… ».

La conversación derivó, por parte de los hombres —con la cortesía propia de dos familias que comparten intereses y ambiciones—, hacia temas laborales, el estado del puerto y las noticias que llegaban de Europa, mientras que las damas comentaban el calor poco habitual, el concierto que ofrecería la Sociedad Filarmónica el domingo siguiente o la llegada del nuevo pianista italiano.

Las jóvenes asentían y escuchaban en silencio, como flores bien colocadas en los jarrones.

Nadie lo mencionó. No era necesario. El motivo de la visita flotaba en el aire, entre el aroma de las pastas de mantequilla y el tintinear de las cucharillas.

Tras el anuncio de Casilda, aquella merienda se convirtió en algo más que un encuentro social.

Era una exhibición discreta, una danza de apariencias, un tanteo de futuros acuerdos, para dejar entrever el deseo de un enlace sin pronunciar aún la palabra «compromiso».

Eso llegaría después, tras la presentación en sociedad. Casilda lo tenía todo calculado.

—¿Acaso no estás contenta, Filú? —Sin duda, doña Teresa, como quizá todos los demás, había notado ya no solo su desinterés, sino también su contrariedad.

—Está abrumada por la sorpresa —se adelantó Casilda, posando una mano sobre las de Filú, que sujetaban los guantes en el regazo y que, al contacto de su madre, se contrajeron por instinto—. Se lo anunciamos esta misma mañana, y ya se sabe, es un acontecimiento tan importante para ellas…

Filú impostó una sonrisa. Se debatía entre las ganas de gritar, de sacar la rabia que iba creciendo por momentos, y la buena educación que se le presuponía a una señorita de su clase.

Una mínima salida de tono y habría puesto en entredicho la reputación de su familia.

Cualquier desviación de los renglones marcados por aquellas estúpidas y rígidas convenciones y códigos de conducta, y estarían en boca de todos.

Fue entonces cuando sintió todos los ojos de aquella familia posados en ella, escudriñando su rostro y sus ademanes.

La realidad se impuso: comprendió lo difícil que sería luchar por aquella relación, enfrentarse al orden social y moral que no debía tocar, so pena de acabar abocando a su familia, y a ella misma, al ostracismo y el escarnio.

También fue consciente de lo temeraria que había sido al bajar a O Berbés en tantas ocasiones sin que aquellas escaramuzas fuesen descubiertas, aunque hacía tiempo que se había dado cuenta de que los ojos y los oídos aristocráticos no prestaban atención a la gente del común, y ella, aligerada de su ornamento, con un sencillo vestido oscuro y un sombrero o un pañuelo discreto, a simple vista pasaba por una chica de barrio, como cualquier otra o como una de las muchas que llegaban, solas o con sus familias, al arrimo de las oportunidades de una ciudad cada vez más próspera y poblada.

Por eso nunca le había preocupado en demasía, y, cuando lo hacía, pensaba que siempre tendría la disculpa de ir a visitar a su amiga, un trato que su madre toleraba porque otras familias importantes la tenían en gran aprecio y las monjas de la Compañía de María alababan su ejemplaridad en muchos aspectos.

Apenas el carruaje de los Taboada echó a andar tras la formal pero extrañamente afectuosa despedida, Filú se enfrentó a su madre.

—¿Por qué, madre, por qué ese teatrillo? ¿Para qué? ¿Por qué esa urgencia repentina? —Apenas podía contener su indignación, y alzó tanto la voz que se sorprendió de aquella explosión tan impropia de sus modales, siempre comedidos.

—Porque ha llegado el momento, y no hay más que hablar.

—¿Hablar? ¿Es que hemos hablado de ello? ¿Sabía usted algo, padre? —La rabia de Filú crecía por momentos.

Su padre permaneció de pie mirando fijamente a su esposa, que había optado por sentarse en una butaca y hojear una revista como si aquel incidente familiar fuese un asunto menor.

Filú observó que los labios de su padre, bajo el espeso bigote, se contraían, pero, salvo ese casi imperceptible e involuntario movimiento, la expresión de su cara no dejaba entrever su posición respecto al tema.

—¡Padre! —se impacientó Filú—. ¿Es que no piensa decir nada?

—No, a mí nadie me ha dicho nada —respondió al fin Alfredo—. Y estoy esperando una explicación.

—¿Y qué explicación quieres? —Casilda se levantó airada y golpeó la mesita del té con la revista enrollada en la mano, haciendo tintinear la fina vajilla que aún no había sido recogida—.

Yo solo quiero asegurarle un buen futuro a tu hija.

¿Qué haces tú al respecto? ¡Nada! —se contestó, colérica—.

¡No haces nada! No sabes cuándo es el momento, con quién hay que alternar ni qué hilos mover.

La rabia de Alfredo comenzó a subirle desde el pecho como una enredadera hasta enrojecer su cara de ira.

No era la primera vez que su mujer lo humillaba insinuando que no tenía suficiente solvencia cultural y social para encajar y moverse con soltura en determinados círculos de la alta sociedad, cosa que, a ella, por supuesto, le venía de cuna.

Con los ojos inflamados de indignación, estaba a punto de decir algo cuando Filú se le adelantó.

—¿Qué pretende, madre? Ya no soy una niña.

¿Cree que no me he dado cuenta de su jugada?

Ahora entiendo tanta premura… En cuanto debute, Alonso Taboada, heredero del marquesado de Candeán, pedirá mi mano, porque ya lo tiene usted todo negociado.

¿No es cierto? Pero, escúcheme bien: jamás accederé a casarme con ese estúpido engreído.

¡Jamás! —exclamó cruzando el aire con las manos en un gesto espontáneamente visceral, olvidando el respeto que le debía a su madre, las formas y cualquier cosa que no fuese dejar clara su postura—. ¡Jamás!