Las tejedoras del mar Capítulo 34
48%

Capítulo 34

Pepita no se equivocaba, casi nunca lo hacía.

Poseía aquella curiosa facultad de adentrarse en los pensamientos de los habitantes de la casa, como si los descifrara sin esfuerzo.

Co nocía bien a Casilda y era capaz de adivinar, solo con observar sus gestos, sus acciones futuras.

Cuando fruncía el entrecejo, entornaba los ojos con la mirada fija en un punto invisible y se sujetaba la barbilla con la mano derecha, era señal inequívoca de que algo importante le rondaba por la cabeza.

A veces permanecía así largo rato, absorta, hasta que al fin asomaba a su rostro una sonrisa triunfal, como si los hilos de una maraña se hubiesen desenredado de pronto y la solución se le hubiera revelado como una epifanía.

De ese modo, con aquella expresión concentrada y ausente, la había dejado esa tarde frente a la taza humeante de camomila, y al regresar al salón para recoger el servicio su semblante ya se mostraba sereno, seguro, reflejo de quien siente haber recolocado todas las piezas del rompecabezas y tenerlo todo bajo control.

No mencionó el asunto, pero empezó a dar pasos en esa dirección: levantar un muro entre su hija y aquel muchacho al que, por razones que Pepita desconocía, le tenía una inquina vieja, casi instintiva, la misma que Catalina sentía por Filú.

Aquella repulsa mutua hacia los hijos de la otra siempre la había intrigado, desde la vez en que, siendo las niñas pequeñas, Catalina apartó a Einés de Filú a la salida de la escuela como si fuese una apestada.

A Pepita le pareció entonces una reacción visceral, irracional.

Por más que indagó, nada descubrió más allá de lo sabido por todos: que Franz era hijo del difunto marido de su hermana y que Sagrario no había querido saber nada del niño tras la muerte de su padre, lo cual, a juzgar por lo que Matilde le había confiado, había sido una suerte para él.

—Ala, vete haciendo a la idea de que tu madre ya te está tejiendo el redil.

Filú, sentada ante el tocador, levantó la mirada y buscó los ojos de Pepita a través del espejo.

Pero la mujer, situada detrás de ella, siguió colocándole las horquillas en el cabello sin mirarla, como si aquel comentario careciera de importancia, aunque Filú sabía que esas palabras escondían una advertencia.

Algo se le escapaba. Hizo un repaso mental de las tres últimas semanas, desde que Catalina se había presentado en su casa.

Casilda había guardado para sí aquella información, seguramente con algún propósito bien calculado.

Ella, por su parte, había extremado las precauciones, vigilando a su madre más que su madre a ella.

Franz no estaba en la ciudad, así que no había riesgo de encuentros, y por seguridad había trasladado el escondite de las dos cartas que él le había enviado —la última, apenas dos días atrás— al trastero, donde sabía que Casilda jamás pondría un pie.

Solo había bajado una vez a O Berbés, una tarde en que su madre tomó el tren rumbo a Vilagarcía de Arousa para visitar a una tía.

¿Qué redil era ese que Casilda le estaba tejiendo y ella no lograba ver?

—¿Qué me quieres decir, Pepi? —preguntó al tiempo que se sujetaba el tocado con las manos para mantenerlo en su sitio al volverse en el taburete y mirarla de frente.

Pepita arqueó las cejas, instándola a pensar un poco. Pero la impaciencia devoraba a Filú. Aquello era demasiado importante como para perder tiempo en adivinanzas, y la mujer, que la conocía bien, decidió ir al grano.

—A ver, Filú, esta es la segunda vez en poco más de quince días que os reunís con los Taboada —dejó caer, dándole un hilo del que tirar.

—¿Y? —preguntó Filú, pero al instante bajó la mirada, repasando mentalmente las dos últimas semanas—. Nos están devolviendo la visita —susurró casi para sí, convencida de que si Pepita lo sospechaba, aquella cortesía tal vez no fuese del todo inocente.

Los Taboada de Montenegro eran una de las familias más respetadas de la ciudad.

Su prestigio provenía, en buena medida, del título que Crisanto había heredado de su padre, concedido por Isabel II por su valentía y lealtad durante la primera guerra carlista.

Teresa de Montenegro, su esposa, pertenecía también a una estirpe aristocrática que además estaba vinculada al comercio marítimo con América, y era una de las mejores amigas de su madre.

Vivían en un palacete en el Arenal, con vistas al puerto y a la ría, aunque poseían también un pazo en Soutomaior, donde celebraban partidas de caza a las que invitaban a otras familias, incluida la suya.

Filú detestaba aquellas cacerías, los días sombríos y húmedos en que los animales muertos eran exhibidos y descuartizados en el patio.

Le resultaban insoportables. En más de una ocasión fingió estar enferma para quedarse en casa al cuidado de Pepita.

Distinto era el pazo de descanso que los Taboada tenían en Baiona.

Cada verano, Filú y su madre pasaban allí una o dos semanas.

Su padre, Alfredo, solía quedarse en Vigo trabajando —como Crisanto Taboada, aunque se decía que lo hacía por motivos menos sacrificados—, de modo que el único varón presente era Alonso, el hijo mayor.

El resto eran mujeres: doña Teresa y sus cuatro hijas, Casilda y Filú, y dos criadas del servicio. Además estaba la familia de los guardeses, que vivía en una casa dentro de la finca.

Aquel entorno, al menos, ofrecía muchas distracciones: conciertos, bailes, juegos de naipes, comidas al aire libre, excursiones…

Durante años, esos días fueron los más esperados por Filú, hasta que Franz se marchó a estudiar a Santiago y las oportunidades de verlo se redujeron drásticamente.

Entonces empezó a esperar cada verano como una cuenta atrás hacia el reencuentro.

Aunque no solían ausentarse más de una semana, no cambiaba por nada las oportunidades de bajar a O Berbés y, si no estar con él, al menos sí a su lado.

En Vigo, los Taboada eran habituales en los bailes del Liceo Casino, el Círculo Mercantil, las fiestas del Club Náutico y los elegantes cafés como el Suizo o el Colón.

En todas esas ocasiones, las dos familias coincidían, pero Pepita estaba en lo cierto: fuera de esos eventos sociales, nunca antes habían hecho ese tipo de visitas, y esa sería la segunda vez en muy poco tiempo.

—Te están organizando el casorio, Filomena. ¿O es que no te das cuenta?

—¡Qué tontería, Pepi! ¿No lo dirás por Alonso? Mis padres saben que lo detesto. No lo soporto —dijo acompañando sus palabras con un gesto de desagrado.

—¡Ja! Como si eso importara. —Pepita soltó una risa seca—. Qué inocente eres, niña.

Filú sabía que Alonso era el candidato soñado de su madre.

Desde hacía años, ensalzaba sus virtudes con la esperanza de doblegar el desprecio que ella sentía por él.

Crecido entre privilegios —como ella, todo había que decirlo—, era insolente, caprichoso y estaba convencido de su superioridad.

Su mirada altiva y su sonrisa burlona lo delataban.

Y aunque su porte resultaba impecable —alto, moreno, siempre vestido con trajes a medida y zapatos relucientes—, nada en él podía compararse con Franz, con sus ojos azules, su risa franca, su cabello rebelde, su piel tostada por el sol, sus camisas de lino con olor a romero que ella misma ayudaba a Einés a perfumar en los roperos y los arcones…

Cuántas veces había acariciado disimuladamente una de esas prendas mientras lo hacían, acercándola a su rostro para aspirar su aroma.

Y aquello que sentía cuando la miraba… Jamás Alonso Taboada podría hacerla estremecer así. Ni él ni ningún otro. Porque desde que sabía que Franz compartía sus sentimientos, estaba segura de que ya nada podía apartarla de él.

Si algo había advertido durante aquellos años de escapadas a O Berbés era la diferencia con la que los jóvenes llegaban al matrimonio.

Las muchachas del barrio se casaban antes que las de su clase, y en ellas el matrimonio parecía guiado por el afecto sincero más que por la conveniencia.

Filú las escuchaba hablar del casamiento con ilusión, y muchas veces se había imaginado en su lugar, caminando hacia el altar con el rostro iluminado por un amor verdadero.

Por supuesto, con Franz. En cambio, entre los suyos, las uniones eran simples transacciones, alianzas estratégicas.

—No accederé a los deseos de mis padres. No dejaré que me arrebaten la felicidad ni que se adueñen de mi vida.

Pepita guardó silencio. Llevaba toda la vida sirviendo en casas como aquella y sabía que la voluntad de las hijas era algo secundario o directamente ignorado.

Así era entre los pudientes. A veces, incluso entre los pobres, aunque allí la mayoría de las parejas tenían que empezar de cero y buscarse la vida.

De modo que, sin colchón económico familiar, lo que se valoraba era una persona trabajadora, honrada, sin vicios, de familia honesta y respetuosa de la moralidad.

Y si tenía cierta estabilidad económica o algo de cultura e instrucción, por poca que fuera, pues miel sobre hojuelas.

—No pueden obligarme, ¿verdad, Pepi? —preguntó Filú, que conocía los silencios de la mujer que la había criado—. ¿Verdad?

—No lo sé, niña… No lo sé —respondió Pepita, y su sinceridad fue un duro golpe para Filú—. Pero, por si acaso, ve dejándoselo caer, tantea el terreno. Porque si la cosa llega muy adelante, ya no habrá remedio.

—Adelante, ¿a dónde? ¿Qué quieres decir, Pepi?

—Al compromiso, ¿a qué, si no? —suspiró—.

A veces pienso que, de tanto apartarte de los reveses de la vida, vives fuera del mundo, Filú.

O dentro de un folletín. Si su familia pide tu mano y tus padres aceptan, romper el trato sería una ofensa imperdonable.

Y tu reputación quedaría en entredicho. Nunca volverías a encontrar un casamiento ventajoso, y puede que incluso afectase a los negocios de tu padre.

Filú meditó un momento. No volver a encontrar un casamiento a la altura de las expectativas de sus padres le daba igual, porque eso solo significaría que su relación con Franz habría fracasado, y, en ese momento, era algo que no podía concebir.

Lo que sí le dolía era pensar en su padre.

Sabía cuánto le había costado alcanzar aquella posición, cómo se había abierto camino en un mundo reservado a los que tenían título o habían nacido ya con fortuna.

Su madre había aportado el apellido, el prestigio, el acceso a los salones y cofradías: el caciquismo que abría puertas que a otros se les cerraban.

Su padre, en cambio, se había labrado su pequeño imperio a base de trabajo, primero en la emigración, después empezando desde abajo, creando alianzas ventajosas, arriesgando en el negocio de la construcción naval, sector que en los últimos años había experimentado un auge y un crecimiento espectaculares en la ría de Vigo.

Con una admirable visión para los negocios, había sido el primero en introducir en los talleres de ribera innovaciones como la maquinaria de vapor.

En el naval de Vigo, fue pionero en casi todo.

Rondaba los cuarenta cuando contrajo matrimonio con Casilda, dieciséis años menor, tan ambiciosa como él, pero de otro modo.

Ella no buscaba progreso, sino apariencia.

Vanidosa, altiva, ceremoniosa incluso con los suyos, se regodeaba en su linaje y despreciaba a los humildes y a los nuevos ricos, a los que consideraba vulgares.

A veces Filú sentía compasión por él, que se tragaba aquellas palabras hirientes con un gesto impasible.

Notaba cómo la rabia le sonrojaba aquel rostro curtido por el sol y el viento al supervisar el embarque y desembarque de sus naves, las cargas y descargas en el puerto o a pie de los astilleros, sin miedo a ensuciarse las manos o las delicadas camisas de popelín que Casilda le hacía confeccionar.

Todo en ella era impostura, apariencia y ostentación.

Incluso las obras de caridad, de las que tanto hacía gala, no suponían más que una forma de afianzar su posición sin que su corazón albergase la más mínima consideración hacia aquellos menesterosos a los que veía como una rémora para la sociedad.

—Me da igual —resolvió Filú, con una serenidad tensa—. Lo siento en el alma si afecta a los negocios de mi padre, pero, antes que convertirme en una desgraciada, prefiero meterme en un convento.

—Pues no lo digas muy alto —repuso Pepita con un suspiro—, que más de una acabó allí por el mismo motivo. Dios no lo quiera.