Capítulo 33
—Prepárate, niña, que se va a armar la de Dios es Cristo.
Pepita entró precipitadamente en la habitación de Filú e hizo que se levantara de un salto de la butaca en la que bordaba, sin mucha técnica ni entusiasmo, unos motivos florales en un lienzo que acabaría expuesto en el salón o en una de las salitas de la casa para que las visitas admirasen una de las facetas de su exquisita educación de señorita.
El bastidor cayó al suelo junto con la mantilla de lana que cubría sus piernas, y sus ojos sobresaltados vieron el gesto de preocupación de la criada.
—¿Qué ocurre, Pepi? —preguntó angustiada, mientras en su cabeza desfilaban, como ráfagas, los posibles sucesos que podrían haber p rovocado una advertencia tan alarmante.
Era una situación extraña, porque Pepita solía filtrar y endulzar las malas noticias, amortiguando siempre los golpes.
Era la que le decía que no se preocupase, que todo tenía remedio menos la muerte.
Si afirmaba sin filtro que se avecinaba un vendaval, no cabía duda de que los efectos serían devastadores.
—Tu madre lo sabe —le anticipó Pepita mientras recogía del suelo el bastidor—. Lo sabe, maldita sea. Aunque en algún momento tenía que ser —añadió con resignación.
—¿Qué sabe, Pepi? ¿Qué es lo que sabe?
—Pues lo que te traes con Franz, ¿qué, si no? Eso que tanto te empeñabas en ocultar.
—¿Y cómo se ha enterado? —preguntó más para sí que para Pepita mientras repasaba todas las formas en que aquello podría haber llegado a oídos de su madre.
Nadie, excepto Einés, estaba al tanto de la declaración de Franz.
«Quizá —pensó— uno de los chicos que lo escucharon en O Berbés, cuando me hizo esa pregunta insólita, ha difundido el chisme.
Tal vez se lo contó a su madre o a una hermana, y ese cotilleo, tan jugoso, se extendió como fuego en el rastrojo.
También cabe la posibilidad de que alguna conocida de mi madre lo haya sabido por las criadas, porque que se lo dijeran directamente a ella es del todo improbable».
En las amigas de Einés confiaba ciegamente.
Sabían de sus escapadas desde el principio y jamás la delataron.
Aquellos círculos eran cerrados, difíciles de penetrar, pero su estrecha relación desde la infancia la había introducido en esa pequeña comunidad que protegía y ayudaba a los suyos.
Era un lazo fuerte, más incluso que el de la familia, porque allí se sentía parte de un grupo de iguales que, pese a las diferencias sociales, compartían las mismas inquietudes, los mismos miedos ante la vida, las mismas sensaciones ante el amor.
No, ellas no la habían traicionado. Seguro.
Pepita dudaba si confesarle que había sido Catalina la que se había presentado en casa para exigirle a su madre que la apartara de Franz, pero en ese momento la voz de Casilda resonó desde el piso inferior, reclamándola.
Sintió que ese grito la salvaba de una situación incómoda, aunque fuese por un instante, porque sospechaba que la aguardaba otra peor.
—¿Qué se le ofrece, señora? —preguntó, esperando que la sometiese a un feroz interrogatorio acerca del asunto, y que incluso amenazase con echarla si descubría que estaba al tanto de algo.
—Que me preparen una infusión de camomila, enseguida.
—¿Cómo dice, señora? —insistió para cerciorarse de que no le pedía otra cosa.
—¿Es que estás sorda, Pepa? Que me traigan una infusión de camomila.
—Sí, claro, a hora mismo.
Pepita salió del salón desconcertada, aunque aliviada al mismo tiempo.
Su mirada se cruzó con la de Filú, que hab ía bajado con la esperanza de obtener alguna pista sobre cómo prepararse para el chaparrón.
Pero aquel interrogatorio no se produjo, y no pudo averiguar hasta qué punto su madre estaba al corriente.
Ninguna de las dos imaginaba que la primera reacción de Casilda había sido sonsacar a Pepita.
Estaba segura de que si su hija confiaba en alguien era en aquella criada, por mucho que le pesara.
Pero Casilda no era una mujer impulsiva, de esas que hacen lo primero que les viene a la cabeza, como si carecieran de juicio.
No habría llegado hasta el lugar que ocupaba si no midiera bien cada paso, y, en esa situación, convenía ser prudente.
No dudaba de que algo de cierto habría cuando Catalina se había atrevido a ir a su casa con semejante actitud, pero también cabía la posibilidad de que Pepa no supiera nada del asunto.
Quizá Catalina había encontrado una nota, una carta, o tal vez su hija Einés —que, para su desgracia, seguía manteniendo amistad con Filú— le había contado algo.
Con un poco de suerte, aquello no habría trascendido aún; por eso era mejor no preguntarle nada a Pepa.
Si sabía algo, lo negaría para proteger a Filú, y, si no, sería ponerla al tanto de un dislate que convenía mantener en secreto.
Ya se sabía cómo era el servicio: no había correo más eficaz para difundir, magnificar y tergiversar cualquier habladuría.
Los pies menudos y descalzos de Filú siguieron a Pepita por las coloridas baldosas hidráulicas del pasillo hasta la cocina.
—Cuéntame algo, Pepi. ¿Cómo sabes tú que mi madre se enteró de lo de Franz? Dime algo, por Dios, que estoy en un sinvivir —le susurró.
Que su madre no le hubiera dicho nada a Pepita y, sobre todo, que no la hubiese llamado a gritos para pedirle explicaciones era, cuando menos, alarmante. Le resultaba imposible elaborar una estrategia de defensa sin saber a qué se enfrentaba.
—Ve, anda, ve a tu cuarto, que ya subo yo en cuanto pueda.
Pepa la quería como a la hija que nunca tuvo.
Desde que Filú nació, había sentido por ella un cariño inmenso.
Quizá la escasa afectuosidad que Casilda demostraba hacia su hija avivó aún más su ternura.
Casilda no le dio el pecho, no la acunó, jamás la durmió en sus brazos, no curó los arañazos de sus rodillas…
¿Qué falla antinatural tenían las mujeres de aquella familia?
Ya su hermana Sagrario había tratado a Franz con desprecio; más aún, lo maltrató, pues tenerlo a la intemperie, negarle el más mínimo cariño y apartarlo de su hermano recién nacido no podía llamarse de otro modo.
No era su hijo, ciertamente, pero era una criatura inocente, huérfana de madre y necesitada de afecto.
Matilde, la sirvienta de Sagrario, se lo había confesado cuando ella se quejaba de la frialdad de Casilda hacia la niña. «Están hechas de la misma pasta —le decía—, no en vano llevan la misma sangre».
Cuando supo de los sentimientos de Filú hacia Franz, el cuerpo se le estremeció con una sensación extraña, mezcla de ternura y angustia.
Esperaba que no fuese más que un arrebato pasajero, que con el tiempo se le pasaría aquel enamoramiento casi infantil.
Pero los años transcurrieron y, cuando aquella tarde llegó a casa con una luz especial en los ojos, las mejillas arreboladas, la felicidad plena dibujada en su sonrisa y en aquella manera de caminar, ligera como el vuelo de un pájaro, aun que lo negara, Pepita supo a ciencia cierta que esa dicha le nacía del corazón.
—¡Me quiere, Pepi, me quiere! —exclamó dando saltitos de alegría—. Me lo dijo.
Y ella, mien tras la abrazaba, volvió a sentir aquella mezcla de ternura y angustia, pero con una intensidad mucho mayor. Intuía que esa carambola del destino no encajaba en los planes que Casilda tenía para su hija. O quizá para ella misma. Nunca habría imaginado algo así. Ironías de la vida.
Había llegado el momento. El cuerpo, con su sabiduría natural, se lo había advertido, pero no estaba preparada para provocarle a Filú la conmoción que le causaría saber que fue la propia Catalina la que había puesto al tanto a su madre.
Aunque, a veces —consideró—, es mejor que sean los que más te quieren los que den las peores noticias, porque, al tiempo que clavan el puñal, taponan la herida.
—Ha sido Catalina la que se ha presentado hace un momento para pedirle a tu madre que te aparte de Franz.
Pepita observó cómo el rostro de Filú iba cambiando de color hasta adquirir un tono grisáceo, como si no le llegara suficiente oxígeno a los pulmones. La miraba con expresión de incredulidad, los ojos muy abiertos y la mandíbula caída, desconcertada por una revelación que no podía comprender.
—¿Por qué? ¿Por qué ella? —acertó a decir Filú, buscando respuestas en los ojos de Pepita.
—Puede que solo intente protegerlo —respondió Pepita con voz grave.
Por un instante, se vio en la situación de Catalina y creyó entender su actitud, su temor.
—¿De mí? ¿Protegerlo de mí? —preguntó Filú, vacilante.
—No, criatura, de ti no. ¿Cómo piensas eso?
De lo que está por venir, que nada bueno se aventura.
Pensará ella en evitarle sufrimiento al rapaz, que ya vivió lo suyo.
Y ya sabes cómo va esto, Filú. A tu madre se le revolvieron las tripas, no había más que verle la cara.
Aunque algo ha maquinado ya… Si no, andaría dando vueltas por el salón como un gato acorralado.
Y Catalina no querrá para su hijo un amorío con tantas complicaciones.
—Pero ¿qué le dijo? ¿Lo escuchaste? —insistió Filú.
—Poca cosa. Que sospechaba que entre Franz y tú había algo, y que mejor cortar por lo sano antes de que las cosas fueran a más —intentó suavizar Pepita, recordando la tensa conversación entre Catalina y Casilda.
—¿Cómo se habrá enterado? No creo que Einés le contase nada. Tampoco Franz —murmuró pensativa.
No había cambiado nada. Después de aquella declaración, Franz se había ido a Santiago y ella seguía bajando a O Berbés de vez en cuando.
Se habían carteado una sola vez: él le mandó la carta a nombre de Einés, que se la entregó sin abrir.
Tenían una señal para saber que iba dirigida a ella.
La guardaba en su habitación, dentro de Marianela , de Galdós, donde su madre jamás curiosearía; su inclinación por la lectura se limitaba a las revistas femeninas El hogar y la moda , Moda elegante ilustrada o La mujer moderna , que llegaban de Barcelona o Madrid, e incluían algún folletín o pequeños relatos.
Quizá a Catalina le habían llegado rumores del incidente de aquella tarde…
—Hay cosas que se ven, Filú. Y no sé al muchacho, pero lo tuyo salta a la vista, nena.
Filú enrojeció. Einés se lo había dicho años atrás.
Tal vez, a esas alturas, cualquiera que los hubiese visto juntos se habría dado cuenta de que sus ojos siempre se escapaban hacia Franz y, tal vez, como afirmaba su amiga, se le ponía cara de boba.
Catalina debió de notarlo, claro, tenía que ser eso.
—Me prohibirá bajar a O Berbés —dijo Filú, adivinando la primera medida que adoptaría su madre para impedirle ver a Franz.
—Catalina no le comentó nada de O Berbés —recordó Pepita.
—¿No? —se sorprendió Filú—. Entonces pensará que nos vemos en el club de Pi y Margall… Qué otro sitio, si no.
Filú sonrió. Al menos eso no se lo quitaría.
O Berbés se había vuelto para ella un lugar indispensable.
¿Qué tenía aquel arenal que la encandilaba?
«Será —pensó— la actividad vibrante del mercado, el hervidero de voces, gente y carretas; los veloces y expertos dedos de las redeiras ; los gritos de los chiquillos que ofrecen cangrejos en cubos de zinc, esa ruda y compleja coreografía aprendida de padres a hijos…
O quizá los escasos pero mágicos momentos de paz infinita, cuando la ría se queda quieta como un espejo inmenso y las barcas descansan en la arena mientras los marineros fuman sentados en el muelle, sin más reloj ni tiempo que el que marcan las mareas, y la luz que se desvanece en el horizonte».
Aquella comunión con algo verdaderamente grande, con sentirse auténtica, al margen del protocolo y las imposturas de los salones —incluso de su casa, de su familia—, solo la encontraba allí, donde la había conocido.
—¡Qué te crees tú, niña! —Pepita la sacó de su ensoñación—.
Ahora deberás tener más cuidado que nunca.
Si tu madre no comenta nada del asunto querrá decir que algo cuece en su mollera.
No te quitará los ojos de encima, al menos hasta comprobar si lo que le ha dicho Catalina es cierto.
Y buscará la manera de que entre Franz y tú no pueda haber nada. Nunca.