Capítulo 32 #3
—Lo será. Esperaré hasta los veintitrés, hasta los treinta o toda la vida si es necesario, pero lo será, te lo juro —dijo Filú con una determinación que hizo sonreír a Franz.
No era tan delicada ni tan sumisa como parecía. Rompía las normas cada vez que bajaba a O Berbés. Había que ser muy valiente para desafiar de ese modo la autoridad de su familia, para arriesgar tanto, y ella lo hacía, desde mucho tiempo atrás.
En las escaleras, Einés seguía con la jarra apretada contra el pecho.
Se había quedado allí, escuchándolo todo.
No había bajado un solo escalón. Estaba feliz; habría saltado de alegría si no fuera porque se delataría su indiscreción, aunque sería difícil no hacerlo: los viejos peldaños de madera crujían y l a traicionarían al bajar.
A su hermano le molestaría aquella intromisión, seguro.
Así que, casi arrastrándose, descendió con toda la precaución posible y consiguió que apenas se oyera el leve crujido bajo su peso, o al menos que no llegara hasta la cocina.
—Me entretuve en la fuente —se excusó al entrar, dejando el agua sobre la mesa.
Franz estaba apoyado en el fregadero de piedra, de espaldas a la pequeña ventana de la estancia. Filú seguía sentada en el mismo sitio, con los ojos aún húmedos y las mejillas arreboladas, pero con una sonrisa que le iluminaba el rostro.
—Pues yo ya me tengo que ir —dijo al tiempo que se levantaba del banco y tomaba su discreto sombrero de paja, de ala pequeña, sin lazos ni flores, del colgador de la pared.
Con el tiempo había aprendido a adecuar su vestuario a aquel barrio humilde, y, dentro de la sencillez que le permitía su lujoso armario, procuraba pasar desapercibida.
Ya no llamaba tanto la atención como las primeras veces, con sus guantes de encaje, su sombrero cargado de adornos y sus vestidos de colores brillantes, que levantaba con delicadeza para no arrastrarlos por el empedrado húmedo, impregnado de salitre y olor a pescado.
La gente la miraba como a una aparición, con curiosidad, desconfianza e incluso burla.
Pero pronto aprendió a adaptarse y a encontrar cierto equilibrio entre su origen y aquel entorno tan ajeno.
Sustituyó las sedas y los rasos por vestidos oscuros de algod ón de líneas simples; se cubría la cabeza con sencillos sombreros o se ataba un pañuelo bajo el mentón, como hacían la mayoría de las mujeres del barrio.
Si su madre la viera salir a la calle sin ir debidamente vestida y peinada, sin un sombrero adecuado y sin los polvos de arroz que matizaban su piel morena, sería una afrenta.
Y si además descubriera a dónde iba, sola y vestida de esa guisa, el desvanecimiento estaría asegurado.
Aun así, había algo en su porte, en la contención de sus gestos, que delataba aquella cuna que pretendía disimular.
—Pues vamos entonces —dijo Einés, que solía acompañarla de regreso a su casa.
Eran solo cinco minutos a pie, pero pasar de O Berbés —situado en la parte baja de la ciudad, junto al puerto, con calles estrechas, sucias y bulliciosas; antiguos soportales de piedra; viviendas pequeñas entre talleres, almacenes y tabernas; niños descalzos, y aquel olor penetrante a algas, alquitrán, humo de carbón y vino barato— al paseo de Alfonso XII era como cruzar a otro mundo.
Allí las casas se alzaban sobre la colina, rodeadas de jardines, con fachadas decoradas y balcones con vistas a la ría, lejos de aquel ambiente casi marginal, entre l a avenida arbolada de plátanos de sombra, los bancos de forja y el aroma a madreselva y café tostado.
Einés pensó en ello cuando salieron de la sombría cocina y bajaron a la calle.
Fuera, la luz de la tarde todavía esparcía reflejos dorados sobre el mar, y los ojos de Filú brillaban como faros allí, en O Berbés, a apenas cinco mi nutos de aquel otro universo más próspero, más fastuoso, pero mucho menos auténtico.
¿Cuánto de ese universo estaría dispuesta a dejar atrás Filú?
Hasta ese momento, aquel abismo no le había parecido tan profundo, porque todo no era más que un juego; pero, tras la declaración de Franz, y conociendo los sentimientos de su amiga, comprendió que la distancia era casi insalvable.
Aun así, no podía sentirse más feliz por ellos. Y, como solía decir Filú ante la posibilidad de que su madre descubriera sus escapadas: «Llegados a ese río, ya cruzaremos ese puente».
—¿No tienes nada que contarme, Filú? —le preguntó, mirándola de reojo.
Filú, que caminaba a su lado alelada, adoptó una expresión pensativa, como buscando las palabras adecuadas para relatar lo ocurrido en aquellos escasos minutos en que su amiga había ido por agua.
Pero Einés no pu do contenerse.
—Lo sé, Filú, lo escuché todo. Lo siento, lo siento, pero no pude evitarlo.
—¿Has estado espiando? —preguntó Filú abriendo mucho los ojos, entre divertida y escandalizada.
—Sííí, perdóname —reconoció Einés juntando las manos a modo de súplica.
—Entonces ¿qué voy a contarte? —dijo ella, algo avergonzada.
—Puedes admitir de una vez que yo tenía razón, que te gusta mi hermano. Y desde hace mucho.
Una sonrisa fue toda la respuesta. ¿Para qué más?