Capítulo 32 #2
La vivienda estaba vacía en ese momento, y ambas lo agradecieron.
Las tardes de domingo, las familias del barrio aprovechaban para visitar a parientes de otros pueblos, asistir a misas o funerales, o reunirse con el vecindario en las inmediaciones del puerto o en alguna casa si el tiempo no acompañaba.
—¿Estás bien? —Einés no sabía cómo abordar el tema.
Se había dado cuenta de que el incidente en la calle había afectado muchísimo a Filú. Tampoco ella comprendía qué podía haber pasado por la cabeza de Franz para comprometer así a su amiga.
Filú asintió, pero en la oscuridad de la escalera Einés no pudo ver su gesto y, ante la falta de respuesta, buscó su brazo para atraerla hacia sí.
Juntas, se dirigieron a la cocina, donde apenas entraba ya la luz por la pequeña ventana en aquella tarde de finales de febrero.
Einés encendió el quinqué que colgaba de la pared, y la estancia se llenó de aquel olor fuerte y penetrante del queroseno que a Filú ya no le resultaba extraño ni desagradable.
—No le des más vueltas, Filú, ya sabes lo estúpidos que pueden llegar a ser los chicos.
—¿Pero tú qué entendiste, Einés? ¿Qué pretendía? ¿Qué me quiso decir?
Filú se había sentado en el banco de detrás de la mesa, y Einés iba a contestar que tampoco ella lo sabía mientras preparaba el carbón para la plancha cuando oyeron crujir la madera de las escaleras. Al instante, Franz asomó por la puerta de la cocina y Filú sintió que se le paraba el corazón.
—Ve a buscar un poco de agua fresca, Einés —le dijo nada más entrar.
—Ve tú, que también tienes piernas —replicó ella, molesta.
Pero Franz, haciendo caso omiso, cogió la jarra y se la tendió. Su hermana, desconcertada, bajo la tenue y oscilante luz del quinqué, con su tonalidad amarillenta que daba calidez al cuarto, buscó aquellos ojos azules que conocía tan bien y vio en ellos el mensaje que quería transmitirle.
—Está bien —respondió, apretando la jarra contra el pecho—. Ahora vuelvo.
Filú comprendió que Franz había provocado aquel momento de intimidad, y aguardó con el alma en vilo mientras él se sentaba frente a ella.
No se atrevía a mirarlo; se sentía muy avergonzada.
Pensó en lo extraño de algunas situaciones, en cómo, a veces, los ultrajados, estafados o engañados sentían una vergüenza que no les correspondía, quizá por haberse confiado, por haber sido demasiado inocentes, por haber caído en la trampa o por no ser lo bastante valientes para rebelarse. Como ella en ese instante.
¿De qué se avergonzaba? Fue él el que se había burlado de sus sentimientos, el que la había dejado en evidencia delante de todos. Le costaría volver a O Berbés y enfrentarse a las miradas condescendientes: la niña rica que bajaba a los arrabales desdeñada por un muchacho del barrio.
—Filú —oyó decir mientras sus ojos permanecían fijos en sus dedos, finos y delicados, que se retorcían nerviosos sobre la mesa—. Filú, ¿me miras un momento?
No fue capaz, o tal vez no quiso que él viera su vulnerabilidad.
Sus cejas se inclinaron involuntariamente hacia arriba, y apenas podía controlar el temblor del labio inferior.
Abrió los ojos todo lo que pudo y los fijó en las tablas desgastadas de la mesa, en las vetas de la madera, en las manchas profundas de vino tinto que jamás desaparecerían.
Respiró hondo para hallar serenidad y ahuyentar las lágrimas, pero, antes de conseguirlo, Franz le tomó una mano entre las suyas.
La reacción fue inmediata: su mirada se elevó al instante.
Un cúmulo de sensaciones extrañas le recorrió el cuerpo y le nubló la mente. Jamás la había tocado de ese modo.
A veces, cuando se sentaban todos en el muro o en las escaleras que bajaban al arenal, o cuando intercambiaban algún objeto, había rozado sus dedos, y ella sentía algo parecido a aquella sacudida que en ese instante alteró todas sus constantes vitales en una fracción de segundo.
Incluso se ponía nerviosa cuando le ofrecía el brazo para ayudarla a levantarse o a beber del caño de la fuente.
Pero siempre supuso que no había intencionalidad en aquellos gestos, que su corazón seguía latiendo al mismo ritmo, que su temperatura no se elevaba de repente, que sus rodillas no flaqueaban…
—Yo te quiero, Filú —dijo Franz—. No sé desde cuándo, pero estoy seguro de que tú también me quieres, tanto como yo a ti.
«Desde la primera vez que bajé a O Berbés y te encontré en la solana con Einés», pen só ella.
No fue capaz de articular palabra, pero sus dedos se entrelazaron con los de Franz en un gesto espontáneo, urgente y largamente deseado.
El llanto brotó entonces de forma extraña, liberadora, y el nudo de su garganta se deshizo de golpe.
—Pero sabes que no será fácil, ¿verdad? Puede que ni siquiera sea posible. —La voz de Franz sonó derrotada, sin esperanza.